Capítulo 11 de 20

La deuda de los vivos

Octavio se desmayó un martes, antes de terminar el café. Valeria estaba frente a él, revisando unos documentos, cuando vio que la taza se inclinaba entre sus dedos. La alcanzó antes de que cayera. Después él intentó decir algo y se venció hacia un lado. Leonor entró al escuchar que lo llamaba. Entre ambas consiguieron recostarlo mientras pedían ayuda. La ambulancia tardó doce minutos.

Valeria los contó mirando un reloj de pared que nunca había notado. Durante la espera, los teléfonos comenzaron a sonar. Primero uno. Después los otros. Leonor los puso en silencio.

* * *

En el hospital les dijeron que Octavio debía quedarse ingresado. Un médico habló de estudios, vigilancia y un tratamiento que ya no podía seguir aplazando. Valeria escuchó junto a Leonor, sin preguntar cuánto sabía cada una de la enfermedad. Cuando les permitieron verlo, Octavio tenía una vía en el brazo y la expresión de un hombre ofendido por su propio cuerpo.

—No quiero a nadie amontonado aquí —dijo.

Leonor dejó sus anteojos sobre la mesa.

—Entonces no los llames.

Él la miró. Por primera vez, Valeria vio entre ambos algo que no tenía que ver con el trabajo: una confianza antigua, hecha de cansancio y discusiones repetidas. Octavio volvió hacia ella la cabeza.

—Necesito que regreses.

Valeria miró el teléfono que seguía vibrando dentro de su bolso.

—¿Qué les digo?

—Que estoy vivo. Lo demás puede esperar.

Ella asintió. Al llegar a la puerta, él añadió:

—Esteban no.

Valeria se volvió. Octavio cerró los ojos.

—Con él, nada puede esperar.

* * *

Esteban estaba sentado en el despacho cuando regresaron. Tenía abierta una carpeta que no era suya. Leonor se detuvo en el umbral.

—¿Qué haces aquí?

Él levantó la cabeza.

—Alguien tiene que ocuparse.

Valeria dejó el bolso sobre una silla.

—Octavio sigue al mando.

Esteban miró a Leonor. Después volvió hacia Valeria.

—Tú revisa tus papeles. Esto no es un taller de rancho.

La frase cayó con una precisión que le hizo comprender cuánto había preguntado sobre ella. Valeria sintió que se le calentaban las mejillas. Se acercó al escritorio.

—Deja la carpeta.

Él permaneció sentado. En el corredor habían dejado de escucharse pasos. Valeria apoyó una mano sobre el respaldo de la otra silla. No sabía qué haría si Esteban se negaba. Él tampoco parecía saber cuánto estaba dispuesta a sostener la orden. Finalmente cerró la carpeta. Se levantó con lentitud. Al pasar junto a ella murmuró:

—Ya veremos cuánto dura esto.

* * *

Aquella tarde, Leonor cerró la puerta de la oficina pequeña. Dejó dos vasos de agua sobre el escritorio.

—No vuelvas a enfrentarlo sola.

Valeria tenía las manos frías.

—Estabas ahí.

—Sabes a qué me refiero.

Ella miró hacia el corredor. Había logrado hacerlo salir, pero el miedo apareció después, cuando ya no había nadie delante de quien mantenerse firme. Leonor se sentó.

—No confundas que te obedezcan una vez con estar a salvo.

Valeria tomó el vaso.

—¿Qué está buscando?

Leonor tardó en responder.

—Quedarse con lo que pueda antes de que Octavio decida quién va a hacerse cargo si no vuelve.

Valeria dejó de beber. Hasta entonces había pensado en la enfermedad como una interrupción. Esteban la estaba tratando como una oportunidad.

* * *

Las primeras irregularidades aparecieron al día siguiente. Había pagos autorizados fuera del registro habitual y compromisos que ningún empleado recordaba haber recibido por escrito. Valeria pidió explicaciones. Algunos respondieron enseguida. Otros llamaron primero a Esteban. Leonor comenzó a anotar quién hacía cada cosa. Trabajaron hasta tarde, comparando documentos, fechas y nombres.

En una de las hojas, Valeria encontró una autorización que Esteban le había exigido firmar semanas atrás. La misma. Ahora llevaba otra firma.

