Capítulo 9 de 20

La primera decisión

El lunes, Saúl no estaba. Valeria lo notó antes de llegar a su oficina. La puerta del área de pagos permanecía abierta y una muchacha que nunca había visto revisaba los cajones. Leonor apareció detrás de ella.

—Octavio quiere verte cuando termines de instalarte.

Valeria dejó el bolso sobre el escritorio.

—¿Y Saúl?

La mujer acomodó una carpeta contra su pecho.

—Ya no trabaja aquí.

—¿Qué pasó?

Leonor miró hacia el corredor.

—Lo despidieron.

Valeria sostuvo su mirada hasta que la otra añadió:

—Le dieron oportunidad de explicar los pagos. No pudo.

Dentro de la oficina todavía estaba el vaso que Saúl había dejado el viernes, con una marca de café seco en el fondo. Valeria entró a su despacho sin preguntar más. Había pensado en aquel hombre durante el fin de semana. En sus manos sobre los documentos. En el miedo que intentó esconder ofreciéndole dinero.

Necesitaba creer que un despido era todo lo que había ocurrido. También necesitaba comprobarlo.

* * *

Octavio tenía dos teléfonos sobre la mesa. Apartó uno al verla.

—Siéntate.

Valeria permaneció de pie.

—Quiero saber si Saúl está bien.

Él la observó unos segundos.

—Está en su casa.

—¿Puedo hablar con él?

Octavio se recostó en la silla.

—Te ofreció dinero para tapar un robo y todavía quieres preocuparte.

—Quiero saber qué pasa después de que entrego un informe.

Él dejó de balancear el bolígrafo entre los dedos. Después empujó uno de los teléfonos hacia ella.

—Llámalo.

Valeria buscó el número en la hoja de empleados. Saúl contestó al cuarto tono. Su voz sonó áspera, pero reconocible. Cuando ella preguntó cómo estaba, él guardó silencio.

—¿Qué quieres ahora?

Valeria miró a Octavio.

—Saber si estás bien.

—Me quedé sin trabajo. Eso pasó.

La llamada terminó antes de que ella respondiera. Devolvió el teléfono. Octavio señaló la silla. Esta vez se sentó.

* * *

El nuevo trabajo no cabía en tres carpetas. Había registros de distintos almacenes, pagos atrasados y una lista de proveedores que llamaban cada día. Octavio necesitaba que alguien ordenara todo antes del cierre del mes.

—Leonor conoce la operación —dijo—. Tú vas a ayudarla con los números.

Valeria pasó las hojas. Encontró deudas pequeñas acumuladas durante semanas y cantidades grandes pagadas sin demora.

—¿Quién decide a quién se le paga primero?

—Hasta ahora, Saúl.

Valeria alzó la cabeza. Octavio comprendió la pregunta.

—Revisa. Luego propones.

Ella miró una factura de un taller pequeño. El nombre del dueño le resultaba familiar. Lo recordó después de unos segundos: había comprado piezas allí cuando todavía llevaban el negocio del rancho.

—Necesito hablar con los proveedores.

—Para eso tienes teléfono.

Valeria cerró la carpeta.

—Y saber qué puedo prometerles.

Octavio apoyó los brazos sobre el escritorio.

—Nada que no estés segura de cumplir.

* * *

Al mediodía llamó don Eusebio. No la reconoció por la voz. Estaba demasiado ocupado explicando que llevaba dos meses esperando un pago y que ya no podía fiar más reparaciones. Valeria lo dejó terminar.

—Soy Valeria. La esposa de Damián. Del taller de San Jerónimo.

Hubo una pausa.

—Muchacha…

La palabra la devolvió a una época en la que todavía salía a comprar tornillos con una lista escrita por su esposo. Don Eusebio bajó la voz.

—Supe lo de tu niño.

Ella cerró los ojos.

—Gracias.

El hombre no sabía cómo seguir. Valeria regresó a la factura.

—Estoy revisando lo que le deben.

Él recuperó enseguida la preocupación. Le habló de sus empleados, del alquiler y de una pieza que tuvo que comprar con dinero prestado. Valeria anotó. Al terminar, no le prometió una fecha. Le dijo que volvería a llamarlo esa misma tarde. Cumplió.

