Capítulo 2 de 20

La mujer que esperaba en casa

Valeria no durmió. Permaneció junto a Iker hasta que el niño dejó de buscarle la mano entre sueños. Después regresó a su habitación y se sentó frente al espejo del tocador. Todavía llevaba el vestido del cumpleaños.

Lo había elegido porque Damián le dijo alguna vez que el azul le quedaba bonito. Esa tarde, mientras se arreglaba, había imaginado que él entraría temprano, abrazaría a su hijo y la miraría como solía hacerlo cuando regresaba del taller.

Ahora tenía una mancha de pastel cerca de la cintura. La frotó con una toalla húmeda hasta que la tela se oscureció. A las cinco de la mañana escuchó abrirse el portón. Damián entró sin encender la luz. Dejó las llaves sobre una cómoda y se detuvo al descubrirla sentada.

—¿Todavía despierta?

Valeria sostuvo su mirada a través del espejo.

—¿Quién es Renata?

Él dejó escapar el aire por la nariz.

—Ya sabía que ibas a revisar mi teléfono.

—Lo dejaste en el pasillo. Llegó un mensaje.

Damián comenzó a desabotonarse la camisa.

—Entonces sabes lo mismo que yo.

La facilidad con la que lo dijo la hizo girarse.

—Soy tu esposa.

—No he dicho que no.

—Ayer fue el cumpleaños de tu hijo.

—Y estuve aquí.

Valeria se levantó.

—Llegaste cuando todos se iban. Luego te cambiaste para irte con ella.

Damián arrojó la camisa sobre una silla.

—No me interrogues a esta hora.

Ella buscó en su rostro alguna vergüenza. Le habría bastado un titubeo, una explicación torpe, algo que demostrara que comprendía lo que estaba rompiendo. Él miró hacia el baño.

—Mañana hablamos.

—Ya es mañana.

Damián cerró los ojos un instante.

—Valeria, tengo problemas más grandes.

Ella retrocedió antes de que pudiera verla llorar. Él entró al baño y abrió la regadera.

* * *

A las siete, Iker apareció en la cocina con el caballo de tela bajo el brazo.

—¿Ya llegó papá?

Valeria estaba cortando fruta.

—Está descansando.

—¿Lo despierto?

Miró la charola que había preparado: huevos, café y tres platos. Durante casi una hora había confiado en que Damián bajaría por voluntad propia.

—Déjalo un poquito más.

Iker se subió a su silla.

—Podemos guardarle pan.

Eligió la pieza más grande y la puso en el plato de su padre. Valeria tuvo que darse vuelta para buscar unas servilletas que ya estaban sobre la mesa. Cuando Damián bajó, dos horas después, su hijo se encontraba en la escuela. El pan seguía esperándolo. Él apenas probó el café.

—Esta tarde viene Octavio con unas personas. Que preparen algo bueno.

Valeria dejó de recoger la cocina.

—Iker te esperó.

—Anoche llegué tarde.

—Lo sé.

Damián levantó los ojos. Ella sostuvo el plato que llevaba entre las manos.

—Si quieres vivir con otra mujer, dímelo.

Él se reclinó en la silla. Por primera vez desde la madrugada pareció prestar atención.

—¿Y tú qué harías?

Valeria tardó en responder.

No tenía una casa propia. Su madre vivía con una pensión pequeña y necesitaba medicinas. Desde que Damián vendió el taller, ella había perdido también aquel ingreso. Hasta las cuentas bancarias estaban a nombre de él o de empresas que ella no conocía.

Damián vio la duda.

—Aquí no te falta nada —dijo.

Valeria miró el plato del niño, que aún conservaba unas migajas.

—Prepara lo de esta tarde —añadió él antes de levantarse.

* * *

Octavio llegó acompañado de dos hombres y una mujer de cabello recogido que llevaba una carpeta. Valeria reconoció el reloj pesado, las botas impecables y aquella forma de mirar una habitación como si ya supiera cuánto costaba todo lo que había dentro. Damián lo recibió con un abrazo.

Durante la comida hablaron de terrenos, transportes y un hombre apellidado Barragán. Cada vez que Valeria se acercaba, cambiaban de tema o bajaban la voz. Ella sirvió café y se dispuso a retirarse.

