Capítulo 3 de 25
La casa del encino
El viernes, Sofía compró un par de calcetines blancos. Eran tan pequeños que cabían juntos en la palma de su mano. Había entrado en la tienda para buscar un regalo de cumpleaños para su sobrino, pero se detuvo frente a un estante de ropa para recién nacidos. Miró los calcetines un buen rato antes de tomarlos.
No compró una cuna ni eligió colores para una habitación. Solo aquello. La dependienta los envolvió en papel de seda.
—¿Son para regalo?
Sofía negó con una sonrisa. Al salir, llamó a su madre.
—Ya compré algo.
—¿Qué cosa?
—Unos calcetines.
Elena soltó una risa.
—Tú dijiste que era pronto.
—Son muy pequeños. No cuentan.
—Claro que cuentan.
Sofía se detuvo junto a su automóvil y buscó las llaves dentro del bolso.
—Mañana te los enseño. Voy a pasar temprano, antes de hacer las compras.
—Aquí desayunamos.
—Sí. Llevo pan.
Terminó la llamada y guardó el paquete con cuidado. Al levantar la cabeza, encontró a un hombre parado cerca de la puerta del conductor. No lo había visto acercarse.
—¿La maestra Sofía Medina?
Ella conservó las llaves entre los dedos.
—¿Quién pregunta?
—Necesitamos que nos acompañe.
El tono era cortés. La frase no. Sofía miró hacia la entrada de la tienda. Una pareja salía cargando bolsas. A unos pasos, alguien acomodaba cajas junto a un puesto.
—No lo conozco.
El hombre no se movió. Detrás de ella se abrió una puerta. Sofía giró y vio la camioneta oscura. Reconoció, con una certeza que le heló el cuerpo, el vehículo estacionado cerca de la escuela.
—No voy a ir con usted.
Intentó retroceder. El hombre le sujetó el brazo.
—No haga que esto sea más difícil.
Sofía abrió la boca para gritar. Otro hombre apareció a su lado y la amenaza que pronunció en voz baja hizo que se quedara sin aire. Pensó en el bebé. Se llevó una mano al abdomen.
—Estoy embarazada.
—Lo sabemos —respondió el primero.
Aquellas dos palabras fueron más aterradoras que el contacto de sus dedos. Sofía buscó con la mirada a la pareja, al vendedor, a cualquiera. Todo seguía ocurriendo a pocos metros: las bolsas cambiaban de mano, una motocicleta pasaba, alguien reía. Cuando volvió a mirar hacia la camioneta, comprendió que aquellos hombres no estaban esperando su respuesta.
Uno de ellos se quedó con las llaves y regresó al automóvil de Sofía. Ella alcanzó a verlo abrir la puerta antes de que la hicieran subir. En la fachada de la tienda había una cámara; fijó la mirada en el pequeño foco rojo hasta perderlo de vista.
• • •
Durante el trayecto preguntó tres veces adónde la llevaban. Nadie contestó. Le habían quitado el teléfono. Su bolso estaba junto a uno de los hombres, fuera de su alcance.
Sofía trató de controlar la respiración. El corazón le golpeaba tan fuerte que temió sentirse mal.
—Necesito llamar a mi mamá.
El hombre del asiento delantero miró hacia atrás. Era el mismo que había pronunciado su nombre.
—Después.
—Está esperándome.
—Ahora no.
Sofía apretó los labios. Quería llorar, pero también quería escuchar. Saber algo. Una palabra que explicara por qué estaban haciéndole aquello.
—No tengo dinero —dijo—. Soy maestra. Si creen que mi familia puede pagar…
—No se trata de dinero.
La respuesta la dejó sin la única explicación que había conseguido imaginar. Miró sus manos. Todavía sostenía las llaves del automóvil. Uno de los hombres las vio y se las pidió.
Sofía tardó en entregarlas. A través de la ventanilla distinguió un tramo de carretera. La ciudad había quedado atrás. Pensó en la sopa que había dejado en el refrigerador, en los cuadernos sobre su mesa, en su madre eligiendo dónde poner los platos del desayuno. Quiso decirle que no la esperara.
Que algo estaba pasando. Que tenía miedo.
