Capítulo 2 de 25
El hombre que no necesitaba dormir
La puerta no se abrió. Daniel probó el picaporte mientras la voz del otro lado repetía:
—La paciente ya está preparada.
Mariana retrocedió un escalón.
—¿Hay trabajadores abajo?
—A esta hora, no —respondió Rebeca.
Julián golpeó la lámina con los nudillos.
—Somos personal del hospital. Identifíquese.
Silencio.
Después, un roce lento, como si alguien arrastrara una silla sobre el piso. Daniel volvió a tirar del picaporte.
—No cede.
Mariana llamó al vigilante. Mientras lo esperaban, Rebeca mantuvo la linterna dirigida hacia la vieja placa que sobresalía debajo del letrero de instalaciones. Sala de cirugía psíquica. Ninguno volvió a mencionar las palabras.
Cuando llegó el vigilante con las llaves, hicieron falta tres intentos para encontrar la correcta. La puerta abrió hacia un cuarto de bombas hidráulicas. Había tuberías, herramientas y un saco de cemento roto.
Nada más.
Daniel alumbró el piso. El polvo estaba intacto salvo por las huellas que ellos acababan de dejar.
—Pudo ser un teléfono —dijo Julián.
Revisaron detrás de las máquinas, debajo de un banco y dentro de una caja de conexiones vacía.
No encontraron ninguno.
Mariana pidió registrar lo ocurrido y revisar las cámaras. Al volver por la escalera, descubrió que Rebeca se había quedado frente al muro donde aparecía el nombre de Elena Varela. La enfermera pasó un dedo sobre una letra.
—Está hecho con lápiz.
—Entonces alguien lo escribió.
Rebeca la miró.
—Sí.
Lo dijo como si aquella explicación no la tranquilizara en absoluto.
• • •
A la mañana siguiente, Esteban Arce convocó a los cuatro a su despacho. Sobre su escritorio había un informe de mantenimiento.
—El sonido puede transmitirse por las instalaciones —dijo—. Hay conductos que comunican distintas áreas.
—Escuchamos frases completas —respondió Mariana.
—No estoy negando que oyeran algo.
Daniel cruzó los brazos.
—Entonces investiguemos de dónde salió.
Arce deslizó el informe hacia ellos. La puerta de evacuación había sido reparada aquella madrugada. Mariana comprobó la fecha y la firma.
—Voy a verificarlo.
—Hágalo. Y les pido discreción con lo demás. Tenemos pacientes susceptibles a interpretar comentarios del personal de maneras perjudiciales.
Era una petición razonable. Mariana habría estado de acuerdo si el director no hubiese guardado tan deprisa las fotografías del edificio anterior.
—También necesitamos saber quién tiene acceso al área técnica.
—Mantenimiento y vigilancia.
—¿Podemos ver el registro?
Arce tardó un instante.
—Se lo enviaré.
Al salir, Julián la alcanzó.
—No creo que sea buena idea convertir esto en una investigación paranormal.
—Estoy investigando una voz detrás de una puerta cerrada.
—Sabes a qué me refiero.
Mariana se detuvo.
—Anoche tú también la escuchaste.
Julián miró hacia el despacho.
—Sí.
Era la primera vez que lo admitía sin añadir una explicación.
• • •
Héctor Soria ingresó antes del mediodía. Vestía un traje azul eléctrico, llevaba gafas de sol y hablaba por un teléfono sin batería.
—Dígale al gobernador que voy para allá. No, mejor que venga él. Aquí podemos montar el centro de operaciones.
Su esposa, Patricia, caminaba detrás con una mochila. Tenía una marca roja en el puente de la nariz donde se había apoyado los lentes durante toda la noche. Héctor saludó a Gabriel con entusiasmo.
—Tú tienes cara de saber de tecnología. Necesito veinte computadoras y una azotea.
—Primero vamos a conversar —dijo Mariana.
—Conversar también es trabajar. Excelente. Estamos de acuerdo.
Durante la entrevista casi no se sentó. Pasaba de un proyecto de transporte eléctrico a una cadena de hoteles, luego a una aplicación que, según él, permitiría detectar enfermedades observando la forma de caminar. Tenía treinta y seis años y trabajaba como diseñador industrial.
Patricia explicó que llevaba casi una semana durmiendo apenas una o dos horas por noche.
—Y se levanta diciendo que está descansado.
Había comprado equipo costoso, solicitado préstamos y conducido a gran velocidad convencido de que debía llegar a una reunión que nadie había programado. Esa madrugada intentó entrar en la azotea de un edificio de oficinas. Decía que desde allí recibiría una señal.
—No quería caerme —protestó—. Tengo cosas importantes que hacer.
Mariana pidió hablar un momento con Patricia por separado, mientras Julián continuaba la evaluación. La mujer dejó la mochila en el suelo.
