Capítulo 24 de 25

La revisión general

La puerta desapareció antes de que Julián pudiera alcanzarla.

No se cerró.

Simplemente dejó de estar. En su lugar quedó una pared de azulejos amarillentos. Mariana todavía llevaba el teléfono en la mano. La pantalla marcaba las doce con un minuto.

Viernes.

Del fondo del corredor llegó una voz:

—Salcedo.

Julián apretó su mano.

Mariana no respondió.

Había olor a desinfectante y ropa húmeda. Una bombilla desnuda iluminaba el pasillo. En las paredes se acumulaban marcas oscuras que parecían antiguas filtraciones.

Caminaron juntos.

En una puerta abierta encontraron a Lucía y Daniel. Él sostenía un teléfono sin pantalla. Lucía llevaba el bolso que había preparado para pasar la noche fuera de casa.

—Estábamos en el automóvil —dijo—. Daniel abrió su puerta y apareció esto.

Nadie preguntó si estaban seguros. Rebeca llegó unos segundos después, descalza.

—Mi madre sigue con mi prima. Acababa de hablar con ella.

Mariana contó cinco.

Alma y Gabriel aparecieron desde una escalera. Venían agarrados de la mano, con el miedo escrito en la cara. Irene estaba en una habitación cercana. Había intentado abrir una ventana hasta hacerse una herida en un dedo.

Ocho.

Los nombres de las camas. Daniel miró hacia el techo.

—No entramos por ninguna puerta.

Irene se acercó a la ventana. Detrás del cristal no estaba Morelia ni la carretera. Solo un jardín oscuro.

En el centro había un fresno. La fuente volvía a tener agua.

•  •  •

Aurelio apareció acompañado por dos hombres con uniformes antiguos. Llevaba su bata abierta y una carpeta bajo el brazo.

—Han tardado.

Mariana se colocó delante del grupo.

—Queremos salir.

—Primero debemos valorar su estado.

Irene respondió:

—No tiene autoridad para hacerlo.

Aurelio la miró con curiosidad.

—Siempre empiezan por negar lo que les ocurre.

Daniel sintió que Lucía le apretaba la mano.

Conocían aquel procedimiento.

Una protesta se transformaba en agitación. Una negativa, en falta de conciencia de enfermedad. Cualquier respuesta podía terminar escrita contra ellos.

—No autorizamos ninguna intervención —dijo Mariana.

Aurelio abrió la carpeta.

—Ya constan los consentimientos.

Rebeca dio un paso.

—Son falsos.

Él sonrió.

—La familia suele arrepentirse después.

Uno de los hombres se acercó a Alma.

Gabriel se interpuso.

Mariana levantó la voz:

—Nadie se separa.

Por primera vez, Aurelio pareció irritado. La campanilla sonó desde algún lugar del corredor. Al escucharla, varias puertas se cerraron.

—Todavía creen que están aquí para trabajar —dijo—. Es una confusión frecuente.

•  •  •

Los llevaron a una sala amplia. No tuvieron que arrastrarlos. Bastó con que el corredor cambiara a sus espaldas y todas las salidas condujeran al mismo lugar. Había ocho camas preparadas.

Sobre cada almohada descansaba una pulsera. En la cama de Alma estaba también la hoja de rotación que había dejado en casa. Reconoció la anotación de cirugía psíquica. La dobló y la guardó: no iba a firmarla, pero tampoco permitiría que la hicieran desaparecer antes de mostrar lo que habían escrito en su nombre. Mariana dejó la suya sobre la mesa.

No se la pondría. Irene revisó las ventanas. Daniel buscó una salida de servicio. Alma intentó mantener encendido el teléfono. Gabriel ayudó a Rebeca a vendarse un corte en el pie. Lucía habló con Mariana en voz baja.

—Sofía está fuera.

—Sí.

—Necesito seguir sabiendo eso.

Mariana la abrazó un momento. Desde la cama más cercana, Julián observaba una hoja. Era un informe sobre él.

Describía su antigua atención médica, pero mezclaba hechos reales con conclusiones inventadas. Ideas persecutorias. Negativa a aceptar su condición. Vínculo patológico con la paciente Salcedo. Julián dejó el papel.

—Hasta lo que recibimos para ayudarnos lo usa para encerrarnos.

Mariana se sentó a su lado.

—Que hayamos necesitado atención no le da derecho a esto.

Él asintió.

Necesitaban repetírselo allí, donde todas las paredes parecían estar hechas de una acusación.

•  •  •

Mercedes abrió la puerta cuando dejaron de oír los pasos. Tenía una llave en la mano.

—No puedo mantenerla abierta mucho tiempo.

Rebeca se acercó.

