Capítulo 8 de 20

Las cuentas de los hombres

Valeria despertó antes de que su madre encendiera la estufa. Durante unos segundos no reconoció el techo. Después escuchó una cubeta en el patio, el canto áspero de un gallo y la tos de Elvira al abrir la puerta de la cocina. Volvió a saber dónde estaba. Alargó la mano hacia la mesa de noche. El reloj de Iker seguía allí.

Lo tomó y cerró los ojos. Había comenzado a hacer eso cada mañana, como si comprobar su peso fuera una manera de no perder algo más durante la noche. Luego se levantó. Eligió unos pantalones oscuros y una blusa sin adornos. Frente al espejo pequeño se recogió el cabello dos veces hasta conseguir que dejara de caerle sobre la cara.

Su madre la encontró abrochándose los aretes de plata.

—¿Vas a salir?

—Tengo una entrevista.

Elvira permaneció en la puerta.

—¿Con quién?

Valeria terminó de cerrar el broche.

—Octavio.

Su madre bajó los ojos.

—Hija…

—Voy a revisar unas cuentas.

Elvira miró el bolso sobre la cama.

—Así empezó Damián.

Valeria dejó de acomodarse la blusa. No discutió. Había pensado lo mismo.

* * *

La oficina de Octavio estaba en el segundo piso de una empresa de transportes. Valeria llegó en un automóvil de alquiler. Antes de subir, se quedó unos momentos junto a la entrada observando a los empleados que cruzaban el patio. Había camiones, montones de tarimas y un hombre barriendo alrededor de una báscula. Todo parecía común. Esa normalidad la inquietó.

Dentro, una recepcionista le pidió su nombre y llamó por teléfono. Poco después apareció la mujer que había llevado una carpeta a su casa semanas atrás.

—Soy Leonor.

Valeria la reconoció de inmediato.

—Nos vimos durante una comida.

—Me acuerdo.

Leonor no ofreció condolencias. Le indicó una escalera y caminó delante de ella. Valeria se lo agradeció en silencio.

* * *

Octavio la esperaba con café y tres carpetas. Se puso de pie al verla.

—¿Cómo está tu madre?

—Bien.

Él señaló una silla. Valeria dejó el bolso junto a sus pies.

—Antes de empezar —dijo—, quiero saber qué voy a revisar.

Octavio se sentó.

—Gastos de mantenimiento, pagos de proveedores y anticipos de esta empresa.

—¿Solo de esta empresa?

La miró con atención.

—Eso es lo que tienes sobre la mesa.

Valeria abrió la primera carpeta. Encontró facturas, órdenes de reparación y copias de transferencias. Durante unos minutos recorrió las hojas sin hacer anotaciones. Octavio esperó.

—Aquí faltan documentos —dijo ella al fin.

Él se inclinó.

—¿Cuáles?

Valeria señaló tres registros.

—Están cobrados. No hay firma de quien recibió el servicio.

Octavio llamó a Leonor. La mujer entró con una libreta.

—Tráele lo que necesite.

Valeria levantó la vista.

—También quiero saber cuánto me va a pagar.

Octavio sonrió apenas. Acordaron una cantidad por revisar las carpetas y una fecha de entrega. Ella la anotó. Por primera vez en años, iba a recibir dinero por algo que alguien esperaba de su trabajo.

* * *

Leonor la instaló en una oficina pequeña con una ventana hacia el patio. Había un escritorio, una calculadora y una silla que se inclinaba hacia la izquierda.

—No se recargue demasiado —advirtió.

Valeria apoyó las carpetas.

—Puedes hablarme de tú.

Leonor acomodó unos papeles.

—Aquí casi todos prefieren que les digan señora.

—Yo prefiero Valeria.

La mujer asintió. Antes de salir dejó un vaso de agua sobre la mesa. Valeria trabajó hasta que la luz de la ventana cambió de lugar. Había perdido costumbre. Al principio regresaba sobre la misma suma, distraída por una imagen o una frase de Iker que aparecía sin aviso. A media mañana encontró una factura fechada el día del cumpleaños. Se quedó mirando los números.

