Capítulo 15 de 20
Lo que no debía comenzar
Gabriel pidió dos días libres. Lo hizo una mañana en que Valeria estaba de buen humor, después de una semana sin reuniones difíciles ni viajes cancelados. Ella dejó de revisar su agenda.
—¿Pasa algo?
—Un asunto personal.
Valeria sostuvo el bolígrafo entre los dedos. Sabía muy poco de su vida fuera de la casa. Él respondía cuando le preguntaban, pero rara vez añadía algo que no fuera necesario. Hasta entonces aquella reserva le había parecido respetuosa. Esa mañana le molestó.
—Leonor organizará los traslados —dijo.
Gabriel asintió. Esperó un instante, como si quisiera explicarse mejor. Valeria volvió a la agenda antes de que pudiera hacerlo.
* * *
Rivas lo recibió con una carpeta abierta. Durante la reunión hablaron de los informes enviados, de datos que otros equipos habían confirmado y de las personas que aún necesitaban identificar. Gabriel respondió con precisión. Después dejó la libreta sobre la mesa.
—Necesito que consideren reemplazarme.
Rivas levantó los ojos.
—¿Por qué?
Él había preparado varias respuestas durante el camino. Ninguna le sirvió al llegar ese momento.
—Estoy perdiendo distancia.
Su superior permaneció inmóvil.
—¿Ella sospecha?
—No.
—Entonces estás haciendo bien el trabajo.
Gabriel negó despacio.
—No estoy hablando de eso.
Rivas cerró la carpeta. Por primera vez lo observó sin mirar de vez en cuando los documentos.
—¿Ha pasado algo?
—No.
Todavía podía decirlo. La certeza no le produjo alivio. Rivas se recostó en la silla.
—Voy a evaluar la solicitud. Mientras tanto, mantén los límites y sigue informando.
—Quiero que conste la solicitud —dijo Gabriel.
Rivas lo observó sin responder enseguida.
—Hazla por el conducto que corresponde.
Gabriel la presentó esa tarde. No contó una relación que todavía no había comenzado; informó del conflicto personal y pidió un relevo. Mientras esperaba la decisión, conservaba la obligación de apartarse por su propia cuenta de cualquier intimidad con Valeria. Lo sabía. El trámite no iba a elegir por él.
Gabriel recogió su libreta. Al salir, comprendió que había pedido ayuda sin terminar de decir por qué.
* * *
Valeria estuvo insoportable durante sus dos días de ausencia. Lo notó antes que nadie. Corrigió cosas pequeñas, cambió una hora de salida y terminó disculpándose con Leonor por un comentario que no merecía. Su amiga dejó la agenda sobre la mesa.
—¿Quieres hablar?
—No me pasa nada.
Leonor esperó. Valeria se quitó los anteojos que usaba para leer.
—No sé por qué me incomoda que tenga vida fuera de aquí.
La respuesta salió con tanta franqueza que ambas guardaron silencio. Después Leonor acercó una silla.
—Porque te importa.
Valeria miró hacia el jardín. No recordaba la última vez que había esperado a alguien sin estar pensando en lo que necesitaba pedirle. Gabriel volvía a la mañana siguiente. Lo sabía con una precisión que la avergonzaba.
—Es un empleado —murmuró.
Leonor sostuvo su mirada.
—Por eso debes tener cuidado con lo que le pidas.
* * *
Cuando regresó, Gabriel la encontró en la entrada. Valeria llevaba una carpeta contra el pecho y el cabello recogido sin terminar. Un mechón se le había soltado junto a la mejilla.
—Buenos días —dijo él.
Ella respondió demasiado rápido. Después se quedó mirándolo.
—¿Se resolvió tu asunto?
Gabriel sostuvo las llaves entre las manos.
—Todavía no.
Valeria asintió. Quiso preguntarle si había una mujer. No lo hizo. Él abrió la puerta del automóvil. Durante el trayecto, ambos se refugiaron en la cortesía. A Valeria le costó más que antes.
