Capítulo 14 de 20

El hombre del otro lado del espejo

Gabriel llegó quince minutos antes de la entrevista. Un empleado revisó su identificación en la entrada y le indicó dónde estacionarse. Después lo acompañó por un corredor abierto hacia el jardín. La casa era más grande de lo que sugerían las fotografías.

Gabriel observó lo necesario y se obligó a no hacerlo de más. Durante años había aprendido a entrar en una habitación sin parecer que estaba calculando quién podía salir primero. Aquella mañana debía ser un hombre buscando empleo. Leonor lo recibió en una sala pequeña.

—La señora lo atenderá enseguida.

Gabriel agradeció y permaneció de pie hasta que ella le indicó una silla. Sobre una mesa había revistas, un jarrón con flores y una fotografía vuelta hacia el interior de la habitación. Desde donde estaba no podía verla. No intentó acercarse. Escuchó pasos en el corredor. Al levantar la cabeza, reconoció primero la voz. La había oído en grabaciones breves, casi siempre dando instrucciones.

—Perdona la espera.

Valeria entró con una carpeta en la mano. Gabriel se puso de pie. La fotografía de su expediente no había preparado nada.

* * *

Valeria le indicó que se sentara.

Era más alto de lo que había calculado. La camisa clara le quedaba ajustada en los hombros, sin parecer elegida para mostrarlos. Tenía una cicatriz pequeña cerca de una ceja y las manos quietas sobre las piernas.

Ella abrió la carpeta.

—Has trabajado con empresarios.

—Sí.

—¿Por qué dejaste tu último puesto?

Gabriel respondió con la historia que habían comprobado antes de enviarlo allí: un cambio de residencia, una familia que ya no necesitaba sus servicios permanentes. Valeria escuchó sin interrumpir.

—Viajo con frecuencia. A veces no hay horario de regreso.

—Lo entiendo.

—Necesito puntualidad y discreción. También que preguntes cuando una instrucción no esté clara.

Gabriel sostuvo su mirada.

—¿Prefiere que lo haga en el momento?

Ella alzó apenas las cejas. Los otros candidatos habían prometido obedecer.

—Prefiero una pregunta a un error.

Él asintió. Valeria cerró la carpeta.

—Vamos a dar una vuelta.

* * *

Leonor los acompañó hasta el automóvil. Gabriel abrió la puerta trasera y esperó a que Valeria se acomodara. Ella le indicó un destino sencillo: un edificio de oficinas junto al puerto. Durante los primeros minutos no hablaron. Gabriel conducía con una suavidad que Valeria notó antes de querer notarla. No frenaba al final de cada distancia ni buscaba conversación para llenar el silencio.

Al llegar a un cruce, un vendedor dejó caer una bolsa de naranjas. La luz cambió mientras algunas seguían rodando. Gabriel esperó a que terminara de recogerlas, aunque detrás sonó una bocina. Valeria miró por la ventanilla.

—Puedes avanzar.

—Todavía está junto a la rueda.

Ella volvió hacia el espejo. Él no pareció darse cuenta de que lo estaba observando. Cuando el hombre se apartó, Gabriel continuó. Valeria apoyó la espalda en el asiento. El gesto no figuraba en ninguna recomendación.

* * *

Lo contrató por un periodo de prueba. Leonor se lo comunicó esa tarde y repasó con él las condiciones. Gabriel escuchó hasta el final. Al salir de la oficina, encontró a Valeria en el corredor, buscando algo dentro de su bolso. Un estuche pequeño cayó al suelo. Él lo recogió. La tapa se había abierto y dejó ver un reloj infantil.

Gabriel lo reconoció por una fotografía del expediente. Cerró el estuche antes de entregárselo. Valeria se quedó inmóvil.

—Gracias.

Lo guardó enseguida. Él no preguntó de quién era. Ella lo observó un instante más. Después siguió caminando. Gabriel permaneció donde estaba hasta que desapareció al otro lado del corredor. Aquella noche, al redactar su primer informe, dejó fuera el reloj. No tenía relación con lo que debía investigar. Se repitió esa razón mientras cerraba el documento.

* * *

Las primeras semanas fueron una sucesión de esperas. Gabriel la llevaba a reuniones, aeropuertos y casas donde otros hombres se adelantaban para abrirle la puerta. Valeria trabajaba durante los trayectos. A veces hablaba con Leonor. Otras revisaba papeles y señalaba anotaciones en los márgenes. No todo lo que escuchaba era importante para el caso. Lo suficiente sí.

