Capítulo 20 de 20
La casa que todavía no existía
La primera vez que Gabriel salió al corredor sin ayuda, Valeria estaba hablando con Leonor. Se detuvo al verlo. Él avanzaba despacio, con una mano cerca del costado y la otra apoyada en la pared. Había perdido peso. La camisa le quedaba más suelta en los hombros, aunque su rostro comenzaba a recuperar el color. Valeria se acercó.
—Podías llamarme.
Gabriel sonrió apenas.
—Quería llegar hasta la silla.
Ella miró la distancia que faltaba. Dos pasos. No lo tomó del brazo. Caminó a su lado hasta que consiguió sentarse. Después acomodó otra silla enfrente. El corredor daba a un jardín que la selva parecía dispuesta a recuperar. Entre las hojas se veían flores pequeñas y una cerca de madera cubierta de humedad. Gabriel respiró con cuidado. Valeria esperó a que terminara de acomodarse.
—Buenos días —dijo.
Él levantó los ojos. Sonrió de una manera que ella ya no necesitó interpretar.
* * *
Los días empezaron a tener pequeñas costumbres. La enfermera revisaba a Gabriel por la mañana. Después él caminaba unos minutos y descansaba junto a la ventana. Valeria desayunaba con él cuando las llamadas se lo permitían. Habían aprendido a detener una conversación antes de que el cansancio la volviera una discusión. También a retomarla.
Gabriel le contó cosas que nunca habían estado en su historia preparada: el nombre de su primer perro, una pelea con su hermano, el miedo que sintió al entrar a su primer operativo. Valeria lo escuchaba sin fingir que aquellos detalles reparaban lo demás. Pero le permitían conocer a alguien que había existido antes de su entrevista. Una tarde, él le preguntó:
—¿Quieres saber algo más?
Ella miró sus manos.
—Hoy no.
Gabriel asintió. Pudieron quedarse juntos sin que el silencio pareciera otra mentira.
* * *
Leonor llegó con noticias una mañana de lluvia. Había bienes intervenidos, personas detenidas y otros que habían comenzado a disputarse lo que Valeria ya no podía dirigir desde aquella casa. Montalvo pedía una decisión. Valeria escuchó sin tomar notas. Durante años, cada problema había reclamado su presencia inmediata. Todo parecía depender de que contestara, autorizara o amenazara con retirar un acuerdo.
Ahora veía lo que ocurría cuando no estaba. El mundo que había construido seguía moviéndose. Solo cambiaban las manos que intentaban sujetarlo.
—No voy a resolverlo por teléfono —dijo.
Leonor cerró la carpeta.
—Necesitas decidir qué quieres conservar.
Valeria miró hacia la habitación de Gabriel. Después volvió a su amiga.
—Primero necesito saber qué puedo dejar sin seguir haciendo daño.
Leonor se quedó observándola. Era una pregunta distinta de todas las anteriores. No podía responderla allí mismo. Por primera vez, Valeria no le exigió que pudiera.
* * *
Estela consiguió hablar con ella días después. La voz de la abogada sonó igual que en aquel primer despacho: serena, atenta, sin ofrecer una salida antes de conocer el problema. Hablaron de la detención, de las acusaciones y de Gabriel. Valeria no intentó presentarse como una mujer que solo había obedecido. Hubo decisiones que nombró con dificultad. Estela la dejó terminar.
—Podemos estudiar qué vías existen —dijo—. Pero no puedo prometerte una vida sin consecuencias.
Valeria miró la lluvia correr por el marco de la ventana. Durante mucho tiempo había pagado para evitar esperas, para abrir puertas y para que ciertas preguntas dejaran de hacerse. Aquella respuesta no admitía ninguna de esas cosas.
—Lo entiendo.
Cuando terminó la llamada, permaneció sentada. No había elegido todavía cómo hacerlo. La decisión de dejar el mando, en cambio, ya estaba tomada. Había dejado de buscar una salida que le permitiera conservarlo todo.
