Capítulo 3 de 25

Las madres sin hijos

Mariana no quiso tocar la ficha. Julián la sostenía por una esquina, bajo la luz del pasillo.

MARIANA SALCEDO.

Debajo de su nombre figuraban su edad, su profesión y una fecha de ingreso: el día siguiente. El apartado de diagnóstico estaba vacío.

—Alguien está haciendo esto —dijo ella.

Julián volvió la tarjeta. En el reverso había una frase: La paciente se identifica como médico.

Mariana volvió a leer el reverso. La tarjeta convertía su profesión en una acusación. Tomó una fotografía y pidió a Julián que guardara la ficha en un sobre. Después regresaron al archivo.

El libro seguía abierto sobre la mesa, con sus dieciocho nombres y la hoja arrancada. Mariana cerró la puerta.

—Si esto es una amenaza, quiero saber quién puede entrar aquí.

Julián asintió.

No dijo nada sobre tuberías ni teléfonos ocultos. Eso la asustó más que cualquier explicación.

•  •  •

Arce recibió la ficha a las ocho de la mañana. La examinó sin sorpresa visible.

—No tiene valor administrativo.

—Tiene mis datos —respondió Mariana.

—Sus datos son públicos. Su nombre aparece en nuestra página.

—Mi edad no.

El director dejó el sobre sobre la mesa.

—Presentaremos un reporte de seguridad.

Mariana no retiró la mano.

—Quiero conservar el original.

Durante unos segundos, ambos sostuvieron el sobre. Finalmente, Arce lo soltó.

—Como prefiera.

Julián estaba junto a la puerta.

—También vimos a una mujer en el corredor.

—¿Pudieron identificarla?

—Llevaba un uniforme antiguo.

Arce se recostó en su silla.

—Les sugiero descansar.

Mariana reconoció el tono. Era el mismo que muchos familiares utilizaban cuando todavía podían llamar cansancio a algo que les daba miedo.

—Estamos solicitando una investigación, Esteban.

El director juntó las manos.

—Y yo estoy tratando de evitar que el personal interprete cada incidente a partir de una historia que no conoce.

—Entonces cuéntenos la historia.

Arce miró el teléfono. Lo dejó sonar hasta que Mariana y Julián salieron.

•  •  •

Valeria Ochoa llegó aquella mañana en una ambulancia, trasladada desde un hospital general después de la valoración médica y obstétrica. Tenía treinta y un años. Había dado a luz doce días antes.

Su esposo, Emiliano, caminaba detrás de la camilla con una bolsa de pañales que nadie necesitaba allí. Valeria preguntaba por su hija. Luego decía que no era su hija.

Después volvía a pedirla.

—La cambiaron durante la noche —susurró al ver a Mariana—. La niña que me enseñan tiene la misma cara, pero no es ella.

Mariana se presentó y le explicó dónde estaba. Valeria no parecía escucharla. Miraba por encima de su hombro.

—Esa señora sabe.

Mariana no se volvió inmediatamente. Primero observó a la paciente: el miedo, el agotamiento, los labios resecos.

—¿Qué señora?

—La que está junto a la puerta.

Detrás de Mariana solo había una silla vacía.

•  •  •

Emiliano habló con Lucía mientras el equipo continuaba la evaluación. La niña, Renata, estaba con su abuela.

—Al principio pensé que era el desvelo —dijo—. Todos dicen que con un recién nacido uno se vuelve loco.

Se arrepintió de la frase en cuanto la pronunció. Lucía no lo corrigió con dureza.

—Cuéntame qué cambió.

Valeria había dejado de dormir incluso cuando él atendía a la bebé. Caminaba por la casa, reorganizaba los muebles y aseguraba que las luces del monitor enviaban mensajes. Después empezó a desconfiar de su madre. La noche anterior intentó salir de casa para buscar a la “verdadera Renata”.

Emiliano consiguió acompañarla a urgencias.

