Capítulo 18 de 20

Lo que queda de nosotros

Al amanecer, Valeria ya no podía apoyar bien el pie derecho. Había seguido caminando por rabia, deteniéndose solo cuando el dolor le obligaba a buscar un árbol. Gabriel permanecía detrás. Cada vez que ella tropezaba, él se acercaba sin llegar a tocarla.

El frío había cedido, pero tenía la bata húmeda y las piernas arañadas. Bajo la chaqueta, el tejido fino se le pegaba a la piel. Se detuvo junto a una roca. Gabriel esperó.

—Necesitas descansar.

Valeria se sentó sin responderle. Él dejó a su alcance la pequeña botella de agua que había tomado de la cabina antes de alejarse del helicóptero. Ella miró primero la botella y después su rostro. La herida junto a la ceja se había secado. Tenía tierra en el cabello y una mano hinchada por el forcejeo y la caída entre las piedras.

No le preguntó si le dolía. Bebió unos sorbos y dejó el agua entre ambos.

* * *

Gabriel se arrodilló a cierta distancia.

—¿Puedo ver el tobillo?

—No.

Él bajó los ojos. Valeria sostuvo la botella con tanta fuerza que el plástico crujió.

—¿Qué más sabías de mí?

Gabriel levantó la cabeza. Había esperado preguntas. Durante las horas de caminata había pensado respuestas que no sonaran a una defensa. Ahora ninguna parecía suficiente.

—Había un expediente.

Ella soltó una respiración corta.

—Eso ya lo supongo.

Él se quedó quieto.

—Sabía de tu matrimonio. De Iker. De Octavio.

Valeria volvió la cara. Gabriel la vio apretar los labios.

—Cuando fui a casa de mi madre —dijo ella—, ¿ya sabías lo que había pasado?

—Sí.

La palabra apenas salió. Valeria cerró los ojos. Recordó el camino, el silencio que le había agradecido y la forma en que se sintió acompañada sin tener que explicar su dolor. Apoyó la botella sobre la tierra.

—No vuelvas a hablar de mi hijo.

Gabriel asintió.

* * *

Continuaron cuando el sol estuvo más alto. Más tarde encontraron una construcción abandonada, apenas unas paredes de madera bajo un techo vencido. Dentro había restos de herramientas, una mesa y ropa vieja guardada en un costal. Gabriel salió mientras Valeria se cambiaba. Los pantalones le quedaban grandes y una camisa áspera le rozaba los arañazos. Aun así, sintió alivio al quitarse la bata.

La dobló por costumbre. Después se quedó mirándola. Había despertado dentro de aquella tela creyendo que estaba en su casa, junto al hombre que amaba. La dejó sobre la mesa. Cuando llamó a Gabriel, él no hizo comentarios sobre la ropa. Se limitó a apartar un trozo de madera para que pudiera sentarse. Valeria permitió que le acercara el agua. Nada más.

* * *

Pasaron allí la primera noche completa después del aterrizaje. Gabriel se quedó cerca de la entrada. Valeria se acostó sobre un costal vacío y utilizó la chaqueta como manta. Cada vez que cerraba los ojos regresaba el ruido de las aspas. Volvía a ver las letras del FBI y la mano de Rivas acercándose a ella. Abría los ojos. Gabriel seguía sentado.

En algún momento, él se levantó para acomodar una tabla que golpeaba con el viento. Valeria se incorporó de inmediato.

—¿Qué haces?

Él se detuvo. Le mostró la tabla. Ella miró alrededor, desorientada. Después volvió a acostarse. Gabriel regresó a su sitio. Comprendió que ya no solo desconfiaba de lo que él pudiera decirle. También tenía que preguntarse qué hacía mientras ella dormía.

* * *

El segundo día después del aterrizaje, Valeria le pidió que hablara. Lo hizo mientras descansaban junto a un arroyo, con el pie hinchado dentro de un calzado que habían encontrado en la construcción.

—Empieza por la entrevista.

Gabriel apoyó los antebrazos sobre las rodillas. Le contó cuándo lo asignaron, qué le habían pedido investigar y qué parte de su historia laboral había sido preparada para conseguir el puesto. Valeria escuchó sin interrumpir. Preguntó por los viajes. Por Leonor. Por las llamadas que él atendía lejos de ella. Gabriel respondió hasta donde conocía. Cuando no sabía algo, lo dijo.

