Capítulo 2 de 25

El nombre detrás del código

Damián conservaba pocos recuerdos de aquella clínica. Una escalera estrecha. El olor a desinfectante. Una recepcionista que le pidió una identificación y lo hizo regresar porque había olvidado un documento. Recordaba mejor el dinero.

Al salir había contado los billetes dentro del bolsillo, sin sacarlos, mientras caminaba hacia la parada del autobús. Con una parte compró medicamentos para su madre; con otra pagó lo que debían en la tienda. Esa noche comieron huevo con frijoles y él fingió que ya había cenado para dejarle una porción más grande.

Nunca volvió a pensar seriamente en lo que había entregado a cambio. Hasta ahora.

—El establecimiento cambió de nombre —dijo el abogado.

Sobre el escritorio colocó una carpeta delgada. Damián no la abrió.

—¿Sigue funcionando?

—El banco de muestras fue adquirido por otra clínica. Hay archivos antiguos, pero no sabemos si…

—Averígualo.

El abogado, Mauricio Beltrán, acomodó la carpeta para alinearla con el borde del escritorio. Lo hacía siempre que tenía algo incómodo que decir.

—Aunque encuentren el registro, la información de las pacientes es confidencial.

Damián lo miró. Mauricio retiró la mano de la carpeta.

—Puedo hacer la consulta correspondiente.

—No te pregunté qué puedes consultar. Te dije que averiguaras qué pasó con esa muestra.

Detrás de las ventanas, un jardinero recogía hojas de la terraza. Damián observó al hombre doblarse con dificultad para alcanzar una que había quedado debajo de una banca.

—¿Cuántos años han pasado? —preguntó Mauricio.

—Más de veinte.

—Podría no quedar nada.

Damián giró hacia él.

—Entonces quiero saber que no queda nada.

•  •  •

La primera ecografía de Sofía cabía dentro de un sobre blanco. En la pantalla había visto una forma pequeña que no habría sabido reconocer sin la explicación de la doctora. Pero había escuchado el corazón. Durante el trayecto de regreso, su madre le preguntó dos veces si estaba bien.

—Sí.

—No has dicho nada.

Sofía apoyó la mano sobre el sobre.

—Estoy tratando de acordarme del sonido.

Elena sonrió y volvió la vista hacia la calle. En casa, Sofía dejó sus llaves en el plato de cerámica junto a la entrada y puso la imagen sobre la mesa. Se inclinó para mirarla de cerca. Allí estaba.

No una posibilidad, no una fecha marcada en un calendario. Alguien creciendo dentro de ella. Todavía era temprano para saber muchas cosas. La doctora le había explicado lo que podían confirmar y lo que debían seguir observando. Sofía había escuchado con atención, pero ninguna prudencia conseguía borrar la alegría que le llenaba el pecho.

Esa noche sacó una libreta nueva. En la primera página escribió:

Hoy escuché tu corazón.

Después estuvo un rato pensando qué más decir. Al final añadió:

Yo tenía mucho miedo. Tú parecías muy ocupado viviendo.

•  •  •

En la residencia de Damián, la cena empezó cerca de la medianoche. Había seis personas en la mesa y otras esperando en la terraza. Una mujer de vestido plateado se sentó a su derecha y deslizó una mano sobre su brazo.

—Te desapareciste todo el día.

Damián siguió mirando su teléfono.

—Tenía asuntos.

—Siempre tienes asuntos.

Ella sonrió al decirlo, pero retiró la mano cuando él no respondió. Al otro extremo, uno de sus hombres contaba una historia que hizo reír a los demás. Damián solo escuchó el final. Pensaba en edades.

Veinte años. Veintidós, quizá. Un hijo suyo podía ser ya un hombre. Podía trabajar en una oficina, vender mercancía en un mercado o seguir estudiando. Podía tener su misma manera de caminar sin saber de dónde venía.