—Hace cuatro años pasó algo parecido. Lo hospitalizaron. Después estuvo bien y dijo que el diagnóstico había sido un error.
Había suspendido el seguimiento hacía meses.
—Yo también quise creerle —añadió—. Nos hacía falta una temporada en la que no todo girara alrededor de su enfermedad.
Mariana escuchó sin interrumpir. En el expediente anterior figuraba trastorno bipolar tipo I. Ahora necesitaban valorar el episodio actual, descartar otros factores que pudieran contribuir y determinar cómo protegerlo de los riesgos que ya no lograba reconocer.
—¿La manía es estar feliz? —preguntó Patricia.
—Puede haber euforia, pero también irritabilidad y mucho sufrimiento. En Héctor estamos viendo una aceleración que está afectando su sueño, sus decisiones y su seguridad.
Patricia miró hacia la puerta. Su esposo reía en la habitación contigua.
—Desde afuera parece que está viviendo el mejor día de su vida.
• • •
Elena no fue mencionada durante aquella admisión. Sin embargo, al cruzar el vestíbulo, Héctor se detuvo frente al directorio. Se quitó las gafas.
—Ese hombre quiere hablar conmigo.
Alma siguió su mirada.
No había nadie.
—¿A quién te refieres?
—El médico. El de los lentes redondos.
Alma sintió que se le tensaba la nuca. Samuel había descrito a un médico con lentes. Todavía no habían contado aquella conversación a los nuevos pacientes.
—¿Qué te dice?
Héctor sonrió.
—Que por fin llegó alguien capaz de terminar su trabajo.
• • •
Camila Beltrán llegó esa misma tarde acompañada por su hermano, Iván. Tenía veintinueve años y llevaba meses esperando una cita de valoración. Había pasado de revisar varias veces la estufa a no poder tocar una puerta sin lavarse después. En los últimos días apenas había comido.
Temía contaminar a su hijo de cinco años. Sus manos estaban agrietadas. Lucía se sentó frente a ella.
—¿Qué crees que podría pasar?
Camila comenzó a llorar.
—A veces se me aparece la idea de que podría lastimarlo. No quiero. Nunca he querido. Pero si lo pensé, ¿qué clase de madre soy?
Iván bajó la cabeza. Había oído aquella confesión en el automóvil y desde entonces evitaba mirarla. La entrevista fue larga.
Lucía exploró con cuidado la diferencia entre una intención y un pensamiento intrusivo que provocaba rechazo y miedo. Mariana valoró también la falta de alimentación, el agotamiento y la seguridad. Camila describió rituales que ocupaban casi todo su día: lavar, contar, revisar y pedir a su hermano que le asegurara que no había hecho daño a nadie. La tranquilidad duraba minutos.
Después necesitaba preguntar otra vez.
—Sé que suena absurdo —dijo—. Pero en ese momento siento que, si no compruebo, algo terrible va a ocurrir y será mi culpa.
Aceptó una estancia breve para recuperar alimentación, atender el deterioro físico y organizar el tratamiento del trastorno obsesivo-compulsivo que había terminado por impedirle cuidar de sí misma. Iván pidió hablar con Lucía en el pasillo.
—¿Entonces no debo prometerle cien veces que todo está bien?
—Podemos enseñarte a acompañarla sin quedar atrapado en las comprobaciones.
Él miró a su hermana a través del vidrio.
—Pensé que ayudar era responder siempre.
—Has estado intentando protegerla. Ahora necesitamos encontrar una forma que también le permita recuperar su vida.
• • •
El tercer ingreso de aquella semana fue Sergio Nájera, un mecánico de cuarenta y ocho años. No levantaba la vista. Había sufrido un accidente laboral en el que murió su compañero. Desde entonces despertaba sobresaltado, evitaba el taller y se quedaba inmóvil cuando escuchaba caer una herramienta.
Su esposa, Beatriz, había encontrado mensajes de despedida. En la entrevista, Sergio reconoció que ya no confiaba en poder mantenerse seguro en casa.
Aceptó hospitalizarse.
Alma participó bajo la supervisión de Lucía. Sergio habló del accidente con frases cortas.
—Yo salí. Él no.
—¿Sientes que deberías haber muerto también? —preguntó Lucía.
Asintió.
No hablaron de obligarlo a recordar todo ni de convencerlo de que debía agradecer estar vivo. Primero trabajaron en su seguridad, el sueño y la posibilidad de pedir compañía cuando la culpa se volviera insoportable. Más tarde, Alma encontró a Gabriel en el pasillo.
—Hoy me dijo algo que no voy a olvidar —murmuró.
—¿Qué?
—Que para él el accidente no terminó ese día.
