Capítulo 23 de 25

Antes del viernes

El olor a humo desapareció cuando Néstor apagó la pantalla.

Nadie se movió.

Rebeca fue la primera en hablar.

—No puede citarnos como si siguiéramos trabajando para él.

La revisión general sería el viernes.

Faltaban tres días.

Olivia llamó al equipo encargado del edificio. Solicitaría una comprobación inmediata de posibles fuentes de humo, aunque no hubiera una alarma activa. Irene anotó lo que habían escuchado. Julián miraba la fotografía de Mariana en el expediente mostrado por Aurelio.

—Quiere que lleguemos con miedo y separados.

—Entonces no lo haremos —respondió ella.

Rebeca negó despacio.

—También se llevó a mi madre desde su cocina.

No era una objeción para rendirse. Era el límite de cualquier plan que fingiera que bastaba con mantenerse lejos. Mariana acercó la hoja donde habían escrito que nadie ocuparía el lugar de otro.

—Lo que sabemos es que intenta hacernos obedecer. Usa las firmas, los cargos, la culpa. Y cuando eso falla, amenaza.

Néstor levantó la mirada.

—También oculta información.

Mercedes había intentado advertirles.

Manuel también.

Había algo que Aurelio no quería que entendieran antes del viernes.

•  •  •

La inspección no encontró un incendio en Santa Dalia. Los sensores funcionaban. Las instalaciones permanecían sin actividad, salvo los sistemas necesarios para vigilancia. Sin embargo, apareció hollín sobre la mesa de la antigua sala de juntas.

Formaba un círculo.

En el centro había una campanilla de bronce. Néstor recibió las fotografías. La campanilla que había aparecido en casa del padre de Arce seguía bajo custodia en otro lugar.

Eran iguales.

Olivia solicitó que no la tocaran hasta registrar el hallazgo. Después revisó los documentos de la reconstrucción. Había un detalle que no encajaba.

El nuevo edificio no solo conservaba parte de los cimientos. También había incorporado materiales recuperados del antiguo hospital.

Madera.

Piedra.

Piezas metálicas.

La fundación lo había presentado como una forma de preservar la historia. Entre los elementos reutilizados figuraban una puerta del quirófano y varias placas de identificación. Mariana miró la relación.

—Lo repartieron por todo el edificio.

Olivia asintió.

—Y por otros lugares.

Había donaciones a instituciones, regalos a antiguos benefactores y objetos entregados a familiares. La reconstrucción había extendido el hospital mucho antes de que apareciera el primer fantasma.

•  •  •

Arce llegó con una carpeta de compras. Había solicitado a la fundación todas las entregas de materiales y piezas históricas. Sobre la primera página figuraba su firma.

—Yo autoricé parte de esto.

Néstor tomó la carpeta. El director no intentó explicar sus intenciones antes de que revisaran los hechos. Uno de los regalos había sido enviado a Rafael Salcedo.

Una caja pequeña.

Dentro, un pisapapeles fabricado con madera recuperada. Mariana llamó a su padre. Rafael lo encontró sobre una estantería.

No recordaba quién lo había mandado. Conservaba una tarjeta agradeciendo la colaboración de su familia con Santa Dalia. Su padre nunca había autorizado esa colaboración.

—No lo tires —dijo Mariana—. Vamos a registrarlo y retirarlo de casa.

Otra pieza estaba en la vivienda de Teresa.

Un marco.

Rebeca miró la fotografía de Amalia que había llevado a casa de Mariana. La madera tenía un borde tallado que siempre le había parecido demasiado elegante para aquella imagen doméstica. Recordó que el marco había llegado como un obsequio de la fundación.

Lo envolvió sin volver a tocar la superficie.

—Hasta la pusieron dentro de algo suyo —murmuró.

•  •  •

Retirar los objetos no garantizaba nada. Julián lo dijo antes de que alguien lo pensara como una solución. Habían ocurrido manifestaciones en lugares donde no constaba ninguna pieza antigua.

