Capítulo 1 de 25
La mujer del otro lado
La primera vez que Mariana oyó llorar a una mujer detrás de aquella pared, todavía creía que todos los sonidos del hospital tenían una explicación. Eran las seis cuarenta de la mañana. El personal de limpieza acababa de encender las luces del vestíbulo y el olor del café empezaba a imponerse al del desinfectante. El llanto provenía del muro donde habían colocado el directorio de especialidades.
Mariana se detuvo.
Al otro lado debía estar el jardín. Lo sabía porque lo había cruzado minutos antes: césped recién cortado, una fuente seca y un fresno cuyas raíces levantaban las baldosas. Se acercó al directorio.
El llanto cesó.
—¿Doctora Salcedo?
Mariana volvió la cabeza. Una enfermera de cabello recogido sostenía una carpeta contra el pecho. Tenía ojeras y una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda.
—Soy Rebeca Montes. Coordinadora de enfermería.
Se estrecharon las manos.
—Escuché a alguien —dijo Mariana.
Rebeca miró la pared.
—Las tuberías hacen ruido cuando abren las regaderas.
Mariana estuvo a punto de aclarar que no había oído tuberías, sino a una mujer suplicando entre sollozos. Pero era su primer día. Decidió empezar por lo que podía comprobar.
El Centro de Salud Mental Santa Dalia se encontraba a las afueras de Morelia, donde la ciudad empezaba a deshacerse en terrenos baldíos y caminos hacia los cerros. Había abierto cinco meses atrás. Su página de internet mostraba habitaciones luminosas, talleres y un patio terapéutico. Los vecinos seguían llamándolo el manicomio.
Mariana había aceptado dirigir la unidad de hospitalización después de once años trabajando en Guadalajara. Tenía treinta y ocho años, un matrimonio con Julián terminado seis años antes y una costumbre que sus compañeros confundían con serenidad: cuando estaba asustada, hablaba más despacio.
Rebeca la condujo a la sala de juntas. Un hombre se levantó junto a la cafetera. Mariana sintió que el suelo cambiaba de inclinación.
—Julián.
Él dejó la taza.
—No sabía que eras tú.
Habían compartido una residencia médica, un departamento demasiado pequeño y tres años en los que ambos creyeron que el amor bastaba para corregir cualquier diferencia. Luego llegó una llamada que Julián no respondió. Y una muerte que Mariana nunca pudo discutir con él sin quedarse sin aire.
—El doctor Valdés coordina la consulta externa y las interconsultas —explicó Rebeca.
Mariana eligió una silla alejada de la cafetera.
—Eso veo.
Julián conservaba la misma manera de mirarla, como si quisiera preguntarle algo y temiera escuchar la respuesta. El director entró antes de que alguno encontrara otra frase. Esteban Arce llevaba un traje gris bajo la bata. A sus cincuenta y dos años, parecía más cómodo frente a una cámara que junto a una cama de hospital.
—Bienvenida a Santa Dalia. Confío en que podamos convertirlo en una referencia nacional.
Detrás de él llegaron una psicóloga, un enfermero y dos jóvenes con gafetes provisionales.
—Lucía Ferrer —se presentó la psicóloga—. Trabajo con pacientes y familias.
Tenía treinta y cuatro años y una voz cálida que no impedía advertir su cansancio.
—Daniel Robles, enfermero del turno vespertino.
Daniel le apartó una silla a Lucía sin interrumpir la conversación. Ella se sentó y le rozó la muñeca con los dedos. Mariana reconoció la intimidad en aquel movimiento mínimo. La joven del gafete provisional se presentó enseguida:
—Alma Villaseñor. Pasante de psicología.
—Gabriel Lozano, médico interno —añadió su compañero.
Gabriel buscó la mirada de Alma al hablar. Ella siguió anotando. Arce repartió los horarios.
—Tenemos veintiséis pacientes. Admitimos cuadros agudos y trabajamos para que la estancia sea lo más breve posible.
—Con seguimiento suficiente después del alta —añadió Mariana.
—Por supuesto.
Rebeca abrió su carpeta.
—Antes de revisar los ingresos: la puerta de evacuación del corredor norte volvió a fallar.
Arce suspiró.
—Mantenimiento ya tiene el reporte.