* * *

El problema era sencillo de ver y difícil de resolver. Había dinero suficiente para cubrir varios adeudos, pero una parte estaba apartada para el anticipo de una camioneta nueva. Valeria llevó la propuesta a Octavio. Él la leyó sin tocarla.

—Ese vehículo ya se encargó.

—Todavía no se entrega.

—Lo necesita uno de los supervisores.

Valeria señaló tres pagos.

—Estos talleres necesitan cobrar para seguir abiertos.

Octavio levantó la vista.

—¿Y?

Ella sintió calor en el rostro. No por vergüenza. Por la facilidad con la que él esperaba que abandonara la idea.

—Si dejan de trabajar con nosotros, van a gastar más y a perder tiempo buscando quién los sustituya.

Octavio volvió a mirar las cantidades.

—Hablas como si el dinero fuera tuyo.

Valeria retiró la mano del papel.

—Me pediste una propuesta.

Él permaneció callado. Después tomó un bolígrafo y firmó.

—Hazlo.

Valeria recogió la hoja antes de que cambiara de opinión.

* * *

La noticia recorrió la empresa más rápido que los comprobantes. A las cuatro, un hombre de camisa bordada se presentó en su oficina. No pidió permiso para entrar.

—¿Quién te autorizó a mover mi anticipo?

Valeria dejó de escribir.

—¿Tu nombre?

Él soltó una risa breve.

—Esteban.

Era el supervisor que esperaba la camioneta. Valeria le mostró la autorización. Esteban apenas la miró.

—Estoy hablando contigo.

Ella sintió el mismo impulso de encogerse que tenía cuando Damián le cerraba el paso. Apoyó ambos pies en el suelo.

—La compra se aplazó. Los pagos estaban vencidos.

Esteban se inclinó sobre el escritorio.

—A mí no me vas a enseñar cómo se hacen las cosas aquí.

Valeria alcanzó a ver a Leonor en la puerta. No la llamó.

—Entonces habla con Octavio —respondió—. Él firmó.

El hombre miró otra vez el documento. Se enderezó despacio. Antes de salir dejó una frase en el aire:

—No siempre va a estar para cuidarte.

Valeria esperó a que sus pasos se alejaran. Luego pidió a Leonor que cerrara la puerta. Necesitó unos minutos antes de continuar.

* * *

Esa noche, Elvira encontró a su hija contando dinero en la cocina. Había separado lo del transporte, sus gastos y una cantidad para ahorrar.

—Comes menos desde que trabajas ahí —dijo su madre.

Valeria juntó los billetes.

—Se me pasa la hora.

Elvira puso un plato delante de ella. Se sentó al otro lado de la mesa.

—No tienes que demostrar que puedes aguantarlo todo.

Valeria partió una tortilla. Quiso contarle lo de Esteban. También lo de don Eusebio, que había llamado para darle las gracias. Eligió lo segundo. Su madre escuchó y sonrió apenas. Después volvió a mirarla.

—¿Y qué te están cobrando a ti por dejarte hacer eso?

Valeria dejó la tortilla sobre el plato. No tenía una respuesta que pudiera tranquilizarla.

* * *

Damián llamó al día siguiente. Ella vio su nombre y estuvo a punto de dejar que sonara. Contestó porque todavía había documentos pendientes.

—Mi abogado habló con la tuya —dijo él.

—Lo sé.

—No tienes que revisar cada cosa como si quisiera quitarte algo.

Valeria miró la ventana de la oficina. Abajo, un empleado ayudaba a otro a enderezar una tarima.

—Lo revisará Estela.

Damián respiró con impaciencia.

—También supe que sigues con Octavio.

Ella no respondió.

—¿Qué estás buscando ahí?

Valeria pensó en el apellido escrito dentro de su libreta.

—Trabajo.

—Puedes conseguir otro.

—Ya intenté.

El silencio cambió. Damián entendió a qué se refería.

—Lo de la veterinaria fue para evitarte una vergüenza.

Valeria apretó el teléfono.

—La vergüenza la pasé cuando tuve que fingir que no sabía por qué no querían contratarme.

