Capítulo 6 de 20
La casa sin su voz
Valeria pidió verlo antes de que volvieran a hablarle de trámites. La médica se agachó frente a ella y comenzó a explicarle algo con una voz cuidadosa. Valeria entendió que querían prepararla. No quería estar preparada.
—Es mi hijo —dijo—. Lléveme con él.
Damián se levantó al mismo tiempo. Ella lo miró.
—Voy primero.
Por una vez, él no discutió. La habitación era más pequeña de lo que había imaginado. Había una silla junto a la pared y una sábana limpia sobre el cuerpo de Iker. Alguien le había acomodado el cabello. Valeria se acercó despacio.
Durante unos segundos esperó que abriera los ojos, molesto porque lo habían despertado. Iker dormía profundamente y siempre necesitaba que le hablaran varias veces por la mañana. Le tocó la frente. Después la mejilla.
—Ya llegamos, mi amor.
La frase salió antes de que pudiera detenerla. Se sentó junto a él y le tomó una mano. Reconoció la pequeña marca que tenía cerca del pulgar, de cuando había intentado abrir una lata de alimento para el perro de su abuela. Era su mano. La misma que se aferraba a la suya al cruzar una calle. Valeria la sostuvo entre las dos.
No lloró enseguida. Le acomodó un dedo, le alisó la manga y buscó con la mirada alguna tarea que todavía pudiera hacer por él. Cuando comprendió que no había ninguna, apoyó la frente en el borde de la cama. El primer sollozo le lastimó el pecho.
* * *
Elvira llegó con un suéter sobre el camisón. Un vecino la había llevado. Encontró a su hija en el pasillo, inmóvil, mientras un empleado del hospital le pedía a Damián que firmara unos documentos. Valeria se puso de pie al verla. Su madre abrió los brazos. No tuvieron que decirse nada.
Elvira le sostuvo la nuca como cuando era niña y despertaba asustada. Valeria se aferró a ella con tanta fuerza que ambas terminaron sentadas.
—Tenía hambre —murmuró—. Me dijo que quería tu sopa.
Elvira cerró los ojos.
—Íbamos para allá.
Su madre le acarició el cabello, incapaz de responder. Del otro lado del pasillo, Damián rompió el bolígrafo entre los dedos.
* * *
Rogelio estaba en cirugía. Valeria lo supo por una enfermera a la que detuvo antes de abandonar el hospital. Durante el ataque le había escuchado gritar una instrucción. Después recordó su cuerpo vencido sobre el asiento y a un desconocido tratando de abrir la puerta del conductor.
—¿Va a vivir?
—Los médicos están haciendo lo posible.
Valeria pidió que le avisaran. Damián se acercó con las llaves en la mano.
—Nos vamos.
Ella miró hacia la puerta de urgencias.
—Todavía está aquí.
Él tardó en comprender.
—Tenemos que organizar…
Valeria le dio la espalda. Elvira intervino antes de que él volviera a hablar.
—Yo me quedo con ella.
Damián apretó las llaves. Miró a su suegra, después a su esposa. Terminó alejándose para hacer una llamada.
* * *
A la mañana siguiente, la casa estaba llena de flores. Valeria las vio desde la entrada y se detuvo. Había arreglos blancos sobre los muebles, coronas junto a la pared y hombres que hablaban en voz baja, todos pendientes de Damián. Una empleada se acercó a ofrecerle agua. Ella negó con la cabeza. Subió las escaleras sin quitarse la ropa del hospital.
En la habitación de Iker seguían los zapatos que había usado el día anterior. Uno estaba acostado de lado. Sobre el escritorio descansaba la autorización de la excursión que ella había retirado de la mochila. Valeria la tomó. Había temido dejarlo ir con sus compañeros. Lo había llevado consigo para protegerlo.
Se sentó en el suelo y dobló el papel hasta que dejó de reconocer las palabras. Elvira entró poco después. No intentó levantarla. Se sentó a su lado.
