Capítulo 5 de 20
La última promesa
El lunes, Valeria salió de casa con el pretexto de llevar a reparar sus aretes de plata. Uno de los broches se había aflojado. Era cierto, y agradeció tener una verdad pequeña que ofrecer cuando Rogelio le preguntó adónde iban.
—A la plaza vieja.
El conductor la miró por el espejo.
—Hay joyerías mejores en el centro comercial.
—Esos me los arreglan ahí.
Durante el trayecto mantuvo el bolso sobre las piernas. Dentro llevaba el papel que había escondido en un zapato y un número telefónico que su madre le había conseguido. Una abogada. No alguien capaz de enfrentarse al mundo de Damián. Solo una mujer que pudiera explicarle por dónde empezar. Al llegar, Valeria señaló una banca frente a la joyería.
—Voy a tardar.
Rogelio asintió. Ella entró, entregó los aretes y esperó a que el dependiente pasara al taller. Después salió por la puerta lateral de la galería. El despacho estaba a media cuadra. Subió las escaleras sin mirar atrás.
* * *
La licenciada Estela Robles escuchó sin interrumpir. Valeria habló del matrimonio, del dinero y de la amenaza sobre Iker. Al mencionar los negocios de Damián, comenzó a elegir las palabras con más cuidado. La abogada dejó de escribir.
—¿Le ha dicho que le hará daño si se va?
—Me dijo que yo podía irme. Que mi hijo se quedaba.
Estela apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
—Necesito que me cuente exactamente qué está pasando. No lo que cree que puedo escuchar.
Valeria miró la puerta. Por primera vez pronunció en voz alta lo que llevaba años evitando.
—Mi esposo trabaja con gente del crimen organizado.
Estela guardó silencio un momento. Luego acercó su silla. Hablaron de documentos, de protección y de lo difícil que sería actuar sin exponer al niño. La abogada no prometió una solución rápida. Eso hizo que Valeria confiara más en ella.
—Hoy no tome una decisión porque yo se la sugiera —le dijo al despedirse—. Pero no vuelva a pensar que estar casada significa que él puede decidirlo todo.
Valeria salió con una tarjeta escondida dentro del forro del bolso. Al regresar a la joyería encontró a Rogelio junto al mostrador. Él sostenía la pequeña bolsa con los aretes.
—Ya estaban listos.
Valeria se obligó a caminar despacio.
—Fui a comprar unas cosas.
Rogelio miró sus manos vacías. No preguntó cuáles.
* * *
Esa tarde, Iker llegó contento. La maestra Inés había anunciado una exposición de trabajos y pidió que asistieran las familias. El árbol que habían hecho juntos estaría colgado en el salón.
—Es el jueves —explicó mientras sacaba la invitación—. A las doce.
Valeria leyó la hoja.
—Yo voy.
Iker sonrió, pero enseguida buscó algo detrás de ella.
—¿Y papá?
La pregunta ya tenía una cautela que antes no existía.
—Puedes invitarlo cuando llegue.
El niño dejó el papel sobre la mesa, junto a las llaves de Damián, para que no pudiera dejar de verlo. Después fue a cambiarse. Valeria se quedó mirando la invitación. Pensó en la abogada. En una casa pequeña cerca de su madre. En llevar a Iker al colegio sin tener que escuchar primero una conversación sobre enemigos.
Por primera vez, aquella vida le pareció posible.
* * *
Renata volvió a casa de Amparo el martes. Entró sin la incertidumbre de la primera visita. Traía una fotografía que había obtenido de una publicación antigua: Damián y Valeria junto a Iker, delante de un pastel. La dejó sobre la mesa. Amparo no la tocó.
—Te dije que no iba a trabajar con un niño de por medio.
—Es la única foto que tengo de ella.
La mujer acercó la imagen, dobló la parte donde aparecía Iker y se la devolvió.
—Busca otra.
Renata sintió una irritación que no logró disimular.
—Desde que vine, él está más cerca de mí.
Amparo la observó.
—Que un hombre te visite no significa que yo haya cambiado su voluntad.
Pero Renata ya había empezado a relacionar cada llamada, cada regalo y cada discusión con lo que ocurría en aquella habitación. Necesitaba creer que podía intervenir. Que no estaba esperando otra vez a que alguien decidiera por ella. Al salir, guardó la fotografía doblada en el bolso. La esquina donde aparecía el rostro de Iker quedó marcada.
* * *
El miércoles, Rogelio pidió hablar con Damián. Valeria los vio entrar al despacho desde el piso de arriba. La puerta permaneció cerrada casi veinte minutos. Cuando su esposo salió, la encontró en el corredor.
—¿Qué hiciste el lunes?
Ella sintió el golpe del miedo antes de entender la pregunta.
—Llevé mis aretes a reparar.
Damián se acercó.
—¿Y después?
Valeria sostuvo la mirada. Pensó en negar. En inventar una tienda, un baño, una llamada. Estaba cansada de preparar respuestas dentro de su propia casa.
—Hablé con una abogada.
Damián se quedó inmóvil. La quietud le resultó peor que un grito.
—¿Qué le contaste?
—Que quiero saber cuáles son mis derechos.
Él miró hacia la habitación de Iker. Después volvió a mirarla.
—Estás haciendo un problema donde todavía podemos arreglarnos.
Valeria sintió una tristeza inesperada. Hacía semanas que deseaba escuchar algo parecido. Ahora, cuando por fin llegaba, sonaba a una puerta cerrándose.
—Entonces empieza por decirme la verdad.
Damián se pasó una mano por la boca.
—Tengo cosas que resolver.
—Siempre.