—¿Podemos salir?

Mercedes miró hacia el corredor.

—Hay otros que todavía no ha anotado.

Mercedes señaló las pulseras en blanco que llevaba en el bolsillo.

—Los trajo esta noche. Todavía no consiguió incorporarlos al recuento. Si llegamos a la salida antes de que lo haga, podrán cruzar. Sus nombres son los que ya escribió; por eso intenta que respondan cuando los llama.

Los condujo a una habitación pequeña. Dentro había tres personas con ropa actual. Un joven permanecía sentado en el suelo. Una mujer miraba un vaso sin tocarlo. Un hombre sostenía contra el pecho una bolsa de plástico con sus pertenencias.

Mariana se arrodilló a cierta distancia del joven.

—Me llamo Mariana. ¿Cómo te llamas?

—Benjamín.

Tenía veinticinco años.

Hasta unas horas antes estaba hospitalizado en otro centro, recibiendo tratamiento por una recaída de esquizofrenia. Había empezado a escuchar voces tras un periodo de interrupción de su medicación y dificultades para acudir a consulta. No había dejado el tratamiento porque no le importara. Los efectos adversos, la falta de recursos y una serie de problemas familiares habían hecho que abandonara las citas sin saber cómo pedir una alternativa.

Cuando las voces se volvieron amenazantes, dejó de dormir y creyó que debía esconderse para proteger a su hermana. El ingreso había ocurrido en una crisis de riesgo y grave desorganización. Con la atención comenzó a mejorar.

Aquella noche se levantó para ir al baño. Al abrir la puerta apareció en Santa Dalia.

—Pensé que había vuelto a enfermarme más —dijo.

Mariana escuchó.

No podía decirle que todas sus experiencias anteriores fueran ciertas porque esta vez estuvieran viendo el mismo corredor. Tampoco iba a utilizar su diagnóstico para negar lo que ocurría delante de todos.

—Ahora estamos aquí contigo —respondió—. Vamos a buscar una salida.

Benjamín señaló a Mercedes.

—Ella me dijo que no firmara.

La mujer se llamaba Celina Torres. Tenía treinta y seis años y estaba recibiendo atención por un episodio bipolar con síntomas mixtos. Sentía la desesperación de una depresión junto con una activación que la mantenía despierta, acelerada y llena de impulsos. Su mente no descansaba, pero tampoco encontraba alivio.

Había ingresado después de una crisis suicida. Su esposo, Marcos, había tardado en comprender que una persona podía hablar deprisa, caminar sin parar y, al mismo tiempo, sentir que no tenía futuro.

—Me decía que, si tenía tanta energía, no podía estar tan mal —contó.

Irene se sentó frente a ella.

—¿Recuerdas qué tratamiento estabas recibiendo?

Celina pudo dar algunos datos. No improvisarían cambios ni le entregarían lo que encontraran en aquellas bandejas. Necesitaban sacarla y devolverla al equipo que conocía su historia.

—Estaba durmiendo mejor —dijo Celina—. Anoche por fin soñé otra cosa.

Después había escuchado a su esposo llamarla desde el pasillo.

Lo siguió.

La voz no era la suya. Lucía le sostuvo el vaso mientras bebía. Celina temblaba tanto que el agua golpeaba el cristal.

—Pensé que venía a llevarme a casa.

—Vamos a intentar que puedas volver con quienes te están cuidando —dijo Irene.

•  •  •

El tercer hombre era Óscar Miramontes, de cincuenta y ocho años. Había sufrido un accidente cerebrovascular meses atrás. Después, una depresión grave fue apagando su participación en la rehabilitación. La familia pensó que su tristeza era comprensible y que pasaría.

Pero dejó de comer, se aisló y empezó a decir que todos estarían mejor sin él. Ingresó durante una crisis de riesgo. Su hija, Aída, lo visitaba cada tarde.

—Yo fingía estar mejor para que se fuera tranquila —dijo.

Hablaba despacio. Algunas palabras le costaban. Rebeca se sentó a su lado. La depresión después de un problema neurológico no podía reducirse a una falta de voluntad. Necesitaba atención junto con la rehabilitación y la revisión de sus limitaciones físicas.

Óscar miró su bolsa. Dentro llevaba una camiseta, un peine y una fotografía.

—La enfermera dijo que me cambiaban de sala.

No recordaba el rostro. Sí recordaba una cinta azul. Mercedes bajó la cabeza.

Rebeca la miró.

—¿Fuiste tú?

La mujer negó.

—También usa mi cara.

El silencio se volvió insoportable. Hasta las voces que los ayudaban podían ser imitadas. Mariana miró a los tres pacientes.

