Capítulo 12 de 20
La silla de Octavio
Valeria llegó antes que todos. La sala conservaba el olor del café recién hecho y del producto con que limpiaban la mesa. Desde el patio subía el ruido de un motor que se resistía a encender. Se quedó unos segundos detrás de la silla de Octavio. Había imaginado que sentiría algo al ocuparla. Orgullo, quizá. O miedo suficiente para obligarla a levantarse.
Solo sintió el respaldo demasiado alto contra la espalda. Abrió la libreta. Leonor entró con una carpeta y dos tazas. No comentó el cambio de lugar. Dejó una frente a Valeria y se sentó a su derecha.
—¿Hablaste con él?
—Anoche.
—Entonces empezamos cuando lleguen.
Valeria miró las sillas vacías.
—¿Y si no vienen?
Leonor acercó la carpeta.
—También sería una respuesta.
* * *
Llegaron todos. Algunos la saludaron sin detenerse. Otros miraron primero la cabecera y después el teléfono colocado en el centro de la mesa. Octavio participaría desde su casa. Valeria esperó hasta que la última persona se sentó. Entonces abrió la reunión. Durante los primeros minutos nadie discutió. Esa facilidad la hizo desconfiar más que una objeción. Montalvo fue el primero en plantear un desacuerdo.
Había dinero comprometido en una empresa que llevaba meses perdiendo. Quería recuperarlo de inmediato. Leonor explicó que hacerlo dejaría sin cubrir obligaciones ya aceptadas. Montalvo apoyó los dedos sobre la mesa.
—Yo no vine a escuchar otra lista de pagos.
Valeria levantó la vista.
—Entonces dime qué propones para cumplirlos.
Él la observó un momento. Por el teléfono no llegó ninguna intervención. Octavio estaba escuchando. Valeria mantuvo las manos quietas sobre la libreta. Al final, Montalvo acercó la documentación. Comenzaron a discutir cifras.
* * *
La reunión duró tres horas. Cuando terminó, Valeria tenía una marca roja en el dedo por la presión del bolígrafo. Esperó a que salieran antes de recostarse en la silla. Leonor recogió las tazas. El teléfono seguía conectado.
—¿Octavio?
—Aquí estoy.
Valeria cerró los ojos.
—Podrías haber dicho algo.
Él soltó una respiración que terminó en tos.
—No hizo falta.
Ella miró la cabecera desde donde estaba sentada.
—Todavía van a discutir todo.
—Eso hacen.
Hubo un silencio. Después Octavio añadió:
—No quieras convencerlos de que te quieran. Haz que sepan qué esperar de ti.
La llamada terminó poco después. Leonor dejó de recoger.
—Voy por algo de comer.
Valeria asintió. Hasta entonces no había notado el hambre.
* * *
La noticia de que presidía las reuniones llegó a Damián antes del viernes. Se enteró durante una comida en la que alguien mencionó a Valeria sin llamarla su antigua esposa. Uno de los hombres dijo que tendría que consultarle un asunto. Damián dejó el vaso sobre la mesa.
—¿A ella?
El otro lo miró con extrañeza.
—Octavio ya no está viniendo.
Damián no preguntó más. Aquella noche llevó a Renata a un restaurante nuevo.
Ella habló de un viaje y de una casa frente al mar que había visto en unas fotografías. Él respondió lo suficiente para que continuara, pero seguía pensando en la forma en que aquel hombre había pronunciado el nombre de Valeria.
Como si Damián ya no tuviera nada que ver con ella. Renata dejó de hablar.
—¿Me estás escuchando?
Él levantó la vista.
—Claro.
Ella sostuvo su mirada. Después llamó al mesero.
* * *
Octavio murió al comienzo del invierno. Leonor llamó a Valeria antes del amanecer. No necesitó explicarle mucho. La pausa entre el saludo y las primeras palabras fue suficiente. Valeria se sentó en la cama. Elvira apareció en la puerta al escucharla hablar. Esperó hasta que terminó.
