Capítulo 7 de 20

El apellido que quedó

—Cárdenas —repitió Valeria.

Octavio mantuvo las manos sobre las rodillas. En el jardín, alguien recogía las flores marchitas que seguían llegando a la casa. Valeria escuchó el roce de una escoba contra las losetas.

—¿Él disparó?

—Es lo que están diciendo.

Ella levantó la vista.

—No te pregunté qué dicen.

Octavio respiró despacio.

—Se llama Julián Cárdenas. Trabaja con Barragán. Hay gente que lo vio salir con los hombres que atacaron la camioneta.

Valeria abrió la mano. El reloj de Iker había dejado una marca sobre su palma.

—¿Damián lo sabe?

Octavio asintió. Ella miró hacia el despacho. La puerta estaba cerrada.

—¿Y por qué no me lo dijo?

—Tendrías que preguntárselo.

Valeria volvió a guardar el reloj en el sobre.

—Ya estoy cansada de preguntarle cosas.

Octavio no intentó consolarla. Por primera vez desde la muerte de Iker, alguien se quedó frente a ella sin pedirle que comiera, descansara o tuviera paciencia. Aquello le permitió formular la siguiente pregunta.

—¿Por qué nos siguieron a nosotros?

Él tardó en responder.

—Porque Damián hizo daño donde Barragán no estaba dispuesto a tolerarlo.

—¿Qué daño?

Octavio miró las ventanas de la casa.

—No voy a mentirte. Tampoco puedo explicarte todo aquí.

Valeria sintió una punzada de rabia.

—Entonces no empieces.

Él aceptó el reproche con un movimiento breve de cabeza. Antes de irse, escribió un número en la parte trasera de una tarjeta.

—Si necesitas algo que tu esposo no quiera escuchar.

Valeria dejó la tarjeta bajo el sobre. No la tomó hasta que él se hubo marchado. Damián apareció esa tarde. Traía la barba crecida y una camisa que no recordaba haberle visto antes. Valeria supuso que alguien le estaba comprando ropa para que no necesitara volver a casa. Él se detuvo al verla en el comedor.

—Tu mamá dijo que habías bajado.

Ella había colocado el reloj de Iker junto a un vaso de agua. Damián lo vio. Apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—¿De dónde salió?

—Lo recuperaron.

Él extendió los dedos, pero no llegó a tocarlo. Valeria esperó a que levantara la cabeza.

—¿Quién es Julián Cárdenas?

La mano de Damián se cerró sobre la madera.

—¿Quién estuvo aquí?

—Contéstame.

—Te dije que me iba a encargar.

Ella sintió que se le tensaban los músculos del cuello.

—Eso dijiste cuando todavía estaba vivo.

Damián apartó la silla de un golpe. El ruido llenó el comedor. Durante un instante, ambos miraron hacia la escalera, obedeciendo una costumbre que ya no tenía sentido. Iker no estaba arriba haciendo tarea. No iba a asomarse para preguntar qué ocurría. Damián se llevó una mano a la cara. Valeria bajó los ojos hacia el reloj. Ninguno habló durante un largo rato.

* * *

Elvira quiso llevarse a su hija al rancho. Lo propuso mientras guardaba unas sábanas limpias en el armario.

—Aunque sean dos noches.

Valeria estaba sentada junto a la ventana.

—Todavía no.

Su madre acomodó una funda que ya estaba doblada.

—Aquí no duermes.

—Allá tampoco voy a dormir.

Elvira dejó las manos quietas.

—Yo tampoco sé cómo hacer esto, hija.

Valeria volvió la cabeza. Su madre tenía los ojos cansados y una pequeña mancha de sopa en la manga. Llevaba días ocupándose de tareas que nadie más parecía notar. Se levantó y la abrazó. Elvira le acarició la espalda.

—No tienes que quedarte por él.

Valeria cerró los ojos. Antes del ataque había imaginado salir de aquella casa con Iker. Había calculado el costo de una cama, una inscripción y un pequeño refrigerador. Ahora no sabía qué significaba irse. Su hijo estaba en todas las habitaciones. También estaba en el camino al rancho.