Al terminar sus jornadas, Gabriel enviaba los informes por los canales establecidos. Sabía que la investigación dependía de hechos comprobables, no de su impresión sobre la mujer que se quedaba dormida en el asiento trasero después de viajar.

Algunas noches la veía despertar sobresaltada cuando llegaban. Siempre necesitaba unos segundos para reconocer la casa. Él esperaba sin encender la luz interior.

—Ya llegamos —decía.

Valeria comenzó a agradecerle esa pausa.

* * *

El primer desacuerdo llegó una tarde de lluvia. Ella salió de una reunión con el rostro cerrado y pidió que la llevara al aeropuerto. Diez minutos después cambió de destino. Después volvió a cambiarlo. Gabriel detuvo el automóvil en un lugar permitido. Valeria levantó la cabeza.

—¿Qué haces?

Él se volvió apenas.

—Necesito saber adónde quiere ir.

—Te lo acabo de decir.

—Me ha indicado tres lugares distintos. Puedo llevarla a cualquiera, pero necesito uno.

Ella lo miró con irritación. Gabriel permaneció tranquilo. Durante unos segundos, Valeria sintió deseos de recordarle quién pagaba su sueldo. Después vio el agua resbalando sobre el parabrisas. Estaba cansada y llevaba horas hablando con personas que respondían antes de escucharla. Bajó la mirada.

—A casa.

Él asintió y volvió a incorporarse al tránsito. Al llegar, Valeria no bajó enseguida.

—Hiciste bien en preguntar.

Gabriel sostuvo su mirada por el espejo.

—Buenas noches, señora.

Ella abrió la puerta. Aquella noche él recordó la conversación más veces de las necesarias.

* * *

Leonor notó el cambio antes que Valeria. Su jefa empezó a preguntar quién conduciría al día siguiente, incluso cuando no había ninguna razón para hacerlo. Una mañana rechazó una modificación de horario.

—Que venga Gabriel.

Leonor dejó el lápiz. Valeria siguió revisando una hoja.

—Conoce mejor lo que necesito.

La explicación era razonable. Leonor no discutió. Sin embargo, aquella tarde, cuando Gabriel entró para confirmar la hora de salida, observó cómo ambos dejaban de mirar lo que tenían delante. Fue apenas un segundo. Le bastó. Gabriel conoció a Elvira un domingo. Valeria le pidió que la llevara al rancho y avisó que tardaría varias horas. Él esperaba permanecer junto al automóvil.

La madre salió al corredor y lo vio bajo el sol.

—Aquí se puede sentar.

Gabriel agradeció. Un rato después le llevó un vaso de agua. Valeria apareció detrás de ella.

—Mamá, no tienes que atenderlo.

—Tiene sed igual que tú.

Él bajó la cabeza para esconder una sonrisa. Valeria la vio. Fue una expresión distinta de la cortesía medida que le conocía. Durante la comida, Elvira insistió en poner otro plato. Gabriel intentó negarse una vez. La mujer señaló la silla. Terminó sentándose enfrente de Valeria, con una sopa caliente y la incómoda conciencia de estar recibiendo algo que no figuraba en su misión.

* * *

En el camino de regreso, ella estaba callada. Gabriel no puso música. Al cabo de un rato, Valeria habló mirando por la ventanilla.

—Antes vivía cerca de ahí.

Él esperó.

—Mi esposo tenía un taller.

Gabriel conocía aquella historia. Escucharla de su boca era distinto.

—¿Le gustaba vivir allí? —preguntó.

Valeria tardó en responder.

—Había cosas que sí.

El camino se estrechó entre árboles. Ella bajó los ojos hacia sus manos.

—Tenía un hijo.

Gabriel sintió que debía decir algo. También supo que cualquier palabra demasiado precisa revelaría lo que conocía.

—Lo siento.

Valeria asintió. No habló durante varios kilómetros. Después murmuró:

—Gracias por no preguntarme cómo pasó.

Él apretó ligeramente el volante. No pudo responder enseguida.

* * *

Su superior lo llamó esa noche. Se apellidaba Rivas y tenía una forma de hablar que convertía cada pausa en una exigencia.

