Capítulo 13 de 20

El hombre que quiso volver

La llamada llegó antes del amanecer. Valeria estaba despierta, sentada junto a la ventana de su habitación. No había encendido ninguna lámpara. Sobre sus piernas descansaba el libro donde guardaba los dibujos de Iker. El teléfono vibró una sola vez antes de que contestara.

—Ya está —dijo Montalvo.

Ella mantuvo los ojos en el jardín. Durante unos segundos no respondió. Había imaginado muchas veces aquellas palabras, pero ahora necesitaba que significaran otra cosa.

—¿Estás seguro de que era él? —preguntó.

—Sí.

Valeria cerró el libro. Escuchó una respiración al otro lado.

—¿Necesitas algo más?

Miró el reloj de su hijo sobre la mesa.

—No.

Terminó la llamada. Afuera, un empleado comenzó a recoger hojas junto a la alberca. El roce de la escoba llegó hasta la ventana abierta. Valeria esperó. El dolor seguía allí.

* * *

Se enteró de la muerte de Cárdenas por segunda vez durante el desayuno. Un hombre de su organización recibió una llamada y se apartó para responder. Al regresar, evitó mirarla demasiado. Leonor estaba sentada frente a ella. Esperó hasta que quedaron solas.

—¿Fuiste tú?

Valeria dejó la taza sobre el plato. Podía negarlo. La pregunta no traía una acusación, pero tampoco le ofrecía una salida cómoda.

—Sí.

Leonor bajó la mirada hacia sus manos. Durante años había acompañado a Valeria en decisiones difíciles. Había visto cómo aprendía a negociar, a imponer condiciones y a tolerar cosas que antes la habrían hecho levantarse de la mesa. Esta vez permaneció callada más tiempo.

—Pensé que iba a sentir algo distinto —dijo Valeria.

Leonor la miró.

—¿Qué esperabas?

Ella quiso responder. No encontró una palabra que no le diera vergüenza. Leonor retiró su servilleta.

—Voy a cancelar la reunión de la mañana.

Valeria asintió. No intentó detenerla. Tres días después, Damián pidió verla. No llamó directamente. Envió el mensaje por medio de una persona que ambos conocían y esperó respuesta. Valeria estaba revisando unos documentos cuando Leonor se lo comunicó.

—Dice que es importante.

Ella siguió leyendo hasta terminar el párrafo.

—¿Dijo para quién?

Leonor negó. Valeria dejó la hoja.

Había pasado más de un año desde la última vez que lo tuvo enfrente. Sabía de él por conversaciones ajenas: una alianza rota, un negocio perdido, una disputa con personas que antes lo recibían sin hacerlo esperar.

También sabía que su matrimonio con Renata se había convertido en una sucesión de separaciones breves y reconciliaciones costosas. No había preguntado por ellos.

—Mañana —dijo—. A las cinco. Aquí.

Leonor anotó la hora.

—¿Quieres que esté cerca?

Valeria sostuvo su mirada.

—Sí.

* * *

Damián llegó antes de tiempo. Desde la terraza, Valeria vio detenerse su camioneta junto a la entrada. Un empleado le indicó dónde esperar. Él levantó la vista hacia la casa. Valeria conocía aquel gesto. Lo había visto mirar así los hoteles, las residencias y los vehículos de otros hombres cuando todavía soñaba con tenerlos. Esta vez estaba mirando lo que pertenecía a ella.

Se apartó de la baranda. Llevaba un vestido claro, sencillo en el corte y ceñido a su nueva figura. El cabello le caía sobre los hombros. Había elegido unos pendientes de esmeralda sin pensar en quién iba a verlos. Ahora se alegró de no necesitar cambiarse. Bajó cuando le avisaron que su visitante estaba en la sala. Damián se puso de pie.

Durante unos segundos olvidó saludar. Valeria se detuvo frente al sillón.

—Buenas tardes.

Él recorrió su rostro con una atención que a ella le habría bastado años atrás.

—Estás… distinta.

Valeria señaló una silla.

—¿De qué quieres hablar?

* * *

Damián no se sentó enseguida. Miró las ventanas abiertas hacia el mar, la mesa donde un empleado había dejado agua y la puerta por donde acababa de salir Leonor.

—Has hecho mucho.

Valeria tomó asiento.

—He trabajado.

Él sonrió apenas.

—Lo sé.

Aquella familiaridad le resultó extraña. Damián hablaba como si hubiera seguido sus pasos de cerca, como si conservara algún derecho a comprenderla. Terminó sentándose.

—Lo de Cárdenas está trayendo preguntas.

Valeria no movió una mano.

—¿Vienes a hacerlas?

Él la observó.

—No hace falta.

Ella esperó. Damián se inclinó un poco hacia delante.

—Debiste dejar que yo me encargara.

Valeria sintió que se le tensaba la mandíbula.

—Tuviste años.

Él apartó la mirada hacia la terraza.