Gabriel dejó de revisar su teléfono. Alma se sentó a su lado. Por primera vez, ninguno buscó una frase ingeniosa.
• • •
Héctor no soportaba el silencio de la unidad. Decía que le apagaban las ideas. Mariana y Julián acordaron con él un plan que incluía medicación, vigilancia de posibles efectos adversos y un ambiente con menos estímulos.
Su aceptación cambiaba de una hora a otra. A veces preguntaba con genuino interés. Otras aseguraba que el hospital quería robarle sus inventos. Daniel aprendió que podía conversar mejor con él caminando despacio por el patio.
—¿Siempre te gustó diseñar? —preguntó.
—Desde niño.
Por primera vez, Héctor habló de algo sin saltar enseguida a otro tema. Su padre reparaba radios. Él se sentaba a observarlo durante horas.
—Me daba los tornillos para que no se perdieran.
Daniel sonrió.
—Una responsabilidad importante.
Héctor lo miró con una seriedad inesperada.
—Ahora se me pierden las cosas aunque las tenga adentro de la cabeza.
Se quedó callado.
Luego volvió a hablar de su aplicación. Pero Daniel ya había visto al hombre que seguía allí, debajo de la aceleración.
• • •
Lucía aceptó cenar con Daniel el viernes. Se encontraron en un restaurante pequeño, lejos del hospital. Durante veinte minutos hablaron de asuntos sencillos: comida, música, el perro que Daniel había adoptado y que destrozaba cualquier cojín a su alcance.
Lucía empezó a relajarse. Entonces vio a su esposo al otro lado del vidrio. Martín estaba de pie en la banqueta.
No entró.
Le bastó levantar el teléfono. Lucía dejó el tenedor. Daniel siguió su mirada.
—¿Te está siguiendo?
—No sé.
—Lucía.
Ella tomó su bolso. Daniel se levantó también.
—No tienes que salir a hablar con él.
—Tiene a mi hija esta noche.
Aquella frase lo detuvo. Lucía cruzó la puerta. Desde la mesa, Daniel vio a Martín inclinarse para decirle algo al oído.
Ella retrocedió.
Al regresar, llevaba el rostro blanco.
—Dice que va a usar la relación para demostrar que soy una mala madre.
Daniel quiso abrazarla.
Lucía se apartó apenas. No porque no lo necesitara. Porque había un hombre afuera mirando.
• • •
El sábado, Rebeca llevó al hospital una caja de fotografías. Mariana la esperaba en su consultorio. Entre retratos familiares apareció una imagen del antiguo Santa Dalia.
La abuela de Rebeca estaba junto a una mesa de instrumental. En el reverso alguien había escrito: Amalia Montes. Pabellón norte. 1963.
Otra fotografía mostraba a un hombre delgado con lentes redondos.
La inscripción decía:
Doctor Aurelio Ledesma.
Mariana reconoció el rostro de la fotografía del archivo.
—¿Tu abuela era enfermera?
—Eso decía mi madre.
—¿Y ella?
Rebeca acarició el borde de la imagen.
—Ella decía que había aprendido demasiado tarde a desobedecer.
Sacó un sobre.
Dentro había una carta incompleta, sin fecha.
Mariana leyó:
Nos dicen que no escuchamos palabras, que solo son gritos. Pero ayer Elena preguntó por su hijo y el doctor ordenó que anotáramos agitación. La línea siguiente estaba tachada. Más abajo se distinguía otra frase:
Si vuelven a cerrar las salidas, nadie podrá… El papel terminaba allí. Mariana levantó la vista.
—¿Sabes qué pasó?
Rebeca negó.
—Mi abuela quemó muchas cosas antes de morir.
• • •
Durante la semana siguiente, Héctor empezó a dormir más. Su habla fue perdiendo velocidad. También disminuyó su convicción de tener una misión excepcional. La mejoría trajo una vergüenza que Patricia no sabía cómo aliviar.
Una tarde él le pidió el teléfono para revisar sus cuentas. Mariana propuso hacerlo durante una entrevista, con apoyo y sin intentar resolverlo todo de golpe. Héctor vio las compras.
Después apoyó los codos en las rodillas.
—¿Cuánto daño hice?
Patricia se sentó frente a él.
—Vamos a tener que arreglar muchas cosas.
Él apretó los ojos.
—Soy un imbécil.
—Estabas enfermo.
—Y tú te quedaste con todo.
Patricia no lo negó. Lucía los ayudó a hablar sin convertir la enfermedad en una absolución de cada consecuencia ni la culpa en un castigo permanente. Acordaron límites y apoyos para las finanzas, el seguimiento y el descanso.
Héctor pidió conocer las señales que podían avisar de otra recaída.
—Cuando vuelva a decir que dormir es perder el tiempo, no quiero esperar a estar en una azotea.
