Capítulo 17 de 20
La voz detrás de la mentira
El segundo golpe arrancó la cerradura. Valeria alcanzó a cubrirse con la sábana antes de que varios agentes entraran en la habitación. Una luz le golpeó los ojos.
—¡Las manos donde podamos verlas!
Gabriel se había puesto los pantalones. Levantó los brazos y se apartó de la cama. Ella buscó su rostro. Esperaba una indicación, un gesto que le permitiera comprender qué estaba pasando. Él no la miró. Una agente señaló la bata que colgaba del respaldo de una silla y permitió que Valeria se la pusiera. Apenas había conseguido cerrar el cinturón cuando le sujetaron las manos.
El metal de las esposas estaba frío. Le dijeron que estaba detenida y comenzaron a leer una orden.
La agente que la sujetaba se identificó como integrante de la autoridad nacional que ejecutaba la orden. Los estadounidenses participaban en la investigación y en la coordinación del traslado; no era todavía una entrega a otro país. Valeria intentó retener el nombre de la agente. Después tendría que pedirle a Estela que reconstruyera también aquella noche.
Valeria escuchó su nombre completo. Después una referencia a una solicitud de extradición. Las demás palabras se mezclaron con el ruido del helicóptero.
—Quiero llamar a mi abogada.
—Podrá hacerlo cuando lleguemos.
Ella volvió hacia Gabriel. Nadie le había puesto esposas.
* * *
La condujeron por el corredor. Un cristal roto crujió bajo la bota de uno de los agentes. Valeria bajó la vista hacia sus pies descalzos. La agente que iba junto a ella pidió que le trajeran calzado. Un hombre respondió que no había tiempo. Valeria vio a dos empleados sentados contra una pared, vigilados. Uno de ellos intentó incorporarse al verla.
—Quédese donde está —le ordenaron.
Ella quiso preguntar por Leonor. No vivía en aquella casa, recordó después. La noche anterior le había enviado una fotografía del avión. Debajo había escrito: Nunca había visto a Gabriel tan sorprendido. El recuerdo le produjo una punzada absurda. Giró la cabeza. Él venía detrás, acompañado por otro agente. Seguía sin estar detenido.
* * *
El jardín estaba lleno de luces. Había vehículos junto a la fuente y hombres hablando por radios. Más allá, el helicóptero esperaba con las aspas en movimiento. El aire levantó el borde de la bata. Valeria intentó sujetarla con las manos esposadas. Gabriel dio un paso hacia ella.
—Necesita ropa.
Un hombre de cabello corto lo detuvo con una mano en el pecho.
—Después.
Valeria reconoció en su voz la autoridad que los demás obedecían. El hombre miró a Gabriel y sonrió.
—Buen trabajo, Duarte. Sin lo que reuniste no estaríamos aquí.
El ruido pareció alejarse. Valeria dejó de sentir el viento. Miró a Gabriel. Él levantó la cabeza. Por fin la miró. La expresión que encontró en sus ojos terminó de explicárselo.
* * *
—No —murmuró.
Gabriel abrió la boca.
—Valeria…
Ella retrocedió hasta que la agente sostuvo su brazo. La entrevista. Los viajes. Las esperas frente a cada reunión. El hombre que cerraba el estuche del reloj sin hacer preguntas. Había sabido de Iker. Tal vez lo había sabido desde antes de conocerla. Valeria sintió náuseas.
—¿Desde cuándo?
Gabriel dio otro paso. El hombre que lo había felicitado se interpuso.
—Ahora no.
Ella no apartó la mirada.
—¿Desde cuándo?
Gabriel no respondió. Valeria comprendió que incluso en aquel momento debía esperar a que alguien lo autorizara. Se volvió hacia el helicóptero. Subió sin dejar que él la ayudara.
* * *
Antes de despegar, le entregaron a Gabriel una chaqueta táctica y unos auriculares. Valeria leyó las letras de la prenda. FBI. Él se sentó enfrente. El hombre de cabello corto ocupó el asiento a su lado.
—Rivas —dijo, identificándose con una brevedad que no pareció destinada a informarla, sino a establecer quién mandaba allí.
Valeria apretó las manos. Gabriel intentó hablar. Ella volvió el rostro hacia la ventanilla. La casa empezó a hacerse pequeña debajo de ellos. Había llegado allí con el hombre para quien había elegido un avión que él se negó a aceptar. Ahora salía esposada, mientras él se ponía la ropa de quienes habían ido a detenerla.
* * *
El helicóptero se dirigía a una instalación donde la entregarían a las autoridades responsables de su custodia. Valeria alcanzó a oírlo por los auriculares que le colocaron. No iba todavía rumbo a Estados Unidos. Había procedimientos pendientes, abogados a los que llamar y personas que decidirían dónde debía esperar. Intentó concentrarse en eso. Necesitaba pensar. Pero Gabriel estaba enfrente.
La misma boca que unas horas antes le había dicho que la amaba. Las manos que habían sostenido su rostro. Ella se recogió cuanto pudo dentro de la bata.