—Me gritó que yo también estaba ayudando a esconderla.

Lucía le ofreció agua. Él no la bebió.

—¿Ya no va a querer a nuestra hija?

—Lo que está viviendo no nos dice cuánto la quiere. Ahora está muy asustada y necesita atención.

Emiliano apretó la bolsa de pañales. Había traído un biberón, dos mudas y una cobija. Todo lo que sabía preparar para una emergencia.

Nada de aquello le servía para entender lo que estaba ocurriendo.

•  •  •

Mariana y Julián consideraron que Valeria presentaba una psicosis posparto. La urgencia exigía protegerla, atender los síntomas y organizar el cuidado de la bebé. Revisaron los antecedentes y la información del hospital remitente, sin atribuir automáticamente cada cambio al puerperio. Santa Dalia no tenía una unidad especializada para madres y bebés.

Mariana pidió gestionar una derivación en cuanto hubiera disponibilidad. Mientras tanto, acordaron con la familia cuidados para Renata y contacto con Valeria según su estado clínico. Cuando Emiliano preguntó si podía llevarle una fotografía, ella respondió que sí.

—Pero pregúntele antes si quiere verla.

Valeria aceptó.

Sostuvo la imagen durante varios minutos. Después empezó a llorar.

—Sé que debería reconocerla.

Rebeca se sentó a su lado.

—No tienes que resolverlo todo ahora.

Valeria señaló la silla vacía.

—La otra madre dice que eso mismo le dijeron a ella.

•  •  •

Bruno Salas ingresó esa tarde. Tenía treinta y nueve años y llevaba meses consumiendo estimulantes con creciente frecuencia. Su hermano, Mauricio, lo había encontrado escondido detrás de un refrigerador, convencido de que los vecinos habían instalado cámaras dentro de las paredes. Antes de llegar a Santa Dalia lo habían valorado en urgencias.

Seguía muy desconfiado.

Pidió que no apagaran la luz.

—Cuando está oscuro cambian las cosas de lugar.

Daniel le mostró la habitación y explicó quién entraría durante el turno. Bruno examinó el techo.

—¿Usted trabaja para ellos?

—Trabajo aquí. Voy a ayudarte a pasar esta noche con seguridad.

La respuesta no lo convenció por completo. Pero permitió que Daniel dejara un vaso de agua junto a la cama. Mauricio contó que Bruno había empezado a consumir para soportar dos empleos.

Luego perdió uno.

Después el otro.

—Yo pensé que, si lo hacía sentir vergüenza, iba a dejarlo.

—¿Funcionó? —preguntó Julián.

Mauricio negó.

—Dejó de contarme cosas.

•  •  •

La tercera paciente fue Inés Alcántara, de veinticuatro años. Había llegado acompañada por su hermana después de una crisis en la que se hizo daño y dijo que no confiaba en poder mantenerse segura. Tenía un diagnóstico previo de trastorno límite de la personalidad y llevaba varias semanas sin acudir a terapia.

Lucía no recibió aquella información como una descripción completa de Inés. Preguntó por su trabajo, sus apoyos y lo que había ocurrido ese día. Su pareja había terminado la relación mediante un mensaje.

—Sé que la gente se separa —dijo Inés—. Sé que no debería sentir que me estoy muriendo.

—Lo estás viviendo con mucha intensidad.

—Y después odio a todos. Luego me odio a mí.

La hermana, Andrea, escuchaba en silencio. En casa, cada discusión había terminado por convertirse en una emergencia. Las dos estaban agotadas. Mariana valoró el riesgo inmediato y propuso una hospitalización breve centrada en la crisis, con un plan claro de continuidad.

Inés aceptó.

—¿Me van a decir que solo quiero llamar la atención?

Lucía acercó su silla.

—Voy a preguntarte qué necesitas y cómo podemos ayudarte a expresarlo sin que tengas que lastimarte.

Inés bajó la cabeza. Andrea empezó a llorar antes que ella.

