Capítulo 19 de 20
El nombre que decía en sueños
Gabriel dejó de responder antes de que aterrizaran. Valeria le sostuvo la mano durante todo el descenso. Cada movimiento del helicóptero le hacía mirar la sangre que atravesaba la tela contra su costado. Uno de sus hombres mantenía presión sobre la herida. Otro hablaba por radio. Ella apenas entendía las respuestas.
—Ya nos están esperando —le dijeron.
Valeria miró por la ventanilla. Había un techo de lámina entre los árboles, una franja de terreno despejado y luces encendidas junto a una puerta. No era la casa definitiva. Era el lugar más cercano donde podían atenderlo. Cuando tocaron tierra, dos personas corrieron hacia ellos con una camilla. Valeria se apartó solo lo necesario para que lo bajaran. Después fue detrás.
* * *
El médico se llamaba Adrián Luján. No preguntó quién era Gabriel ni por qué había llegado así. Lo examinó mientras una enfermera cortaba la camisa ensangrentada y otro hombre acercaba equipo. Valeria quiso entrar con ellos. El médico levantó una mano.
—Aquí no.
Ella se detuvo.
—Puedo ayudar.
Él miró sus dedos manchados, el vendaje del tobillo y la forma en que apenas conseguía mantenerse de pie.
—Entonces déjenos trabajar.
La enfermera cerró la puerta. Valeria se quedó mirando el picaporte. Durante unos segundos volvió a estar en el hospital donde habían llevado a Iker. El mismo pasillo demasiado estrecho. La misma puerta que otra persona podía abrir desde dentro. Apoyó una mano en la pared.
—No otra vez —murmuró.
Nadie intentó contestarle.
* * *
Leonor llegó casi una hora después. Encontró a Valeria sentada en el suelo, junto a una silla vacía. Se arrodilló frente a ella.
—Aquí estoy.
Valeria alzó la cabeza. No dijo nada. Su amiga la abrazó y sintió cómo empezaba a temblar. Durante varios minutos solo la sostuvo. Después consiguió que se levantara y se sentara en la silla.
—¿Te revisaron el pie?
Valeria negó.
—Ahora no.
Leonor miró la puerta cerrada. Había demasiadas preguntas esperando, pero ninguna merecía ocupar aquel momento. Le acomodó una manta sobre los hombros.
—Tu mamá sabe que estás conmigo.
Valeria cerró los ojos. Fue la primera vez desde el claro que pudo respirar sin sentir que le faltaba todo el aire.
* * *
El médico salió después de medianoche. Valeria se puso de pie antes de que hablara.
—Está vivo.
Ella se llevó una mano a la boca. Luján continuó explicando. Gabriel había perdido mucha sangre. Habían conseguido controlar la hemorragia y atender las lesiones, pero aún podía haber complicaciones. Necesitaba vigilancia constante.
El proyectil había atravesado el costado y lesionado tejidos profundos. Luján explicó que habían tenido que operar para controlar el sangrado. La lesión no se resolvería con unas curaciones ni con el hecho de que Gabriel consiguiera abrir los ojos. En las siguientes jornadas vigilarían su respiración, la fiebre y la evolución de la herida; el traslado solo sería posible si permanecía estable.
—¿Va a despertar?
El médico no le ofreció una seguridad que no tenía.
—Ahora hay que darle tiempo.
Valeria miró detrás de él. Gabriel estaba inmóvil sobre una cama, rodeado de objetos que parecían demasiado pequeños para sostenerlo. La enfermera le indicó dónde podía acercarse. Ella se sentó junto a él. No intentó hablar hasta que quedaron solos.
—Ya llegamos —dijo.
La frase la atravesó. Esta vez se obligó a añadir:
—Y tú sigues aquí.
* * *
Permanecieron cuatro días en aquel lugar, hasta que Gabriel estuvo estable para un traslado con asistencia médica. Cuando el médico consideró posible trasladarlo, lo llevaron a una casa acondicionada en una región de selva, lejos de las residencias que Valeria había utilizado antes.
El viaje tuvo varias etapas que ella recordaría después como un cansancio continuo: esperar una autorización médica, comprobar que Gabriel respiraba, volver a sentarse junto a él. Al llegar, la humedad se pegaba a las paredes. Había una habitación preparada, un ventilador y una ventana protegida por una malla. Valeria dejó su bolso sobre una silla. No llevaba joyas.