Tuvo que levantarse y entrar al baño. Allí, encerrada, se cubrió la boca hasta que pudo respirar sin hacer ruido. Cuando regresó, Leonor había dejado un pan envuelto junto al vaso. No preguntó nada. Valeria lo partió en dos y continuó.

* * *

La primera diferencia importante apareció después del mediodía. Un proveedor cobraba reparaciones a vehículos que, según las hojas de ingreso, habían permanecido fuera de servicio. Otros gastos se repetían con descripciones distintas. Valeria separó los documentos. No acusó a nadie. Anotó lo que necesitaba comprobar. Cuando Octavio regresó, ella tenía dos montones y una hoja con preguntas. Él tomó la hoja.

—¿Todo esto está mal?

—Todo esto necesita una explicación.

Octavio leyó hasta el final. Después llamó a un hombre de camisa gris. Se llamaba Saúl y administraba los pagos del taller. Entró sonriendo. La sonrisa desapareció cuando vio las carpetas abiertas.

—Hay retrasos en el registro —dijo antes de sentarse.

Valeria lo observó. Todavía no le habían preguntado nada.

* * *

Saúl intentó explicarle los cargos como si ella hubiera confundido conceptos sencillos. Valeria lo dejó hablar. Cuando terminó, acercó dos documentos.

—Aquí dice que cambiaron la misma pieza dos veces en nueve días.

—Falló la primera.

—Entonces necesito la garantía o el reporte.

Saúl miró a Octavio.

—A veces se arregla de palabra.

Valeria señaló otra factura.

—¿También esta?

El hombre dejó de sonreír. Octavio permanecía inmóvil. El silencio comenzó a incomodarla. Valeria había ido a revisar números, pero los ojos de Saúl se movían hacia la puerta cada vez con más frecuencia. Cerró la carpeta.

—No puedo concluir nada sin los documentos que faltan.

Octavio volvió la cabeza hacia ella. Valeria sostuvo la mirada. No quería que una suposición escrita por su mano se convirtiera en algo que no pudiera retirar.

—Que los traiga mañana —añadió.

Octavio dejó la hoja sobre la mesa.

—Mañana —repitió.

Saúl salió sin despedirse.

* * *

Al terminar la jornada, Octavio le entregó un sobre. Valeria no lo tomó enseguida.

—Todavía no termino.

—Es la mitad.

Ella comprobó la cantidad y firmó un recibo. Octavio la observó hacerlo.

—Damián no sabe que viniste.

Valeria guardó el dinero.

—No tienes que informarle.

—Va a enterarse.

Ella levantó el bolso.

—Entonces te ahorrarás una llamada.

Octavio soltó una risa breve, pero su expresión se volvió seria cuando ella llegó a la puerta.

—Si vas a seguir aquí, necesito que entiendas algo. No todos van a alegrarse de que revises sus cuentas.

Valeria miró las carpetas.

—Ya me di cuenta.

* * *

Damián estaba en el rancho cuando regresó. Su camioneta ocupaba casi toda la sombra del árbol frente a la casa. Valeria sintió cansancio antes de bajar. Él esperaba en el corredor. Elvira se había quedado dentro, aunque mantenía la puerta abierta.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

Valeria pagó el viaje antes de responder.

—Trabajando.

Damián miró el automóvil alejarse.

—Me dijeron que fuiste con Octavio.

Ella subió el primer escalón.

—Entonces ya lo sabías.

Él le cerró el paso sin tocarla.

—No quiero que te metas ahí.

Valeria alzó la cabeza.

—Necesito pasar.

Damián permaneció donde estaba. Ella esperó. Al cabo de unos segundos, él se apartó. Valeria entró, dejó el bolso sobre una silla y volvió al corredor. No quería que su madre tuviera que escucharlos discutir dentro de su propia cocina.

—Dijiste que querías separarte —recordó—. Ya me fui.

—Voy a seguir ocupándome de ti.