—¿Qué pasó?
—Octavio.
Su madre se acercó. Valeria miró la ropa que había dejado preparada sobre una silla. Durante meses, la enfermedad de aquel hombre había cambiado el ritmo de todos sin detenerlo por completo. Siempre había una llamada, una indicación, la posibilidad de preguntarle algo. Ahora no. Cuando llegó a su casa, encontró a Leonor junto a una mesa llena de vasos sin tocar.
Tenía el bolso entre las manos. Valeria se sentó a su lado. No le preguntó qué necesitaba. Se quedó.
* * *
Después del entierro comenzaron las llamadas. Algunas ofrecían ayuda. Otras querían saber quién iba a responder por compromisos que Octavio había dejado pendientes. Un hombre al que Valeria apenas conocía propuso hacerse cargo temporalmente. Montalvo pidió una reunión. Esteban reapareció por medio de terceros, asegurando que podía evitar problemas si lo dejaban volver. Valeria escuchó los mensajes en la oficina que había pertenecido a Octavio.
La puerta estaba abierta. Sobre el escritorio seguían sus anteojos. Leonor entró y los recogió. Los guardó en un estuche, con una delicadeza que a Valeria le costó mirar.
—Van a probar hasta dónde pueden empujarnos —dijo.
Valeria volvió hacia ella la cabeza.
—¿Nos?
Leonor cerró el estuche.
—Yo sigo aquí.
* * *
La reunión decisiva no tuvo nada de solemne. Había personas cansadas, intereses enfrentados y suficiente desconfianza para que cualquier frase se volviera una ofensa. Valeria no pidió lealtad a la memoria de Octavio. Llevó los acuerdos vigentes, los compromisos cumplidos durante su ausencia y una relación de decisiones que los presentes habían aceptado bajo su responsabilidad. Uno de los hombres la interrumpió.
—Tú no empezaste esto.
Valeria lo miró.
—Lo sé.
No intentó compararse con los años que ellos llevaban allí. Se limitó a explicar qué podía sostener y qué no iba a prometer. Cuando terminaron de discutir, ninguno estaba satisfecho. Pero habían aceptado que ella coordinara los asuntos comunes y resolviera los desacuerdos que no pudieran cerrar entre ellos. Montalvo fue el último en salir.
Antes de que se marchara, Valeria lo llamó por su nombre.
—Quiero que quede claro qué hemos acordado. No soy dueña de lo que pertenece a cada uno.
El hombre regresó a la mesa.
—Representas los acuerdos comunes. Las empresas de Octavio tienen sus socios y sus administradores. Sus herederos decidirán sobre lo suyo.
Leonor puso delante de ambos el acta que habían preparado para las empresas registradas. La administración temporal no transfería ninguna propiedad. En los otros asuntos no había un documento que pudiera protegerlos: había el respaldo de los presentes, interesado y revocable.
Valeria leyó ambas realidades sin confundirlas. Su sueldo, las participaciones que pudiera comprar y el dinero que recibiera por acuerdos serían cosas distintas del patrimonio que administraba. Al terminar, pidió que esa distinción figurara en las cuentas. No iba a descubrir años después que su riqueza dependía de una propiedad que nunca había sido suya.
Se detuvo junto a la puerta.
—Ahora, si algo sale mal, van a venir a buscarte a ti.
Valeria sostuvo su mirada.
—Ya lo están haciendo.
* * *
El poder no llegó de golpe. Durante los cuatro años siguientes, Valeria acumuló responsabilidades que al principio parecían temporales. Una llamada que nadie más podía resolver. Una reunión en otra ciudad. Una deuda antigua que exigía su presencia. También llegaron decisiones que no se parecían a las cuentas del taller.