—Es el tercero.
—Hoy lo resolverán.
Daniel miró a Rebeca. Ella no apartó los ojos del director. Mariana escribió en su libreta: Verificar puerta norte. Fue su primera anotación en Santa Dalia.
• • •
Samuel Ortega llegó a las ocho y doce. Tenía veintisiete años, estudiaba ingeniería y llevaba una sudadera empapada. Su hermana, Irene, lo acompañaba con una bolsa de ropa y la expresión de alguien que había pasado toda la noche negociando con una catástrofe. Samuel no quiso sentarse.
Miraba la rejilla del aire acondicionado.
—Si apagan eso, puedo hablar.
Mariana pidió trasladar la entrevista a una sala más tranquila.
—¿Qué escuchas ahí?
—A mi mamá.
Irene cerró los ojos. Su madre había muerto seis años antes. Samuel llevaba dos noches recorriendo las calles porque creía que ella estaba atrapada en un depósito de agua. Esa madrugada había intentado entrar en una obra en construcción para buscarla.
Lo encontraron descalzo, temblando, junto a una excavación.
—No quería lastimarse —aclaró Irene—. Él cree que tiene que rescatarla.
—Entiendo —dijo Mariana.
Samuel la observó con desconfianza.
—Usted no entiende. Si entendiera, iríamos por ella.
Mariana no discutió.
—Veo que estás muy preocupado. Yo no escucho su voz, pero quiero ayudarte a estar seguro mientras averiguamos qué te ocurre.
Algo cedió en su postura. Lo suficiente para que se sentara. Durante la evaluación, Samuel explicó que había dejado su tratamiento meses atrás. Se sentía lento, había aumentado de peso y le daba vergüenza que sus compañeros lo vieran dormirse en clase.
Después comenzaron las dificultades para concentrarse.
Luego el insomnio.
Por último, la voz.
—Al principio me decía cosas buenas —murmuró—. Que desayunara. Que llevara suéter.
Irene se limpió la cara.
—Pensé que estaba haciendo un duelo tardío.
Mariana revisó el expediente de sus hospitalizaciones anteriores. La esquizofrenia se había diagnosticado tres años atrás; ahora presentaba una recaída. No había un único motivo que explicara toda su historia. Había una vulnerabilidad, síntomas previos, estrés, pérdida de sueño y un tratamiento que necesitaba revisarse con él.
—¿Me van a amarrar? —preguntó Samuel.
Rebeca se agachó para quedar a su altura.
—Ahora estamos hablando contigo. Vamos a explicarte lo que hagamos.
Samuel aceptó quedarse.
Pidió una sola cosa:
—Que mi hermana no se vaya sin despedirse.
• • •
En otra habitación, Natalia Ruiz esperaba sentada en la orilla de una cama. Tenía cuarenta y tres años y trabajaba como contadora. Había ingresado la noche anterior tras una crisis depresiva con riesgo inmediato para su vida. Su esposo, Óscar, permanecía junto a la ventana.
—Tiene una casa, dos hijos, trabajo —dijo cuando Lucía entró—. No sé qué más necesita.
Natalia bajó la cabeza. Lucía acercó una silla.
—¿Puede esperar afuera unos minutos?
Óscar pareció ofendido, pero salió. Natalia habló después de un silencio largo.
—Ahora también tengo que agradecer todo lo que tengo.
—¿Sientes que debes justificar estar mal?
Asintió.
Le costaba ducharse. Comía porque alguien colocaba el plato delante de ella. Al despertar, sentía un peso en el pecho que no desaparecía con las horas.
—Quiero a mis hijos —dijo—. Eso es lo peor. Los quiero y ni siquiera puedo disfrutar cuando vienen a abrazarme.
Lucía dejó que terminara. No le prometió una recuperación rápida. Tampoco le pidió pensar en positivo. Hablaron de la seguridad de aquel día, de cómo avisar si aumentaba la desesperación y de las personas que podían acompañarla sin exigirle fingir.
Cuando Óscar volvió, Natalia hizo algo que no había logrado en semanas.
—Necesito que dejes de decirme que no tengo razones.
Él abrió la boca.
La cerró.
Por primera vez desde el ingreso, se sentó junto a ella.