Ella lo observó con una atención fría.

—¿Y la primera noche?

Él levantó los ojos.

—No me ordenaron acercarme a ti de esa manera.

—No pregunté eso.

Gabriel sintió que se le cerraba la garganta.

—Te deseaba. Quería estar contigo.

Valeria miró el agua.

—Y sabías que yo no habría elegido lo mismo si me hubieras dicho quién eras.

Él tardó en responder.

—Sí.

Ella se levantó con dificultad. La conversación había terminado.

* * *

Aquella tarde encontraron una casa desde la que pudieron pedir ayuda. Habían llegado a una vivienda apartada donde una mujer mayor los recibió con más desconfianza que curiosidad. Vio la herida de él, el pie de Valeria y la ropa prestada. No quiso escuchar una historia completa. Les ofreció agua, comida y un teléfono.

Valeria pidió hablar con Leonor. La mujer les prestó también un teléfono viejo con batería y una tarjeta activa; no quería que regresaran a su casa cada vez que necesitaran llamar. Al escuchar su voz, tuvo que sentarse.

—Estoy viva.

Al otro lado hubo un ruido breve, como una silla moviéndose. Después Leonor empezó a preguntar. Valeria miró a Gabriel, que esperaba fuera de la casa.

—Está conmigo.

El silencio duró varios segundos. Ella añadió:

—No sé qué voy a hacer con él. Primero necesito salir de aquí.

Leonor respondió con una firmeza que Valeria había extrañado desde el arresto.

—Vamos a buscarte.

Antes de terminar, Valeria preguntó por su madre. Elvira estaba acompañada. No se encontraba detenida. Valeria bajó la cabeza y lloró sin hacer ruido.

* * *

La mujer les dio un poco de comida para llevar. También un pantalón menos grande para Valeria y vendas limpias. Gabriel dejó sobre la mesa el poco dinero que llevaba, también para cubrir el teléfono que la mujer les había prestado. La mujer lo miró.

—No quiero problemas.

—Lo sé.

Ella apartó la vista hacia Valeria.

—Entonces no los traigan de vuelta.

Al salir, caminaron en silencio. El alimento les había devuelto algo de fuerza, pero también les recordó lo lejos que estaban de una vida donde bastaba con abrir una puerta para encontrar lo que necesitaban. Valeria se detuvo cuando el dolor volvió a subirle por la pierna. Esta vez, cuando Gabriel ofreció ayudarla, apoyó una mano en su brazo. Lo hizo sin mirarlo.

Él no intentó convertir el gesto en otra cosa. La tercera noche encontraron resguardo bajo el techo de un refugio de pastores vacío. Habían recibido una llamada de Leonor en el teléfono prestado: intentarían recogerlos al anochecer del día siguiente. Valeria confirmó el lugar y apagó el aparato para conservar la poca batería que quedaba. Valeria repasó mentalmente cada palabra.

Había pasado horas deseando volver a oír la voz de su amiga. Ahora tenía miedo de que también aquella promesa fallara. Gabriel permanecía junto a la entrada.

—Puedes dormir —dijo.

Ella soltó una risa cansada.

—Siempre me decías eso.

Él bajó la mirada. Valeria se acomodó contra la pared. Durante un rato solo escucharon el viento. Después Gabriel habló:

—Dejé de enviar informes después de que empezamos.

Ella lo miró. Él mantuvo las manos abiertas sobre las piernas.

—Lo que habían recibido antes siguió avanzando. También reunían información por su cuenta.

—¿Crees que eso cambia lo que hiciste?

—No.

La respuesta la desarmó durante un segundo. Gabriel continuó:

—Quiero que sepas lo que pasó. No que tengas que agradecerme nada.

Valeria volvió la cara hacia la oscuridad.

* * *

Él se acercó solo lo suficiente para que no tuvieran que alzar la voz.

—Te pido perdón.

Valeria permaneció inmóvil. Gabriel buscó las palabras sin apresurarse.

—No por enamorarme. Por seguir engañándote cuando ya sabía lo que significabas para mí.

Ella apretó los dedos contra la manga.

—Me dejaste hablarte de Iker.