La ropa que Leonor había conseguido para ella cabía en una mochila. Observó el cuarto y preguntó dónde iba a dormir la enfermera. Para sí misma no pidió habitación.
* * *
La primera fiebre apareció de madrugada. Gabriel comenzó a moverse entre las sábanas, incómodo, intentando apartar algo que solo él veía. La enfermera se acercó enseguida. Valeria permaneció al otro lado de la cama mientras lo revisaban. Él pronunció unas palabras confusas. Después dijo su nombre. Valeria levantó la cabeza.
—Estoy aquí.
Gabriel giró el rostro hacia su voz sin abrir los ojos.
—No le digas…
Ella se quedó inmóvil. La enfermera continuó trabajando.
—Puede decir cosas sin saber dónde está —le explicó.
Valeria asintió. Más tarde él volvió a llamarla. Esta vez pidió perdón. Ella apretó el borde de la sábana. No tomó aquellas palabras como una explicación. Necesitaba escucharlo despierto. Aun así, se quedó junto a él hasta la mañana.
* * *
Al tercer día, Montalvo pidió hablar con ella. Leonor lo recibió en una habitación cercana. Valeria llegó después de comprobar que Gabriel descansaba. El hombre miró la puerta por la que acababa de entrar.
—Hay personas preguntando por qué lo estamos cuidando.
Ella se sentó.
—Porque yo lo pedí.
Montalvo sostuvo su mirada.
—Es un agente federal.
—Lo sé.
—Lo que sabe de nosotros…
Valeria lo interrumpió.
—Mientras esté en esta casa, nadie lo toca.
—Y no voy a darte una versión falsa de su trabajo —añadió—. Sí nos investigó. Lo que hagamos con eso se hablará cuando pueda responder.
Leonor alzó los ojos. Había acompañado a Valeria hasta allí por afecto, pero tenía empleados detenidos y una familia a la que no pensaba arrastrar a otra huida.
—Necesito que me escuches después —dijo—. Hay cosas que ya no puedo seguir haciendo por ti.
Valeria asintió. No podía pedirle lealtad y seguir tratando sus límites como una desobediencia. Leonor no añadió nada más. Montalvo se acomodó en la silla. Había ido a hablar de decisiones, de riesgos y de una autoridad debilitada por el arresto. Valeria parecía cansada, herida y sin disposición de discutir. Pero no parecía dispuesta a ceder.
—Entendido —respondió al fin.
Cuando salió, Leonor se acercó a su amiga.
—No puedes quedarte sin dormir para vigilarlo todo.
Valeria se frotó la cara.
—Entonces ayúdame.
* * *
Elvira habló con ella aquella noche. La comunicación era mala y por momentos tuvieron que repetir frases. Su madre no preguntó por el dinero ni por las casas. Quiso saber si estaba comiendo. Valeria miró el plato que llevaba horas sobre una mesa.
—Un poco.
Elvira guardó silencio.
—Voy a intentar hacerlo mejor —añadió ella.
Su madre respiró al otro lado. Después preguntó por Gabriel. Valeria observó la puerta de su habitación.
—Todavía está muy mal.
Le contó solo una parte. Lo suficiente para que Elvira comprendiera que el hombre que había comido sopa en su cocina no era quien había dicho ser. Su madre tardó en responder.
—No tienes que decidir hoy si lo perdonas.
Valeria cerró los ojos.
—Tengo miedo de que no me dé tiempo.
Elvira no intentó tranquilizarla con una promesa. Se quedó al teléfono hasta que su hija dejó de llorar. Damián vio la noticia en una pantalla sin sonido. Las imágenes mostraban una de las residencias de Valeria, vehículos de las autoridades y el retrato de Gabriel utilizado para informar sobre su búsqueda. Leyó el nombre. Después la referencia al agente fallecido.
Renata estaba junto a la puerta.
—¿Es él?
Damián apagó el televisor. No preguntó a quién se refería. Ella se acercó.
—Dicen que escapó con ella.