—Lo sé —murmuró.

Pero no hizo una maleta. Renata llevaba tres noches escuchando a Damián dormir mal. La primera vez que lo recibió después del funeral, pensó que bastaría con dejarlo tranquilo. Le preparó café y evitó hablar de Valeria. La segunda noche lo encontró sentado en la orilla de la cama, con el teléfono entre las manos. En la pantalla había un video.

Iker, más pequeño, intentaba pedalear una bicicleta mientras Damián lo sostenía por detrás. Renata permaneció en la puerta. Él apagó el aparato en cuanto la vio.

—No tienes que esconderlo —dijo ella.

Damián dejó el teléfono boca abajo.

—Quiero estar solo.

Renata volvió a la sala. Se sentó en el sofá que él había comprado y miró los objetos del departamento. Todo parecía estar dispuesto para una vida que seguía sin comenzar. Había deseado que pasara más tiempo con ella. Ahora estaba allí y apenas la veía. Cuando Damián salió del dormitorio, cerca del amanecer, la encontró despierta.

—No puedes seguir viniendo solo para encerrarte —dijo Renata.

Él se detuvo. La miró de una forma que la hizo arrepentirse antes de terminar.

—Se murió mi hijo.

—Lo sé.

—Entonces no me pidas nada.

Damián recogió las llaves y salió. Renata permaneció inmóvil hasta escuchar el ascensor. Después escondió la fotografía de la familia en el fondo de un cajón.

* * *

La licenciada Estela llamó el miércoles. Valeria reconoció el número, aunque había borrado el nombre del registro.

—Su madre me contó lo de Iker —dijo la abogada—. Lo siento mucho.

Valeria apoyó la frente en el vidrio de la ventana.

—Gracias.

Estela no llenó el silencio. Aquello le permitió seguir.

—Quería irme antes.

—Lo recuerdo.

—Si me hubiera ido…

La abogada la interrumpió con suavidad.

—Usted buscó ayuda para protegerlo. No tomó las decisiones de quienes lo atacaron.

Valeria se apartó de la ventana. Era una frase razonable. No consiguió creerla. Hablaron unos minutos más. Estela le preguntó si podía comunicarse con libertad y si conservaba sus documentos. Mientras seguían hablando, Valeria abrió el cajón donde guardaba los papeles familiares. Encontró actas, identificaciones y expedientes escolares. Sacó el documento de nacimiento de Iker.

Lo sostuvo tanto tiempo que la abogada tuvo que preguntar si seguía allí.

—Sí —respondió—. Aquí estoy.

* * *

Esa noche hubo una reunión en el despacho. Valeria bajó porque había escuchado el apellido Barragán. No intentó ocultarse. La puerta estaba entreabierta y dentro hablaban Damián, Octavio y otros dos hombres.

—Todavía no —dijo su esposo.

Valeria se detuvo. Octavio estaba de pie junto al escritorio.

—Necesitamos saber qué estás aceptando.

Damián miró a los otros. Uno de ellos cerró una carpeta.

—Barragán quiere una garantía.

Valeria empujó la puerta. Los cuatro volvieron hacia ella.

—¿Una garantía de qué?

Damián se levantó de inmediato.

—Estamos trabajando.

Ella miró la carpeta.

—¿Estás negociando con él?

Nadie respondió. Valeria sintió que empezaba a faltarle aire.

—Mató a nuestro hijo.

—Baja la voz —dijo Damián.

Octavio se apartó de la mesa. Los otros hombres recogieron sus cosas sin que nadie se lo pidiera. Cuando quedaron solos, Damián cerró la puerta.

—No entiendes lo que está pasando.

Valeria lo observó. Había escuchado esa frase en el taller, cuando él comenzó a aceptar trabajos de Octavio. Después, cuando aparecieron las primeras armas. Más tarde, cuando dejaron de poder salir sin un conductor. Siempre había algo que ella no podía entender.

—Explícamelo.