* * *
La cena fue en una residencia junto al puerto. Valeria asistió con Leonor y salió pasadas las once. Había pasado varias horas sonriendo a personas que confundían la cercanía con el derecho a tocarle la espalda cada vez que hablaban. Uno de los invitados la acompañó hasta la entrada. Era un empresario al que había visto dos veces.
—Podemos seguir conversando otro día —dijo, acercándose demasiado.
Valeria se apartó con una sonrisa breve.
—Leonor coordinará lo que falta.
El hombre insistió en tomarle la mano. Gabriel esperaba junto a la limosina. No intervino. Se limitó a abrir la puerta y dejarle a Valeria un espacio claro para llegar hasta el automóvil. Ella aprovechó aquel pequeño gesto y se despidió. Al sentarse, soltó el aire que llevaba retenido. Gabriel cerró la puerta. Antes de subir al volante, miró hacia la entrada.
El hombre todavía los observaba.
* * *
Habían avanzado varios kilómetros cuando Valeria habló.
—Pareces enojado.
Gabriel mantuvo los ojos en el camino.
—No lo estoy.
Ella lo miró por el espejo.
—Entonces debes de estar muy cansado.
Él tardó en responder.
—Puede ser.
Valeria dejó el bolso a un lado. Estaba cansada de las respuestas que no permitían acercarse.
—¿Te molestó algo de la cena?
Gabriel apretó apenas la mandíbula.
—No es asunto mío.
Ella sintió un vuelco en el estómago. Durante unos segundos solo se escuchó el ruido bajo del motor.
—No te he preguntado de quién es —dijo al fin.
Gabriel la miró por el espejo. La mirada duró demasiado. Después volvió al camino. Valeria apoyó las manos sobre las rodillas para que no se notara que le temblaban.
* * *
Al llegar a la casa, él abrió la puerta trasera. Valeria bajó, pero no se apartó. Gabriel sostuvo la puerta. Podía escuchar el agua de la fuente detrás de ella.
—No quiero que sigamos fingiendo que no pasa nada —dijo Valeria.
Él bajó la vista un instante. Aquella era la oportunidad de detenerlo. Podía pedir el traslado otra vez. Decirle que no. Dar un paso atrás y quedarse dentro de lo que aún podía reparar.
—Valeria…
Ella levantó una mano, sin tocarlo.
—Si estoy equivocada, dímelo.
Gabriel sintió que todas las palabras de su preparación profesional se volvían inútiles.
—No estás equivocada.
Valeria cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, había alivio en su expresión. Aquello le dolió.
—Entonces, ¿por qué te alejas?
Gabriel miró hacia la casa. Un empleado cruzó el corredor sin detenerse.
—Porque puede hacerte daño.
Valeria soltó una respiración breve.
—Eso tendría que decidirlo yo.
Él sabía que no podía decidir con la verdad que le faltaba. Aun así, no se la dio.
* * *
Valeria se apartó primero. Dio unos pasos hacia la entrada y después se volvió.
—Mañana puedes venir a hablar conmigo cuando termines. Si quieres.
Gabriel permaneció junto al automóvil. Ella sostuvo su mirada.
—Y si no quieres, Leonor puede asignarte a otra persona. Sin explicaciones.
Entró antes de que él respondiera. Gabriel cerró la puerta de la limosina con cuidado. Aquella noche no durmió. Preparó un segundo mensaje solicitando que lo retiraran de la operación de inmediato. Lo leyó varias veces. No lo envió.
* * *
Al día siguiente, Valeria evitó quedarse sola con él. Tenía miedo de haber confundido su propia necesidad con algo que Gabriel no quería sostener. Leonor la encontró revisando por tercera vez un documento.
—¿Hablaste con él?
Valeria dejó la hoja.
—Le dije que podía irse.
Su amiga no preguntó adónde. Se sentó frente a ella.
—¿Y tú qué quieres?
