Capítulo 1 de 20
Antes de que llegara el dinero
La primera vez que Damián le prometió una casa a Valeria, dibujó las paredes sobre la tierra con una rama.
Tenía diecinueve años, una camisa descolorida y una herida en la palma que se había abierto levantando una cerca. Ella acababa de cumplir dieciocho y llevaba los zapatos en la mano para cruzar el arroyo sin mojarlos.
—La cocina aquí —dijo él, trazando un cuadrado—. Grande, como tú quieres.
—Yo nunca he dicho que quiera una cocina grande.
—Siempre te quejas de que en la de tu mamá no caben dos personas.
Valeria sonrió. Damián alargó el dibujo.
—Entonces aquí ponemos un corredor. Y un árbol.
—Los árboles no se ponen como las sillas.
—Se siembran, pues. Uno que dé mucha sombra.
Ella se acercó a mirar aquel plano torcido.
—¿Y el cuarto?
Damián dibujó otro cuadrado.
—Lejos de la entrada.
—¿Para qué?
Él levantó la vista con una sonrisa que la hizo bajar los ojos.
—Para que no se escuche cuando discutamos.
Valeria le dio un golpe suave con los zapatos.
—Mira qué seguro estás de que voy a casarme contigo.
Damián soltó la rama y le tomó la mano.
—De eso es de lo único que estoy seguro.
Muchos años después, Valeria recordaría aquel dibujo con una precisión cruel. La piedra junto a la supuesta cocina. Una hormiga cruzando el dormitorio. La sangre seca en los dedos del muchacho que le prometía un futuro. Recordaría, sobre todo, que en aquella casa imaginaria todavía había lugar para los dos.
* * *
Se casaron once meses después.
La fiesta se hizo en el patio de la madre de Valeria, con mesas prestadas y un toldo que no alcanzaba a cubrir a todos. Una tía preparó arroz; otra llevó dos ollas de mole. Damián compró flores en la cabecera municipal y las transportó sobre las piernas para que no se maltrataran en el camión.
Cuando llegaron, algunas estaban aplastadas. Valeria las acomodó en frascos de café.
—Quedaron bonitas —dijo.
—Te merecías algo mejor.
Ella dejó el último frasco sobre una mesa.
—Me trajiste las que pudiste comprar.
Lo besó antes de que él volviera a disculparse. Aquella noche, mientras los invitados recogían las sillas, Damián la llevó a conocer su casa: dos habitaciones detrás del taller donde reparaba motores agrícolas, una estufa usada y una cama que crujía apenas alguien se sentaba. Sobre la almohada había una caja pequeña. Dentro encontró unos aretes de plata.
—Los voy a terminar de pagar en diciembre —confesó él.
Valeria se los puso frente al espejo manchado.
—Entonces me los quitaré hasta diciembre para que no se gasten.
Damián se rio y la abrazó por detrás.
Durante un tiempo fueron felices de una manera que después les resultaría difícil explicar. Compartían el pan del desayuno. Discutían por el dinero y se reconciliaban haciendo cuentas sobre la mesa. Cuando llovía, colocaban una cubeta debajo de la gotera y se cambiaban de lado en la cama.
Valeria llevaba las cuentas del taller. Damián sabía reparar un motor casi con los ojos cerrados, pero cobraba tarde y prestaba dinero que no recuperaba. Ella comenzó a anotar cada trabajo en una libreta escolar.
—Si don Jacinto puede pagar cervezas el domingo, puede pagarte la bomba de agua —le dijo una tarde.
—Es cliente de años.
—También lleva años debiéndote.
Al mes siguiente habían recuperado suficiente para comprar un refrigerador. Damián la levantó en brazos cuando lo entregaron.
—Contigo voy a hacerme rico.
Valeria apoyó la frente en la suya.
—Con que alcance, estamos bien.
Él no respondió. Entonces ella creyó que no la había escuchado.
* * *
Iker nació una madrugada de agosto. Damián llegó al hospital con la camisa húmeda de sudor, convencido de que se había perdido el nacimiento. Encontró a Valeria agotada, con el cabello pegado a las sienes y un bulto diminuto sobre el pecho.