Damián apoyó ambas manos en el escritorio.

—Si esto sigue, va a morir más gente.

—¿Y Cárdenas?

Él no levantó la cabeza.

—No es tan sencillo.

Valeria esperó. Damián se enderezó.

—Tengo hombres que dependen de mí. Hay acuerdos que sostener.

Ella miró la silla vacía junto a la ventana. Iker solía sentarse allí para esperar que terminara de trabajar.

—¿Vas a dejarlo vivo para conservar tus acuerdos?

—Voy a hacer lo que tenga que hacer.

Valeria salió antes de que él pudiera detenerla.

* * *

A la mañana siguiente, Damián la esperó en el corredor. Había dos tazas de café sobre la mesa. Ella no se sentó.

—He estado pensando —comenzó él.

Valeria miró su taza. Nadie le había preguntado si quería café.

—Necesitamos separarnos un tiempo.

La frase quedó suspendida entre ambos. Antes de la muerte de Iker, ella la habría recibido con dolor y alivio. Ahora le pareció una crueldad más que llegara cuando ya no tenía a quién llevarse. Damián siguió hablando.

—Así no podemos estar.

—¿Vas a vivir con Renata?

Él apartó la vista. Valeria asintió lentamente. No necesitaba otra respuesta.

—Puedes quedarte en la casa —añadió—. Voy a seguir ocupándome de tus gastos.

Ella lo miró hasta que él dejó de hablar. Luego dio media vuelta y subió. Damián la llamó una vez. No lo hizo de nuevo.

* * *

Valeria preparó una maleta pequeña. Guardó ropa sencilla, sus documentos y la libreta del taller. Después entró en la habitación de Iker. Abrió el cajón donde estaban los dibujos de la escuela. Tomó el que decía que su mamá sabía arreglar cosas y lo colocó dentro de un libro para que no se doblara. El caballo de tela seguía sobre la almohada.

Lo levantó y encontró debajo un calcetín. Se sentó en la cama. Durante varios minutos no pudo moverse. Elvira la encontró allí y se arrodilló frente a ella. Valeria le entregó el juguete.

—Llévalo tú.

Su madre lo recibió con las dos manos. Entre ambas terminaron de cerrar la maleta.

* * *

Rogelio aún no había vuelto a trabajar. Otro conductor las esperaba junto a la entrada. Damián bajó cuando ya estaban por salir. Miró el equipaje.

—Te dije que podías quedarte.

Valeria se acomodó el bolso.

—No quiero.

Él dio un paso hacia ella.

—No necesitas hacer esto.

Valeria alzó la vista. Detrás de Damián estaban la fuente, las escaleras y las habitaciones que alguna vez había confundido con una vida mejor.

—Cuando sepas quién autorizó que siguieran nuestro camino, quiero que me lo digas.

Él apretó la mandíbula. Ella comprendió que no iba a prometerlo. Salió con su madre.

* * *

Esa noche, en el rancho, Valeria puso el reloj de Iker sobre la mesa de noche. Elvira había conseguido despejar la habitación donde antes guardaba costales. La máquina de coser seguía en un rincón, cubierta con una sábana. Afuera se escuchaban grillos. Valeria abrió la libreta del taller. En una hoja escribió el nombre de Julián Cárdenas. Debajo añadió el de Barragán.

Se quedó mirando ambos hasta que las letras comenzaron a perder forma. Después buscó la tarjeta de Octavio y marcó. Él contestó al tercer tono.

—¿Valeria?

Ella sostuvo el teléfono con fuerza.

—Necesito trabajar.

Hubo una pausa.

—Puedo darte dinero.

Valeria miró sus viejas cuentas.

—Quiero ganarlo.

Octavio tardó en responder.

—Ven mañana. Hay unos registros que nadie consigue aclarar.

Valeria anotó la hora. Cuando terminó la llamada, cerró la libreta con el bolígrafo dentro. En la cama que su madre había preparado faltaba espacio para muchas cosas. Para empezar de nuevo, pensó, tendría que bastar.