—Había acuerdos que no podías entender.

Valeria sacó una carpeta del cajón y la dejó cerrada entre ambos.

—Hablé con Vela. Con Rogelio. Sé quién les dijo que siguieran.

Damián dejó de mirar la terraza.

—Mandaron apoyo.

—Llegó tarde. Eso también lo sé. ¿Cuándo supiste que Vela había desoído la advertencia?

Él apoyó las manos en las rodillas. Por primera vez desde que entró, pareció buscar una respuesta que no pudiera comprar.

—Esa noche. En el hospital.

Valeria recordó la camisa mal abotonada, la llamada de Renata y las manos que había rechazado.

—Y me dejaste seguir preguntando.

—Estábamos intentando detener a Barragán. Si entregaba a Vela, rompía con gente que podía ponernos todavía más en peligro.

—Iker ya estaba muerto.

Damián se cubrió la boca. No lloró de inmediato; la respiración le cambió antes.

—Creí que podía arreglar lo que quedaba.

Ella dejó la carpeta donde estaba.

—Elegiste conservar lo que quedaba de tu poder. Yo después hice cosas que tampoco puedo justificar con su nombre. Pero esto te correspondía decirlo a ti.

No sintió la paz que había imaginado. Al menos, por fin, él había dejado de decidir qué verdad podía soportar ella. Ella recordó el despacho, los hombres saliendo y la silla vacía junto a la ventana. Esta vez no preguntó cuáles. Ya conocía suficientes acuerdos.

* * *

Un empleado entró para ofrecer café. Valeria pidió que los dejaran solos. Cuando se cerró la puerta, Damián cambió de tono.

—Me equivoqué contigo.

Ella lo miró sin responder.

—No debí dejarte cuando estabas así.

Valeria apoyó los dedos sobre el brazo del sillón.

—Cuando se murió nuestro hijo.

Damián bajó la cabeza.

—Sí.

Durante un instante, ella vio el cabello de Iker bajo la mano de su padre. Una escena pequeña, de un domingo cualquiera, antes de que todo se rompiera. El recuerdo le hizo daño. No la acercó a él. Damián levantó los ojos.

—He pensado mucho en nosotros.

Valeria permaneció inmóvil.

—¿En cuáles?

Él frunció el ceño.

—En lo que tuvimos.

Ella miró sus manos, cuidadas, sin las grietas del taller. Después volvió a su rostro.

—Eso no existe desde hace mucho.

* * *

Damián se levantó y caminó hasta la ventana. Parecía necesitar espacio para decir lo que había ido a buscar.

—Podríamos volver a hablar. Sin pelear.

Valeria sintió una incredulidad lenta. Él se volvió.

—No te estoy pidiendo que olvides todo.

—¿Qué me estás pidiendo?

Damián miró la habitación. Ella alcanzó a ver el cálculo detrás de la nostalgia: las llamadas que ahora le respondían a ella, las personas que la esperaban, las puertas que él ya no podía abrir con la misma facilidad. No sabía cuánto había de deseo ni cuánto de necesidad. Tampoco le importó separarlos.

—Quiero recuperarte —dijo.

Valeria se puso de pie.

—No.

La respuesta fue tan inmediata que él tardó en reaccionar.

—Valeria…

—No vuelvas a pedírmelo.

Damián extendió una mano. Ella se apartó antes de que la tocara.

* * *

El gesto lo hirió. Valeria lo vio en su expresión: todavía esperaba que una cercanía física le devolviera el lugar que había tenido.

—No puedes decir que nunca te quise.

Ella sostuvo su mirada.

—Te quise cuando no tenías nada. No hacía falta que me convencieras.

Damián dejó caer la mano.

—Podemos hacer las cosas de otra manera.

—Estás casado.

Él respiró con impaciencia.

—Eso puedo arreglarlo.

Valeria sintió una repulsión que la hizo retroceder un paso. La facilidad de la frase era la misma con la que había terminado su propia vida juntos.

—Vuelve con Renata.

Damián se quedó callado.

—Es lo que elegiste —añadió ella.

Él apretó la mandíbula.

—Ella nunca fue lo que tú…

—No la uses para decirme algo bonito.

Valeria caminó hacia la puerta y la abrió. Leonor estaba al fondo del corredor. No se acercó. Damián miró la salida, pero permaneció donde estaba.

* * *

—Ahora crees que puedes hacer cualquier cosa —dijo él.

Valeria volvió la cabeza. La voz había perdido toda suavidad.

—Has venido a mi casa a pedirme que vuelva contigo. Ya te respondí.

Él se acercó despacio.

—Sé de dónde salió todo esto.

Miró alrededor. Valeria sintió el miedo conocido. Todavía podía provocárselo. La diferencia era que ya no necesitaba disimularlo para conservar una casa.

—Y yo sé lo que hiciste para conservar lo tuyo —respondió.