Las historias explicaban por qué estaban recibiendo atención en hospitales actuales. No explicaban ni justificaban aquel encierro. Eso debía quedar claro para ellos también.

•  •  •

Daniel encontró en el muro una abertura cubierta por un armario. Detrás descendían unos escalones. Mercedes levantó la llave.

—Va al lavadero.

Olivia les había mostrado el croquis antiguo. Mariana reconoció la dirección aproximada. La salida de servicio. La puerta que había sido clausurada antes del incendio.

—Vamos todos —dijo.

Mercedes negó.

—Él ya escribió sus nombres.

—No vamos a dejar a nadie —respondió Rebeca.

Desde el corredor llegó el roce de una carpeta contra una pared. Mercedes empezó a temblar.

—A ellos todavía no.

Señaló a Benjamín, Celina y Óscar. Irene miró a Mariana. No podían convertir la salida de tres personas en una negociación sobre quién merecía vivir.

Pero tampoco podían cerrarles la oportunidad porque no alcanzara para todos.

—Primero los acompañamos —dijo Mariana—. Después seguimos buscando.

Daniel ayudó a Óscar a bajar. Gabriel caminó detrás. Lucía acompañó a Celina y Rebeca se quedó cerca de Benjamín. Los escalones estaban húmedos. Al fondo se veía una luz distinta.

Blanca.

Actual.

•  •  •

La puerta del lavadero daba a un patio de servicio. Más allá había una reja. A través de ella distinguieron vehículos y luces de emergencia.

Mariana gritó.

Alguien se volvió.

Néstor.

Corrió hacia la entrada acompañado por varias personas. Por primera vez desde que habían llegado, el exterior parecía responderles. Mercedes sostuvo la puerta.

—Rápido.

Benjamín salió primero.

Una persona lo recibió.

Celina cruzó después.

Daniel y Gabriel ayudaron a Óscar a superar el desnivel.

Néstor gritaba preguntas.

Mariana no alcanzaba a entenderlas.

Intentó avanzar.

Algo la detuvo.

No fue una mano. Sintió la misma resistencia que Néstor había descrito frente a una pared inexistente. Julián se colocó junto a ella.

Tampoco pudo cruzar.

Daniel extendió el brazo desde el otro lado del umbral. Su mano quedó detenida a pocos centímetros de la luz. Los ocho seguían dentro.

Los tres pacientes habían cruzado sin ocupar una línea del registro. Mariana miró las manos de Julián contra la resistencia invisible: rechazar la orden de Aurelio no había bastado para deshacer el encierro. Benjamín miró hacia atrás.

—Están aquí —le dijo a Néstor.

El auditor veía la puerta abierta. No los veía a ellos. Mercedes empezó a perder fuerza.

Mariana levantó la voz:

—¡Hay ocho personas! ¡Seguimos dentro!

Néstor dejó de mirar a Benjamín. Parecía haber escuchado algo.

Sacó el teléfono.

Entonces sonó la campanilla. La puerta se cerró.

•  •  •

Los tres pacientes quedaron fuera. El equipo verificó sus identidades y coordinó la atención urgente y el contacto con los centros de origen, donde su ausencia ya había sido detectada. Benjamín fue recibido por su hermana. Continuaría el tratamiento y la revisión de los obstáculos que habían dificultado sus consultas.

Celina volvió con el equipo que conocía su episodio. Marcos llegó acompañado y escuchó, cuánto podía haber detrás de aquella energía que había confundido con bienestar. Óscar recibió valoración médica antes de retomar su atención. Aída sostuvo su fotografía mientras él intentaba explicar el corredor. Ninguno tuvo que renunciar a su historia para seguir siendo paciente.

Néstor recogió sus testimonios cuando pudieron ofrecerlos. Los tres describieron a los ocho trabajadores.

La misma ropa.

Las mismas heridas.

La puerta que algunos podían cruzar y otros no. La búsqueda de los desaparecidos dejó de depender únicamente de imágenes imposibles. Había personas vivas que habían estado con ellos.

•  •  •

Dentro, Mercedes cayó junto a la puerta. Rebeca la sostuvo por los hombros. El uniforme estaba caliente.

—Nos ayudaste —dijo.

La mujer miró hacia el techo.

—La otra vez no pude.

Mariana sintió un nudo en la garganta.

—Esta vez sí.

Mercedes cerró los ojos.

No desapareció.

Pero por unos instantes dejó de parecer una mujer que esperaba una orden. Desde el corredor llegaron pasos. Los ocho se apartaron.

Aurelio estaba al pie de la escalera. Su rostro ya no tenía la calma de antes.

—Han interferido con el tratamiento.