Podían estar buscando una relación y encontrar solo una parte. El papel dejado en el automóvil de Irene había aparecido después de que ella recibiera una llamada de Santa Dalia, lejos de cualquier pieza antigua. Teresa había sido alcanzada por una voz. Los objetos parecían facilitar las primeras irrupciones; después Aurelio utilizaba las comunicaciones y los vínculos que ya había establecido. No sabían qué límite tenía ese alcance.

—Retirarlos corta una vía —dijo Rebeca—. No deshace lo que ya conoce de nosotros.

Pero las entregas eran verificables. Néstor organizó el contacto con sus destinatarios sin anunciarles que estaban malditos. Les explicó que había una investigación sobre la procedencia de los materiales y pidió autorización para recuperarlos.

Varias personas aceptaron.

Otras se negaron.

Una mujer llevaba años utilizando una placa de madera como base para una lámpara. Un antiguo trabajador había guardado un cenicero de metal. En una oficina encontraron el respaldo de una silla del quirófano.

Mariana sintió náuseas.

No por el objeto. Por la facilidad con que el pasado podía convertirse en decoración si nadie preguntaba quién había estado sujeto a él.

•  •  •

Mientras avanzaban las búsquedas, Irene atendía sus obligaciones en el otro hospital. No había abandonado a sus pacientes para perseguir una amenaza. Darío Nájera, de cuarenta y cuatro años, llevaba ingresado desde la semana anterior por una crisis de manía. Irene había asumido su atención al comenzar aquella semana.

Su esposa, Amparo, lo había acompañado después de que intentara cruzar de noche un tramo de carretera a pie, convencido de que podía llegar a una reunión internacional sin dinero ni transporte. Había dormido muy poco durante varios días. Hablaba sin detenerse, enlazaba proyectos y reaccionaba con irritación cuando alguien no seguía su velocidad.

—Me quieren apagar —le dijo a Irene.

Amparo tenía los labios agrietados. Llevaba dos noches intentando mantenerlo en casa.

—Yo le escondí las llaves.

Darío golpeó el brazo de la silla.

—Eso fue un abuso.

Irene intervino.

Hablarían de cada decisión sin perder de vista el riesgo del episodio. La evaluación confirmó un cuadro compatible con manía dentro de su trastorno bipolar. No era creatividad excesiva ni una simple discusión conyugal. Su capacidad para medir consecuencias estaba seriamente alterada.

El tratamiento comenzó con atención al sueño, la seguridad y los síntomas del episodio. Amparo recibió apoyo por separado.

—No puedo ser su vigilante —dijo.

—No debería tener que serlo —respondió Irene.

La familia participaría en la recuperación, pero no sustituiría al equipo ni cargaría sola con los riesgos.

•  •  •

Aurora Valcárcel, de sesenta y ocho años, llevaba diez días en la unidad. Su hija, Rocío, acudía a las entrevistas de seguimiento. Tenía enfermedad de Parkinson y había empezado a ver animales pequeños dentro de casa. En los días previos al ingreso, las imágenes se volvieron amenazantes y terminó saliendo de madrugada para escapar de ellas. La valoración se coordinó con neurología y medicina.

Revisaron infecciones, cambios cognitivos y el tratamiento que recibía. Las experiencias psicóticas podían relacionarse con la enfermedad y con determinados medicamentos, pero no iban a modificar nada de manera precipitada. Rocío lloró cuando su madre dijo:

—Sé que ustedes no los ven.

A veces Aurora reconocía que aquellas figuras podían no estar allí. Otras, el miedo ocupaba todo.

—¿Por qué no me lo contaste antes? —preguntó su hija.

La mujer se acomodó la manga.

—Pensé que me iban a quitar mi casa.

Irene conocía aquella vergüenza. La había escuchado en personas que temían ser reducidas a un síntoma. Explicaron el plan de atención, los ajustes que valorarían sus médicos y las medidas para evitar nuevos episodios de riesgo.

Rocío dejó de discutir sobre cada animal. Podía reconocer el miedo sin confirmar su presencia. Aurora necesitaba sentirse acompañada, no sometida a un examen constante de lo que veía.