La voz le salió rota. Gabriel sintió que todo lo demás perdía importancia.

—Sí.

—Me escuchaste preguntarme si había podido salvarlo.

Él cerró los ojos. Valeria continuó:

—Te abrí mi casa. Mi cama. Las cosas que no le enseñaba a nadie.

Gabriel no intentó acercarse.

—Lo sé.

Ella lo miró por fin.

—No. Tú sabías lo que estabas arriesgando. Yo no.

Él inclinó la cabeza. Valeria se envolvió en la chaqueta.

—No puedo perdonarte esta noche.

Gabriel permaneció sentado hasta que ella se quedó dormida.

* * *

Al día siguiente, Valeria despertó y lo encontró en el mismo lugar. Tenía la cabeza apoyada contra la madera. Por un instante deseó acercarse. La sensación le produjo rabia. Todavía lo amaba. Ese era el problema que ninguna de sus respuestas había conseguido resolver. Se levantó haciendo ruido para despertarlo. Caminaron hasta el punto donde debían esperar a los hombres de Leonor.

La tarde cayó despacio. Valeria se sentó sobre una piedra y miró las montañas. Gabriel permanecía a pocos pasos. Cuando se escuchó el primer motor, ambos levantaron la cabeza.

* * *

Los hombres aparecieron entre los árboles poco después. Valeria reconoció a uno y consiguió ponerse de pie. Él se acercó con rapidez.

—Señora.

Le ofreció una chaqueta limpia y la sostuvo por el codo. Después vio a Gabriel. Su expresión cambió. Valeria levantó una mano.

—Viene conmigo.

El hombre vaciló, pero obedeció. El helicóptero descendía más allá del claro cuando se escucharon gritos desde la ladera. Una orden de detenerse. Después un disparo. Gabriel volvió la cabeza. Habían llegado también los agentes que los buscaban. El claro se llenó de ruido. Alguien tiró de Valeria hacia el suelo. La tierra saltó cerca de una roca. Ella perdió de vista a Gabriel.

* * *

La levantaron casi en brazos. El tobillo no resistía y uno de sus hombres tuvo que ayudarla mientras otro les indicaba que avanzaran. La puerta del helicóptero estaba abierta. Valeria alcanzó a verla entre el polvo y las hojas. Entonces Gabriel apareció a su lado. No tuvo tiempo de preguntarle nada. Él la sujetó y la apartó con una violencia que le arrancó el aire.

Escuchó el disparo. Sintió el peso de su cuerpo antes de comprender. Gabriel cayó contra ella. Ambos terminaron de rodillas. Valeria vio la sangre extendiéndose por su camisa.

—No…

Él intentó sostenerse sobre una mano. No pudo. Valeria lo recibió antes de que golpeara el suelo.

* * *

El mundo se redujo a su respiración. La misma voz que ella se había negado a escuchar pronunciaba ahora su nombre con dificultad. Valeria presionó la tela ensangrentada.

—Mírame.

Gabriel abrió los ojos. Detrás, uno de sus hombres le gritó que tenían que irse. Ella no apartó las manos.

—¡Hay que subirla!

Valeria levantó la cabeza.

—A los dos.

El hombre miró a Gabriel. La vacilación duró apenas un instante, pero ella la vio.

—A los dos —repitió—. No lo dejo aquí.

Entre varios consiguieron levantarlo. Gabriel soltó un sonido ahogado. Valeria caminó a su lado, sujetándolo como si todavía pudiera impedir que se fuera.

* * *

Cuando el helicóptero se elevó, Gabriel ya no abría los ojos. Uno de los hombres presionaba la herida mientras pedía que avisaran a un médico. Valeria sostenía la mano de Gabriel entre las suyas. La sangre le había manchado los dedos. Durante un segundo volvió a estar dentro de otra camioneta, abrazando un cuerpo que no conseguía retener. Se inclinó hacia él.

—No me hagas esto.

Gabriel movió apenas los labios. Ella acercó el oído. Escuchó su nombre. Después una respiración frágil. Valeria apoyó la frente contra la suya. Seguía herida por cada mentira. No sabía si algún día podría perdonarlo. Pero cuando volvió a mirarlo, comprendió que ya no estaba esperando una explicación. Estaba esperando que siguiera respirando.