La idea le resultaba extrañamente ofensiva: que alguien llevara su sangre y él no tuviera ningún conocimiento de esa vida.

—¿Qué tienes? —insistió la mujer.

—Nada.

El teléfono vibró. Un mensaje de Mauricio. Localizaron el expediente. Mañana tendré una respuesta.

Damián se levantó antes de que sirvieran el siguiente plato.

—Sigan.

La mujer hizo un gesto de fastidio.

—¿Y yo?

Él ya estaba caminando hacia la escalera.

•  •  •

Sofía todavía no había contado lo del embarazo en la escuela. Su compañera Lucía la descubrió una mañana, después de verla apartarse de una taza de café y abrir la ventana del salón de maestros.

—¿Te cayó mal algo?

—El olor.

Lucía miró la taza, luego a ella. Sofía intentó contener una sonrisa.

—No hagas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que estás haciendo.

Lucía dejó el café y se acercó.

—¿De verdad?

Sofía asintió. La abrazó con cuidado, como si de pronto se hubiera vuelto frágil.

—Estoy feliz —le dijo al oído.

—No quería contarlo todavía.

—No voy a decir nada.

Se separaron. Lucía tenía los ojos húmedos.

—¿Tu mamá sabe?

—Fue conmigo a la consulta.

—¿Y tú cómo estás?

Sofía tardó un momento en responder.

—Contenta. Asustada. A veces las dos cosas al mismo tiempo.

Lucía apretó sus manos.

—Cuando necesites algo, me dices.

Aquella mañana, mientras sus alumnos resolvían un ejercicio, Sofía imaginó una mochila pequeña colgada junto a la suya. Se sorprendió pensando en quién llevaría al bebé a la guardería cuando ella tuviera que llegar temprano. Sacó una hoja y anotó la pregunta. Su felicidad empezaba a llenarse de tareas concretas.

•  •  •

Mauricio regresó a la residencia al día siguiente. Esta vez no llevaba una carpeta delgada. Damián lo recibió en el despacho y cerró la puerta.

—Habla.

El abogado permaneció de pie.

—La clínica localizó el registro de la donación. La muestra se conservó durante años. Parte del material dejó de estar disponible con el tiempo y, según el expediente, hubo una sola utilización en un tratamiento.

—Fue hace veintidós años —añadió Mauricio—. El banco conserva el registro de traslado y el código coincide.

Damián pasó el dedo sobre la fecha. Tenía veintidós cuando había recibido aquel dinero. Damián sintió una decepción breve. Había imaginado más posibilidades. Varios hijos entre los cuales descubrir uno que pudiera servirle.

—¿Y?

Mauricio humedeció los labios.

—El tratamiento es reciente.

—¿Qué tan reciente?

—La paciente está en el primer trimestre.

Damián se quedó inmóvil. Del otro lado de la puerta alguien pasó arrastrando un objeto. El ruido se alejó por el corredor.

—¿No ha nacido?

—No.

Damián abrió la carpeta. La primera hoja tenía datos que no comprendió de inmediato. Fechas, números, el código del donante. Pasó a la siguiente.

Sofía Medina. Treinta y nueve años. El seguimiento consignaba ocho semanas de gestación. Mauricio había obtenido las copias de un encargado del archivo mediante un pago que no aparecería en la factura de sus servicios. El hombre había ligado el código antiguo con el expediente actual y añadido los datos de contacto.

La doctora Valdés no había autorizado aquella entrega. Mauricio lo sabía; también sabía que identificar al empleado no lo apartaría de su propia responsabilidad. Había una fotografía de identificación. Cabello oscuro recogido. Blusa sencilla. Una expresión seria, propia de quien espera que termine un trámite.

Damián sostuvo la hoja.

—¿Está casada?

—No.

—¿A qué se dedica?

—Es maestra de primaria.