Damián dejó el control sobre la mesa. Había imaginado la detención de Valeria muchas veces después de hacer aquella llamada. Nunca había incluido a un hombre dispuesto a arruinar su propia vida para sacarla de allí. Renata lo observó. Reconoció algo que le dolió más que sus ausencias. Incluso ahora, Damián seguía mirando hacia una mujer que lo había dejado fuera.
Esa noche durmieron en habitaciones distintas.
* * *
Gabriel pudo sostener su primera conversación lúcida al sexto día después de la operación. Había despertado antes por momentos, confundido por el dolor y los medicamentos. La luz entraba filtrada por unas cortinas y el ventilador producía un sonido irregular. Intentó moverse. El dolor lo detuvo. Valeria se levantó de la silla.
—No lo hagas.
Él giró apenas la cabeza. La reconoció después de unos segundos. Luego miró la habitación.
—¿Dónde…?
—En una casa. Te están atendiendo.
Gabriel cerró los ojos. Ella acercó el vaso y llamó a la enfermera antes de ayudarlo. Tuvo que esperar mientras lo revisaban. Solo cuando volvieron a quedar solos, él la miró otra vez.
—Te quedaste.
Valeria apoyó el vaso sobre la mesa.
—Pedí que te trajeran.
Gabriel bajó los ojos. Una lágrima le resbaló hacia la almohada. Ella no intentó limpiársela. Se sentó cerca.
* * *
Hablaron poco durante los primeros días en que pudo mantenerse despierto. Gabriel se agotaba enseguida. Valeria aprendió a reconocer el momento en que dejaba de escuchar para concentrarse en el dolor. Entonces terminaba la conversación, aunque le quedaran preguntas. Cuando él pudo sostenerlas, volvió sobre la investigación. Le preguntó qué había enviado y cuándo. Gabriel respondió. No dijo que ella era inocente.
Tampoco utilizó lo que había hecho para justificar cómo se acercó a ella.
—Tenías una vida que yo estaba investigando —dijo—. Y aun así, lo que hice contigo fue una decisión mía.
Valeria lo escuchó con las manos juntas.
—Pudiste irte.
Él asintió.
—Sí.
—Pudiste decirme que no.
—Sí.
Gabriel la miró.
—Quise quedarme y conservar lo que había contigo sin aceptar lo que tenía que decirte para hacerlo.
Ella bajó la cabeza. Por primera vez, su explicación no le pedía olvidar nada.
* * *
Las semanas comenzaron a medirse de otra manera. La fiebre cedió. Gabriel pudo sentarse durante más tiempo y después dar unos pasos con ayuda. Valeria dejó de contar cada respiración. Su tobillo mejoró antes que la herida de él, aunque seguía doliéndole cuando caminaba demasiado. Una mañana, Gabriel la encontró dormida en la silla, con una taza vacía entre las manos.
Cuando despertó, él la observaba.
—Necesitas una cama.
Ella se incorporó, confundida. Después sonrió apenas. Era la primera vez que lo hacía desde la sierra. Gabriel quiso guardar aquella expresión sin moverse. Valeria dejó la taza.
—No te acostumbres a dar órdenes.
Él bajó los ojos, también sonriendo. La facilidad duró poco. Pero ambos la habían sentido.
* * *
Aquella noche, ella se sentó junto a él sin llevar nada entre las manos. Gabriel había aprendido a esperar. Valeria miró el vendaje que se adivinaba bajo su camisa.
—Cuando caíste en el claro, pensé que iba a volver a perder a alguien sin poder hacer nada.
Él respiró despacio. Ella continuó:
—Quise odiarte lo suficiente para que no me importara.
Gabriel sostuvo su mirada. Valeria tenía los ojos húmedos.
—No pude.
Él levantó una mano, pero esperó. Ella la tomó. Durante un rato permanecieron así.
—Todavía te amo —dijo al fin—. Eso no ha cambiado.
Gabriel cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, su voz salió apenas por encima del ventilador.
—Yo también te amo.
Valeria se acercó y apoyó los labios en su frente. No fue una promesa de que todo estaba resuelto. Fue el primer gesto que pudo ofrecerle sin pelear consigo misma. Después se quedó sentada junto a la cama. Esta vez, cuando Gabriel empezó a dormirse, no le soltó la mano.