Supo de amenazas hechas en su nombre. De personas que desaparecieron de los lugares donde trabajaban. De castigos que otros describían con palabras breves para no tener que discutirlos. En algunas ocasiones intervino. En otras aceptó no preguntar. Cada silencio le dejó algo que no podía atribuirle a Damián ni a Octavio. La primera crisis llegó cuatro meses después del entierro de Octavio.
Un socio anunció que retiraría el dinero con que se pagaba a tres empresas de transporte. Quería que Esteban regresara y que Valeria abandonara la mesa. Durante dos días nadie lo dijo con esas palabras: hablaron de confianza, de experiencia y de la necesidad de recuperar el orden.
Al tercero, los conductores se quedaron esperando frente a una oficina cerrada.
Leonor llevó las cifras al despacho. Podían mantener la operación una semana, tal vez dos, si aplazaban otras obligaciones. Valeria miró el estado de su propia cuenta: todavía conservaba parte del acuerdo de divorcio y los honorarios ahorrados durante su trabajo con Octavio.
—Si pones eso, puedes perderlo —dijo Leonor.
—Si no pagamos, van a perder ellos lo que ya trabajaron.
Su amiga se sentó enfrente.
—No te estoy pidiendo que los dejes sin cobrar. Te estoy pidiendo que no confundas una emergencia con una promesa de mantenernos a todos para siempre.
Valeria utilizó una parte de su capital, con contratos revisados por un asesor de las empresas. Renunció al local donde había imaginado abrir un pequeño negocio independiente. Una de las rutas dejó de ser rentable y tuvo que cerrarla. Pagó las liquidaciones, recibió insultos de quienes se quedaron sin empleo y no intentó convencerlos de que debían agradecerle.
La semana siguiente, Montalvo reunió a los socios restantes. Habían comprobado que Valeria arriesgaba dinero propio y que tampoco escondería una pérdida para conservar su prestigio. El socio que exigía su salida se quedó sin el apoyo que esperaba. Ella obtuvo una participación minoritaria en dos empresas a cambio del capital aportado; no recibió las propiedades de Octavio ni una organización entera por herencia.
La victoria tuvo un costo distinto del dinero.
Esteban envió a dos hombres a intimidar al encargado que había aceptado los nuevos acuerdos. El hombre acabó con una mano fracturada. Valeria fue a verlo y lo encontró preocupado por el tiempo que no podría trabajar.
Aquella noche Montalvo le preguntó qué quería hacer.
—Apartarlo de todo lo que controlamos —respondió ella.
—Eso ya se hizo. Pregunto qué quieres que entienda.
Valeria oyó lo que había detrás de la frase. Pudo prohibir cualquier agresión, acudir a otra ayuda o retirar su respaldo a Montalvo. Se limitó a decir que Esteban no volviera a poner a nadie en un hospital.
Dos días después supo que lo habían golpeado y obligado a marcharse. Preguntó si estaba vivo. Cuando le dijeron que sí, cerró la conversación. Leonor la encontró sola en el despacho.
—No diste una orden clara porque querías poder decirte que no lo habías pedido.
Valeria se volvió hacia ella.
—Había mandado lastimar a un empleado.
—Y ahora tú sabes cómo se siente tener una explicación para hacer lo mismo.
Discutieron hasta que los empleados se fueron. Leonor no la dejó aquella noche, pero rechazó redactar una versión que convirtiera la agresión en una simple ruptura de negocios. Valeria tuvo que escuchar los hechos sin el alivio de cambiarles el nombre.
Cuando empezaron a llamarla jefa, tardó en volver la cabeza. Después se acostumbró.
* * *
* * *
El dinero tampoco llegaba únicamente de las empresas que podían mostrar sus contratos.
Valeria sabía que una parte procedía del tráfico de mercancía ilegal y de cobros impuestos mediante amenazas. Durante meses había querido tratar esa parte como un fondo que otros administraban. Una tarde un comerciante llegó a verla con los recibos de lo que ya había pagado y la fotografía de su local destrozado.