• • •
El tercer caso era Tomás Cárdenas, de sesenta y ocho años. Había llegado con su hija porque llevaba días durmiendo poco, caminando de madrugada y acusando a su esposa de ser una impostora. En urgencias lo habían remitido por una posible alteración conductual asociada a deterioro cognitivo.
Gabriel estaba leyendo esa impresión diagnóstica cuando Rebeca le tocó el brazo.
—Míralo antes de leer otra vez.
Tomás parecía somnoliento. Minutos después intentó levantarse porque creía encontrarse en una estación de autobuses.
Tenía fiebre.
Mariana pidió valoración médica y estudios. La familia explicó que el cambio había sido brusco.
—El domingo todavía estaba arreglando una licuadora —dijo su hija.
—Entonces debemos investigar qué está produciendo esta confusión —respondió Mariana.
Lo trasladaron a un hospital general para estudiar y tratar el cuadro físico agudo. Santa Dalia no era el lugar adecuado para estabilizarlo. Antes de salir, la hija sujetó la mano de Gabriel.
—Gracias por no dejarlo aquí nada más porque hablaba raro.
El interno sostuvo su mirada. Después tachó una frase de sus notas.
• • •
Al mediodía, Alma acompañó a Samuel hasta el patio. Él había aceptado agua, una comida ligera y el plan inicial de tratamiento. Seguía escuchando voces, aunque ya no intentaba salir a buscarlas. Se sentó frente al fresno.
—Aquí hay alguien más.
Alma siguió la dirección de su mirada. El jardín estaba vacío.
—¿Qué percibes?
—Una señora junto a la ventana.
Se refería al pabellón norte, cerrado desde la apertura por obras pendientes.
—Tiene el pelo cortado de un lado.
Alma anotó sus palabras sin confirmar la presencia.
—¿Te dice algo?
Samuel tardó en responder.
—Que ella también tenía un hijo.
En el vidrio apareció un reflejo blanco. Alma levantó la cabeza. Desapareció cuando pasó una nube.
Sintió vergüenza de haberse sobresaltado.
—Podemos volver adentro si estás incómodo.
Samuel siguió mirando.
—No le gusta que le digan enferma.
—¿Cómo quiere que la llamen?
—Elena.
Lucía encontró a Daniel en el almacén de sábanas. Él cerró la puerta sin echar el seguro.
—Anoche no contestaste.
—Estaba con Natalia.
—Después tampoco.
Lucía se apoyó en una estantería. Llevaban cuatro meses juntos y casi todo el hospital lo sospechaba. Sin embargo, Daniel empezaba a cansarse de ser una relación que debía caber entre cambios de turno.
—Mi separación todavía está en trámite —dijo ella.
—No te estoy pidiendo una boda.
Lucía sonrió con tristeza.
—Ya sé.
Él le tomó la mano.
—Te estoy pidiendo que alguna vez podamos salir sin que estés mirando quién nos ve.
Por un momento, Lucía apoyó la frente en su pecho. Entonces sonó el teléfono de Daniel. Rebeca necesitaba ayuda en la unidad.
Él guardó el aparato.
—Esta noche cenamos. Aunque sea en la cocina de mi casa.
Lucía quiso decir que sí. Pensó en el mensaje de su esposo, recibido aquella mañana: Si insistes en seguir con esto, hablaremos de la custodia. Daniel percibió su vacilación.
Soltó su mano antes de que ella encontrara una respuesta.
• • •
A las cinco, Samuel dejó de reconocer la habitación como un lugar seguro. Dijo que alguien venía a buscarlo. Se levantó, retrocedió hasta la esquina y empezó a cubrirse los ojos.
—No quiero la operación.
Mariana y Rebeca entraron sin rodearlo. Daniel despejó el pasillo de curiosos y Gabriel quedó junto a la puerta, disponible si lo necesitaban.
—Samuel, soy Mariana. Estás en Santa Dalia.
—Él también decía eso.
—¿Quién?
Samuel señaló el espacio junto a Julián, que acababa de llegar.
—El doctor de los lentes.
Julián no llevaba lentes. Samuel empezó a llorar. No atacó a nadie. No rompió nada.
