Capítulo 10 de 20

El lugar en la mesa

La primera vez que Valeria asistió a una reunión sin llevar una calculadora, no supo dónde poner las manos. Había cinco personas alrededor de la mesa y ninguna parecía dispuesta a explicarle por qué estaba allí. Octavio le señaló una silla. Ella se sentó junto a Leonor.

Durante los primeros minutos escuchó nombres de empresas, reclamaciones y promesas que dependían de conversaciones anteriores. Cuando algo no le quedaba claro, lo anotaba. Esteban estaba enfrente. No volvió a amenazarla, pero tampoco dejó pasar una oportunidad de recordarle que acababa de llegar.

—Eso ya lo habíamos discutido —dijo cuando ella preguntó por un almacén que llevaba meses generando pérdidas.

Valeria bajó los ojos a su libreta. Sintió la antigua vergüenza de preguntar delante de alguien que disfrutaba haciéndola sentir pequeña. Después levantó la cabeza.

—Entonces puedes resumirlo.

Leonor dejó de escribir. Octavio permaneció callado. Esteban tardó unos segundos en responder. Valeria tomó nota hasta que terminó.

* * *

El problema del almacén no estaba en los números. Eso lo comprendió cuando fue a verlo. El encargado se llamaba Tomás. Tenía una rodillera bajo el pantalón y caminaba apoyándose en una mesa cada vez que pensaba que nadie lo miraba. Le mostró cajas húmedas, herramientas descompuestas y una lista de reparaciones que había enviado tres veces.

—Dijeron que no estaba autorizado el gasto.

Valeria reconoció las firmas. Esteban había rechazado las reparaciones y después cargado al almacén el costo de mercancía dañada.

—¿Por qué no hablaste con Octavio?

Tomás miró hacia la puerta.

—Yo hablo con quien me dicen que hable.

Valeria recorrió el lugar sin responder. Antes de irse, encontró a dos empleados moviendo unas cajas que goteaban por la base. Uno de ellos tendría poco más de veinte años. El otro tosía cada vez que levantaba peso. Ella volvió hacia Tomás.

—¿Cuánto tiempo llevan así?

Él no necesitó preguntar a qué se refería.

—Desde las lluvias.

Valeria miró el techo. Faltaban varios meses para que volvieran.

* * *

Octavio revisó las fotografías con expresión impaciente.

—Ese almacén siempre ha sido un problema.

—La gente que trabaja ahí no puede arreglar el techo por su cuenta.

Él dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué propones?

Valeria colocó una hoja delante de él. Había separado lo urgente de lo que podía esperar. También había comparado las pérdidas con el costo de reparar. Octavio recorrió las cifras.

—Te está gustando corregirle el trabajo a Esteban.

Ella sintió cansancio.

—Me pediste que fuera.

Él volvió a mirar las fotografías. Después firmó. Valeria recogió la autorización, pero no se levantó.

—Tomás necesita atención por la rodilla.

Octavio alzó los ojos.

—¿Ahora también vas a ocuparte de eso?

Ella pensó en Rogelio acostado en el hospital. En todos los hombres que habían obedecido una orden y terminado pagando por ella con el cuerpo.

—Necesita poder caminar para hacer el trabajo que le estás pidiendo.

Octavio la observó. Luego tomó el teléfono.

* * *

Damián firmó el divorcio una mañana de calor. Valeria lo supo por Estela. La abogada la recibió con los documentos ordenados y un vaso de agua que ella no tocó. Habían transcurrido meses desde el ataque. Todavía le resultaba difícil aceptar que el mundo pudiera dividirse en meses mientras para ella ciertos días seguían ocurriendo completos. Estela repasó los acuerdos.

Valeria conservaba bienes que su esposo había aceptado poner a su nombre y una cantidad suficiente para empezar por su cuenta. La abogada había insistido en que no renunciara a todo por terminar pronto.

