Capítulo 3 de 20
Lo que no se compra
La mañana del domingo, Valeria buscó la libreta del taller. No sabía por qué la había conservado. Tal vez porque era una de las pocas cosas que habían llegado con ellos desde el rancho y que Damián nunca había considerado necesario reemplazar. Estaba al fondo de una caja, debajo de unas fotografías y la primera camisa de Iker. La abrió sobre las piernas.
Encontró cantidades pequeñas, apellidos conocidos y anotaciones escritas con dos tintas distintas. En una página había una mancha de café. En otra, Damián había dibujado un corazón alrededor de una suma que les permitió pagar una deuda.
Valeria pasó el dedo por aquel trazo. Después buscó una hoja en blanco. Anotó cuánto dinero tenía disponible. Lo que guardaba en efectivo. Lo que costaban las medicinas de su madre. La colegiatura de Iker. Se detuvo antes de escribir la siguiente cantidad. Casi todo lo que usaba dependía de tarjetas que Damián podía cancelar con una llamada. Cerró la libreta cuando escuchó pasos.
Iker apareció en la puerta con el cabello aplastado de un lado.
—¿Estás haciendo tarea?
—Algo parecido.
Él se acercó a mirar.
—Yo también tengo. Un árbol de mi familia.
Valeria le acomodó el cuello de la pijama.
—Desayunamos y lo hacemos juntos.
—¿Con papá?
Ella miró hacia el pasillo.
—Si está despierto, lo invitamos.
Iker aceptó la respuesta sin advertir el cuidado con el que su madre había elegido las palabras. Damián bajó cerca del mediodía. Encontró la mesa cubierta de cartulinas, fotografías y pegamento. Iker había dibujado unas raíces gruesas y colocado una fotografía de sus abuelos en cada rama.
—Faltas tú —le dijo, señalando un espacio.
Damián se quedó detrás de la silla. Valeria recortaba una imagen de los tres frente al viejo taller.
—Pon esa —dijo él.
—Pero aquí estamos todos.
—No importa.
Iker extendió la mano hacia su padre.
—Ayúdame a que no quede chueca.
Damián miró el reloj. Después tomó el pegamento. Valeria continuó recortando, aunque ya no necesitaba hacerlo. Durante unos minutos volvieron a parecer una familia. Damián sostuvo la fotografía mientras Iker la presionaba con las palmas. El niño les explicó que debía hablar de una cosa que hubiera aprendido de cada uno.
—De mamá aprendí a cuidar animales.
—¿Y de mí? —preguntó Damián.
Iker lo pensó.
—A arreglar motores.
Él sonrió.
—Eso es.
—Aunque ya no arreglas.
La sonrisa se le quedó inmóvil. Iker siguió coloreando una hoja.
—Un día podemos ir al taller otra vez.
Damián dejó el pegamento sobre la mesa.
—Algún día, campeón.
El teléfono vibró en su bolsillo. Se apartó para contestar. Valeria vio que Iker mantenía el lápiz suspendido sobre la cartulina, esperando. Cuando su padre salió al patio, el niño volvió a dibujar.
* * *
Esa tarde, Valeria pidió visitar a su madre. Damián levantó la vista de su teléfono.
—Que te lleve Rogelio.
—Puedo manejar.
—Ya dije que te lleve Rogelio.
Ella estuvo a punto de discutir. Luego miró a Iker, que esperaba junto a la puerta con su árbol familiar bajo el brazo.
—Está bien.
El trayecto al rancho duró poco más de una hora. Conforme desaparecieron los edificios y comenzaron los campos, Valeria sintió que podía respirar con más profundidad. Iker pidió bajar la ventanilla. Rogelio lo permitió un momento, hasta que el polvo entró en la camioneta. Su madre los esperaba en el corredor. Elvira abrazó primero al niño y después a su hija.
No hizo preguntas delante de él. Puso agua a calentar y le dio a Iker una bolsa de semillas para que alimentara a las gallinas. Cuando quedaron solas, Valeria se sentó a la mesa de la cocina. Era más pequeña de lo que recordaba. También estaba limpia, tibia y llena de cosas que su madre podía tocar sin pedir permiso.