Damián se detuvo. Ella bajó la voz.

—Si temes por ti o por Renata, no voy a hacerles nada. No quiero seguir ocupándome de ustedes.

Él la observó como si aquella indiferencia fuera un insulto mayor que cualquier amenaza.

—No me hables como si fuera un desconocido.

Valeria sostuvo la puerta.

—Entonces recuerda por qué te estoy pidiendo que te vayas.

Esta vez salió.

* * *

Leonor esperó hasta escuchar alejarse la camioneta. Encontró a Valeria en la terraza. Tenía las manos apoyadas sobre la baranda.

—¿Estás bien?

Ella tardó en responder.

—Quiso volver.

Leonor se quedó a su lado. El mar estaba casi inmóvil.

—¿Qué le dijiste?

Valeria miró hacia el camino por donde se había marchado Damián.

—Que no.

La palabra le produjo una emoción inesperada. No alegría. Era una tranquilidad breve y concreta: haber podido decirla sin preguntarse dónde dormiría después. Leonor apoyó un brazo sobre la baranda. Permanecieron allí hasta que empezó a caer la tarde.

* * *

Damián no regresó directamente a su casa. Se detuvo en un hotel y pidió una habitación que no necesitaba. Durante casi una hora permaneció sentado con el teléfono en la mano. Había ido esperando reconocer a la mujer que todavía lo miraba desde las fotografías antiguas. Encontró a otra capaz de hacerlo esperar y después despedirlo delante de sus empleados. Recordó la muerte de Cárdenas.

Los documentos que había visto años atrás. Nombres, empresas y conversaciones que podían interesarle a gente que Valeria no controlaba. Buscó un contacto que llevaba tiempo sin utilizar. No contó todo en la primera llamada. Dijo que tenía información sobre una organización con operaciones en varios países y vínculos con delitos investigados en Estados Unidos.

El contacto le preguntó si comprendía que también podían investigar su participación.

Damián miró la puerta cerrada de la habitación. Había consultado antes con un abogado y esperaba negociar alguna consideración por colaborar. No tenía inmunidad ni una promesa escrita. Aun así, el resentimiento le pareció más urgente que el riesgo. Dio datos que podían alcanzar sus propias empresas y se convenció de que todavía sabría controlar hasta dónde llegaban las preguntas.

Al otro lado comenzaron a hacerle preguntas. Damián respondió hasta que le pidieron continuar por otra vía. Antes de terminar, pronunció el nombre de su antigua esposa. Lo hizo sin vacilar.

* * *

La información llegó a un equipo del FBI que ya tenía abierta una investigación. El nombre de Valeria no era nuevo. La existencia de una fuente cercana cambió el ritmo del expediente, aunque nadie confundió una acusación de Damián con una prueba. Durante las semanas siguientes, un agente revisó los informes, las fotografías y los datos que podían corroborarse. Se llamaba Gabriel Duarte.

Tenía treinta y ocho años, hombros anchos y una forma de escuchar que hacía sentir a los demás que todavía podían añadir algo importante. Valeria acababa de cumplir treinta y cuatro. Habían pasado algo más de cuatro años desde el ataque. Las fotografías conservaban al niño de ocho mientras los documentos seguían sumando fechas a la vida de los demás.

En una fotografía vio a Valeria saliendo de un edificio, con el rostro vuelto hacia una mujer que caminaba junto a ella. En otra aparecía junto a Damián, años atrás. Entre ambas imágenes había una transformación que el expediente explicaba con fechas y pérdidas. Gabriel leyó la referencia a Iker. Se quedó unos segundos en aquella página. Después continuó.

* * *

—Va a necesitar acceso cercano —dijo su superior.

Gabriel cerró la carpeta. El operativo se coordinaría con autoridades del país donde residía Valeria. Había límites, autorizaciones y una investigación que debía producir algo más sólido que las declaraciones de un exmarido resentido.

—Hay una vacante en su equipo de conductores —añadió el hombre.

Gabriel miró la última fotografía. Valeria llevaba gafas oscuras y caminaba hacia un automóvil sin mirar la cámara.

—¿Cuándo?

Su superior dejó un documento frente a él.

—Primero tiene que conseguir el puesto.

* * *

Un mes después, Leonor colocó tres expedientes sobre el escritorio de Valeria.

—Son los candidatos para el conductor privado.

Ella dejó a un lado lo que estaba leyendo. Revisó las primeras páginas. Al llegar al tercero se detuvo en una fotografía. El hombre tenía el cabello oscuro, la mandíbula firme y una expresión serena. Debajo aparecía su nombre: Gabriel Duarte. Valeria pasó a la siguiente hoja.

—Que venga mañana.

Leonor recogió los expedientes. Esa noche, Gabriel recibió la confirmación. Volvió a abrir la carpeta de la investigación y miró una vez más el rostro de la mujer que debía ayudar a detener. A la mañana siguiente tendría que ganarse su confianza.