—Tiene tus orejas —murmuró ella.
Damián se acercó con una cautela desconocida.
—Pobre criatura.
Valeria se rio, y enseguida hizo una mueca de dolor. Él dejó de sonreír.
—¿Estás bien?
—Ahora sí.
Cuando tomó a su hijo, el niño abrió la boca y cerró una mano alrededor de su dedo. Damián permaneció inmóvil. Valeria lo observó. Nunca lo había visto llorar, ni siquiera cuando murió su padre. Esa madrugada le resbalaron dos lágrimas.
—Voy a darte todo —le dijo al niño.
Ella extendió una mano hacia su brazo.
—Primero devuélvemelo. Tiene hambre.
Durante los primeros años, Damián cumplió las promesas pequeñas. Aprendió a bañarlo. Caminó con él por el patio cuando no podía dormir. Fabricó una cerca para impedir que llegara al taller y guardó en una bolsa el primer diente que se le cayó. Iker creció entre herramientas, gallinas y cuadernos de cuentas.
A los cinco años sabía distinguir el sonido de la camioneta de su padre mucho antes de que apareciera en el camino. A los seis comenzó a preguntar por qué algunos compañeros tenían juguetes que él solamente veía en los escaparates. Damián escuchaba esas preguntas con la mandíbula apretada. Valeria trataba de responder sin avergonzarlo.
—Cada casa compra lo que puede, mi amor.
Pero Damián empezó a quedarse mirando demasiado tiempo las camionetas nuevas que atravesaban el pueblo.
* * *
El hombre que cambió sus vidas llegó al taller un martes. Vestía una camisa blanca demasiado limpia para aquellos caminos. Llevaba un reloj pesado y botas sin una sola mancha de aceite. Valeria estaba revisando una factura cuando lo vio bajar. Damián salió de debajo de una camioneta.
—Aquí no hacemos trabajos de lujo —dijo, señalando el vehículo del visitante.
El hombre sonrió.
—Por eso vengo a hablar contigo.
Se llamaba Octavio Salcedo. Valeria había escuchado el apellido en conversaciones que terminaban cuando ella se acercaba. Octavio no pidió una reparación. Invitó a Damián a comer. Él regresó tres horas después, con una botella de whisky que nadie en su casa acostumbraba beber. La dejó sobre el refrigerador.
—Me ofrecieron trabajo.
Valeria cerró la libreta.
—Ya tienes trabajo.
—Uno que deja dinero de verdad.
Desde el patio llegó la voz de Iker, que estaba inventando una carrera con dos carritos sin ruedas.
—¿De qué? —preguntó ella.
Damián se lavó las manos, aunque no las tenía sucias.
—Mover vehículos. Revisarlos. Acompañar entregas.
—¿Entregas de qué?
Él mantuvo la vista en el chorro.
—No pregunté.
Valeria esperó a que cerrara la llave.
—Entonces vuelve y pregunta.
Damián tomó un trapo.
—No todo el mundo puede darse el lujo de rechazar una oportunidad.
La frase quedó entre los dos. Valeria miró la botella.
—¿Y eso es una oportunidad?
Él siguió secándose las manos.
* * *
El primer pago llegó dentro de un sobre amarillo. Damián lo abrió sobre la mesa, junto al plato de frijoles. Valeria vio los billetes y sintió una presión en el estómago. Era más de lo que ganaban en varios meses.
—¿Por un viaje?
—Dos.
—¿Por qué te pagan tanto?
Damián empujó el sobre hacia ella.
—Podemos arreglar el techo. Comprar la medicina de tu mamá. ¿O también vas a discutir por eso?
Valeria retiró la mano. Iker entró corriendo con una hoja de la escuela. Había dibujado a los tres frente a una casa azul. Damián lo sentó sobre sus piernas y le prometió una bicicleta. La discusión terminó allí, aplastada bajo la alegría del niño. Después llegaron otras cosas. Un televisor. Una camioneta. La reparación del techo.