—Damián tiene otra mujer —dijo.
Elvira dejó la cuchara junto a la estufa. Se acercó sin prisa y se sentó enfrente.
—¿Te lo dijo?
—Ya no se molesta en esconderlo.
Su madre le cubrió una mano. Valeria mantuvo los ojos sobre el mantel.
—Necesito pensar cómo salir de ahí.
Elvira asintió.
—Aquí puedes quedarte.
La respuesta le soltó las lágrimas. No había comprendido cuánto necesitaba escuchar algo tan sencillo.
* * *
Hablaron de dinero, de escuela y de espacio. Elvira propuso acomodar la habitación donde guardaba costales y una máquina de coser descompuesta. Iker podría dormir con Valeria mientras conseguían otra cama. Por primera vez en varios días, el futuro tuvo medidas concretas. Una habitación. Un colchón. El costo de una inscripción. Valeria sacó la libreta.
—Puedo llevar cuentas otra vez. Hay negocios en el pueblo.
—Don Ernesto necesita ayuda en la veterinaria.
—También podría preguntar en la empacadora.
Elvira la miró un instante.
—Pregunta antes de decirle nada a Damián.
Valeria levantó la cabeza. Su madre no tenía aspecto de estar dando un consejo doméstico.
—¿Por qué?
Elvira bajó la voz.
—Porque los hombres que van a buscarlo ya no se parecen a los que entraban al taller.
Desde el patio llegó la risa de Iker. Las dos volvieron hacia la ventana. Rogelio seguía junto a la camioneta, con el teléfono pegado al oído.
* * *
El lunes, Renata recibió un paquete mientras desayunaba. Era un brazalete de oro. No llevaba tarjeta, pero reconoció la letra de la asistente que había llenado el comprobante de entrega. Damián la llamó unos minutos después.
—¿Te llegó?
Renata cerró el estuche.
—Sí.
—Entonces deja de estar molesta.
Se levantó de la mesa. En el espejo del comedor vio su propia figura envuelta en una bata clara y, detrás, el departamento que él pagaba.
—Tu esposa vino a decirme que duermen juntos.
Al otro lado hubo un silencio.
—No voy a discutir eso contigo.
Renata apretó el estuche.
—A mí me dijiste otra cosa.
—Te dije que las cosas eran complicadas.
Ella miró las flores que empezaban a secarse en un jarrón. Había trabajado durante años soportando que los hombres decidieran cómo llamarla, cuánto valía su tiempo y qué podían exigirle después de pagar. Con Damián creyó haber encontrado una puerta de salida. Ahora descubría que también aquella puerta se cerraba desde afuera.
—¿Vas a dejarla?
—Tengo un hijo.
Renata apartó el teléfono unos centímetros. Cuando volvió a acercárselo, ya había cambiado la voz.
—Lo sé, amor.
Damián prometió verla esa noche. Ella terminó la llamada y dejó el brazalete sobre la mesa. No se lo puso.
* * *
Valeria fue a la veterinaria el martes. Don Ernesto la recibió con una sonrisa y le preguntó por Iker. Ella esperó a que saliera una señora con un gato dentro de una canasta antes de hablarle del trabajo.
—Mi mamá me dijo que necesita ayuda con las cuentas.
El hombre bajó la vista hacia unos recibos.
—Sí, pero ya encontré quién.
Valeria miró la silla vacía detrás del mostrador.
—Puedo venir unos días. Revisar lo atrasado.
—Te agradezco, hija.
La amabilidad había adquirido una rigidez extraña. Ella recogió su bolso. Antes de salir vio, junto a la caja, un calendario del año anterior. En la parte de atrás había cuentas hechas a lápiz. Don Ernesto todavía necesitaba ayuda. No la quería de ella. O no podía aceptarla. Al volver a la camioneta, Rogelio abrió la puerta.
—¿Todo bien, señora?
Valeria lo miró.
—¿Damián te pregunta adónde me llevas?
Él tardó apenas un instante.
—Es por seguridad.
Ella subió sin responder.
* * *
Esa noche encontró a su esposo en el despacho. Había dos vasos sobre el escritorio, aunque estaba solo. Valeria cerró la puerta.