—No vuelvas a hablarme —dijo.
Gabriel bajó la cabeza. Rivas miró de uno a otro. Su sonrisa desapareció apenas un momento. Después se acomodó en el asiento.
* * *
—Al menos ahora entiende por qué estabas tan cómodo en el puesto —comentó Rivas.
Gabriel alzó la vista.
—Basta.
La palabra hizo que su superior lo observara con atención.
—Te estoy felicitando.
Valeria mantuvo la mirada en la ventanilla. Podía ver el reflejo de ambos sobre el paisaje oscuro. Rivas continuó:
—No todos consiguen que les paguen así por ganarse la confianza de alguien.
Gabriel sintió que se le endurecía el cuerpo.
—No fue una estrategia.
Rivas soltó una risa breve.
—Eso lo hablamos después.
Valeria cerró los ojos. La frase de Gabriel no la alivió. Solo añadió otra posibilidad insoportable: que estuviera intentando protegerse delante de su jefe.
* * *
El frío comenzó a hacerla temblar. La bata se había abierto ligeramente sobre sus rodillas. Valeria intentó acomodarla sin conseguirlo. Gabriel se quitó la chaqueta. Rivas le sujetó el brazo.
—Déjala.
—Tiene frío.
—Está bien.
Valeria volvió hacia él la cabeza.
—Puedo responder por mí misma.
Rivas la observó. Había irritación en sus ojos. Después bajó la mirada hacia la bata y extendió una mano. Valeria se apartó.
—No me toque.
Él intentó sujetarla por la pierna con un gesto deliberado, acompañado de una frase obscena que Gabriel apenas terminó de escuchar. Le apartó la mano de un golpe.
—No vuelvas a hacerlo.
El piloto miró por encima del hombro. Rivas se quedó inmóvil.
* * *
Durante unos segundos, el ruido de las aspas ocupó todo el espacio. Rivas miró su muñeca. Luego a Gabriel.
—Siéntate y cállate.
Gabriel se había incorporado a medias. Puso la chaqueta sobre las piernas de Valeria sin acercarse más de lo necesario. Ella la sujetó por instinto. No lo miró. Rivas habló entre dientes:
—Has perdido la cabeza.
Gabriel mantuvo una mano en el respaldo.
—Está bajo custodia. No tienes derecho a tocarla así.
Su superior lo empujó. Gabriel chocó contra el asiento. El piloto volvió a pedir que se calmaran. Valeria vio a Rivas llevar la mano hacia el arma. Lo que ocurrió después perdió toda claridad. Gabriel se lanzó hacia él. Hubo un forcejeo, un golpe contra la estructura de la cabina y un disparo que dejó un zumbido agudo dentro de los auriculares.
Rivas se desplomó sobre el asiento. Gabriel quedó inclinado sobre él.
* * *
Valeria no se movió. El piloto gritaba. Gabriel miró a Rivas y buscó una respuesta en su rostro. No la encontró. Tenía sangre en una mano. Valeria vio cómo comprendía lo que acababa de suceder. No hubo alivio en su expresión. Solo espanto.
—¿Qué hiciste? —preguntó ella.
Él levantó la vista. Durante un segundo pareció el mismo hombre que había visto junto al automóvil, incapaz de decirle algo. Después el piloto anunció por radio que necesitaba apoyo. Gabriel se incorporó.
—Aterriza.
—No puedo bajar aquí.
Debajo se extendía una zona de montaña, oscura y quebrada. Gabriel miró por la ventanilla. Bajo ellos solo había laderas oscuras y claros pequeños que desaparecían demasiado rápido.
El piloto comunicó el disparo y pidió asistencia. No discutió si podían continuar con una pelea dentro de la cabina: buscaba un lugar donde descender. Gabriel se apartó de Rivas y dejó el arma en el suelo, lejos de la mano con que intentaba comprobar si seguía respirando.
—Hay un puesto de mantenimiento más adelante —dijo el piloto—. No se acerquen a la puerta.
Valeria tenía la espalda pegada al asiento. El ruido del disparo seguía dentro de su cabeza. Había visto a Rivas sacar el arma durante el forcejeo, pero no podía asegurar quién había apretado el gatillo. No quería que Gabriel llenara aquella incertidumbre con una explicación que ella tuviera que creerle.
—Abrocharse —ordenó el piloto.
Ella intentó encontrar el cierre con las manos esposadas. Gabriel lo ajustó sin mirarla. Después se sujetó a su propio asiento.
* * *
El descenso terminó con una sacudida que le golpeó los dientes. La aeronave quedó sobre un terreno de servicio junto a una caseta oscura. Más allá del área despejada comenzaban los árboles. El piloto apagó los sistemas de vuelo y siguió comunicándose por radio. Habían dado su posición. El apoyo estaba en camino.
Gabriel volvió a inclinarse sobre Rivas. Lo llamó por su nombre, buscó alguna respuesta y terminó presionando la herida con una tela. Valeria observó las manos que unas horas antes le acariciaban el rostro. Ahora estaban manchadas de sangre.