• • •
La casa del encino debía su nombre a un árbol antiguo que crecía frente a la terraza. Sofía lo vio al bajar de la camioneta. Había luz en las ventanas, césped recién cortado y una fuente cuyo sonido le pareció absurdo. Un lugar así debía servir para que alguien descansara.
Dos hombres armados permanecían junto a la entrada. Sofía se detuvo.
—Quiero irme.
El hombre que la había sujetado en el estacionamiento hizo una seña hacia la puerta.
—Entre.
—Dígame quién es usted.
—Rogelio.
—¿Por qué me trajeron?
Él apartó la mirada apenas un instante.
—Adentro le van a explicar.
Sofía no avanzó hasta que el hombre que estaba detrás de ella dio un paso. Dentro olía a madera pulida y flores frescas. Una lámpara enorme iluminaba el vestíbulo. Más allá había sillones claros, una escalera curva y cuadros que nadie parecía mirar. Una mujer de cabello canoso aguardaba cerca de un pasillo.
Al ver a Sofía, juntó las manos frente al delantal.
—¿Quiere agua?
Sofía la miró con desesperación.
—Necesito ayuda.
La mujer bajó los ojos. Rogelio señaló una puerta.
—Por aquí.
• • •
Damián estaba de pie junto a un escritorio. No llevaba saco. Tenía las mangas de la camisa dobladas y un reloj que reflejó la luz cuando apoyó la mano sobre el respaldo de una silla. Sofía lo miró buscando algo reconocible.
Nunca lo había visto. Él, en cambio, parecía observarla como si comprobara una información.
—Siéntate.
—No.
Damián no insistió. Rogelio dejó el bolso sobre una mesa y salió. La puerta se cerró detrás de él. Sofía retrocedió un paso hacia ella.
—¿Quién es usted?
—Damián Robles.
Esperó alguna reacción. Sofía negó con la cabeza.
—No sé quién es.
—Eso ya lo sé.
—Entonces dígame qué quiere.
Damián tomó una hoja del escritorio. Ella reconoció el encabezado antes de que él se la mostrara. La clínica.
Sintió un vacío en el estómago.
—¿De dónde sacó eso?
—Hace años hice una donación.
Sofía miró la hoja y luego su rostro. Tardó unos segundos en comprender.
—No.
—La muestra que usaron era mía.
La habitación pareció alejarse. Sofía se apoyó en el respaldo de la silla. No quería sentarse, pero las piernas habían comenzado a temblarle. Recordó el código impreso en los documentos. Las explicaciones de la doctora. Las preguntas sobre confidencialidad.
Aquel hombre tenía su expediente. Sabía su nombre, su dirección, su embarazo.
—No tenía derecho a conseguir esa información.
Damián dejó la hoja.
—Necesitaba saber.
—¿Saber qué?
Él miró su abdomen. Sofía se cubrió instintivamente con ambas manos.
—Si tenía un hijo.
La forma en que lo dijo le produjo un miedo nuevo.
—Esto fue una donación —respondió—. Usted no puede aparecer ahora y…
—Ya aparecí.
Sofía levantó la vista. Había algo definitivo en su voz. No parecía dispuesto a discutir hechos, sino a establecerlos.
—Quiero irme a mi casa.
—Vas a quedarte aquí.
—No.
—Tendrás todo lo que necesites.
—Necesito irme.
Damián caminó hasta el borde del escritorio.
—Tendrás atención médica. Comida. Una habitación. No te faltará nada.
Sofía dejó escapar una risa breve, quebrada por el miedo.
—Me sacaron de un estacionamiento contra mi voluntad.
Él no respondió.
—¿Eso es lo que usted llama no faltarme nada?
Damián endureció la expresión.
—No compliques las cosas.
Sofía lo miró y comprendió que no estaba hablando con un hombre que hubiera acudido para conocerla. No quería preguntarle cómo estaba. No quería saber si había tenido náuseas ni qué había sentido al escuchar el corazón.
Había ordenado traerla porque llevaba algo que consideraba suyo.
• • •
—Mi madre va a buscarme —dijo Sofía.
—Le avisarán que estás bien.