Valeria apoyó la espalda en la silla. Había pasado años respondiendo preguntas más difíciles sin titubear. Esta vez necesitó un momento.
—Que se quede.
Leonor la observó con tristeza.
—Entonces asegúrate de que pueda elegirlo.
Valeria asintió. No sabía qué más hacer para abrir aquella posibilidad.
* * *
Gabriel terminó su jornada después de llevarla a una reunión fuera de la ciudad. Regresaron tarde. La limosina quedó detenida bajo el techo de la entrada y Valeria recogió su bolso. Él apagó el motor. Durante unos segundos no abrió la puerta. Después salió, rodeó el vehículo y se sentó en el compartimento trasero, dejando espacio entre ambos. Valeria lo miró sin hablar.
Gabriel tenía las manos juntas.
—No he venido porque me lo pidieras.
Ella dejó el bolso otra vez.
—Lo sé.
Él negó con suavidad.
—Necesito que lo sepas de verdad.
Valeria sostuvo su mirada. La seriedad de su voz la hizo olvidar lo que había preparado para decir.
—Estoy aquí porque quiero estar contigo.
Gabriel sintió el peso exacto de aquellas palabras. Eran ciertas. No eran toda la verdad.
* * *
Valeria se acercó despacio. Le dio tiempo a apartarse. Gabriel levantó una mano hacia su rostro, pero se detuvo antes de tocarla. Ella apoyó la mejilla en sus dedos. El primer beso fue breve. Después ambos permanecieron inmóviles, tan cerca que podían sentir la respiración del otro. Valeria le rozó la mandíbula.
—Mírame.
Gabriel obedeció. Ella no encontró al conductor tranquilo que la esperaba cada mañana. Vio a un hombre asustado que intentaba sostenerle la mirada. Lo besó otra vez. Esta vez él la rodeó con los brazos. El tiempo de la espera, las conversaciones interrumpidas y las miradas por el espejo se deshizo en aquella cercanía. Cuando Gabriel apoyó la frente en la suya, todavía podía detenerse.
Valeria le preguntó en voz baja si estaba seguro. Él respondió que sí. Esa noche se quedaron en la intimidad del automóvil, lejos durante un rato de las llamadas, las órdenes y los nombres que los habían llevado hasta allí. Más tarde, cuando recuperaron la calma, ella permaneció abrazada a él. Gabriel le acarició el cabello sin saber cómo soportar tanta confianza.
* * *
Valeria sonrió cuando él le acomodó una prenda sobre los hombros. Era una sonrisa cansada, sin ninguna intención de impresionar.
—Pensé que ibas a marcharte —confesó.
Gabriel cerró los ojos. Ella le tomó la mano.
—No tienes que decir nada ahora.
La facilidad con que lo dejó callar le produjo una vergüenza que no había sentido durante ningún interrogatorio. Quiso hablar. Tuvo el nombre del FBI en la boca. Entonces Valeria se inclinó para besarlo y él volvió a elegir el silencio. Cuando por fin bajaron del automóvil, ella caminó hacia la casa llevándolo de la mano. No lo escondió.
Gabriel vio apagarse las luces del jardín a su espalda.
* * *
Rivas llamó poco después de medianoche. Gabriel dejó el teléfono vibrar hasta que terminó. Valeria dormía en la habitación contigua. Él se había levantado a buscar agua y no había encontrado valor para volver. Había un mensaje nuevo. Necesito el informe. Miró la pantalla.
Durante semanas había enviado lo necesario para que otras personas avanzaran sobre la vida de aquella mujer. Antes de besarla ya existían documentos, verificaciones y decisiones que no dependían de él. No podía recoger lo entregado. Sí podía decidir qué hacer con lo que sabía desde esa noche. Dejó el mensaje sin responder. Después apoyó ambas manos sobre el lavabo y levantó la cabeza.
En el espejo encontró a un hombre que acababa de cruzar un límite y todavía buscaba una manera de llamarlo amor sin tener que pronunciar también la palabra traición.