* * *
El funeral se hizo en el pueblo. Damián quiso llevarlo a un cementerio privado, con vigilancia y un acceso reservado. Valeria lo escuchó hablar por teléfono desde el corredor. Cuando terminó, le dijo:
—Va a estar donde están mis abuelos.
Damián guardó el aparato.
—Ahí no puedo controlar quién entra.
—Iker conocía ese lugar.
Él se quedó mirándola. Ella no añadió nada. Esa tarde, por primera vez desde que se casaron, fue Damián quien tuvo que aceptar una decisión que no le gustaba. Llegaron más personas de las que Valeria podía mirar. La maestra Inés llevó una carpeta con dibujos de los compañeros. Algunos niños escribieron mensajes. Otros colorearon animales porque sabían que a Iker le gustaban.
Inés se la entregó con ambas manos.
—No tiene que abrirla ahora.
Valeria apretó la carpeta contra el pecho.
—Gracias por haberlo escuchado.
La maestra bajó la cabeza. Damián permanecía unos pasos atrás, rodeado de hombres que lo llamaban aparte cada pocos minutos. Valeria dejó de volver hacia él.
* * *
Renata llegó cuando estaban a punto de salir de la capilla. Vestía de negro y llevaba unas gafas grandes. Damián la vio desde el otro extremo del patio. Se apartó de quienes lo acompañaban y caminó hacia ella. Valeria estaba junto a su madre. Los vio hablar.
No alcanzó a oír lo que decían, pero reconoció el gesto con el que Renata le tocó el brazo y la forma en que Damián inclinó la cabeza para escucharla. Elvira siguió la dirección de sus ojos.
—Ven conmigo.
Valeria no se movió. Renata la descubrió al levantar la vista. Retiró la mano de inmediato. Durante unos segundos quedaron mirándose a través del patio. Luego la joven bajó la cabeza y regresó hacia su automóvil. Damián no la siguió. Tampoco volvió junto a su esposa.
* * *
Dos días después, Rogelio salió de cuidados intensivos. Valeria fue a verlo sin avisarle a Damián. El hombre tenía un hombro inmovilizado y hablaba con dificultad. Cuando la vio entrar, intentó incorporarse.
—No se mueva.
Ella acercó una silla. Rogelio miró las manos que Valeria mantenía sobre el bolso.
—Lo siento, señora.
Ella asintió apenas. Había escuchado esas palabras tantas veces que habían empezado a llegarle como un ruido lejano.
—Necesito saber qué pasó.
Rogelio cerró los ojos.
—Nos venían siguiendo.
Valeria permaneció quieta.
—¿Desde dónde?
—No estoy seguro.
—¿Avisaste?
Él tragó saliva.
—Sí.
La habitación pareció quedarse sin aire.
—¿A quién?
Rogelio apartó la mirada. Valeria esperó.
—Al jefe de seguridad.
Ella recordó al conductor hablando por teléfono antes de salir del colegio. La breve vacilación cuando pidió ir al rancho.
—¿Te dijeron que siguieras?
El hombre volvió a mirarla. No hizo falta que respondiera. Valeria se levantó. Rogelio intentó detenerla con la voz.
—Pensamos que alcanzábamos a llegar a un lugar seguro.
Ella apoyó una mano en el respaldo de la silla. Tardó unos segundos en poder caminar hasta la puerta.
* * *
Encontró a Damián en el despacho. Había mapas sobre la mesa y tres hombres junto a la ventana.
—Salgan —dijo.
Nadie se movió hasta que su esposo hizo un gesto. Cuando quedaron solos, Valeria cerró la puerta.
—Sabían que nos seguían.
Damián endureció el rostro.
—¿Quién te dijo eso?
—Contéstame.
Él miró los documentos del escritorio.
—Estaban intentando confirmar.
Valeria sintió náuseas.
—Mi hijo iba en esa camioneta.
—También era mi hijo.
La voz de Damián retumbó en el despacho. Ella no retrocedió.
—Entonces dime por qué siguieron.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Rogelio estaba cerca de un desvío. Mandaron apoyo. Pensaron…
No terminó. Valeria apoyó los dedos sobre el escritorio para mantenerse de pie.
—Dijiste que podías protegerlo.