Él no encontró una respuesta inmediata. Ella terminó la llamada.

* * *

Dos días después, Octavio la invitó a acompañarlo a una reunión. Valeria miró a Leonor, que seguía revisando una lista de entregas.

—¿Para qué?

—Van a discutir los pagos que ordenaste. Quiero que los expliques tú.

La reunión fue en una sala del primer piso. Esteban estaba allí. También otros tres hombres y una mujer encargada de compras. Valeria eligió una silla cerca de la puerta. Al principio hablaron sin tomarla en cuenta. Discutían fechas, costos y fallas como si los documentos que ella había preparado no estuvieran sobre la mesa.

Esperó hasta que uno culpó a don Eusebio por retrasar reparaciones.

—Dejó de recibir vehículos porque no le pagaban —intervino.

Varias cabezas volvieron hacia ella. El hombre se encogió de hombros.

—Siempre tiene una excusa.

Valeria abrió su carpeta. Leyó las fechas de los trabajos y las de los pagos pendientes. No necesitó levantar la voz. Cuando terminó, la encargada de compras acercó los papeles para comprobarlos. Octavio permaneció callado. Por primera vez, dejó que Valeria sostuviera sola una decisión delante de los demás.

* * *

La reunión se alargó hasta que anocheció. Al salir, Valeria se detuvo en el corredor para guardar los documentos. Desde una oficina cercana escuchó el apellido Barragán. La puerta estaba abierta. Un hombre hablaba con Octavio.

—Cárdenas ya volvió a moverse con él.

Valeria dejó de acomodar las hojas. Octavio la vio desde su asiento. El otro hombre siguió hablando hasta advertir su presencia. Entonces calló. Valeria se acercó.

—¿Dónde está?

El desconocido miró a Octavio. Él se levantó.

—Ahora no.

Valeria sintió que volvía a estar frente al despacho de Damián. La misma puerta. La misma decisión de dejarla afuera.

—Me diste su nombre.

—Y no voy a darte una dirección para que vayas a hacerte matar.

Ella se quedó inmóvil. Octavio cerró la carpeta que tenía sobre la mesa.

—Vete a casa, Valeria.

* * *

No se fue enseguida. Esperó en su oficina hasta que el patio quedó casi vacío. Sacó de la libreta el dibujo de Iker. Lo había colocado allí esa mañana, sin saber muy bien por qué quería llevarlo consigo. Lo extendió sobre el escritorio. Para mi mamá, que sabe arreglar cosas. Durante semanas había repetido el nombre de Cárdenas imaginando que saber más aliviaría algo.

Ahora estaba más cerca y sentía la misma presión en el pecho. Leonor apareció con su bolso al hombro. Se detuvo al ver el dibujo.

—¿Tu hijo?

Valeria asintió. La mujer se sentó enfrente sin pedir explicaciones. Después de un rato dijo:

—Lo que escuchaste hoy no se va a quedar quieto porque tú lo estés buscando.

Valeria la miró.

—¿Lo conoces?

—Conozco a los hombres que creen que nunca van a pagar por nada.

No hubo consuelo en su voz. Valeria dobló el dibujo con cuidado.

* * *

A la mañana siguiente, Octavio encontró sobre su escritorio los informes terminados. Valeria esperaba junto a la ventana.

—Voy a seguir trabajando —dijo.

Él dejó las llaves.

—Eso esperaba.

Ella negó despacio.

—Quiero aprender lo que todavía no entiendo. Cómo se toman las decisiones. Quién responde cuando algo sale mal.

Octavio la observó largo rato.

—Hay cosas que no vas a poder dejar en una carpeta cuando vuelvas a casa.

Valeria pensó en Iker. En la camioneta. En los hombres que habían decidido seguir mientras alguien los perseguía.

—Eso ya lo sé.

Octavio acercó una silla. Esta vez no puso cuentas delante de ella. Puso la lista de las personas que iban a reunirse con él esa semana y comenzó a explicarle quién era cada una. Valeria abrió su libreta en una página nueva. Antes de escribir, miró la puerta. Seguía abierta. Ella pudo haberse levantado. Se quedó.