Capítulo 16 de 20
Un nombre escrito en el cielo
La primera mañana que despertó junto a Gabriel, Valeria tardó en moverse. Él dormía de lado, con una mano cerca de la almohada. Sin la camisa de trabajo ni la expresión atenta que llevaba al conducir, parecía más joven. Ella permaneció mirándolo. Había olvidado lo que era despertar sin sentir de inmediato que alguien deseaba marcharse. Gabriel abrió los ojos cuando Valeria intentó levantarse.
—¿Qué hora es?
—Temprano.
Él buscó su mano antes de que terminara de apartarse. El gesto la hizo sonreír.
—Hoy no tienes que llevarme a ninguna parte.
Gabriel la atrajo con suavidad. Ella volvió a acostarse. Durante unos minutos no hablaron. Afuera, un empleado puso en marcha el sistema de riego. El agua golpeó los cristales bajos de la terraza y Valeria cerró los ojos, escuchándola. Gabriel le besó la frente. Tenía que levantarse, atender mensajes y decidir qué iba a hacer. Se quedó.
* * *
Leonor los encontró desayunando juntos. Se detuvo un instante antes de dejar la agenda sobre la mesa. Gabriel apartó la silla, dispuesto a levantarse.
—Quédate —dijo Valeria.
Él miró a Leonor. La mujer lo saludó con la misma cortesía de siempre, pero sus ojos se detuvieron en él lo suficiente para que comprendiera que algo había cambiado también fuera de la habitación. Hablaron de los compromisos de la semana. Después Gabriel se retiró para organizar su trabajo. Leonor esperó a que estuviera lejos.
—¿Estás bien?
Valeria sostuvo la taza entre las manos.
—Sí.
Lo dijo sin pensarlo. La facilidad de la respuesta pareció sorprenderlas a ambas. Leonor se sentó.
—Entonces voy a hacerte una pregunta incómoda.
Valeria bajó los ojos.
—Ya la estás preparando.
—¿Puede decirte que no?
Ella miró hacia el corredor. Recordó el espacio que le había ofrecido, la posibilidad de asignarlo a otra persona.
—Quiero que pueda.
Leonor asintió.
—Asegúrate de seguir queriéndolo cuando lo haga.
* * *
Gabriel respondió a Rivas esa tarde. Dijo que no tenía novedades para añadir al último informe. No mencionó la noche anterior. Mientras escuchaba las preguntas, mantuvo la vista en un vaso vacío sobre la mesa.
—Necesito verte —ordenó su superior.
—Esta semana no puedo ausentarme.
Rivas guardó silencio.
—Antes encontrabas la forma.
Gabriel sintió una presión en la nuca.
—Su agenda cambió.
La explicación era cierta. La intención con que la utilizó no lo era. Rivas fijó una fecha y terminó la llamada. Gabriel dejó el teléfono. A pocos metros, Valeria hablaba con un jardinero sobre un árbol que quería plantar cerca de la terraza. Se reía de algo que él acababa de decir. Gabriel comprendió que estaba empezando a construir días alrededor de aquella risa.
* * *
Durante las semanas siguientes, dejaron de fingir que Gabriel era solamente su conductor. Valeria contrató a otra persona para los traslados en que él no quisiera acompañarla. Cuando se lo explicó, estaba sentada junto a él en la biblioteca.
—No quiero que tengas que estar conmigo porque es tu trabajo.
Gabriel miró el contrato que Leonor había preparado. Había una propuesta para que siguiera coordinando sus viajes, con mayor libertad de horario. Era una forma de darle un lugar sin obligarlo a ocuparlo. Él apoyó el documento sobre la mesa.
—Quiero acompañarte.
Valeria le tocó la mano.
—También quiero que tengas cosas tuyas.
Gabriel sostuvo sus dedos. Casi todo lo que ella conocía de su vida había sido seleccionado para engañarla. No supo cómo recibir aquel cuidado sin sentirse peor.
* * *
Viajaron a una de las casas de Valeria junto al mar. Ella pasó la primera mañana atendiendo llamadas mientras Gabriel leía en una terraza. De vez en cuando levantaba la vista y la encontraba observándolo desde el otro extremo. Después del almuerzo, Valeria cerró el ordenador.
—Hasta aquí.
Gabriel sonrió.
—¿Terminaste?