—No estoy bien.
Damián tomó aire por la nariz.
—No te va a pasar nada si cooperas.
Sofía sintió que el miedo empezaba a mezclarse con una rabia que le permitía mantenerse de pie.
—Mi hijo no es suyo.
Por primera vez, él perdió aquella quietud.
—Lleva mi sangre.
—Y está dentro de mi cuerpo.
Damián apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Vas a quedarte hasta que nazca.
El silencio posterior fue tan largo que Sofía escuchó el agua de la fuente a través de una ventana.
—¿Y después?
Él apartó una carpeta.
—Después podrás irte.
Sofía esperó. Damián no añadió nada.
—Con mi bebé —dijo ella.
Él la miró. La respuesta estaba en su cara antes de que hablara.
—El niño se queda.
Sofía se quedó sin respiración. No fue un llanto inmediato. Fue una inmovilidad extraña, como si su cuerpo necesitara detenerse para comprender una amenaza demasiado grande. Después negó con la cabeza.
Una vez. Otra.
—No.
—No vas a tener problemas económicos.
—No.
—Se te dará…
—¡No quiero su dinero!
Su voz golpeó la habitación. Damián se enderezó. Sofía retrocedió, asustada por su propio grito y por la expresión de él. Pero ya había escuchado lo que necesitaba saber.
Le quitaría al bebé. El hijo que había deseado durante años, que todavía era apenas una imagen dentro de un sobre blanco, se había convertido para aquel desconocido en algo que podía reclamar.
—No puede hacer esto —susurró.
Damián pulsó un botón del teléfono del escritorio.
—Rogelio.
Sofía miró la puerta. Cuando se abrió, se apartó del hombre que entraba.
—Llévame a mi casa —le pidió—. Por favor.
Rogelio mantuvo los ojos en Damián.
—Que descanse —ordenó él.
• • •
La mujer del delantal se llamaba Teresa. Lo dijo mientras abría la puerta de una habitación que daba al jardín. Había una cama grande, un sillón y un baño propio. Sobre una mesa descansaba una jarra de agua.
Sofía se detuvo en el umbral.
—¿Usted vive aquí?
—Trabajo aquí.
—Ayúdeme a llamar a mi mamá.
Teresa miró hacia el pasillo.
—No tengo permitido…
Se interrumpió. Sofía vio el miedo en su rostro. Aquello terminó de hundirla.
—Mi bolso —dijo—. Quiero mi bolso.
Teresa salió y regresó poco después con él. El teléfono no estaba. Tampoco las llaves.
Sofía encontró la cartera, unos pañuelos y el paquete de la tienda. Lo sostuvo sin abrirlo. Teresa dejó un vaso de agua junto a la cama.
—Voy a traerle algo de comer.
La puerta se cerró. Sofía escuchó un movimiento al otro lado y fue hacia ella. El picaporte no cedió.
Lo intentó otra vez. Después apoyó ambas manos sobre la madera.
—Abra.
No obtuvo respuesta.
—Por favor.
Del otro lado alguien cambió de posición. Sofía comprendió que la habían oído. Regresó lentamente a la cama. Se sentó en el borde y abrió el papel de seda.
Los calcetines seguían juntos, sujetos por una pequeña etiqueta. Los colocó sobre su palma. Horas antes había pensado enseñárselos a su madre durante el desayuno.
Ahora no sabía si volvería a sentarse en aquella cocina. Se inclinó sobre sí misma y sostuvo el paquete contra el pecho. Lloró procurando no hacer ruido, hasta que ya no pudo. Luego se llevó una mano al abdomen.
—No voy a dejarte —murmuró.
Esperó, como si el bebé pudiera responderle. Afuera, la fuente continuaba corriendo. Sofía limpió sus mejillas y volvió a mirar la puerta.
No sabía cómo saldría de aquella casa. Intentó reconstruir el trayecto. Recordaba una gasolinera, una vuelta larga y el olor a tierra al bajar. No bastaba para encontrar el camino de regreso. Lo anotaría en cuanto pudiera sostener el lápiz. Se acostó sin quitarse los zapatos.
Los calcetines quedaron debajo de la almohada.