Capítulo 1 de 25
Un lugar en la mesa
El dibujo tenía tres personas, un perro amarillo y una casa más grande que el sol. Sofía lo sostuvo por las esquinas para evitar que la pintura azul, todavía húmeda, le manchara los dedos. En la parte superior, con letras torcidas, Mateo había escrito: Mi familia cuando seamos felices.
—¿Y ahorita no son felices? —preguntó ella.
El niño bajó la mirada hacia sus zapatos.
—Mi papá ya no vive con nosotros.
Alrededor seguían oyéndose tijeras, lápices que rodaban y discusiones sobre quién había tomado el pegamento. Sofía acercó una silla y se sentó junto a él.
—Las familias pueden cambiar —dijo—. Eso no significa que tú hayas hecho algo malo.
Mateo recorrió con una uña el borde de la cartulina.
—Mi mamá dice que ahora somos dos.
—Dos también pueden ser una familia.
El niño la miró, como si necesitara comprobar que no estaba diciéndolo únicamente para consolarlo.
—¿Usted tiene hijos, maestra?
Sofía dejó el dibujo sobre la mesa.
—No.
—¿Y esposo?
—Tampoco.
Mateo frunció el ceño.
—Entonces, ¿con quién come?
La pregunta la sorprendió más que las anteriores. No preguntaba quién la quería ni quién la esperaba. Quería saber quién se sentaba frente a ella cuando servía la comida.
—A veces con mi mamá. A veces con mis amigas.
—¿Y cuando no van?
—Como en mi casa.
Mateo pensó unos segundos. Después abrió su caja de colores y buscó uno morado.
—Le voy a hacer una familia.
Sofía sintió una presión breve en la garganta.
—Puedes dibujarme si quieres —respondió—. Pero no tienes que preocuparte por mí.
Cuando sonó el timbre, el niño todavía estaba trazando una figura de cabello oscuro junto a una mesa. A las dos y veinte, la escuela quedó casi vacía.
Sofía acomodó los cuentos del rincón de lectura, recogió una sudadera olvidada y escribió en su libreta que debía hablar con la madre de Mateo. Llevaba diecisiete años dando clases y había aprendido que algunos niños pedían ayuda sin saber que la estaban pidiendo. En su bolso vibró el teléfono.
¿Sales pronto? Ya puse el arroz.
El mensaje era de su madre. Sofía respondió que llegaría en media hora, aunque antes debía pasar al banco. Guardó el teléfono y miró el pequeño dibujo que Mateo le había entregado al salir. Ella aparecía sentada ante una mesa. Del otro lado había una figura diminuta.
—Es su hijo —le había explicado él.
No supo qué contestar entonces. Ahora dobló cuidadosamente la hoja y la guardó entre las páginas de su agenda.
• • •
Su madre había puesto dos platos. La ventana de la cocina estaba abierta y desde el patio llegaba el olor de la ropa recién lavada. Sofía dejó el bolso en una silla y fue a lavarse las manos.
—Te ves cansada —dijo Elena.
—Hoy usamos pintura.
—Eso explica la mancha de tu cuello.
Sofía se miró en el reflejo del microondas y soltó una risa. Tenía una pincelada verde debajo de la oreja. Durante unos minutos hablaron de la escuela, de una vecina que se había mudado y de la llave del fregadero, que volvía a gotear. Elena sirvió arroz y calabacitas. Después, cuando Sofía ya había empezado a comer, preguntó:
—¿Fuiste con la doctora?
La cuchara quedó suspendida sobre el plato.
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que los estudios salieron bien en general. Que hay otras cosas que revisar si quiero intentar un embarazo.
Su madre se sentó.
—¿Y quieres?
Sofía miró el vaso de agua. Había querido desde hacía años. Lo había imaginado con nombres distintos, en casas diferentes, al lado de hombres que terminaron marchándose o haciendo necesario que ella se marchara.
Con Andrés había llegado a visitar departamentos. Él quería una sala enorme, un bar y un cuarto para guardar sus aparatos de ejercicio. Cuando Sofía preguntó dónde pondrían una habitación infantil, respondió que todavía no era momento. Dos meses después descubrió que tenía otra relación.
Con Julián duró menos, pero tardó más en perdonarse. Él comenzó corrigiendo su ropa, siguió revisando sus mensajes y acabó diciéndole que, a su edad, debía agradecer que alguien quisiera algo serio con ella. Sofía dejó aquella relación una tarde, con una maleta y un dolor de estómago que desapareció lentamente durante las semanas siguientes. Nunca lamentó haberse ido.
Lamentaba el tiempo.
—Sí quiero —dijo al fin—. Pero no quiero casarme con cualquiera para lograrlo.
Elena asintió.
—Eso me parece bien.
Sofía alzó la vista. Había preparado respuestas para una discusión que su madre no parecía dispuesta a comenzar.
—He estado pensando en hacerlo sola.
—¿Tener un bebé?
—Con ayuda de una clínica.
Elena apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Lo has pensado bien?
—He pensado en el dinero, en mi trabajo, en quién podría ayudarme si me enfermo. He pensado en lo que pasará cuando pregunte por su padre.
—¿Y qué le dirías?
—La verdad. De una forma que pueda entender.
Su madre permaneció callada. Desde la calle llegó el pregón de un vendedor de tamales.
—No sé si pueda ayudarte tanto como antes —dijo Elena—. Las rodillas ya me están dando guerra.
—No quiero dejarte la responsabilidad.
—Ya sé. Pero quiero que cuentes conmigo sin imaginar que tengo veinte años.