Abril Fuentes, de veintiocho años, había ingresado dos semanas antes. Irene conoció su historia al recibir la entrega clínica. Había ingresado tras una crisis suicida en el contexto de una depresión grave. Era madre de un niño de tres años y trabajaba limpiando oficinas.

Su hermana, Sandra, repetía que parecía una mujer fuerte. Abril escuchó esa frase con cansancio.

—Porque no había quién lo hiciera por mí.

Durante meses siguió trabajando, cuidando al niño y respondiendo mensajes mientras perdía el sueño, el apetito y la capacidad de disfrutar cualquier cosa. Nadie vio cuánto esfuerzo le costaba cada acción. Ella tampoco se permitía reconocerlo.

—Pensé que una persona deprimida no podía levantarse —dijo Sandra.

Irene miró a Abril.

—Hay personas que continúan cumpliendo mientras están muy enfermas.

La crisis no había surgido de una sola discusión ni podía resolverse diciendo que pensara en su hijo. Abril ya pensaba en él todo el tiempo. Precisamente por eso la culpa se había vuelto insoportable.

Durante el ingreso, Sandra organizó el cuidado del niño con otros familiares. No llevarían a Abril una lista de problemas para que siguiera resolviéndolos desde la cama. Una tarde, al comprobar que nadie necesitaba algo de ella en aquel momento, Abril se quedó dormida en plena conversación. Sandra permaneció a su lado.

No la despertó para preguntarle si estaba mejor.

•  •  •

Mariana visitó a Rafael para retirar el pisapapeles. Su padre había puesto sobre la mesa todas las cartas de Manuel.

—Hay una que nunca quisiste leer cuando eras joven —dijo.

Ella recordaba el sobre. Después de la muerte de su abuelo, cualquier papel suyo le parecía una despedida que no estaba preparada para escuchar. Rafael se lo entregó.

Manuel había escrito sobre un hombre llamado Vicente. Un paciente que exigía conocer el nombre de quien autorizaba cada intervención. Aurelio se burlaba de él.

Vicente insistía:

Ponga que fue usted. No ponga que fui yo. Mariana leyó el resto. Después de su muerte, Aurelio había continuado haciendo firmar a otros.

Nunca dejaba su nombre junto a la orden final. Manuel había tratado de reconstruir esas decisiones. La carta terminaba así:

El día que comprendí lo que estaba pasando, entendí también por qué nos necesitaba. No podía seguir siendo el médico si nadie aceptaba ser su personal. Mariana levantó la mirada.

Rafael estaba llorando.

—No sé si eso puede ayudarte.

Ella tomó su mano.

—Sí puede.

No como una fórmula para expulsar a un muerto. Como una forma de reconocer lo que Aurelio seguía haciendo con ellos.

•  •  •

La reunión siguiente fue distinta. No hablaron de aceptar una revisión ni de negociar una salida.

Hablaron de responsabilidades.

Néstor reunió documentos que vinculaban directamente a Aurelio con las intervenciones, los encierros y las alteraciones de registros. Arce declaró lo que sabía de la reconstrucción y de Bernardo. Rebeca aportó las notas de Amalia y Mercedes.

Mariana entregó las cartas de Manuel. Solicitaron que los nombres de las víctimas se corrigieran donde existieran pruebas suficientes. Contactaron a las familias que habían aceptado participar. No realizarían una ceremonia dentro del hospital.

Tampoco presentarían los sufrimientos como una leyenda pintoresca. Adela Barragán había sido una persona.

Mercedes Ugalde también.

Josefina Ríos había tenido un hijo al que le quitaron. Decirlo con claridad era una tarea que podían completar aunque no supieran qué ocurriría el viernes.

•  •  •

Darío fue trasladado a una unidad especializada para continuar su hospitalización. Había empezado a dormir, pero todavía necesitaba tratamiento cercano. Amparo viajó acompañada y recibió la información del nuevo equipo. Antes de salir, él pidió que guardaran una libreta de proyectos.

Irene se la devolvió. No necesitaban destruir sus ideas para atender el episodio. Necesitaban que pudiera revisarlas cuando recuperara estabilidad.