* * *
Esa tarde se lo contó a Gabriel. Él estaba doblando una camisa sobre la cama, concentrado en una tarea que todavía le exigía más esfuerzo del que quería admitir. Valeria se sentó cerca.
—Hablé con mi abogada.
Gabriel dejó la camisa. La escuchó hasta el final. Después miró el vendaje bajo su ropa.
—Yo también tengo que responder por lo que hice.
—Y no puedo prometer que voy a estar de acuerdo con tu pasado —continuó Gabriel—. Investigué delitos reales. Antes de conocerte sabía que había víctimas. Enamorarme no las hizo desaparecer.
Valeria lo miró durante un largo rato.
—Ordené lo de Cárdenas.
Él asintió. Escucharlo de su boca era distinto de leerlo en un informe.
—Lo sé. Quiero estar contigo, pero no voy a ayudarte a seguir mandando sobre esa gente ni a esconder lo que hice yo.
Ella soltó el aire despacio.
—Entonces tendremos que aprender a querernos sin pedirnos eso.
Gabriel no respondió con una promesa. Le contó lo que recordaba del disparo, el forcejeo y la posición del arma. También lo que no podía asegurar. No sabía qué había visto el piloto ni cómo se valoraría su declaración. La muerte de Rivas no quedaba explicada por el amor que sentía por ella.
Ella bajó la cabeza. Rivas estaba muerto. Había un piloto que había visto parte de lo ocurrido y una investigación que no desaparecería porque ellos lograran quererse. Gabriel acercó una mano, sin tomarla todavía.
—No quiero volver a pedirte que confíes en una promesa que no puedo cumplir.
Valeria apoyó sus dedos sobre los de él.
—Entonces no me prometas que vas a arreglarlo todo.
Él asintió. Permanecieron juntos mientras oscurecía.
* * *
A la mañana siguiente, Valeria pidió otra conversación con Estela. No le solicitó una forma de conservarlo todo.
—Quiero dejar la dirección. Y presentarme cuando podamos hacerlo con garantías de que recibiremos atención y defensa —dijo—. No quiero que sigan decidiendo cosas en mi nombre.
Estela le explicó que podía iniciar contactos por las vías correspondientes. No había un acuerdo de impunidad. Tampoco podía garantizar que Gabriel y ella quedaran en el mismo lugar o que recuperaran la libertad pronto. Valeria escuchó hasta el final.
—Empiece.
Después llamó a Leonor. Le pidió que notificara su salida y que no autorizara nuevas operaciones con su nombre. Los compromisos laborales de las empresas tendrían que revisarse por sus administradores y abogados; no debían pagarse inventando otras deudas ni haciendo desaparecer papeles.
Montalvo se opuso. La llamó ingrata, le recordó lo que había arriesgado para sacarla del claro y quiso saber quién impediría que los demás se disputaran los acuerdos.
—No puedo seguir haciendo daño para que parezca que tengo todo bajo control —respondió ella.
Él terminó la llamada sin despedirse. Valeria no fingió que aquella decisión desarmaba la organización. Otros ocuparían su sitio y todavía tendría que responder por el tiempo en que había sido suyo. Leonor llegó dos días después para preparar su propia declaración con una abogada distinta. Había decidido dejar de intervenir en los negocios de Valeria, aunque no retiraba su amistad.
—Si me preguntan, voy a decir lo que sé —le advirtió.
Valeria la abrazó. Por primera vez no entendió aquella frase como una amenaza.
El avión con el nombre de Gabriel seguía perteneciendo a la empresa: la transferencia nunca se había firmado. Figuraba entre los bienes intervenidos. Él no pidió recuperarlo. Ninguno necesitaba otro objeto que confundiera una deuda con una prueba de amor.