—Salga de ahí —le dijo el piloto—. Voy a intentar atenderlo.
Gabriel retrocedió. Se golpeó la ceja contra el marco al incorporarse. El dolor pareció devolverle por un instante el tamaño de lo que acababa de hacer. El piloto se volvió hacia Valeria, comprobó que no estuviera herida y después miró al hombre inmóvil.
—No se muevan de aquí.
Gabriel encontró en Rivas la llave de las esposas. Se quedó un segundo con ella entre los dedos y luego se acercó a Valeria.
—Voy a quitártelas.
Ella no se apartó. Se frotó las muñecas cuando el metal cayó sobre el asiento. La puerta estaba abierta. Afuera, las aspas iban perdiendo velocidad. Gabriel miró al piloto, que intentaba atender a Rivas mientras pedía instrucciones por la radio, y luego el límite de los árboles.
—Puedes esperar aquí —le dijo a Valeria—. Van a venir por ti. Tienes derecho a tu abogada.
Ella lo miró con una incredulidad que le hizo bajar la cabeza.
—¿Y tú?
Gabriel no respondió enseguida. Debía quedarse. Entregar el arma, explicar lo ocurrido y permitir que otros comprobaran su versión. También tenía miedo de volver a estar bajo órdenes de quienes habían permitido que Rivas siguiera al frente. No sabía cuánto había de miedo razonable y cuánto de cobardía.
—Voy a salir de aquí.
Valeria oyó otra voz por la radio. Hablaron de refuerzos y de la detenida. Podía quedarse bajo custodia; podía llamar a Estela cuando se lo permitieran. Nadie le había ofrecido una salida sin peligro. Cruzó la puerta antes de que Gabriel volviera a decir nada.
La decisión fue suya.
* * *
El piloto los vio alejarse y les gritó que se detuvieran. No abandonó a Rivas para perseguirlos. Gabriel no llevaba el arma; la dejó dentro de la cabina. Aquello no volvía menos grave su huida.
Valeria avanzó hacia los árboles con la chaqueta contra el pecho. Gabriel iba detrás. Escucharon que el piloto comunicaba la fuga, después el ruido de la radio se perdió entre las hojas.
El terreno descendía detrás de la caseta. Valeria apoyó mal un pie y cayó por un tramo de piedras y raíces. El dolor le atravesó el tobillo. Intentó incorporarse antes de comprobar si podía y volvió a resbalar.
Gabriel llegó hasta ella.
—¿Puedes moverte?
Le tendió una mano. Valeria la ignoró. Se agarró a una raíz y consiguió sentarse, con el hombro golpeado y la bata rota cerca de una rodilla. La respiración se le entrecortaba. Había elegido huir y apenas empezaba a comprender de qué tamaño era aquella decisión.
El helicóptero seguía visible entre las ramas, inmóvil sobre el claro. Oyeron al piloto llamar otra vez. Gabriel no le pidió que corriera.
—Todavía puedes volver —dijo.
Valeria se levantó apoyándose en un tronco.
—No vuelvas a decirme qué puedo hacer después de haber elegido por mí durante meses.
Él retiró la mano. La chaqueta seguía con ella. Se la cerró sobre la bata y consiguió ponerse de pie apoyándose en un tronco. Le dolía un tobillo. Gabriel también sangraba por una herida cerca de la ceja. Permanecieron frente a frente en la oscuridad. Ya no había empleados, puertas ni vehículos entre ambos. Tampoco quedaba nada que él pudiera seguir ocultando.
—Trabajo para el FBI —dijo.
Valeria soltó una risa breve, rota.
—Eso ya lo entendí.
Gabriel bajó la mirada.
—Damián dio información.
Ella sintió otro golpe. Él continuó antes de perder el valor:
—Entré para investigarte. Envié informes. Antes de nosotros.
Valeria lo miró sin parpadear.
—¿Antes de cuál de tus mentiras?
Gabriel cerró los ojos un instante.
—Me enamoré de ti.
Ella negó despacio. Había escuchado aquellas palabras junto a una alberca, envuelta en sus brazos. Ahora sonaban dentro del bosque, con la muerte de un hombre entre ambos.
—No vuelvas a usar eso para pedirme nada.
Gabriel asintió.
* * *
A lo lejos se escuchó otro helicóptero, el de los refuerzos que había pedido el piloto. Valeria levantó la cabeza. Gabriel miró hacia la oscuridad de la sierra.
—Tenemos que caminar.
Ella se apartó del árbol. Dio un paso y el tobillo le falló. Él se movió para sostenerla. Valeria alzó una mano.
—No.
Gabriel se detuvo. Ella esperó a recuperar el equilibrio y volvió a avanzar. Él caminó detrás, dejando espacio. Durante años había aprendido a seguir a una persona sin perderla de vista. Nunca le había resultado tan difícil soportar la distancia. Valeria no volvió a mirarlo. Siguió andando hasta que los árboles ocultaron la luz de búsqueda. Cada paso le dolía. No volvió la cabeza.