Irene se colocó junto a Mariana.

—Esas personas necesitaban regresar con sus equipos.

Aurelio alzó la mano. Detrás de él apareció Bernardo con las llaves. El sacerdote miró a Mercedes.

Esta vez había algo distinto en su expresión.

—No puedo hacerlo otra vez —murmuró.

Aurelio giró hacia él.

—Usted no decide.

Bernardo dejó caer las llaves. El sonido recorrió el lavadero. Mercedes fue la primera en moverse.

Recogió el manojo.

Aurelio retrocedió un paso. No parecía temer el metal. Parecía temer que alguien hubiera dejado de obedecer.

Del corredor comenzaron a salir pacientes del antiguo hospital.

Elena.

Josefina.

Un hombre con una venda alrededor de la cabeza. Una mujer que sostenía un vestido contra el pecho. Otros cuyos nombres todavía no conocían.

No todos podían hablar. Algunos miraban sin comprender.

Otros repetían palabras.

Mariana no intentó convertirlos en un ejército. Eran personas aterradas en un lugar que había aprendido a conservar su miedo.

—Buscamos la salida —dijo—. No vamos a entregar a nadie.

Josefina miró a Lucía.

—¿Tu niño está afuera?

—Mi hija. Sí.

La mujer apretó el zapato.

—Que no vuelva.

Lucía empezó a llorar. Daniel le sostuvo la mano. Aurelio golpeó la campanilla contra la pared.

Varias puertas se abrieron al mismo tiempo. Dentro había camillas preparadas. Gabriel recibió el impacto de uno de los hombres que acompañaban al médico. Cayó sobre un escalón y se golpeó el hombro.

Daniel se lanzó a ayudarlo. El segundo hombre le sujetó la muñeca y cerró una pulsera de plástico alrededor de ella antes de que Julián consiguiera apartarlo. Daniel tiró del cierre, pero la presión de las manos y los golpes les obligó a retroceder.

Alma corrió hacia él. Daniel y Julián se interpusieron mientras Irene ayudaba a levantarlo.

—Podemos caminar —dijo Gabriel, pálido.

Se refugiaron en la sala amplia junto a los pacientes antiguos. Mercedes cerró desde dentro. No sabían cuánto resistiría.

Rebeca revisó a Gabriel con lo que tenían disponible. No intentaría forzar su hombro. Lo mantuvo apoyado mientras observaban su estado. Alma se sentó a su lado.

—Mírame.

Él lo hizo.

—El sábado —susurró.

Ella negó entre lágrimas.

—No hables como si fuera una despedida.

Gabriel apretó sus dedos.

—Estoy aquí.

•  •  •

Elena se acercó a Mariana. Llevaba algo envuelto en un paño.

Una vela.

—La otra vez lo detuvo —dijo.

Mariana miró hacia el fondo de la sala. Otro paciente sostenía una caja de fósforos. Josefina había reunido sábanas cerca de la puerta.

Mercedes levantó la cabeza. Comprendió antes que los demás.

—No.

El hombre de la venda respondió:

—Si hay fuego, no pueden seguir cortando.

Mariana se acercó despacio.

—El fuego puede dejarnos sin salida.

Él la miró con una desesperación que no admitía lecciones.

—Sin fuego también.

Aurelio golpeó la puerta desde fuera.

—La revisión va a comenzar.

Los pacientes retrocedieron.

Elena apretó la vela. Julián miró a Mariana. La historia antigua no estaba repitiéndose porque alguien hubiera leído un informe.

Estaba repitiéndose porque las personas encerradas volvían a creer que solo existía una forma de interrumpir lo que iban a hacerles.

•  •  •

Mariana intentó hablarles.

Les recordó la salida de servicio, los tres pacientes que habían cruzado, las personas que estaban buscando a los demás. Mercedes mostró las llaves. Durante un momento consiguieron detener las manos.

Después Aurelio abrió una pequeña ventana en la puerta. Su rostro apareció detrás del cristal.

—Primero la mujer del zapato.

Josefina soltó un grito. El hombre de la venda golpeó el primer fósforo.

Se apagó.

Mariana extendió la mano.

—Dámelos.

Él golpeó otro.

La llama iluminó los rostros. Alma abrazó a Gabriel. Lucía apretó el dibujo de Sofía que llevaba en el bolso.

Rebeca miró a Mercedes. Las dos sabían qué había ocurrido la vez anterior. Del otro lado, Aurelio empezó a girar la cerradura.

Josefina arrojó una sábana contra la puerta. El hombre acercó el fósforo.

Mariana gritó.

Pero la tela ya había prendido. Y en el corredor del hospital vacío sonó, por fin, la alarma de incendio.