—¿Quién es? —preguntó.

Leonor miró el papel.

—Un hombre de Barragán.

Valeria se quedó inmóvil. Acercó la hoja a la lámpara. La firma no le decía nada. La fecha sí. Era anterior a la última reunión de Octavio con esa gente.

—Él no había aprobado esto.

Leonor negó despacio. Siguieron revisando. Antes de medianoche, ya no parecía un error.

* * *

Octavio leyó los documentos desde la cama del hospital. No interrumpió a Valeria. Cuando ella terminó, dejó las hojas sobre la manta.

—¿Quién más los ha visto?

—Leonor.

Él volvió a mirar la firma.

—¿Esteban sabe que los encontraste?

—No.

Octavio guardó silencio. Valeria conocía esa expresión. La había visto en Damián antes de que dejara de explicarle las cosas. Se inclinó hacia él.

—Dime qué significa.

Octavio tardó en levantar los ojos.

—Está prometiendo cosas que no son suyas.

—A Barragán.

Él asintió. Valeria sintió que se le endurecía el cuerpo.

—¿También estaba tratando con él cuando mataron a Iker?

Octavio apartó la vista hacia la ventana. Ella esperó.

—No lo sé.

La respuesta le produjo más miedo que una negación. Valeria no se levantó.

—Entonces voy a hablar con Rogelio otra vez. Y con quien estaba a cargo de su seguridad.

Octavio volvió a mirarla.

—El encargado se llamaba Néstor Vela. Damián lo apartó después del ataque.

—¿Lo apartó o lo escondió?

—No lo sé. Lo que te diga sin comprobarlo va a servirte para odiar a alguien, nada más.

Ella cerró la carpeta. Aquella vez no pidió una dirección. Le pidió los registros de los vehículos que habían pertenecido a la empresa durante la semana del atentado. Si Octavio quería que aprendiera a preguntar por documentos, tendría que aceptar también aquellas preguntas.

* * *

La reunión se hizo dos días después. Octavio participó por teléfono. Había pedido que acudieran cuatro personas con suficiente peso para impedir que Esteban convirtiera aquello en una discusión personal. Valeria se sentó junto a Leonor. Llevaba los documentos ordenados. Esteban llegó el último. Al verla en la mesa sonrió apenas, como si todavía pudiera reducirla a una molestia que alguien acabaría retirando.

Octavio habló primero. Después Valeria explicó las diferencias. No acusó con palabras que no pudiera sostener. Mostró fechas, compromisos y autorizaciones incompatibles entre sí. Uno de los hombres acercó los papeles. Otro pidió escuchar la explicación de Esteban. Él negó haber actuado por su cuenta. Dijo que Octavio lo había entendido mal. La voz que salió del teléfono fue tranquila.

—Yo no te autoricé.

Esteban dejó de moverse.

* * *

Al principio intentó discutir los detalles. Después comprendió que ninguno de los presentes iba a sostener su versión. Miró a Valeria.

—Esto es por lo de tu hijo.

Ella sintió un golpe seco en el pecho. Leonor movió una mano debajo de la mesa y le rozó el brazo. Valeria no apartó los ojos.

—Esto está aquí.

Señaló los documentos. Esteban soltó una risa amarga.

—Damián tenía razón contigo.

El silencio se hizo más pesado. Octavio intervino desde el teléfono. Le retiró las responsabilidades y ordenó que entregara lo que aún tuviera pendiente. Los demás respaldaron la decisión sin discursos. Esteban recogió su chaqueta. Antes de salir volvió hacia Valeria la cabeza. Ya no había burla en su expresión. Eso la inquietó más.

* * *

Una hora después, uno de los hombres pidió hablar con ella. Se llamaba Montalvo y había pasado casi toda la reunión escuchando. Esperó hasta que Leonor se quedó junto a la puerta.

—Esteban mencionó a tu hijo para hacerte perder el control.

Valeria cerró la carpeta.

—Lo sé.

Montalvo negó.

—No solo por eso. Habla más de la cuenta cuando cree que está protegido.

Valeria dejó las manos sobre la mesa.

—¿Qué ha dicho?

El hombre la observó un momento.

—Que Barragán quería darle una lección a Damián. Y que después nadie pensó que aquello iba a traer tantos problemas.