No había incumplido una deuda. Había intentado negarse a seguir pagando.
Valeria mandó que lo dejaran en paz y que le devolvieran una parte del dinero. Después aprobó un reparto que incluía los mismos ingresos cobrados a otros. El comerciante salvado por una excepción no volvía justa la estructura que ella seguía sosteniendo.
Aquella noche Leonor dejó los comprobantes frente a ella.
—Puedes decir que esto empezó antes de que llegaras. Ya no puedes decir que no lo sabes.
Valeria firmó. No había una persona a quien culpar por el movimiento de su mano. Elvira no se acostumbró. Valeria le compró una casa más cómoda y consiguió que un especialista la atendiera sin las largas esperas de antes. Su madre aceptó el tratamiento. La casa tardó meses en ocuparla.
—No quiero que creas que con esto ya está todo bien —le dijo mientras recorrían la cocina.
Valeria apoyó las llaves sobre una repisa.
—Quiero que estés cómoda.
Elvira miró los muebles nuevos.
—Ven a comer conmigo sin estar pendiente del teléfono.
Aquello no tenía un precio que Valeria pudiera pagar de una vez. Lo intentó algunas tardes. Otras canceló a última hora. La primera vez que su madre respondió que ya había guardado la comida, Valeria se quedó mirando el mensaje durante largo rato. Reconoció la escena. No le gustó reconocerse dentro.
* * *
Cambiar su apariencia fue una decisión que tomó sin anunciarla.
Había dejado de reconocerse en las fotografías. No solo por el cansancio: llevaba años eligiendo ropa para no llamar la atención y apartándose de los espejos cuando recordaba cómo Damián la comparaba, incluso sin palabras, con otras mujeres.
Buscó especialistas. Preguntó por riesgos, tiempos de recuperación y resultados que pudieran sostenerse. No hizo todo a la vez. Hubo meses de consultas, procedimientos y revisiones. También días incómodos en los que necesitó ayuda para levantarse y noches en las que se preguntó por qué había elegido sumar otro dolor. Leonor fue a verla durante una recuperación.
La encontró molesta con una prenda que todavía no podía ponerse.
—No tienes que regresar el lunes —dijo.
Valeria dejó la ropa sobre la cama.
—Quiero volver a sentirme dueña de algo.
Leonor se sentó cerca. No le dijo que ya tenía demasiado. Comprendió a qué se refería. Con el tiempo, Valeria comenzó a elegir vestidos que seguían sus curvas y trajes hechos a su medida. Se cortó el cabello, después volvió a dejarlo crecer. Aprendió qué maquillaje le gustaba y qué joyas no necesitaban combinar con nada más. Su nueva figura atrajo miradas.
Al principio las soportaba con rigidez. Más tarde descubrió que algunas le agradaban. Una tarde, antes de salir, se quedó frente al espejo del vestidor. No estaba pensando en Damián. La comprensión la hizo sonreír apenas. Se puso unos pendientes largos y bajó a una reunión que la esperaba.
* * *
Las propiedades llegaron como llegaban muchas otras cosas: primero por conveniencia, después por costumbre. Una residencia junto al mar, adquirida con rendimientos y participaciones que ya figuraban a su nombre, donde pudiera recibir invitados. Más tarde, una participación mayoritaria en una empresa de aviación ejecutiva y un avión para los viajes constantes.
Participaciones en negocios, casas donde siempre había alguien esperando instrucciones y un yate que al comienzo utilizó menos que sus empleados.
Al finalizar el cuarto año al frente de los acuerdos, la organización que coordinaba ya no dependía de una sola ciudad. Tenía alianzas en distintos países y hombres que discutían su nombre en lugares que ella todavía no había visitado.
Valeria comenzó a disfrutar de algunas cosas. El desayuno frente al agua. La tranquilidad de un viaje sin conversaciones alrededor. El peso de una joya que había elegido ella misma. También aprendió que podía sentirse sola en cualquiera de sus casas.
