Capítulo 4 de 20
El precio de quedarse
Iker notó la ausencia del permiso antes de salir al colegio. Revisó la mochila, sacó el cuaderno de matemáticas y volvió a meterlo. Después miró a su madre.
—¿Dónde pusiste la hoja de la granja?
Valeria tenía el almuerzo del niño entre las manos. Había pasado parte de la noche imaginando cómo explicárselo. Ninguna de las respuestas que ensayó le pareció suficiente cuando lo tuvo enfrente.
—Quiero hablar primero con tu maestra.
—¿Por qué?
—Para saber bien cómo van a organizarse.
Iker bajó la vista hacia la mochila.
—Ahí dice.
Ella se sentó a su lado.
—Lo sé. Solo quiero preguntar unas cosas.
—Todos van a ir.
Valeria le acomodó un mechón detrás de la oreja. Él se apartó apenas, decepcionado, y cerró el cierre. No hizo un berrinche. Eso le dolió más.
* * *
Damián estaba en el comedor cuando bajaron.
Había llegado de madrugada, pero llevaba ropa limpia y hablaba por teléfono con una tranquilidad que Valeria empezaba a reconocer: era la calma que adoptaba cuando quería que alguien al otro lado creyera que todo estaba resuelto.
Iker se acercó a despedirse. Su padre le besó la cabeza sin interrumpir la llamada.
—No puedo ir a la excursión —murmuró el niño.
Damián levantó una mano hacia Valeria, pidiéndole que esperara. Terminó la conversación y dejó el aparato sobre la mesa.
—¿Quién dijo eso?
—Mamá tiene que preguntar.
Damián miró a su esposa.
—Pues pregunta hoy. Que vaya.
Iker volvió hacia ella unos ojos esperanzados. Valeria tomó aire.
—Cuando regreses hablamos, mi amor.
Rogelio aguardaba en la entrada. El niño se fue con los hombros más bajos de lo habitual. Damián esperó a que cerraran la puerta.
—¿Ahora qué pasa?
—Te escuché hablar de Barragán.
La expresión de su esposo cambió.
—No escuches conversaciones que no te corresponden.
—Si pueden lastimar a Iker, sí me corresponden.
Damián apartó la taza.
—Nadie va a tocar a mi hijo.
Valeria sostuvo la mirada.
—¿Puedes asegurarlo?
Él se puso de pie.
—Tiene seguridad, una buena escuela y un padre que puede protegerlo.
—También tiene ocho años.
Damián recogió el teléfono.
—No lo asustes con cosas que no entiende.
Salió del comedor antes de que ella pudiera preguntarle si el miedo tenía que ver con lo que el niño entendía o con lo que su padre estaba haciendo.
* * *
Valeria pidió hablar con Rogelio al regresar de dejar a Iker. Lo encontró junto a la cochera, revisando una llanta.
—Necesito saber si estamos en peligro.
El hombre se incorporó despacio.
—El patrón está tomando precauciones.
—No te pregunté por él.
Rogelio bajó la vista hacia el trapo que llevaba en la mano. Valeria esperó.
—Hay gente molesta —dijo al fin.
—¿Qué gente?
—Señora, de verdad no puedo…
—Tú lo llevas a la escuela.
La frase lo hizo mirarla. Ella se acercó un paso.
—Te estoy preguntando como su mamá. Si pasa algo, necesito que me lo digas.
Rogelio tardó en asentir.
—Si veo algo que tenga que saber, se lo digo.
No era la tranquilidad que buscaba. Fue lo único que consiguió.
* * *
Esa misma tarde, Renata llegó a una casa de fachada amarilla. Celia le había mandado la dirección sin explicaciones. El taxi la dejó frente a una puerta con pintura levantada y una maceta de sábila. Renata estuvo a punto de regresar.
Entonces recordó a Damián apartándose para contestar una llamada de su casa. La manera en que había dicho el nombre de su hijo. La facilidad con la que había cancelado una noche con ella porque Iker tenía fiebre.
Tocó. La mujer que abrió llevaba una blusa de algodón y el cabello recogido. No tenía nada de la figura que Renata había imaginado durante el trayecto.
—¿Vienes de parte de Celia?