Valeria sintió náuseas.

—¿Aquello?

Montalvo bajó la mirada. Ella se levantó. La silla rozó el suelo con un ruido áspero.

—Tenía ocho años.

El hombre no intentó responder. Valeria salió de la sala antes de que la vieran doblarse contra la pared.

* * *

Octavio no volvió a la empresa durante aquel mes. Las reuniones comenzaron a hacerse sin él en la cabecera. Al principio, Valeria esperaba sus instrucciones para cada asunto importante. Después, algunas personas empezaron a pedir su opinión antes de llamarlo. Ella conocía las deudas. Sabía quién cumplía. También quién utilizaba una urgencia para evitar preguntas.

Aquello le dio un lugar que no había buscado al principio y que ahora le costaba admitir que no quería perder. No todos la aceptaban. Una mañana encontró su nombre escrito al final de una lista, debajo de empleados que llevaban años recibiendo órdenes. Lo tachó. Lo puso donde correspondía a su responsabilidad. No hizo comentarios. A la semana siguiente, la lista llegó corregida.

Elvira notó el cambio cuando su hija dejó de pedir permiso para llegar tarde. No discutieron enseguida. Su madre se limitó a guardar la cena y a escuchar cómo Valeria hablaba de personas cuyos nombres nunca había mencionado antes. Una noche la encontró dormida sobre unos papeles. Le quitó el bolígrafo de la mano. Valeria despertó sobresaltada.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Elvira dejó una manta sobre sus hombros. Luego vio el apellido de Barragán en una hoja. No tocó el papel.

—¿Ya estás cerca de lo que querías?

Valeria se incorporó despacio. Podía haber mentido.

—Más que antes.

Su madre asintió, como si necesitara un momento para recibir la respuesta.

—¿Y cuánto más vas a tener que quedarte?

Valeria no supo decirlo.

* * *

La primera decisión que tomó sin consultar a Octavio afectó a veintidós familias. Un acuerdo se había roto y varios hombres proponían cerrar de inmediato una instalación para reducir pérdidas. Los trabajadores se quedarían sin cobrar. Valeria escuchó las razones. Después revisó el dinero disponible y ordenó cubrir los salarios pendientes antes de suspender actividades. Uno de los presentes protestó.

—Eso no era lo acordado.

Ella mantuvo la hoja delante.

—Ahora lo es.

La frase le salió sin esfuerzo. Solo después comprendió lo que había ocurrido. Nadie miró hacia el teléfono de Octavio. Esperaron a que ella firmara.

* * *

Damián fue a buscarla a la empresa al terminar la semana. No entró al despacho. Valeria lo recibió en una sala cercana a la entrada. Él miró los documentos que llevaba bajo el brazo.

—Estás ocupando el lugar de Octavio.

—Estoy trabajando.

Damián soltó aire por la nariz.

—No conmigo.

Valeria se sentó. Él permaneció de pie.

—Ten cuidado con lo que crees que te están dando —dijo.

Ella levantó los ojos.

—¿Viniste a advertirme o a ver si era cierto?

Damián miró hacia el corredor. Dos hombres esperaban indicaciones de ella. Valeria vio el momento en que él lo comprendió. Ya no estaba hablando con una mujer a la que podía mandar de vuelta a casa.

—No sabes cuándo detenerte —murmuró.

Ella apretó la carpeta.

—Vete, Damián.

Él permaneció unos segundos más. Después obedeció.

* * *

Esa noche, Octavio la llamó. Había recibido noticias de la reunión, de los salarios y de la visita de su antiguo esposo.

—Necesito que el lunes presidas tú —dijo.

Valeria miró la libreta abierta. Entre sus páginas seguía el dibujo de Iker.

—¿Vas a estar?

—Voy a escuchar.

Ella sostuvo el teléfono en silencio.

—Siéntate en mi lugar —añadió Octavio.

Cuando terminó la llamada, Valeria no escribió nada. Pasó los dedos por el borde del dibujo. Recordó la primera vez que había entrado a aquella oficina: todavía esperaba ganar un sueldo, conseguir respuestas y marcharse. El lunes iba a sentarse en la cabecera. Dejó la ropa preparada antes de acostarse.