—No. Decidí que ya terminé.
Bajaron a la playa. Caminaron descalzos y hablaron de cosas que no exigían una respuesta importante: comidas que no les gustaban, lugares demasiado fríos, canciones que recordaban sin querer. Gabriel le contó que su madre le hacía cortar el cabello antes de cada fotografía escolar. Era verdad. Valeria se rio al imaginarlo. Él sintió un alivio desproporcionado por haberle dado algo auténtico.
Aquella noche, cuando ella lo besó bajo el ruido del ventilador, Gabriel ya había comenzado a esperar el próximo viaje.
* * *
También estuvieron en el yate. Valeria lo llevó hasta la proa al caer la tarde y le enseñó una franja de costa que solo se veía completa desde el agua.
—De niña pensaba que nunca iba a conocer el mar —dijo.
Gabriel miró las casas distantes.
—¿Y ahora?
Ella apoyó los brazos sobre la baranda.
—Ahora me cuesta quedarme quieta para verlo.
Él se colocó a su lado. Valeria giró hacia él y dejó que el viento le apartara el cabello. Lo besó sin prisa. Más tarde permanecieron juntos en el camarote, lejos del ruido de los motores. Ella le acarició la espalda hasta quedarse dormida. Gabriel pasó gran parte de la noche despierto. Había una conversación que necesitaba tener.
Cada vez que imaginaba comenzarla, veía desaparecer la tranquilidad con que Valeria descansaba junto a él. La aplazó hasta la mañana. Al despertar, volvió a aplazarla.
* * *
Un día encontró a Valeria llorando en el vestidor. Estaba sentada en el suelo, con una pequeña caja abierta delante. Gabriel se detuvo en la puerta. Ella levantó la vista y se limpió la cara con la palma.
—Hoy habría cumplido trece.
Él se sentó cerca. Sobre la alfombra había una fotografía de Iker con una camisa azul. Gabriel no la tomó. Valeria pasó los dedos por el borde.
—A veces intento imaginar su voz. Cómo sería ahora.
La voz se le quebró. Gabriel le ofreció la mano. Ella se acercó hasta apoyar la cabeza en su hombro. Permanecieron así mucho tiempo. Después Valeria alzó el rostro.
—Hay cosas que hice que no sé cómo contarte.
Gabriel sintió que le faltaba aire.
—No tienes que hacerlo ahora.
Ella asintió, agradecida. Él comprendió que acababa de proteger su propio silencio utilizando el dolor de ella.
* * *
La reunión con Rivas fue breve. Gabriel llegó con ojeras y una explicación que su superior escuchó sin interrumpir. Los nuevos informes eran escasos porque había menos acceso a conversaciones relevantes. Rivas abrió una carpeta.
—Tenemos resultados de lo que enviaste antes.
Gabriel miró los documentos. Parte de sus observaciones había sido corroborada por otras fuentes. Las declaraciones de Damián ya no eran el único apoyo de la investigación.
—¿Qué tan cerca están? —preguntó.
Rivas levantó los ojos.
—Eso no te corresponde decidirlo.
Gabriel apretó las manos bajo la mesa.
—Pedí que me retiraran.
—Y seguimos evaluándolo.
Gabriel pidió que otro responsable revisara el conflicto que había declarado. Rivas cerró la carpeta con brusquedad.
—No voy a desarmar un trabajo de meses porque te conmueva una mujer con dinero.
—No se trata de eso.
—Entonces compórtate como si no se tratara de eso.
Gabriel salió dispuesto a elevar la petición. Después, frente al formulario que le exigía describir la cercanía actual, se detuvo. Tendría que reconocer la relación y aceptar sus consecuencias. Cerró el documento sin enviarlo. La presión de Rivas era real; su decisión de ocultar lo que había hecho también.
Su superior lo observó un momento.
—No confundas que confíe en ti con que haya dejado de ser quien es.
Gabriel salió sin responder. Esa noche volvió junto a Valeria y la abrazó con una fuerza que ella interpretó como cansancio.
* * *
El regalo comenzó con una pregunta. Viajaban en el avión de Valeria cuando Gabriel comentó algo sobre el diseño de la cabina. Ella levantó la cabeza del libro.
—¿Te gustan los aviones?
Él sonrió.
—Desde niño.
—Nunca lo habías dicho.