—¿Hablaste con don Ernesto?
Damián dejó una carpeta.
—No necesitas trabajar.
—No te pregunté eso.
Él se reclinó.
—¿Ahora vas a hacerme quedar como si no pudiera mantenerte?
Valeria recordó la vergüenza del veterinario. La mirada de Rogelio en el espejo.
—Quiero dinero mío.
Damián abrió un cajón, sacó un fajo de billetes y lo dejó frente a ella. Valeria no lo tocó.
—Eso es tuyo.
—Eres mi esposa.
—Entonces deja de tratarme como si no pudiera decidir nada.
Él se puso de pie. Valeria sintió el impulso de retroceder, pero permaneció donde estaba. Damián lo advirtió. Su expresión cambió apenas.
—Mientras vivas aquí, no vas a andar diciendo que te tengo abandonada.
Ella miró los billetes. Después levantó la cabeza.
—¿Y si dejo de vivir aquí?
Damián rodeó el escritorio. Se detuvo a poca distancia.
—Tú puedes ir donde quieras.
Valeria alcanzó a sentir un alivio breve. Él miró hacia la puerta.
—Iker se queda conmigo.
* * *
La amenaza no terminó cuando salió del despacho. La siguió por las escaleras, entró con ella al dormitorio del niño y se sentó a su lado mientras revisaba una tarea de matemáticas.
—Te saltaste esta —dijo, señalando una suma.
Iker borró con cuidado. Valeria observó sus dedos manchados de lápiz. Podía imaginarse viviendo sin la casa, sin las joyas y sin las personas que recogían los platos. No pudo imaginar una mañana en la que no supiera dónde estaba su hijo.
—¿Estás enojada conmigo? —preguntó él.
Ella se arrodilló junto a la silla.
—No, mi amor.
—Estás muy callada.
Valeria lo abrazó. Iker apoyó la mejilla en su hombro y esperó sin preguntar más.
* * *
Renata fue a buscar a Celia el jueves. La mujer había trabajado con ella años atrás. Ahora atendía un salón pequeño, al fondo de una galería comercial. La dejó hablar mientras le retiraba el esmalte. Renata contó lo del restaurante, la esposa y la promesa que Damián evitaba repetir.
—Dice que no puede por el niño.
Celia levantó la vista.
—Los hombres siempre encuentran algo.
—Esta vez es eso.
La mujer volvió a concentrarse en sus uñas. Durante un rato solo se escuchó el zumbido del ventilador. Después Celia mencionó a una conocida que hacía consultas, limpias y trabajos para quienes aseguraban tener cerrado el camino. Renata soltó una risa incrédula.
—¿Ahora me vas a decir que me embrujaron?
—Te digo que hay gente que va.
No volvieron a hablar del asunto hasta que terminó la manicura. Cuando Renata sacó dinero del bolso, preguntó:
—¿Cómo se llama esa señora?
* * *
El viernes, Iker regresó del colegio con una invitación a una excursión. Era a una granja donde sembraban hortalizas y enseñaban a los niños a hacer queso. Valeria leyó dos veces la hoja. El niño aguardaba enfrente, balanceándose sobre los talones.
—¿Puedo ir?
Ella miró las indicaciones, el horario y el nombre de la maestra responsable. Una salida normal. Un autobús lleno de niños. La clase de día que su hijo merecía tener.
—Sí.
Iker la abrazó por la cintura. Valeria firmó la autorización. Más tarde, mientras guardaba el documento en la mochila, escuchó una discusión en el patio. La voz de Damián llegó primero.
—Que Barragán entienda que no voy a devolverle nada.
Rogelio respondió algo que ella no alcanzó a escuchar. Después su esposo añadió:
—Mi familia no tiene por qué cambiar de vida por ese hombre.
Valeria permaneció inmóvil junto a la mochila abierta. Sacó la autorización. La dejó sobre el escritorio. Afuera, la discusión terminó con el golpe de una puerta. Iker la llamó desde el baño para mostrarle que se le movía otro diente. Ella volvió a mirar el papel.
Luego fue a buscar a su hijo, sin saber todavía cómo explicarle que empezaba a tener miedo incluso de dejarlo ir a la escuela.