—Tu marido dice que antes le llevabas las cuentas —comentó Octavio.

—Las del taller.

—Entonces quizá puedas explicarle por qué esto no cuadra.

Señaló una hoja que la mujer de la carpeta acababa de dejar sobre la mesa. Damián se tensó.

—Es una diferencia de gastos.

Valeria miró el documento sin sentarse. Reconoció sumas, fechas y cantidades repetidas. Acercó la hoja.

—Esta factura aparece dos veces.

La mujer revisó su copia. Valeria señaló otra línea.

—Y aquí están cobrando una reparación completa, pero abajo volvieron a sumar las piezas por separado.

Hubo un silencio breve. La mujer sacó una calculadora. Damián extendió la mano.

—Dámelo. Luego lo reviso.

Octavio lo detuvo con un gesto.

—Que termine.

Valeria comprobó las cifras. No necesitó más de dos minutos. Cuando dijo la diferencia, Octavio se quedó observándola.

—Te están cobrando muy caro por no leer, Damián.

Uno de los hombres sonrió. Su esposo no. Valeria dejó la hoja y salió del comedor. Antes de cruzar la puerta alcanzó a escuchar a Octavio:

—Deberías ponerla a trabajar contigo.

* * *

Damián la encontró en la despensa.

—¿Era necesario?

Ella tenía una bolsa de arroz entre las manos.

—Él me preguntó.

—Podías haberme dado la hoja después.

Valeria volvió a colocar el arroz en el estante.

—No intentaba dejarte mal.

Damián miró hacia el comedor para asegurarse de que nadie los seguía.

—No vuelvas a meterte en esas cosas.

La advertencia le produjo un miedo distinto al de la noche anterior.

—Entonces no dejes esos papeles donde yo pueda verlos.

Él frunció el ceño. Valeria salió antes de que respondiera. Encontró a Iker en el patio, agachado junto a una maceta. Había regresado de la escuela y todavía llevaba la mochila puesta.

—Mira, mamá.

En la palma tenía un pájaro pequeño. Respiraba con el pico abierto.

—Se pegó en el vidrio.

Valeria se arrodilló a su lado. Le trajeron una caja de zapatos y un trapo limpio. Iker hizo preguntas en voz baja, como si el ruido pudiera lastimar más al animal.

—¿Se va a morir?

—No lo sabemos. Vamos a dejarlo tranquilo un rato.

Él acomodó la caja lejos del sol. Durante el resto de la tarde la revisó cada pocos minutos. Cuando el pájaro consiguió sostenerse sobre las patas, Iker corrió a buscar a su padre. Lo encontró despidiendo a los invitados. Damián le puso una mano sobre la cabeza sin dejar de hablar.

—Ahorita me cuentas, campeón.

El niño esperó. Diez minutos después regresó solo al patio. Valeria abrió la caja con él. El pájaro tardó en moverse. Luego saltó al borde y voló hasta la barda. Iker sonrió con todos los dientes.

—Ya está.

Ella lo abrazó. Él olía a polvo, jabón y sudor de niño. Valeria cerró los ojos y lo sostuvo un poco más.

* * *

El sábado siguiente, Damián anunció que asistirían a la inauguración de un restaurante.

—Van esposas —aclaró mientras elegía una camisa—. Arréglate.

Valeria estuvo a punto de negarse. Después pensó en las noches sola, en las llamadas interrumpidas y en aquella mujer cuyo nombre ya conocía. Quería mirar de frente la vida de su marido. Eligió un vestido verde oscuro y los aretes de plata de su boda. Damián los vio cuando ella entró al vestidor.

—Tienes joyas mejores.

Valeria tocó uno de los aretes.

—Me gustan estos.

Él no insistió. El restaurante tenía ventanales frente a una terraza y hombres de seguridad junto a cada acceso. Los recibieron con sonrisas cuidadosas. Valeria no supo qué le dolía más: que todos parecieran conocerla o que algunos evitaran mirarla demasiado. Entonces apareció Renata. No necesitó que nadie dijera su nombre.