Sofía sonrió con los ojos húmedos. Aquella respuesta le dio más tranquilidad que cualquier promesa entusiasta.
—La doctora dijo que no hay una fecha exacta en la que todo se vuelva imposible —añadió—. Pero también me explicó que no conviene seguir posponiéndolo si de verdad lo quiero.
Elena alcanzó su mano.
—Entonces averigua lo que necesitas averiguar.
• • •
La clínica estaba en el tercer piso de un edificio de consultorios. Sofía acudió una semana después, al terminar las clases. Antes de entrar permaneció unos segundos frente al elevador, mirando su reflejo en las puertas metálicas. Llevaba una blusa azul, el cabello recogido y una carpeta con estudios médicos. Parecía la misma mujer que había salido de casa por la mañana.
Sin embargo, sentía que estaba a punto de hacer algo que dividiría su vida. La doctora Valdés la recibió sin prisa. Le preguntó por sus antecedentes, por sus ciclos, por los medicamentos que tomaba y por lo que esperaba del tratamiento. Sofía respondió con una claridad que se le deshacía cuando hablaba de sus miedos.
—No necesito que me prometa que va a funcionar —dijo—. Necesito entender qué estoy decidiendo.
La médica acercó la silla al escritorio.
—Eso sí podemos hacerlo.
Revisaron opciones, estudios pendientes y probabilidades. Sofía anotó los porcentajes y preguntó qué harían si el primer intento no funcionaba. La doctora explicó que primero debían completar la evaluación y determinar si una inseminación era adecuada para ella. También hablaron del banco de semen.
—Las muestras disponibles pasan por controles —explicó la médica—. Y usted recibirá la información permitida sobre el donante, conforme a los consentimientos y al programa de la clínica.
Sofía acarició el borde de su carpeta.
—¿Él podría buscarme?
La doctora le explicó las condiciones de confidencialidad y le entregó los documentos para que los leyera con calma. Sofía no firmó ese día. Se llevó todo a casa, subrayó las partes que no entendía y regresó con una lista de preguntas.
Al terminar, todavía tenía miedo, pero podía explicar por qué había elegido aquel tratamiento y qué límites aceptaba.
• • •
Las semanas siguientes adquirieron otra medida. Ya no se ordenaban solamente por juntas escolares, tareas y recibos. Había estudios, citas y llamadas que contestaba alejándose del salón. Una tarde le entregaron el perfil de la muestra seleccionada.
El donante aparecía identificado por un código. Había datos físicos, antecedentes disponibles y resultados de los controles correspondientes. La muestra procedía de una donación realizada años atrás y conservada por el banco. Sofía leyó la hoja varias veces. Intentó imaginar al joven que había acudido a donar, pero se detuvo. No estaba buscando un rostro al cual atribuirle sus esperanzas.
Guardó el documento. La mañana del procedimiento su madre la acompañó.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Elena en la sala de espera.
—Muchísimo.
—Todavía puedes decirlo.
—Ya lo dije. Como cinco veces.
Elena sonrió y le acomodó una hebra de cabello detrás de la oreja. Después, durante los días de espera, Sofía descubrió que podía explicar una división frente a treinta alumnos mientras una parte de su mente permanecía pendiente de algo que no podía comprobar. Procuró seguir las indicaciones médicas. También procuró no interpretar cada sensación como una respuesta.
No siempre lo consiguió. Cuando llegó el día del análisis, fue sola al laboratorio. Su madre tenía una cita y Sofía aseguró que podía hacerlo. Horas después recibió la llamada.
Estaba en casa, corrigiendo ejercicios sobre la mesa del comedor.
—Sofía, tenemos su resultado —dijo la voz de la clínica—. La prueba es positiva. Necesitamos programar el seguimiento.
Sofía apoyó el lápiz. Escuchó las indicaciones, las repitió para asegurarse de haberlas entendido y terminó la llamada. Entonces se quedó inmóvil.
Antes de empezar a corregir, había sacado de la agenda el dibujo de Mateo y lo había sujetado al refrigerador con un imán. La mesa. La mujer. La figura pequeña enfrente. Se levantó y puso la palma sobre su abdomen, todavía plano.
—Hola —susurró.
La palabra le pareció insuficiente. También le pareció la única posible. Se sentó de nuevo, llamó a su madre y, apenas escuchó su voz, comenzó a llorar.
• • •
Muy lejos de aquella cocina, Damián Robles dejó una fotografía sobre un escritorio. En ella aparecía un hombre al que habían matado la madrugada anterior. La imagen había llegado acompañada de un mensaje que no necesitaba explicación. Frente a él, su abogado esperaba.
Damián tenía cuarenta y cuatro años. En los últimos meses había perdido a dos hombres cercanos y empezado a revisar una sucesión que nunca le había preocupado mientras la muerte parecía asunto de otros.
—Hay que revisar la disposición de sus bienes —dijo—. Las personas que figuran actualmente…
—No tengo hijos.
El abogado cerró la boca. Desde el piso inferior llegaba música. Una mujer lo había llamado dos veces durante la reunión; Damián había silenciado el teléfono sin mirar la pantalla. Se acercó a la ventana.
Abajo estaban sus camionetas, sus guardias y una alberca iluminada que nadie utilizaba. De pronto recordó una sala estrecha, un formulario y el dinero que había recibido siendo casi un muchacho. Dinero con el que había comprado medicinas para su madre. No pensaba en aquella donación desde hacía años.
—Necesito que encuentres una clínica —dijo.
El abogado abrió su libreta.
—¿Qué clínica?
Damián regresó al escritorio. Por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de no tener que empezar algo desde cero le produjo alivio.
—Una donde dejé algo mío.