•  •  •

Alma conoció a Valeria durante una actividad individual. No le pidió dibujar a su familia. Le ofreció papel y preguntó si quería usarlo.

Valeria trazó una ventana.

Después una mujer.

No tenía el cabello recortado ni una cicatriz. Llevaba un vestido oscuro y sostenía un pequeño zapato.

—¿Quién es? —preguntó Alma.

—La señora de la silla.

Alma evitó mirar hacia la puerta.

—¿Qué te dice?

—Que Elena todavía está esperando.

Alma detuvo el lápiz sobre la hoja.

—¿Te lo ha dicho hoy?

Valeria asintió.

Luego añadió:

—También dice que no deje que me pongan un número.

•  •  •

Rebeca reconoció a la mujer del dibujo. No por el rostro.

Por el zapato.

En la caja de fotografías de su abuela había una imagen de varias pacientes frente a una galería. Una sostenía algo pequeño contra el pecho. Hasta entonces, Rebeca había creído que era un pañuelo.

Al ampliar la fotografía en el teléfono, distinguieron la suela. Detrás aparecía escrito un nombre:

Josefina Ríos.

Mariana colocó el dibujo junto a la imagen. Las semejanzas podían tener explicaciones. Las habían repetido tantas veces que empezaban a sonar como una obligación.

—No vamos a interrogar a Valeria sobre esto —dijo.

Alma asintió.

—Lo contó sin que yo preguntara por el hospital antiguo.

—Lo sé. Guarda tus notas. Su tratamiento sigue siendo la prioridad.

Rebeca permaneció observando el zapato.

—¿Y quién se ocupa de ellas?

Mariana entendió a quiénes se refería.

No respondió enseguida.

•  •  •

Esa noche, Lucía encontró a Daniel esperando junto a su automóvil.

—Podrías haberme llamado —dijo.

—Lo hice.

Ella miró el teléfono.

Tres llamadas perdidas.

Martín había pasado la tarde enviándole mensajes. Finalmente, Lucía había silenciado todo.

—Perdón.

Daniel no pareció enfadado.

Parecía preocupado.

—¿Tu hija está bien?

—Sí. Está conmigo este fin de semana.

Lucía abrió el automóvil y dejó la bolsa en el asiento.

—Voy a buscar asesoría. No quiero seguir tomando decisiones porque él me amenaza.

Daniel apoyó una mano sobre la puerta.

—¿Qué necesitas de mí?

La pregunta le hizo llorar. No le ofrecía pelear con Martín ni decidir por ella.

Le preguntaba.

—Que no te canses antes de que yo encuentre cómo salir de esto.

Daniel la abrazó.

Lucía permaneció allí hasta que dejó de temblarle la espalda. Desde una ventana del segundo piso, alguien los observaba. Rebeca lo vio al cruzar el estacionamiento.

Una figura masculina, inmóvil. Cuando levantó la vista por segunda vez, la ventana estaba oscura. Aquel piso pertenecía al pabellón cerrado.

•  •  •

Bruno pasó las primeras noches entre el agotamiento y la desconfianza. El equipo vigiló su evolución, revisó posibles causas médicas y lo acompañó sin convertir cada afirmación persecutoria en una discusión. Con el descanso y el tratamiento, empezó a preguntar si algunas cosas que había visto podían no haber ocurrido.

Una mañana le pidió a Daniel revisar la parte posterior de una fotografía familiar.

—Sé que suena raro. Pero creí que Mauricio había puesto algo ahí.

Daniel le devolvió el marco después de mirarlo. Bruno no pidió una segunda revisión.

—Me da miedo volver a mi casa y no confiar en él.

Trabajaron ese miedo durante los días siguientes. También hablaron del consumo, las deudas y las situaciones en las que solía buscar la sustancia. Mauricio participó en una entrevista.

—No voy a darte dinero sin preguntar para qué —dijo—. Pero sí voy a acompañarte al tratamiento.