Aurora Valcárcel continuó su atención con el equipo médico que conocía su enfermedad. Salió acompañada por Rocío, con un plan revisado y seguimiento próximo. Había vuelto a ver una figura durante la mañana. Esta vez llamó a la enfermera en lugar de intentar escapar.

Abril pasó a un programa que continuaría la atención de su depresión cuando existieron condiciones para dejar la unidad de ingreso. Sandra le llevó un mensaje del niño. No decía que la necesitaba en casa inmediatamente.

Decía que le había guardado un dibujo. Abril lo escuchó dos veces.

Después pidió verlo.

El jueves quedaron organizados los tres cambios de atención: Darío continuaría hospitalizado, Aurora volvería al seguimiento médico y Abril pasaría al programa que prolongaría su recuperación. Ninguno de esos procesos había comenzado ni terminado en los tres días que faltaban para la amenaza de Aurelio.

Irene terminó los informes antes de salir. No quería dejar ninguna tarea pendiente para el viernes.

•  •  •

El jueves, Daniel y Lucía llevaron a Sofía a casa de una familiar de confianza. La niña protestó porque quería quedarse con ellos. Lucía le explicó que necesitaban resolver un asunto difícil y que estaría acompañada.

No le prometió regresar a una hora que no podía garantizar. Cuando cerraron la puerta del automóvil, Daniel miró a Lucía.

—No quiero que vuelvas por mí si me llaman con mi voz.

Ella sostuvo su mirada.

—Voy a comprobar dónde estás.

—Y si no puedes…

Lucía lo interrumpió.

—No vamos a decidir ahora que uno merece menos ser rescatado.

Daniel bajó la cabeza. Habían confundido tantas veces amor y sacrificio que resultaba fácil volver a hacerlo. Ella le tomó la mano.

—Vamos a intentar salir los dos.

•  •  •

Alma y Gabriel también avisaron a sus familias. No acudirían a Santa Dalia. Estarían juntos en un lugar conocido y mantendrían comunicación con los demás.

Alma dejó sobre una mesa los documentos de sus prácticas. En una hoja apareció una anotación que no había estado allí: Rotación obligatoria. Cirugía psíquica.

La fotografió.

Después cerró la carpeta.

—No soy su pasante —dijo.

Gabriel la miró.

—Yo tampoco.

Aquella noche no pudieron dormir. Pero no obedecieron el mensaje.

•  •  •

A las once, Néstor envió una copia del expediente completo a los responsables de la investigación y confirmó su recepción. Las pruebas ya no dependían de una sola computadora ni de una sola persona. El último documento tenía un encabezado sencillo:

Responsabilidades atribuidas a Aurelio Ledesma según los registros recuperados. Debajo aparecían nombres, fechas y firmas. Mariana lo leyó con Julián.

Por primera vez, el hombre del quirófano no era presentado como una autoridad indiscutible. Era alguien a quien se le exigía responder. Entonces sonó el teléfono.

No tenía número.

Mariana no contestó.

El aparato se encendió solo. Aurelio apareció en la pantalla. Tenía el rostro más pálido.

—Su abuelo también pensó que podía acusarme.

Mariana sintió que Julián se acercaba.

—No trabajamos para usted —dijo.

Aurelio la observó.

Durante un segundo, el silencio pareció una herida.

Después sonrió.

—Eso puede cambiar.

La pantalla mostró un corredor.

Había camas alineadas.

En cada cabecera figuraba un nombre.

Mariana.

Julián.

Rebeca.

Lucía.

Daniel.

Alma.

Gabriel.

Y, al final, Irene. La imagen se apagó. Del otro lado de la puerta del dormitorio sonó una rueda.

Julián miró hacia el pasillo de su casa. Ya no estaba allí. En su lugar se extendía el corredor de Santa Dalia.

A lo lejos, alguien pasó lista.

—Salcedo.

Mariana apretó la mano de Julián.

No respondió.

La puerta detrás de ellos empezó a desaparecer. Y el reloj del teléfono cambió de fecha.

Era viernes.