* * *
Una semana después llegó un paquete pequeño. Leonor lo había recuperado entre las pertenencias que Valeria pidió conservar. Dentro estaban los aretes de plata, el reloj de Iker y el libro con sus dibujos. Valeria abrió el estuche del reloj y lo dejó sobre la mesa. Gabriel estaba en la puerta. No entró hasta que ella lo llamó.
—Quiero enseñarte algo.
Sacó el dibujo del pájaro. El papel tenía marcas en los dobleces. Gabriel lo sostuvo por los bordes. Leyó la frase sin decirla en voz alta. Valeria se sentó junto a él.
—Se golpeó contra una ventana. Lo cuidamos en una caja de zapatos.
Él miró el pájaro coloreado con cuidado desigual. Ella continuó hablando. Contó cómo Iker había corrido a buscar a Damián. Cómo esperó. Cómo al final abrieron la caja los dos. Gabriel escuchó. Esta vez Valeria sabía quién estaba delante. Aun así, había elegido contarle.
* * *
Damián seguía sin conseguir noticias ciertas de ella. Recibía rumores, versiones contradictorias y nombres de lugares donde nadie la había visto. Una tarde encontró una fotografía antigua dentro de un cajón. Iker estaba sentado sobre sus hombros. Valeria caminaba a su lado con una bolsa de pan. No recordaba quién había tomado la imagen. Se sentó en el borde de la cama.
Renata apareció en la puerta y vio la fotografía. No se acercó. Llevaban semanas hablando solo de lo necesario. Damián levantó los ojos. Pareció a punto de decir algo. Ella esperó. Al final él volvió a mirar la imagen. Renata cerró la puerta desde fuera.
Aquella tarde Damián recibió una citación relacionada con los datos que él mismo había entregado. El abogado le recordó que colaborar no lo había dejado fuera de la investigación. Renata lo escuchó desde el corredor. Cuando él volvió a llamarla, no regresó a la habitación. Tenía una maleta abierta sobre la cama de invitados.
—Me voy unos días con Celia —dijo.
—¿Ahora?
Renata miró el anillo que había dejado sobre la cómoda.
—Ahora.
No se fue absuelta de sus deseos ni convertida de pronto en otra persona. Se fue sabiendo que no había provocado aquel atentado con una fotografía y que tampoco podía seguir utilizando esa certeza para disculpar todo lo demás.
Por primera vez, no sintió deseos de competir con aquella mujer. Deseó haber entendido antes que ocupar su lugar no significaba recibir el amor que le habían quitado.
* * *
La recuperación de Gabriel avanzó con lentitud. Hubo días buenos y otros en los que caminar hasta el corredor lo dejaba exhausto. Valeria aprendió a no confundir una mejoría con el final.
Diez semanas después de la operación, el médico volvió a revisarlo. La herida estaba cerrada y la recuperación permitía retomar poco a poco actividades cotidianas, siempre atendiendo al cansancio y al dolor. Gabriel todavía no había recuperado toda su fuerza.
Gabriel escuchó con una obediencia que hizo sonreír a la enfermera. Cuando quedaron solos, Valeria le levantó una ceja.
—A mí no me haces tanto caso.
Él la tomó de la mano.
—Tú me miras de otra manera.
Valeria sintió calor en el rostro. Habían vuelto a besarse desde hacía días, pero el deseo seguía rodeado por el recuerdo del dolor y del miedo. Gabriel acercó su frente a la de ella. No intentó apresurar nada. Valeria cerró los ojos. Esta vez pudo desearlo sin que apareciera inmediatamente la imagen del helicóptero.
* * *
La noche de su reencuentro comenzó con una tormenta. La lluvia golpeaba el techo y el ventilador movía apenas el aire húmedo. Gabriel estaba sentado en la cama cuando Valeria entró con el cabello suelto. Se había puesto los aretes de plata. Él los miró y después levantó los ojos hacia ella.
—Te quedan bien.