—Está dejando que te acerques.

Gabriel miró la ventana de su alojamiento.

—Soy su conductor.

—Y yo sigo esperando algo más que sus horarios —respondió Rivas—. Cuando llegue el momento, no voy a aceptar que confundas una detenida con una invitada.

Gabriel miró el teléfono. Le molestó aquella forma de hablar de alguien a quien aún no conocía como si la detención permitiera cualquier trato. Anotó también esa frase en el registro privado con que estaba respaldando su solicitud de relevo.

—Por ahora.

Él guardó silencio. Rivas habló de los informes, de nuevas verificaciones y de la presión para avanzar. Cuando Gabriel mencionó a un empleado que podía resultar ajeno a los delitos, su superior lo interrumpió.

—Todo el mundo es inocente hasta que necesita algo de nosotros.

Gabriel anotó el nombre del empleado de todos modos. Había visto antes a Rivas burlarse de una testigo que pidió llamar a su familia. También había presentado una queja por una forma de intimidación durante un interrogatorio; la revisión seguía pendiente. No podía afirmar que aquello invalidara la investigación, pero había empezado a pedir que las instrucciones importantes quedaran por escrito.

Gabriel tomó notas. Al terminar, su superior volvió sobre Valeria.

—No pierdas perspectiva. Sabes lo que ha ordenado.

Gabriel miró el expediente abierto. La muerte de Cárdenas ocupaba varias páginas.

—Lo sé.

La llamada terminó. Se quedó frente a la mesa hasta que la pantalla se apagó.

* * *

Valeria empezó a fijarse en detalles que antes le habrían parecido irrelevantes. Gabriel se aflojaba apenas el cuello de la camisa después de conducir durante horas. Tenía una forma precisa de remangarse cuando ayudaba a cargar equipaje. Nunca intentaba rozarla al acompañarla fuera del automóvil. Aquella distancia la atraía y la irritaba. Una noche salió de una cena y lo encontró junto a la limosina.

Había dejado la chaqueta en el asiento delantero. Valeria se detuvo un momento antes de llegar. Él levantó la cabeza.

—¿Nos vamos?

Ella sostuvo su mirada.

—¿Estás cansado?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—Puedo conducir.

—No te pregunté eso.

Gabriel dejó pasar un segundo.

—Un poco.

Valeria sonrió. Era la primera respuesta que le daba sin protegerse detrás del trabajo. Durante el trayecto, ella le pidió que se detuviera frente al mar. Gabriel estacionó junto al malecón. La lluvia de la tarde había dejado vacío el lugar. Valeria no bajó. Él apagó el motor y esperó.

—¿Siempre eres así de serio? —preguntó ella.

Gabriel la miró por el espejo.

—Estoy trabajando.

—A veces también puedes conversar.

Él sostuvo su mirada un instante.

—¿De qué quiere hablar?

Valeria inclinó la cabeza.

—De por qué siempre me dices señora como si tuviera veinte años más que tú.

Gabriel sonrió apenas. Ella sintió una alegría breve, casi adolescente, y se avergonzó de disfrutarla tanto.

—Porque es mi jefa.

—Tengo nombre.

Él bajó los ojos hacia el tablero. Cuando volvió a mirarla, la sonrisa había desaparecido.

—Lo sé, Valeria.

Oírlo en su voz cambió el silencio dentro del automóvil.

* * *

Al llegar a la casa, Gabriel abrió la puerta trasera. Valeria bajó despacio. El viento le movió el cabello sobre el rostro y ella intentó apartarlo mientras recogía el bolso. Una de las asas se enganchó. Gabriel la ayudó. Sus dedos se tocaron. Ninguno se apartó de inmediato. Valeria levantó la vista.

De cerca, él tenía los ojos más claros de lo que parecían en el espejo.

—Buenas noches, Gabriel.

Él tardó apenas demasiado en responder.

—Buenas noches.

Ella entró sin mirar atrás. Gabriel cerró la puerta del automóvil y permaneció junto a él hasta que se apagó la luz del corredor. Más tarde abrió el informe de esa jornada. Escribió los lugares, las horas y los nombres que había escuchado. Al terminar, vio su reflejo oscuro en la pantalla. Había pasado el día entero engañándola.

Por primera vez, le costó soportar la facilidad con que ella había dicho su nombre.