* * *
La respuesta sobre el atentado llegó en partes, durante aquellos años.
Rogelio aceptó hablar sin Damián delante. Repitió que había advertido la persecución y dio el nombre de Néstor Vela. Un antiguo operador de la central confirmó que Vela mantuvo la instrucción de continuar mientras intentaban reunir apoyo. Habían querido evitar que una retirada pareciera una provocación y habían calculado mal la distancia del vehículo de respaldo.
No hubo una orden de Damián para matar a su familia. Hubo una seguridad que él presumía controlar y que había dejado en manos de hombres más preocupados por sus acuerdos que por el niño sentado atrás. Después supo lo que había ocurrido y aceptó callarlo para proteger la negociación con Barragán.
Valeria no se conformó con lo que otros le dijeron. Exigió hablar con Vela. El hombre reconoció la instrucción y trató de presentarla como la única salida posible.
—Usted tenía a su hijo ahí —dijo ella—. ¿Habría dado la misma orden?
Vela no respondió. Valeria terminó la conversación y pidió a Leonor que conservara también aquella versión. No iba a borrar del relato una responsabilidad porque no le sirviera para justificar su venganza.
Sobre Cárdenas consiguió dos testimonios independientes: había dirigido a los hombres que interceptaron la camioneta. Uno de los antiguos participantes lo identificó y describió un detalle del ataque que Rogelio confirmó por separado. Las fechas y los desplazamientos coincidían con registros que Valeria había revisado. Eso no era una sentencia ni le daba derecho a disponer de su vida. Era suficiente para que dejara de considerarlo solo un nombre proporcionado por Octavio.
Barragán había ordenado la represalia contra la familia. Murió siete meses después del atentado, en una disputa ajena a Valeria. La noticia no la alivió. Había deseado preguntarle si sabía cuántos años tenía Iker. Ya no podría hacerlo.
Una tarde llevó al cementerio las flores que su madre había comprado. Allí comprendió que podía reunir todas las respuestas y seguir sin encontrar una forma de regresar al momento anterior al primer disparo.
* * *
Fue en una terraza frente al mar donde Montalvo le llevó la noticia. Valeria acababa de terminar una llamada. Él esperó a que Leonor se apartara.
—Encontraron a Cárdenas.
El sonido de las olas siguió llegando desde abajo. Valeria dejó el teléfono sobre la mesa. Había pasado más tiempo del que imaginó capaz de soportar. Años en los que el rostro de Iker permaneció igual mientras el suyo cambiaba.
—¿Estás seguro?
Montalvo asintió. Le entregó un sobre. Dentro había una fotografía. El hombre no parecía un monstruo. Vestía una camisa clara y sostenía una bebida. A su lado, otras personas sonreían hacia algo que quedaba fuera de la imagen. Valeria buscó en aquel rostro una explicación. No encontró nada.
—Necesito estar sola.
Montalvo se retiró. Ella permaneció en la terraza hasta que empezó a oscurecer.
* * *
Esa noche abrió la caja donde guardaba las cosas de Iker. Tomó el reloj. Después el dibujo del pájaro. Durante años había imaginado que encontrar a Cárdenas cerraría algo. Ahora lo tenía al alcance de una decisión y seguía deseando lo mismo de siempre: escuchar a su hijo llamarla desde otra habitación. Leonor tocó a la puerta. Valeria la dejó entrar.
La mujer vio la fotografía junto a la caja. No hizo preguntas.
—Si lo ordeno —dijo Valeria—, no va a dejar de doler.
Leonor permaneció en silencio. Valeria apoyó el reloj sobre el dibujo. Esperó un poco más, como si todavía pudiera aparecer una respuesta distinta. Luego pidió que llamaran a Montalvo. Cuando él entró, ella seguía sentada al borde de la cama. Pronunció el nombre completo de Julián Cárdenas. Esta vez, después del nombre, dio una orden.