—No tiene que salir de este matrimonio sin nada para demostrar que ya no lo quiere —le dijo.

Valeria tardó en comprender cuánto necesitaba escuchar aquello. Firmó donde le indicaron. Cuando terminó, dejó el bolígrafo sobre la mesa. Durante unos segundos esperó sentir alivio. Lo que sintió fue un cansancio enorme. Estela reunió las hojas.

—¿Quiere quedarse un momento?

Valeria asintió. Se quedó hasta que pudo levantarse sin que le temblaran las piernas.

* * *

Damián la llamó esa misma tarde.

—Ya está hecho.

Ella miró por la ventana del despacho de Octavio. En el patio acababan de retirar un camión.

—Estela me avisó.

Él guardó silencio. Valeria esperó a que dijera por qué había llamado.

—Renata y yo vamos a casarnos.

La frase le produjo una punzada breve, seguida de algo más difícil de nombrar. Recordó el funeral. La mano de Renata sobre su brazo. El teléfono vibrando en el hospital.

—Entiendo —respondió.

Damián pareció desconcertado por la falta de preguntas.

—Preferí decírtelo yo.

Valeria cerró los ojos.

—Ya me lo has dicho.

Terminó la llamada y dejó el teléfono boca abajo. Esa noche no volvió al rancho a cenar. Fue al cementerio.

* * *

Llevó agua para limpiar la piedra y un pequeño caballo de madera que había encontrado en una tienda. No sabía si Iker lo habría elegido. Lo compró porque tenía una pata levantada, como si estuviera a punto de correr. Se arrodilló y retiró las hojas secas. Durante un rato solo hizo eso. Después le contó que ya no estaba casada con su padre.

Decirlo allí le pareció más difícil que firmarlo.

—No sé qué habrías querido que hiciera.

El viento movió las ramas sobre el muro. Valeria apoyó una mano en la piedra. Había días en que podía recordar su risa sin quebrarse. Otros, una palabra escrita en un cuaderno la dejaba sin fuerzas. Aquella tarde consiguió hablarle hasta que oscureció. No mencionó a Cárdenas. Todavía le avergonzaba llevar ese nombre hasta allí.

La boda de Damián apareció primero en el teléfono de Leonor. Una fotografía compartida por alguien que había asistido. Renata vestía de blanco. Damián tenía una mano en su cintura y sonreía hacia la cámara. Leonor intentó apartar el aparato, pero Valeria ya había visto suficiente.

—No pasa nada —dijo.

Siguió revisando un contrato. Leyó tres veces el mismo párrafo. Al final dejó la hoja.

—¿Cuándo fue?

—Ayer.

Valeria asintió. Leonor no añadió comentarios sobre el vestido, la edad de Renata ni la rapidez con que se habían casado. Guardó el teléfono. Un rato después acercó a Valeria una taza de café. Ella la sostuvo entre las manos hasta que dejó de sentirlas frías.

* * *

Renata pasó la primera noche de casada en una habitación que no conocía. Damián había comprado otra casa. Dijo que empezarían allí. Había flores sobre la cama, ropa nueva en el vestidor y una bañera que Renata había fotografiado para enviársela a Celia. Durante la cena creyó que por fin algo se había acomodado. Después sonó el teléfono. Damián salió a contestar.

Regresó veinte minutos más tarde, recogió las llaves y dijo que tenía que resolver un asunto. Renata permaneció sentada.

—Hoy no.

Él se detuvo. Ella miró el anillo en su mano.

—Es nuestra noche.

Damián le besó la frente.

—Voy a intentar no tardar.

Cuando se cerró la puerta, Renata siguió escuchando la frase. La había oído antes, en boca de otros hombres. No se quitó el vestido hasta la madrugada.

* * *

Octavio enfermó a finales del verano. No fue algo que él anunciara. Valeria lo notó porque comenzó a cancelar reuniones y a pedir que le subieran los documentos a una habitación detrás del despacho. Leonor organizaba las llamadas. Los hombres que antes esperaban sentados empezaron a pasearse por los corredores. Esteban entró una mañana sin saludar.