Gabriel miró por la ventanilla.
—No había salido el tema.
Valeria cerró el libro. Le pidió que le contara. Él habló de una visita a un aeródromo, de un piloto que le dejó mirar el interior de una avioneta y de la impresión que le produjo despegar por primera vez. Mientras lo escuchaba, ella pensó en cuántas cosas deseaba todavía conocer de aquel hombre. La semana siguiente llamó a Leonor. Le pidió discreción.
* * *
Gabriel vio su nombre escrito en el fuselaje una mañana de cielo limpio. Valeria había insistido en acompañarla al hangar. Él creyó que iban a revisar un cambio de viaje. Cuando apartaron una plataforma de servicio, pudo leer las letras oscuras sobre la pintura clara. GABRIEL. Se detuvo. Valeria permaneció a su lado.
—Quería que lo vieras antes de firmar la transferencia. Todavía pertenece a mi empresa.
Él volvió hacia ella la cabeza.
—¿Qué hiciste?
Por primera vez en semanas, Valeria pareció insegura.
—Es para ti.
Gabriel miró otra vez el avión. Era un aparato privado de lujo, preparado para viajes largos. El tipo de regalo que podía alterar una vida entera. Ella buscó su expresión.
—No tienes que responderme ahora.
Gabriel sintió una vergüenza tan intensa que le costó mirarla.
—Es demasiado.
—No voy a aceptar una propiedad así —añadió él—. Podemos viajar juntos, pero no quiero que esto quede a mi nombre.
Valeria perdió la sonrisa durante un momento. Después asintió. Le costaba que un regalo rechazado no pareciera un rechazo a ella.
—Está bien. Le diré a Leonor que detenga los papeles.
Gabriel supo que también aquella facilidad para respetarlo era algo que no estaba devolviéndole. Valeria le tomó una mano.
—Podemos hablarlo. No quería que te sintieras obligado a nada.
Él cerró los dedos alrededor de los suyos. Quiso decirle que el problema no era la deuda que ella temía crear. Era todo lo que ya le debía sin que lo supiera.
* * *
Regresaron a la casa al mediodía. Valeria se quitó los zapatos en la terraza y le preguntó si quería nadar. Gabriel aceptó. El agua estaba tibia. Ella se acercó hasta apoyar los brazos sobre sus hombros.
—Te asusté con lo del avión.
Él la sostuvo por la cintura.
—Un poco.
Valeria bajó la mirada.
—Puedo ser muy torpe queriendo a alguien.
Gabriel sintió que aquellas palabras lo dejaban sin defensa.
—No eres tú.
Ella le rozó la mejilla.
—Entonces háblame.
El agua se movía suavemente entre ambos. Gabriel tuvo la oportunidad de empezar. La vio esperar con una paciencia que ya no merecía.
—Te amo —dijo.
Valeria permaneció inmóvil. Después lo abrazó. Él cerró los ojos contra su cabello. Era verdad. También era la verdad que había elegido para esconder las otras.
* * *
Aquella tarde se quedaron en la terraza hasta que el sol desapareció. Valeria se rio cuando Gabriel envolvió los hombros de ambos con la misma toalla. Más tarde subieron a la habitación. Se buscaron con la ternura de quienes creen tener tiempo para aprenderse. Entre besos y conversaciones a media voz, ella volvió a decirle que lo amaba. Gabriel respondió cada vez.
Cuando finalmente se durmieron, Valeria tenía una mano sobre su pecho. El teléfono de él quedó apagado sobre una mesa. En otro lugar, Rivas confirmó los últimos detalles de una operación conjunta. Los informes anteriores de Gabriel, las pruebas reunidas por otros equipos y las resoluciones obtenidas habían puesto en marcha una detención vinculada a una solicitud de extradición.
Nada de aquello necesitaba ya que él enviara otro mensaje.
* * *
Valeria despertó con el zumbido de las aspas. Al principio creyó que seguía soñando. Después una luz cruzó las cortinas. Gabriel abrió los ojos al mismo tiempo. Los dos se incorporaron. Hubo gritos en el jardín. Una orden repetida por altavoz. El ruido de vehículos frenando cerca de la entrada. Valeria lo miró, todavía sin comprender. Él apartó las sábanas.
Antes de que pudiera hablar, el primer golpe sacudió la puerta de la habitación.