Patricia lloró.
Él le ofreció un pañuelo.
• • •
Camila recuperó fuerzas gradualmente. El equipo inició un tratamiento que continuaría fuera del hospital. Con Lucía practicó tolerar pequeñas dosis de incertidumbre sin responder de inmediato con un ritual. Una mañana dejó una pregunta sin repetir.
Quiso saber si estaba segura de no haber contaminado la mesa. Lucía había respondido ya una vez. Camila abrió la boca.
La cerró.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Siento que estoy siendo irresponsable.
—Podemos quedarnos aquí mientras atraviesas esa sensación.
No desapareció enseguida.
Pero disminuyó.
Al recibir el alta, Camila abrazó a Iván. No le preguntó si era una buena persona. Le pidió que la acompañara a su siguiente cita.
• • •
Sergio permaneció algunos días más. El tratamiento no borró el accidente, pero pudo hablar de las noches peligrosas sin ocultarlas. Beatriz participó en la preparación del regreso a casa y acordaron apoyos, seguimiento y un plan para pedir ayuda si reaparecía el riesgo. Antes de irse, Sergio entregó a Alma una hoja.
Había escrito el nombre de su compañero.
—Me preguntaron muchas veces cómo murió —dijo—. Tú me preguntaste cómo era.
Alma guardó la hoja con cuidado.
Sergio sonrió apenas.
—Le gustaban los boleros. Cantaba horrible.
Por unos segundos, su recuerdo tuvo algo más que el sonido del accidente.
• • •
Héctor salió del hospital al final de la segunda semana. Todavía necesitaba recuperación y seguimiento. Ya no confundía sus proyectos con una misión que debía cumplir inmediatamente. Sin embargo, pidió hablar con Mariana antes de marcharse.
—Hay una cosa que no puse en las entrevistas.
Ella dejó la carpeta.
—Te escucho.
—El médico de los lentes me daba miedo. Al principio creí que estaba ayudándome. Después quería que bajara.
Mariana mantuvo la expresión serena.
—¿Lo escuchas ahora?
—No. Desde hace días.
Héctor se frotó las manos.
—Entiendo que pude haber visto cosas. Pero él me dijo un número.
—¿Cuál?
—Diecinueve.
Mariana lo anotó.
—Decía que faltaba el diecinueve para completar la lista.
Cuando Héctor y Patricia salieron, ella permaneció mirando la cifra. No sabía qué significaba.
Todavía.
• • •
Esa noche, Julián la encontró en el archivo. Mariana había conseguido autorización para consultar los documentos históricos conservados por la institución. Sobre la mesa había inventarios, planos y un libro de ingresos.
—Arce preguntó por ti —dijo él.
—Sabe dónde estoy.
Julián se acercó.
En una página aparecía el nombre de Elena Varela.
Edad: veintiocho años.
Ocupación: costurera.
Mariana leyó una anotación en el margen: Persiste en solicitar restitución de su hijo. Debajo, otra mano había añadido:
Ideas fijas. Insumisión.
Julián apoyó los dedos junto al renglón.
—No sabemos qué diagnóstico tenía.
—No. Sabemos qué decidió escribir alguien sobre ella.
Pasaron la página.
Había una autorización quirúrgica firmada por Aurelio Ledesma.
Mariana sintió náuseas.
Julián acercó una silla.
—Siéntate.
Ella obedeció.
Durante un momento, él mantuvo una mano sobre su hombro. Mariana no se apartó.
—A veces sigo pensando que, si hubiera hecho una llamada antes… —dijo.
Julián comprendió que hablaba de Andrés.
—Yo también pienso en la que no contesté.
Ella lo miró.
Habían pasado años evitando aquellas palabras.
No arreglaron nada.
Pero las dijeron sin hacerse daño deliberadamente.
• • •
El libro tenía dieciocho nombres en la última sección, correspondiente a las camas ocupadas del pabellón. Mariana los contó dos veces. La página siguiente había sido arrancada.
Julián examinó el lomo.
—Aquí falta una hoja.
Mariana recordó a Héctor.
Falta el diecinueve.
Antes de que pudiera decirlo, sonó una campanilla en el pasillo. Los dos levantaron la cabeza. Una mujer cruzó frente a la puerta del archivo.
Llevaba un uniforme antiguo de enfermera y sostenía una bandeja metálica contra el pecho.
Julián salió primero.
El corredor estaba vacío. Mariana llegó a su lado. En el suelo había una tarjeta amarillenta.
Él la recogió por una esquina. No era una fotografía. Era una ficha de ingreso.
Arriba figuraba el número 19. Debajo, escrito con tinta azul, estaba el nombre:
MARIANA SALCEDO.
La fecha correspondía al día siguiente.