Él volvió a mirar el rostro. No era la mujer que había imaginado cuando pensó en una paciente capaz de recurrir a aquel procedimiento. Tampoco sabía exactamente qué había imaginado.

—¿Tiene otros hijos?

—No consta que los tenga.

—¿Quién está con ella?

—Vive sola. Su madre reside cerca.

Mauricio guardó silencio antes de continuar.

—Damián, esto no le da derechos sobre la paciente ni sobre el embarazo. La donación se hizo bajo condiciones que…

La mirada de Damián lo detuvo.

—Déjame la carpeta.

—Necesito que entienda…

—Te escuché.

Mauricio oyó en aquella respuesta el anuncio de un problema al que ya había contribuido. Pero dejó los documentos y salió.

•  •  •

Damián permaneció largo rato ante la fotografía. Una maestra. La palabra le trajo recuerdos que evitaba desde hacía años: un cuaderno usado, un lápiz demasiado corto, otros niños entrando a una escuela mientras él continuaba por el camino de tierra.

Su madre le había prometido que regresaría a estudiar cuando las cosas mejoraran. Las cosas no mejoraron. Apoyó la hoja sobre el escritorio.

Podía esperar. Al principio, aquella conclusión pareció sencilla. Faltaban meses. Disponía de dinero, médicos, propiedades donde nadie entraba sin autorización. Pero enseguida pensó en la mujer criando al niño lejos de él.

En un desconocido acercándose a ella. En su hijo llamando padre a otro hombre. La irritación creció hasta ocupar el lugar de cualquier otra consideración.

Marcó un número.

—Necesito que vengas.

•  •  •

Rogelio llegó antes del anochecer. Había trabajado para Damián durante años y conocía la diferencia entre una orden urgente y una conversación que convenía dejar terminar. Miró la fotografía sin tocarla.

—¿Quién es?

—Quiero saber sus horarios.

Rogelio levantó los ojos.

—¿Hay algún problema con ella?

—Está embarazada.

No añadió nada durante unos segundos. Después dijo:

—El hijo es mío.

Rogelio volvió a mirar la hoja.

—¿Ella lo sabe?

—No sabe quién soy.

El hombre esperó. Damián caminó hasta la ventana.

—Averigua cómo vive. Quién la visita. A qué hora entra y sale de la escuela.

—Entendido.

—Sin acercarse.

Rogelio tomó la fotografía. Cuando quedó solo, Damián abrió de nuevo el expediente. En una de las páginas estaba registrada la consulta más reciente. Leyó la fecha.

Luego calculó cuánto faltaba para el nacimiento.

•  •  •

El jueves, Sofía salió de la escuela con una bolsa de cartulinas y un recipiente vacío. Lucía le había llevado comida porque la vio almorzar únicamente galletas.

—Mañana me lo devuelves —le dijo en la puerta.

—Ya me estás consintiendo demasiado.

—Acostúmbrate.

Sofía cruzó la calle y acomodó las cosas en el asiento trasero de su automóvil. Antes de subir vio una camioneta oscura estacionada a cierta distancia. Había un hombre dentro. No le dio importancia.

Llegó a casa, calentó una sopa y llamó a su madre. Hablaron de una cuna que Elena había visto en una tienda, aunque Sofía insistió en que todavía era pronto para comprarla. Después se sentó a revisar cuadernos. Uno tenía escrito, en medio de una operación, maestra, no entendí.

Sofía sonrió y respondió debajo: Mañana lo hacemos juntos. Afuera comenzó a oscurecer. En la camioneta, Rogelio recibió una llamada.

—¿Ya sabes dónde vive? —preguntó Damián.

—Sí.

—¿Está sola?

Rogelio miró la ventana iluminada.

—Sí.

Hubo un silencio.

—Prepara la casa del encino —ordenó Damián—. El cuarto junto al jardín.

—¿Para quién?

Damián no respondió enseguida. Sobre su escritorio seguía abierta la fotografía de Sofía.

—Para ella.