—Necesito que autoricen una salida.

Valeria miró el documento. Faltaban firmas y no había una descripción suficiente de lo que pedía.

—Octavio tiene que revisarlo.

—Está dormido.

—Entonces espera.

Esteban apoyó las manos sobre la mesa.

—No puedes detener todo porque no entiendes.

Valeria sintió que Leonor se acercaba desde el otro escritorio. No bajó los ojos.

—No voy a firmar algo que no entiendo.

Él recogió la hoja con brusquedad.

—Se lo voy a decir.

—Hazlo.

Cuando salió, Valeria se dio cuenta de que había dejado de respirar con normalidad. Leonor abrió una ventana. Ninguna habló hasta que se escuchó arrancar su camioneta.

* * *

Octavio la llamó esa tarde. Estaba sentado junto a una cama, con una manta sobre las piernas. La enfermedad había reducido algo de su tamaño. Valeria permaneció cerca de la puerta.

—Esteban vino a quejarse.

—Lo supuse.

Él la observó.

—Hiciste bien.

Valeria no se sintió tranquila.

—Necesitas poner a alguien que pueda decidir cuando no estás.

Octavio señaló la silla frente a él. Ella se sentó.

—Por eso te llamé.

Valeria miró la carpeta cerrada sobre la mesa. Comprendió antes de que él continuara. No se trataba de más facturas. Octavio quería que asistiera a conversaciones que hasta entonces ocurrían después de que ella salía.

—Hay cosas que vas a escuchar —dijo él— que no puedes llevarle a una abogada.

Valeria sintió un escalofrío. Pensó en levantarse. La puerta estaba a pocos pasos.

—¿Por qué yo?

Octavio tardó en responder.

—Porque cuando te ofrezco dinero, preguntas qué tienes que hacer para ganarlo. Y cuando alguien te mete miedo, todavía quieres saber por qué.

Ella miró sus manos. No le pareció un elogio. Le pareció una descripción de lo que podían aprovechar de ella.

* * *

La primera reunión fue dos días después. Hablaron de una disputa entre grupos, de un acuerdo roto y de personas que exigían una compensación. Valeria reconoció suficientes palabras para comprender que las empresas eran apenas una parte de lo que sostenía aquel lugar. Permaneció callada. Entonces uno de los hombres mencionó a Barragán. Levantó la cabeza.

—¿Él está dentro de ese acuerdo?

Todos la miraron. Octavio respondió:

—Su gente.

Valeria sintió latir el pulso en el cuello.

—¿Y Cárdenas?

El hombre que lo había mencionado se acomodó en la silla.

—Cárdenas responde a otro encargado ahora.

Valeria volvió hacia Octavio. Comprendió que él ya lo sabía. También comprendió por qué aquella información no había llegado a ella mientras se limitaba a revisar cuentas. Durante el resto de la reunión tomó pocas notas. Escuchó todo.

* * *

Al volver al rancho encontró a su madre esperándola. La cena estaba tapada sobre la estufa.

—Cada día llegas más tarde —dijo Elvira.

Valeria dejó el bolso. Quiso decirle que había trabajo. Su madre vio la respuesta antes de escucharla.

—Mírame.

Valeria obedeció. Elvira tenía las manos juntas sobre el regazo.

—Todavía puedes buscar otra cosa.

La frase le dolió porque era cierta. Valeria pensó en el dinero del divorcio, en un pequeño negocio, en un lugar donde nadie pronunciara el apellido de su hijo con miedo. Podía hacerlo. Se sentó frente a su madre.

—Hoy hablaron de Cárdenas.

Elvira cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.

—Iker no va a volver, hija.

Valeria bajó la cabeza. Su madre se acercó y le tomó las manos. Ninguna dijo más. A la mañana siguiente, Valeria regresó a la oficina.