Era un hombre aterrorizado tratando de hacerse pequeño. Rebeca habló con él hasta que aceptó sentarse. Mariana revisó qué podía estar agravando la crisis y le explicó la medicación propuesta. Mantuvieron la observación cercana en un ambiente tranquilo. Antes de quedarse dormido, Samuel sujetó la manga de Mariana.
—La señora dice que no abran la puerta de abajo.
—Ahora necesitas descansar.
—Usted no me cree.
Mariana tardó en contestar.
—Creo que estás asustado. Y voy a escucharte.
Samuel aflojó la mano. Ella permaneció junto a la cama unos minutos más.
• • •
Julián la esperaba en el pasillo.
—Tenemos que hablar.
—Tenemos pacientes.
—No estoy hablando de los pacientes.
Mariana miró alrededor antes de responder.
—Entonces no tenemos que hacerlo aquí.
Entraron en un consultorio vacío. Julián no se sentó.
—Te busqué cuando te fuiste de Guadalajara.
—Dos veces.
—No sabía qué decir.
Mariana dejó la libreta sobre la mesa.
—Mi hermano murió y tú no sabías qué decir.
Él recibió la frase sin defenderse. Andrés, el hermano menor de Mariana, había pasado años ocultando su depresión. Cuando ella comprendió la gravedad, intentó conseguir ayuda y llamó a Julián, entonces de guardia en otro hospital. Él no respondió hasta la mañana siguiente.
Nunca habría sido justo atribuirle toda aquella muerte.
Mariana lo sabía.
También sabía que, cuando recordó su teléfono sonando en una habitación donde nadie acudió, dejó de poder dormir a su lado.
—No vine para castigarte —dijo—. Vine a trabajar.
—Yo también.
Por primera vez, Julián bajó los ojos. Al salir, Mariana advirtió que él había dejado una taza de café junto a su libreta.
Sin azúcar.
Todavía lo recordaba.
• • •
El jueves, Samuel habló por teléfono con su profesor. Mariana no esperaba que estuviera listo para hacerlo tan pronto. Tampoco convirtió aquel avance en una garantía. Las voces persistían, aunque habían disminuido. Samuel dormía mejor y empezaba a distinguir entre sentir una urgencia y tener que obedecerla.
Habían revisado con él los efectos adversos del tratamiento anterior y las alternativas para reducirlos. Lucía reunió a Irene y a Samuel.
—No queremos que toda tu vida se convierta en vigilar a tu hermano —le dijo a ella.
Irene soltó una risa agotada.
—Ya lo es.
Hablaron de señales tempranas, de apoyos y de cómo pedir atención antes de que una crisis creciera. Samuel escuchaba con las manos entrelazadas.
—Pensé que si les decía lo de mi mamá me quitarían la escuela otra vez.
—La meta es ayudarte a seguir con tu vida —respondió Mariana.
Él miró a su hermana.
—No tienes que dejar tu trabajo.
Irene comenzó a llorar. Esta vez permitió que Samuel la abrazara.
• • •
Natalia también avanzó, de otra manera. Todavía necesitaba permanecer ingresada. La depresión no había desaparecido y el equipo continuaba valorando su seguridad. Pero había conseguido hablar con sus hijos sin fingir alegría.
Óscar acudía a las entrevistas y empezaba a escuchar.
—Creía que animarla era recordarle todo lo bueno —confesó.
—Puede acompañarla sin pedirle que se sienta distinta de inmediato —dijo Lucía.
Esa tarde, Natalia solicitó un cuaderno. Escribió una sola línea: Hoy pude decir que necesitaba ayuda.
En cuanto a Tomás, su hija llamó desde el hospital general. Habían encontrado una infección y otras alteraciones que estaban tratando. Su atención empezaba a mejorar. Gabriel escuchó el mensaje dos veces. Alma lo encontró sonriendo.
—¿Buenas noticias?
Él le contó.
—Entonces sí sirvió que vinieras —dijo ella.
Gabriel se puso colorado. Alma fingió no advertirlo.
• • •
Samuel recibió el alta al noveno día, tras nuevas valoraciones y con un plan de seguimiento acordado con él y su hermana.
No salía curado.
Salía de una crisis con apoyos concretos, una cita próxima y algo que había perdido durante meses: la posibilidad de participar en las decisiones sobre su vida. Antes de irse, entregó un dibujo a Alma. Lo había hecho durante una actividad.