Bruno lo miró largo rato.

—Pensé que ya no ibas a venir.

—Yo también pensé en no venir.

Era una respuesta dolorosa. Y, por primera vez en meses, verdadera.

•  •  •

Inés descubrió que las tardes eran las horas más difíciles. Cuando disminuía la actividad del hospital, empezaba a revisar mentalmente cada conversación. Si Andrea tardaba en llamar, sentía que la había abandonado.

Lucía y Alma la ayudaron a identificar aquella secuencia antes de que terminara en una nueva crisis.

No era sencillo.

Una tarde Inés golpeó la puerta del consultorio y exigió irse. Lucía le ofreció hablar.

—Mi hermana no quiere saber nada de mí.

—Todavía no tenemos esa información.

—¡Ustedes siempre dicen eso!

Alma sintió el impulso de explicarle que Andrea estaba trabajando. Lucía le indicó con una mirada que esperara. Primero ayudaron a Inés a atravesar la intensidad del momento.

Más tarde, cuando pudo escuchar, revisaron lo que sabía y lo que temía. Andrea llamó esa noche. Inés no la acusó.

Dijo:

—Cuando tardas, me asusto. Estoy aprendiendo qué hacer mientras espero.

Andrea se quedó en silencio.

Luego respondió:

—Yo también necesito aprender.

•  •  •

Valeria tardó más.

Algunas mañanas reconocía la fotografía de Renata. Por la tarde volvía a temer que la hubieran cambiado. Emiliano aprendió a no someterla a pruebas.

Dejó de preguntarle una y otra vez si sabía quién era la niña. En cambio, le hablaba de cosas concretas: cómo había dormido, la forma en que cerraba los dedos alrededor de su mano, el ruido pequeño que hacía antes de llorar. Mariana revisaba el tratamiento y la respuesta diariamente.

Lucía acompañaba a la familia. Una tarde, Valeria preguntó:

—¿Mi hija va a saber que yo no estuve?

Emiliano se inclinó hacia ella.

—Va a saber que estuvimos cuidándolas a las dos.

Valeria lloró sin apartarse cuando él le tomó la mano. Era la primera vez desde el ingreso.

•  •  •

Gabriel llevó café a Alma durante una guardia. Encontró a la pasante mirando el dibujo de Josefina.

—No puedo dejar de pensar en el zapato —dijo ella.

Él dejó los vasos.

—Yo tampoco puedo dejar de pensar en la ficha de Mariana.

Habían hablado de aquello solo entre el pequeño grupo que conocía los incidentes. No querían alimentar miedo en la unidad. Alma miró a Gabriel.

—¿Y si estamos equivocándonos todos?

—¿Sobre qué?

—Sobre lo que vemos. Sobre lo que creemos que ven ellos.

Gabriel se sentó.

—Podemos equivocarnos y seguir tratando bien a la gente.

Alma sonrió.

—A veces dices cosas que no parecen tuyas.

—Las ensayo desde antes de traerte café.

Ella se rio.

Gabriel pareció sorprendido de haberlo conseguido. Cuando sus manos se rozaron al tomar un vaso, ninguno retiró la suya inmediatamente. Entonces una campanilla sonó al otro lado del pasillo.

El café empezó a temblar en la mano de Alma.

•  •  •

La fecha de la ficha pasó sin que Mariana fuera hospitalizada. Había continuado trabajando, aunque durmió mal y evitó quedarse sola en el archivo. Al tercer día comenzó a considerar que la tarjeta pretendía asustarla.

Al séptimo, Arce le pidió una reunión. Había recibido una queja anónima sobre el comportamiento de varios trabajadores.

—Hablan de apariciones durante los turnos —dijo.

—Hemos sido discretos.

—¿Está negando que lo hacen?

Mariana lo observó.

—Estoy diciendo que investigamos incidentes de seguridad sin involucrar a los pacientes.