Él bajó la voz.
—Mañana voy a lo de la escuela.
Valeria no respondió. Damián buscó sus ojos.
—Esta vez sí.
* * *
El jueves amaneció despejado. Iker desayunó demasiado rápido y tuvo que regresar a lavarse los dientes porque se había manchado el cuello de la camisa con chocolate. Damián bajó antes de que salieran. El niño se detuvo a mitad del vestíbulo.
—¿Sí vas a ir?
—Te dije que sí.
Iker corrió a abrazarlo. Damián lo levantó con un esfuerzo breve y lo sostuvo más tiempo de lo habitual. Valeria los observó desde la escalera. Había algo desarmante en aquella imagen. El cuerpo de su hijo todavía cabía en los brazos de su padre. Todavía creía que una promesa podía repararse con otra.
—A las doce —recordó el niño.
—A las doce —repitió Damián.
Rogelio abrió la puerta. Iker salió sonriendo. Fue la última vez que Valeria lo vio alejarse sin miedo.
* * *
La exposición ocupaba dos salones. Había maquetas de cartón, dibujos pegados con cinta y niños que buscaban a sus padres entre los adultos. Valeria encontró a Iker junto al árbol familiar. Él miró detrás de ella.
—Viene en camino —dijo, aunque todavía no había logrado hablar con Damián.
Iker asintió. Le explicó las fotografías, las ramas y una hoja nueva que había añadido con el nombre de su bisabuela. A las doce y media, Valeria recibió un mensaje. No alcanzo. Llévalo a comer. Los veo en la casa. Leyó las palabras dos veces. Iker dejó de señalar la cartulina.
—¿Otra vez no?
Ella guardó el teléfono. No quiso inventarle una disculpa.
—No va a venir, mi amor.
El niño apretó los labios. Inés se acercó para felicitarlos por el trabajo. Valeria agradeció que no preguntara por Damián. Cuando terminó la actividad, Iker pidió llevarse el árbol. La maestra le ayudó a despegarlo. Salieron con las ramas dobladas para que cupiera en la camioneta.
—¿Podemos comer con mi abuela? —preguntó Iker.
Valeria miró a Rogelio. Él sostuvo la puerta abierta. Durante un instante pareció calcular la respuesta.
—Voy a avisar.
Valeria sintió que la rabia le calentaba el rostro.
—No tienes que pedir permiso para que visite a mi madre.
Rogelio bajó la voz.
—Tengo que informar dónde vamos.
Ella miró a Iker, que esperaba junto a la camioneta abrazando su cartulina.
—Hazlo.
Su madre contestó enseguida. Dijo que había sopa y que alcanzaba para todos. Iker recuperó un poco la alegría. Durante el trayecto comenzó a hablar de las gallinas. Quería saber si la más pequeña ya había puesto huevos. Valeria lo escuchaba mientras alisaba con los dedos una de las ramas de papel. No vio cuándo cambió la expresión de Rogelio.
Solo advirtió que dejó de responder y se concentró en el camino.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Él miró el espejo.
—Pónganse bien los cinturones.
* * *
Después, Valeria recordaría fragmentos. Un ruido que confundió con una piedra golpeando el vidrio. La voz de Rogelio. Su propio cuerpo inclinándose hacia Iker antes de comprender por qué. Hubo otro golpe, más fuerte. El niño dejó caer la cartulina. Valeria lo cubrió como pudo y sintió que la camioneta se sacudía. Escuchó cristales, una bocina continua y a alguien gritando lejos.
Cuando el vehículo se detuvo, seguía abrazando a su hijo.
—Iker.
Él tenía los ojos abiertos. La miró con una sorpresa pequeña, casi ofendida, como si algo acabara de interrumpirlo en mitad de una frase.
—Mamá…
Valeria buscó su rostro con ambas manos.
—Aquí estoy.
No supo de dónde había salido la sangre hasta que sintió la humedad entre sus dedos. Entonces comenzó a pedir ayuda. Primero llamó a Rogelio. Después a cualquiera. Un hombre abrió una puerta y ella le gritó que buscara una ambulancia, que no se quedara mirándolos, que su niño necesitaba un médico. Iker apoyó la cabeza contra ella. Valeria le habló del pájaro.
No supo por qué eligió eso. Le recordó que se había levantado de la caja, que había podido volar, que iban a llegar al hospital. Siguió hablando incluso cuando él dejó de responder.
* * *
Damián llegó al hospital con la camisa mal abotonada. Dos hombres intentaron detenerlo junto a la entrada de urgencias. Los apartó. Encontró a Valeria sentada frente a una puerta, con las manos manchadas y un trozo de cartulina sobre las piernas. Se arrodilló delante de ella.
—¿Dónde está?
Valeria no lo miró. Damián volvió hacia el pasillo.
—¿Dónde está mi hijo?
Una médica se acercó. Él se puso de pie antes de que hablara. Valeria escuchó palabras aisladas. Lesiones. Esfuerzos. Lo sentimos. Damián retrocedió hasta golpear la pared. Ella miró el papel que sostenía. Era una rama del árbol familiar. Tenía pegada la fotografía del taller: los tres juntos, antes de la casa grande, antes de los escoltas, antes de que Iker aprendiera a esperar.
Damián pronunció su nombre. Valeria levantó por fin la cabeza. Él intentó tomarle las manos. Ella las retiró. En la pantalla del teléfono que él llevaba apareció una llamada. Renata. El aparato siguió vibrando entre los dos. Damián lo apagó. Valeria volvió a mirar la puerta por la que se habían llevado a su hijo. Ya no esperaba que su esposo arreglara nada.