Renata asintió. La hizo pasar a una habitación que olía a cera y humedad. Había imágenes religiosas, vasos con agua y una mesa cubierta por un mantel gastado. La mujer dijo llamarse Amparo. Escuchó sin interrumpir mientras Renata hablaba de Damián.
—Me dice que me quiere, pero sigue volviendo.
Amparo juntó las manos sobre la mesa.
—¿Y qué quieres que haga?
—Que la deje.
—¿Hay hijos?
Renata vaciló.
—Uno.
Amparo mantuvo los ojos sobre ella.
—No voy a hacer nada contra un niño.
El calor le subió a Renata por el cuello.
—Yo no dije eso.
La mujer esperó. Afuera ladró un perro. Renata apartó la vista hacia una vela consumida.
—Quiero que él me elija.
Amparo le habló de una consulta, de una limpieza y de un trabajo para apartar obstáculos. Renata dejó dinero sobre la mesa, aunque al salir no habría sabido explicar con precisión qué le habían prometido. En el taxi abrió el bolso para buscar el teléfono. Vio el recibo de una cena que Damián había pagado dos noches antes.
Por primera vez, aquella cifra le pareció pequeña.
* * *
Octavio volvió a la casa el lunes. Valeria lo encontró en el despacho con una carpeta abierta y expresión impaciente. Damián todavía no llegaba.
—¿Puede esperar en la sala? —preguntó ella.
—Prefiero terminar esto.
Él levantó una hoja. Valeria reconoció el mismo tipo de registros que había revisado durante la comida. Se dispuso a salir.
—¿Le tienes miedo a los números ahora? —dijo Octavio.
Ella se detuvo.
—A los números no.
Octavio la observó un momento. Después dejó la hoja sobre el escritorio.
—Hay pagos que no coinciden. Tu marido dice que son gastos pendientes.
Valeria no se acercó.
—Me pidió que no me metiera.
—Ya veo.
La respuesta llevaba una comprensión que le resultó desagradable. Octavio cerró la carpeta, pero no la guardó.
—Tienes buena cabeza. Eso escasea más de lo que crees.
—Mi hijo llega pronto.
—Entonces no te quito tiempo.
Valeria salió del despacho. Desde el pasillo escuchó el teléfono de Octavio.
—Necesito que revisen lo de Barragán —dijo él—. Damián sigue creyendo que puede arreglarlo después.
Ella apretó el paso. La maestra de Iker se llamaba Inés. Recibió a Valeria en un salón donde todavía quedaban recortes de cartulina sobre las mesas. Le explicó el recorrido, los acompañantes y las actividades. Valeria escuchó con las manos entrelazadas.
—Puede ir otra vez —dijo al fin—. Esta vez prefiero que se quede.
Inés asintió sin discutir. Después miró hacia la puerta.
—¿En casa está todo bien?
Valeria levantó la vista.
—¿Por qué?
La maestra abrió una carpeta.
—Iker ha estado más callado. Ayer, durante el recreo, preguntó si los papás podían dejar de ser papás cuando se iban de una casa.
Valeria sintió que la silla se hundía debajo de ella.
—¿Qué le dijo?
—Que una separación no cambia eso. También le dije que podía hablar conmigo cuando quisiera.
Valeria se quedó mirando una mancha de pintura en el borde de la mesa. Había procurado discutir lejos de él. Había bajado la voz, cerrado puertas y sonreído al entrar en su cuarto. Su hijo estaba escuchando de todos modos.
* * *
Aquella noche cenaron solos. Iker separaba los chícharos del arroz cuando ella dejó el tenedor.
—Tu maestra me contó que hablaron.
El niño dejó de mover la comida. Valeria acercó su silla.
—Si escuchaste algo que te preocupó, puedes preguntarme.
Iker se encogió de hombros. Ella esperó.
—¿Papá tiene otra casa?
La pregunta le llegó sin preparación.
—Tiene lugares donde se queda por trabajo.
—¿Y otra familia?
Valeria sintió el impulso de mentir. Se obligó a buscar una respuesta que pudiera sostener.
—Tú eres su hijo. Eso no cambia.
Iker miró su plato.
—No te pregunté eso.