Valeria tocó uno. Durante años los había conservado como prueba de una promesa antigua. Ahora se los había puesto porque seguían gustándole. Se sentó junto a Gabriel. Él le acarició la mejilla.
—¿Estás segura?
Ella lo miró con calma.
—Ahora sé quién eres.
Gabriel bajó los ojos un instante. Valeria le levantó el rostro con suavidad.
—Y todavía quiero estar aquí.
Lo besó. Él respondió despacio, dejándole espacio para apartarse. Ella no se apartó.
* * *
Se reencontraron sin la urgencia de demostrar nada. Hubo besos que se interrumpieron para mirarse y una risa pequeña cuando Gabriel intentó moverse con más confianza de la que su cuerpo permitía. Valeria se detuvo de inmediato. Él le acarició la mano.
—Estoy bien.
Ella esperó hasta estar segura. Después volvieron a acercarse. La noche los encontró juntos, aprendiendo una intimidad en la que también cabían la paciencia y las preguntas. Más tarde, Valeria se acomodó a su lado y escuchó su respiración. Durante meses había temido aquel silencio después del amor. Ahora Gabriel seguía allí, despierto, con una mano sobre la suya. La lluvia empezó a disminuir.
Ella apoyó los labios en su hombro. Él la abrazó con cuidado.
* * *
Antes de acostarse, Valeria le preguntó si le dolía. Gabriel respondió que estaba cansado, nada más. Ella apagó la luz del corredor y volvió a su lado.
La enfermera dormiría en la habitación cercana aquella última semana. Después, si el médico confirmaba la evolución, ya no necesitaría vigilancia continua. La fecha que Estela intentaba acordar para su presentación dejaba de ser una posibilidad lejana.
Valeria se acomodó junto a él. Había una cicatriz bajo la camisa y conversaciones que tendrían que repetir. Esa noche pudieron descansar sin fingir que ninguna de las dos cosas existía.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Valeria.
Él miró el techo. Podía decirle que todo saldría bien. Podía pedirle que no pensara en el día siguiente. Había utilizado demasiadas veces el presente para esconder lo que venía después. Giró la cabeza hacia ella.
—Seguir recuperándome. Preparar mi declaración con el abogado. Presentarme cuando acordemos la fecha. Decirte lo que sepa, aunque me dé miedo perderte.
Valeria escuchó sin moverse. Gabriel le acarició los dedos.
—Y quiero estar contigo.
Ella tragó saliva.
—No sé qué vida puedo ofrecerte.
Él la miró.
—Quiero que podamos elegirla los dos.
Valeria permaneció callada. Después se acercó hasta apoyar la frente contra la suya.
—Yo también.
* * *
Sobre la mesa de noche había tres cosas: los aretes de plata, el reloj de Iker y un vaso de agua que Gabriel había pedido él mismo. Valeria los miró antes de apagar la lámpara. No había recuperado a su hijo. No había deshecho la orden contra Cárdenas ni borrado las decisiones que la habían llevado a aquella selva.
Estela seguía preparando su presentación. Todavía no había una fecha confirmada ni una garantía de volver a dormir juntos después. Valeria sabía que dejarían aquella casa para afrontar lo que habían hecho. Sin embargo, al acostarse ya no necesitó quedarse vigilando la puerta. Gabriel la recibió contra su pecho.
—Te amo —murmuró.
Ella le tomó la mano y la sostuvo entre las suyas.
—Yo también te amo.
Afuera caían las últimas gotas desde las hojas. Valeria cerró los ojos. No imaginó mansiones, aviones ni una mesa donde todos esperaran su autorización. Pensó en una casa pequeña con un corredor y un árbol que pudiera crecer sin que nadie temiera por el piso. No sabía dónde estaría. Todavía no sabía si podrían llegar a ella.
Aquella noche, mientras Gabriel se dormía a su lado, dejó que la casa existiera un momento. Después se quedó dormida también.
Fin