Era joven, de cabello largo y vestido ceñido color marfil. Se acercó a Damián con una confianza que desapareció apenas vio a Valeria. Solo durante un segundo. Luego sonrió.

—Qué gusto conocerla.

Damián tomó una copa de la charola de un mesero.

—Renata trabaja con los del restaurante.

Valeria miró la mano de la joven, que acababa de apartarse del brazo de su esposo.

—¿En qué?

Renata sostuvo la sonrisa.

—Relaciones públicas.

Tenía una voz suave y un perfume dulce. El mismo que Valeria había sentido la noche del cumpleaños.

—Que disfruten la velada —dijo la joven.

Se retiró sin apresurarse. Damián bebió.

—Compórtate.

Valeria volvió hacia él la cabeza.

—No he hecho nada.

—Te conozco esa cara.

Ella buscó un lugar donde dejar el bolso. Necesitaba soltar algo antes de que le temblaran las manos.

* * *

Renata la encontró junto a los lavabos. Valeria estaba retocándose el labial frente al espejo cuando la vio entrar. Permanecieron unos segundos en silencio.

—No quería que nos conociéramos así —dijo la joven.

Valeria cerró el cosmético.

—Sin embargo, viniste a saludar.

Renata abrió el bolso y sacó una polvera.

—Damián me dijo que ustedes ya estaban separados.

Valeria la observó a través del espejo.

—Dormimos en la misma casa. Nuestro hijo cumplió ocho años la semana pasada. Él salió de su fiesta para ir a verte.

La mano de Renata se detuvo. Fue un gesto pequeño, pero Valeria lo vio.

—Eso tienes que hablarlo con él.

—Ya lo hice.

Renata guardó la polvera.

—Entonces sabes que no puedo resolverte nada.

Valeria se volvió.

La joven era hermosa. De cerca se veían mejor los detalles de una apariencia cuidada con tiempo y dinero: la piel, las uñas, las pestañas. Valeria recordó que esa mañana había salido de casa sin desayunar porque Iker no encontraba un cuaderno.

No sintió vergüenza de su vida. Sintió rabia de estar comparándolas.

—No te he pedido que me resuelvas nada.

Tomó su bolso y salió.

* * *

Damián conducía cuando regresaron. Habían dejado al chofer esperando en el restaurante porque él dijo necesitar aire. Durante varios kilómetros solo se escuchó el motor.

—¿Qué le dijiste? —preguntó al fin.

Valeria miró las luces del camino.

—La verdad.

Damián apretó el volante.

—No quiero problemas entre ustedes.

Ella soltó una risa breve que le raspó la garganta.

—Pues deja de llevarnos al mismo lugar.

Él frenó con brusquedad ante un semáforo.

—Cuida cómo me hablas.

Valeria volvió a mirarlo. Recordó las manos que habían cargado flores aplastadas en un camión. Las mismas manos descansaban ahora sobre un volante de piel, con un reloj que costaba más que aquella primera casa.

—Llévame con mi hijo —dijo.

No hablaron más.

* * *

Iker dormía cuando llegaron. Valeria se quitó los zapatos en el pasillo y entró a verlo. Sobre la mesa de noche había una hoja doblada. La abrió. Era un dibujo del pájaro que habían cuidado, posado en la rama de un árbol enorme. Abajo, con letras desiguales, Iker había escrito: Para mi mamá, que sabe arreglar cosas.

Valeria se sentó en el borde de la cama. Leyó la frase varias veces. Después guardó el dibujo en el cajón, junto al caballo de tela que se había quedado sin una oreja. Desde abajo llegó la voz de Damián. Hablaba por teléfono.

—No vuelvas a acercarte a ella sin decirme.

Hubo una pausa. Luego su voz se suavizó.

—Sí, yo también.

Valeria cerró despacio el cajón. Iker se movió sobre la almohada.

—¿Mamá?

—Aquí estoy.

El niño volvió a dormirse en cuanto sintió su mano. Ella permaneció allí, todavía vestida para una fiesta a la que deseó no haber ido, escuchando cómo su esposo le decía a otra mujer las palabras que antes le reservaba. Cuando amaneció, Valeria supo que ya no iba a seguir esperando una explicación. Necesitaba empezar a decidir qué hacer con la verdad.