Ella bajó los ojos. Su hijo no necesitaba palabras bonitas. Necesitaba que alguien se quedara con él dentro de la pregunta.
—No tiene otros hijos que yo sepa —dijo—. Entre tu papá y yo hay problemas. Estamos tratando de resolverlos.
—¿Por mi culpa?
Valeria lo tomó de las manos.
—No. Nada de esto es por ti.
Iker la observó como si estuviera comprobando algo. Después se acercó y apoyó la frente en su hombro. Ella dejó que la cena se enfriara.
* * *
Dos días después Damián regresó con una caja de terciopelo, otro regalo que Valeria ya no sabía cómo recibir. La dejó sobre el tocador mientras Valeria guardaba ropa limpia. Dentro había un collar de piedras claras.
—Para ti.
Ella no lo tocó.
—Tenemos que hablar de Iker.
Damián se quitó el reloj.
—¿Qué le pasó?
—Piensa que nuestros problemas son culpa suya.
Él frunció el ceño.
—¿Qué le dijiste?
Valeria cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.
—Escucha cosas. Te espera. Se da cuenta de que no estás.
Damián miró hacia el collar.
—He estado trabajando.
—Quiero llevarlo unos días con mi mamá.
La respuesta llegó de inmediato.
—No.
Valeria notó cómo se le endurecía el cuerpo.
—Necesita tranquilidad.
—Aquí está tranquilo.
—Aquí pregunta si tienes otra familia.
Damián guardó silencio. Durante unos segundos pareció cansado de una manera antigua. Ella alcanzó a reconocer al hombre que llegaba del taller con los hombros vencidos. Después él volvió a ponerse el reloj.
—El sábado vamos a comer los tres. Sin teléfonos.
Valeria lo miró.
—¿Lo vas a cumplir?
Damián cerró la caja del collar.
—Sí.
* * *
El sábado, Iker se puso una camisa azul. La misma del cumpleaños. Esperó a su padre en la sala con un libro sobre animales abierto sobre las rodillas. A la una preguntó cuánto faltaba. A las dos, Valeria llamó. Damián no contestó. A las tres llegó un mensaje. Se complicó. Salgan ustedes. Iker supo la respuesta antes de que ella guardara el teléfono.
Cerró el libro.
—No tengo hambre.
Valeria se sentó junto a él. El niño mantuvo la mirada en la portada. Ella pensó en el collar del tocador, en las habitaciones enormes y en los hombres que vigilaban la entrada. Nada de aquello podía sentarse a la mesa con su hijo. Lo abrazó hasta que él dejó de fingir que seguía leyendo.
* * *
Esa noche, Damián cenó con Renata. Ella llevaba el brazalete que había dejado varios días en su caja. Lo giró alrededor de la muñeca mientras él revisaba un mensaje.
—Siempre estás pendiente de esa casa —dijo.
Damián bloqueó la pantalla.
—Mi hijo vive ahí.
Renata sostuvo su copa.
—¿Y si Valeria se lo lleva?
Él la miró.
—No va a hacerlo.
—A lo mejor un día no te avisa.
Damián dejó los cubiertos. Renata vio que había encontrado algo más fuerte que sus celos. No volvió a mencionar al niño durante la cena. Al despedirse, él prometió que pronto cambiarían las cosas. Ella lo besó y fingió creerle.
* * *
Cuando Damián llegó a casa, Valeria estaba en la habitación de Iker. El niño dormía con el libro abierto sobre el pecho. Ella se lo retiró con cuidado. Al volverse encontró a su esposo en la puerta.
—Mañana salimos temprano —dijo él.
Valeria dejó el libro sobre la mesa.
—Mañana no reemplaza hoy.
Damián miró al niño. Luego a ella. Pareció querer discutir, pero terminó apartándose. Valeria cerró la puerta casi por completo. Antes de acostarse buscó la libreta del taller y escribió una nueva línea debajo de sus cuentas: Buscar a alguien que pueda decirme cómo irme con Iker. Se quedó mirando la frase.
Después arrancó la hoja, la dobló y la guardó dentro de uno de sus zapatos viejos. El collar seguía sobre el tocador. No volvió a abrir la caja.