—Hoy me pagaron.

Damián apretó la mandíbula.

—No sabes lo que estás haciendo.

Valeria lo miró largo rato.

—Quise saber cuando todavía podía servir de algo.

Él apartó los ojos.

* * *

Damián sacó unos documentos de una carpeta. Los dejó sobre la mesa del corredor.

—Tenemos que arreglar lo nuestro.

Valeria vio su nombre impreso junto al de él. No intentó leerlo todo allí.

—Los revisará mi abogada.

La expresión de Damián cambió.

—No necesitas convertir esto en una guerra.

Ella apoyó una mano sobre los papeles.

—Entonces deja que los revise.

Desde la cocina llegó el ruido de una olla. Damián miró hacia la puerta. Por un momento pareció consciente de lo pequeño que era aquel lugar, de cuánto se escuchaba. Bajó la voz.

—Renata está conmigo.

Valeria sintió un dolor sordo. No era sorpresa. Se parecía más al golpe que da una puerta cuando ya se ha visto venir. Damián esperó. Ella recogió la carpeta.

—Ya lo entendí.

Él quiso añadir algo, pero Valeria entró en la casa. Esta vez cerró la puerta.

* * *

Cenó con su madre. Elvira había preparado sopa y tortillas calientes. Sobre la mesa había un plato de más. Ambas lo vieron al mismo tiempo. Su madre lo retiró despacio. Valeria bajó la mirada. No hablaron durante varios minutos. Después ella sacó el sobre de su bolso y dejó una parte del dinero junto al salero.

—Para la casa.

Elvira miró los billetes.

—Guárdalos.

—Estoy viviendo aquí.

Su madre apoyó las manos en la mesa.

—No quiero que pagues por quedarte conmigo.

Valeria acercó el dinero.

—Déjame ayudar en algo.

Elvira la observó y terminó asintiendo. Esa noche, mientras lavaban los platos, Valeria le contó que Leonor le había llevado pan. Fue la primera cosa pequeña que pudo contar sin que la conversación terminara en llanto.

* * *

Saúl llegó a la oficina antes que ella al día siguiente. Había dejado nuevos comprobantes sobre el escritorio. Valeria los revisó durante la mañana. Algunos explicaban diferencias. Otros confirmaban que se había cobrado de más. Cuando lo llamó para preguntarle por un último pago, él entró y cerró la puerta.

—A ti no te falta nada —dijo.

Valeria dejó el bolígrafo. Saúl miró hacia la ventana.

—Siempre hay gastos que no se anotan bien. Podríamos arreglarnos sin hacer tanto ruido.

Ella comprendió. Sintió miedo. También una claridad que llevaba semanas sin experimentar. Abrió la puerta y llamó a Leonor.

—Necesito una copia de estos documentos.

Saúl salió antes de que la mujer llegara. Valeria mantuvo las manos sobre el escritorio hasta que dejaron de temblarle.

* * *

Al final de la tarde entregó su informe. Octavio lo leyó sin interrupciones. Había cantidades comprobadas, diferencias pendientes y copias numeradas.

—¿Saúl te ofreció algo? —preguntó.

Valeria sostuvo su mirada.

—Quiso que dejara de preguntar.

Octavio cerró la carpeta.

—Puedes venir el lunes. Hay más trabajo.

Ella miró la puerta del despacho. Sabía que su madre le pediría que no regresara. Sabía también que, en dos días, había conseguido respuestas que en aquella casa enorme siempre le habían negado.

—Con una condición —dijo.

Octavio esperó. Valeria apoyó un dedo sobre el informe.

—Lo que encuentres aquí no lo conviertas en algo que yo no he dicho.

Él la observó unos segundos.

—Entendido.

Cuando salió, ya casi no quedaba luz en el patio. Valeria guardó el recibo de su pago dentro de la libreta del taller. Al abrirla apareció la hoja donde había escrito el apellido de Cárdenas. Permaneció mirándolo un momento. Después pasó a una página limpia y anotó la hora a la que debía presentarse el lunes.