También llegaron llamadas que Damián atendía afuera, viajes sin fecha de regreso y hombres que preferían quedarse junto a la puerta. Valeria le preguntó una noche si llevaba algo ilegal. Él tardó demasiado en contestar.
—Mientras menos sepas, mejor.
Ella se incorporó en la cama.
—No vuelvas a decirme eso.
Damián se pasó las manos por el rostro.
—Lo hago por ustedes.
—Mírame y dime qué estás haciendo.
Pero él apagó la lámpara.
* * *
Cuando Iker cumplió ocho años, ya vivían en una casa de dos pisos. Tenía portón eléctrico, una fuente en el patio y una cocina tan grande que Valeria escuchaba el eco de sus propios pasos cuando estaba sola. No había ningún árbol. Damián decía que las raíces levantaban el piso.
El día del cumpleaños contrataron un espectáculo, compraron una mesa de dulces y llenaron el jardín de globos. Iker llevaba una camisa azul y preguntó por su padre desde el desayuno. Damián llegó cuando estaban retirando los platos. Traía una caja enorme.
—¡Campeón!
Iker corrió hacia él. Valeria vio cómo lo abrazaba y decidió esperar. No quería discutir delante de los invitados que todavía quedaban. La caja contenía una consola. El niño la abrió con ayuda de un primo. Damián se acercó a su esposa. Ella percibió un perfume dulce que no era el suyo. Después vio una marca de maquillaje en el cuello de la camisa.
—Te perdiste las velas —dijo.
—Se complicó una cosa.
—Te estuvo esperando.
—Ya estoy aquí.
Damián intentó besarla. Valeria apartó la cara apenas lo suficiente para que sus labios rozaran su mejilla. Él la miró. Durante un instante reconoció en sus ojos una irritación que antes reservaba para los clientes que no pagaban. Luego sonrió hacia el jardín.
—No me hagas una escena.
Valeria sintió que se le enfriaban las manos. No había levantado la voz. No había mencionado el perfume. Todavía no había aprendido cuánto podía humillarla aquella frase.
* * *
Esa noche, Iker se durmió abrazado a su viejo caballo de tela, mientras la consola nueva seguía junto al televisor. Valeria le acomodó la sábana.
—¿Papá ya se fue?
Ella se quedó con la mano sobre el borde del colchón.
—Tuvo que salir.
Iker miró hacia la puerta.
—¿Mañana desayuna con nosotros?
—Voy a preguntarle.
El niño asintió, satisfecho con una respuesta que a ella le avergonzó haber dado. Cuando salió del cuarto, encontró el teléfono de Damián vibrando sobre una consola del pasillo. En la pantalla apareció un mensaje. ¿Vas a tardar, mi amor? Me dijiste que hoy dormirías conmigo. Debajo se leía un nombre. Renata. Valeria no tocó el aparato.
Oyó abrirse la puerta del vestidor y levantó la vista. Damián apareció cambiándose el reloj. Ya no llevaba la camisa del cumpleaños. Miró el teléfono, después a su esposa. Ninguno habló durante unos segundos.
—No empieces —dijo él finalmente.
Valeria sintió ganas de preguntarle cuándo había terminado lo de ellos. Cuál había sido el último día en que la había amado sin estar esperando irse a otra parte. Pero detrás de la puerta dormía su hijo.
—Mañana quiere desayunar contigo.
Damián recogió el teléfono.
—Voy a tratar.
Pasó junto a ella y bajó las escaleras. Valeria escuchó el portón, el motor y, finalmente, el silencio. Regresó al dormitorio de Iker. Se sentó a su lado y contempló el rostro que todavía conservaba algo del recién nacido al que Damián había prometido darle todo. El niño se movió entre sueños y le buscó la mano. Valeria se la sostuvo.
En la planta baja, una de las velas del cumpleaños seguía sobre la mesa, torcida y consumida hasta la mitad. Habían comprado ocho. Su padre no había visto apagarse ninguna.