Representaba a una mujer sentada frente a una ventana. Tenía una zona de la cabeza sin cabello y una cicatriz sobre la sien.
—Es Elena —explicó.
Alma guardó silencio.
—Ya no me habla como mi mamá. Creo que me confundí al principio.
—¿La sigues viendo?
Samuel asintió.
—Pero no tengo que hacer lo que diga.
Alma recibió la hoja. Samuel regresaba a su casa. Elena seguía detrás de aquella ventana.
• • •
Mariana fue a buscar a Arce al archivo administrativo. Quería revisar los planos del corredor norte: la reparación prometida seguía pendiente. El director no estaba.
Una empleada le indicó que esperara y volvió a su escritorio. Sobre la mesa había una carpeta con fotografías del edificio anterior. Mariana reconoció el fresno.
Era más pequeño, pero la bifurcación del tronco y la inclinación hacia el muro no dejaban dudas. En una fotografía, hombres con batas posaban frente a un pabellón. Detrás de ellos había pacientes sentados en fila. Mariana acercó la imagen.
Una mujer miraba hacia la cámara. Tenía el cabello recortado a un lado. La cicatriz se distinguía incluso en la copia amarillenta.
—Ese material no es clínico.
Arce había entrado sin que ella lo oyera. Mariana señaló la fotografía.
—¿Aquí había otro hospital?
—Una institución antigua. Demolida hace décadas.
—¿Qué ocurrió con ella?
Arce recogió la carpeta.
—Las construcciones envejecen.
—Necesito los planos actuales y los antecedentes de las instalaciones. Tenemos una salida averiada.
El director mantuvo la carpeta contra el pecho.
—Se los harán llegar.
Mariana salió sin discutir. En el pasillo llamó a Alma. Le pidió ver el dibujo.
• • •
Compararon la hoja con una fotografía que Mariana había tomado del archivo antes de que Arce llegara. Alma dejó de respirar unos segundos. La semejanza era demasiado precisa para resultar cómoda.
Julián examinó ambas imágenes.
—Puede haberla visto antes. En internet, en una publicación local, aquí mismo.
—Eso es lo primero que debemos comprobar —dijo Mariana.
Rebeca permanecía junto a la puerta.
—Yo he visto esa mujer.
Los tres la miraron.
—No aquí —añadió—. En una fotografía de mi abuela.
Mariana sintió frío.
—¿Tu abuela trabajó en el hospital anterior?
—Nunca quiso decirme qué hacía. Solo que había gente a la que no dejaron salir.
Antes de que pudieran preguntar más, las luces parpadearon. Desde el corredor norte llegó un golpe.
Luego otro.
Alguien estaba llamando desde una puerta cerrada.
• • •
Daniel apareció con una linterna. Lucía iba detrás de él. Habían escuchado los golpes desde la unidad.
Mariana pidió a Gabriel que permaneciera con los pacientes y avisara a mantenimiento. Después caminó hacia el corredor norte con Rebeca, Julián y Daniel. El lugar olía a yeso húmedo. Al fondo estaba la puerta averiada de evacuación.
A la izquierda, una escalera descendía hacia un área técnica. Los golpes cesaron cuando se acercaron. Daniel alumbró el descanso inferior.
No había nadie.
En la pared, junto a una puerta metálica, alguien había escrito con trazos oscuros:
ELENA VARELA
Mariana miró a Rebeca. Ella negaba con la cabeza.
—Eso no estaba ayer.
Julián bajó dos escalones. La puerta metálica tenía una placa reciente: INSTALACIONES. ACCESO RESTRINGIDO. Debajo sobresalía el borde de otra placa, mucho más antigua.
Daniel enfocó la luz. Se alcanzaban a leer cuatro palabras:
SALA DE CIRUGÍA PSÍQUICA
Desde el otro lado de la puerta metálica llegó una voz masculina:
—La paciente ya está preparada.
Mariana sintió que Julián le rozaba la mano. Esta vez ninguno se apartó. Del otro lado de la puerta, una mujer dijo con claridad:
—No dejen que me vuelva a tocar.
Después sonó una campanilla.
Una sola vez.
Y una voz masculina respondió:
—La paciente ya está preparada.