Damián tenía los ojos enrojecidos. Había envejecido en unos días y por un instante ella sintió la antigua necesidad de acercarse. Entonces recordó a Iker buscando aire entre sus brazos.
—Dijiste que nadie iba a tocarlo.
Él golpeó la mesa.
—Voy a encontrar al que lo hizo.
Valeria lo observó sin parpadear.
—Eso no te va a permitir volver a sentarlo aquí.
Señaló la silla donde Iker había esperado tantas veces mientras su padre terminaba una llamada. Después salió.
* * *
Aquella noche, Renata llamó a Amparo. Lo hizo desde el baño de su departamento, con la puerta cerrada.
—Murió el niño.
Al otro lado hubo un silencio prolongado.
—Me enteré.
Renata se sentó sobre la tapa del inodoro.
—Después de que fui con usted.
—Lo que pasó fue un ataque.
—Pero yo le pedí…
La voz se le quebró antes de terminar. Amparo habló despacio.
—No confundas lo que deseabas cambiar con lo que hicieron unos hombres armados.
Renata miró la fotografía que había sacado del bolso. El doblez atravesaba la camisa de Iker. No había pedido su muerte en voz alta. Ese detalle, al que llevaba días aferrándose, dejó de tranquilizarla.
—No vuelvas a traerme fotografías de esa familia —añadió Amparo.
La llamada terminó. Renata permaneció sentada hasta que se apagó sola la luz del baño. Cuando volvió a encenderla, buscó el número de Celia. Le preguntó si Amparo conocía a los hombres de Damián, si alguien había mencionado el nombre de su hijo fuera de aquella habitación.
—No, Renata. Fuiste a pedir que te eligiera un hombre. No a contratar a nadie.
Renata se miró en el espejo. Quería una respuesta que la absolviera de lo que había deseado; solo había conseguido distinguirlo de lo que había ocurrido. No conocía a los atacantes. No les había entregado dinero ni información. Pero recordaba la satisfacción con que había imaginado una vida donde Damián ya no tuviera motivos para volver a aquella casa.
Guardó la fotografía en un sobre. A partir de esa noche dejó de llamar a Amparo. La culpa no desapareció con las velas.
* * *
Valeria dejó de bajar a comer. Elvira le llevaba caldo, fruta y pan tostado. Algunas veces conseguía que tomara unas cucharadas. Otras encontraba la bandeja intacta. Damián llegaba hasta la puerta y se quedaba allí. Una noche entró sin tocar. Valeria estaba doblando una camiseta de Iker.
—No puedes seguir así.
Ella alisó la tela.
—¿Cómo?
Damián miró la cama cubierta de ropa pequeña.
—Encerrada.
Valeria levantó la vista.
—Puedes irte si te molesta.
Él pareció recibir la frase como una bofetada.
—También lo estoy pasando mal.
Ella volvió a la camiseta. Damián esperó una respuesta que no llegó. Al salir, cerró la puerta con cuidado. Más tarde, desde la ventana, Valeria vio encenderse las luces de su camioneta. No preguntó adónde iba.
* * *
A la mañana siguiente, Octavio llegó sin flores. La encontró en el corredor, con una taza fría entre las manos.
—¿Puedo sentarme?
Valeria señaló la silla de enfrente. Él permaneció callado un momento. Después dejó un sobre sobre la mesa.
—Son las cosas que recuperaron de la camioneta.
Ella miró el papel. Dentro estaba el reloj de Iker, una figurita de plástico y un pedazo del árbol familiar. Valeria tomó el reloj. La correa seguía cerrada en el agujero que usaba su hijo. Octavio aguardó. Cuando ella pudo hablar, su voz sonó extraña.
—¿Saben quién disparó?
Él apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Hay un nombre.
Valeria levantó la cabeza.
—Dímelo.
Octavio vaciló. Ella cerró la mano alrededor del reloj.
—No vuelvas a decidir qué puedo escuchar.
El hombre sostuvo su mirada. Luego pronunció un apellido. Valeria lo repitió en silencio hasta estar segura de que no iba a olvidarlo.