Arce abrió una carpeta. Dentro había una copia de su ficha. En un margen alguien había escrito:

Recomendar valoración.

Mariana sintió un vacío en el estómago. La fecha no había anunciado una cama. Había anunciado un expediente.

—¿Quién escribió eso?

—Precisamente estoy tratando de aclararlo.

Ella recogió la copia.

—Entonces incluya mi solicitud de identificar al autor.

Esta vez salió del despacho con las manos temblando. Julián la esperaba afuera.

No intentó tranquilizarla.

Caminó con ella hasta el jardín.

•  •  •

Inés fue la primera de los tres en recibir el alta. Salió con Andrea, un plan de seguridad y citas para retomar el tratamiento. Antes de marcharse dejó una nota para Alma:

Hoy tuve ganas de hacerme daño y pude decirlo antes. Bruno salió algunos días después, cuando la desconfianza había disminuido y pudo participar en el plan para atender el consumo. Se despidió de Daniel con un apretón de manos.

—No me prometió que todo iba a estar bien.

—No sabía cómo iba a ir todo.

—Por eso le creí.

Valeria fue trasladada a una unidad con atención especializada y recursos para acompañar su recuperación junto a Renata. No estaba completamente recuperada. Pero podía reconocer a su esposo, dormir durante períodos más largos y aceptar que algunas experiencias podían formar parte de su enfermedad.

Al despedirse de Rebeca, le pidió un papel.

Escribió una frase.

—La señora del zapato quiere que se la dé.

Rebeca esperó a que partiera la ambulancia antes de leerla.

AMALIA NO CERRÓ LA PUERTA.

•  •  •

Encontraron a Josefina en el libro antiguo. Había ingresado después del nacimiento de su segundo hijo. Las primeras notas describían insomnio, confusión y miedo.

Otras la acusaban de rechazar la maternidad. No había constancia de visitas de sus hijos. En una hoja posterior figuraba una intervención firmada por Ledesma.

Mariana cerró los ojos. Julián pasó la página. Entre dos hojas había quedado atrapado un recorte de periódico, doblado hasta adquirir el tamaño de una estampilla.

Lo abrió con cuidado. Solo conservaba parte del titular:

…EN EL PABELLÓN NORTE. INVESTIGAN MUERTE DE PACIENTE.

La fecha era de 1963. Debajo aparecía un apellido:

Ríos.

Rebeca puso sobre la mesa el mensaje de Valeria.

—Mi abuela no cerró la puerta.

Julián miró el recorte.

—Puede significar muchas cosas.

Mariana volvió al expediente de Josefina. En el último renglón había una anotación casi borrada: Hallada en escalera de servicio.

•  •  •

Fueron al corredor norte antes del cambio de turno. La salida reparada funcionaba. Mariana la abrió y comprobó el acceso al exterior.

Rebeca quedó frente a la escalera que descendía al cuarto de instalaciones.

—Abuela —dijo en voz baja.

Daniel, que las acompañaba, levantó la linterna. Al fondo apareció una mujer con uniforme antiguo.

No llevaba bandeja.

Tenía ambas manos apoyadas contra una puerta. Rebeca dejó de respirar. La mujer volvió el rostro.

Era Amalia.

Más joven que en cualquiera de los recuerdos de su nieta.

Movió los labios.

No escucharon la frase. Entonces apareció una segunda figura en el descanso. Josefina sostenía el pequeño zapato.

La puerta cedió de golpe. Rebeca vio a su abuela intentar sujetarla. Vio una mano masculina salir de la oscuridad.

Después las dos mujeres desaparecieron. Solo quedó el cuarto de bombas. Daniel mantenía la linterna levantada.

—Dime que también lo viste —susurró Rebeca.

Él asintió.

Mariana bajó despacio.

Sobre el polvo, junto al umbral, había un zapato infantil.

Negro.

Resequecido.

En su interior, escrito con tinta desvaída, se distinguía un nombre:

ESTEBAN.