Capítulo 4 de 25
El hambre de los muertos
Rebeca dejó el zapato sobre una hoja limpia. Daniel permaneció de pie junto al escritorio. Todavía sostenía la linterna, aunque ya no la necesitaba. Mariana fotografió el objeto desde varios ángulos.
El cuero estaba endurecido. Una costura se había abierto cerca del talón. Dentro, el nombre conservaba suficiente tinta para leerse sin esfuerzo:
ESTEBAN.
—No puede ser suyo —dijo Daniel.
Mariana levantó la vista.
—¿De Arce?
—Tiene cincuenta y tantos. Esto es de antes de que naciera.
Rebeca asintió lentamente.
Habían encontrado documentos de 1963. El nombre sugería una relación, pero las fechas impedían aceptar la explicación más inmediata. Mariana envolvió el zapato.
—Primero averiguaremos a quién perteneció.
Daniel dejó por fin la linterna.
—Y después averiguaremos cómo llegó ahí.
Ninguno mencionó a las mujeres que habían visto desaparecer.
No hacía falta.
Arce reconoció el zapato. Mariana lo supo por la manera en que dejó de acomodar los papeles de su escritorio. Fue apenas un segundo.
Después recuperó la expresión habitual.
—¿Dónde lo encontraron?
—En el área técnica.
—Hay objetos antiguos en distintas zonas. Durante la construcción aparecieron cajas.
—¿A quién pertenecía?
Arce miró el nombre.
—No lo sé.
Mariana permaneció sentada.
—En el expediente de Josefina Ríos hay referencias a sus hijos. Quiero consultar los registros de visitas.
El director cerró una carpeta.
—No todos se conservaron.
—Entonces consultaré los que existan.
—Mariana, dirige una unidad clínica. No un archivo histórico.
Ella sostuvo su mirada.
—Y alguien está usando ese archivo para amenazarme.
Arce apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Eso sigue sin demostrarse.
Mariana recogió el zapato. Al llegar a la puerta, él añadió:
—Hay familias que han sufrido suficiente.
Ella se volvió.
—¿Qué familias?
El director bajó la vista hacia sus papeles.
• • •
Abril Mendoza ingresó aquel lunes. Tenía veintitrés años y estudiaba arquitectura. La trasladaron después de varias semanas de estabilización en un hospital general por complicaciones de una anorexia nerviosa. Seguía necesitando atención intensiva, aunque su estado físico permitía continuar temporalmente en Santa Dalia con seguimiento médico y nutricional, mientras gestionaban una plaza en un programa especializado.
Su madre, Teresa, llevaba una maleta y una carpeta con estudios. Abril observó la puerta del comedor antes de mirar a nadie.
—¿A qué hora sirven la comida?
Rebeca se lo explicó.
—¿Y cuánto tiempo tengo para terminar?
No preguntaba por impaciencia.
Preguntaba con miedo.
Durante la entrevista, Mariana descubrió que Abril podía describir con precisión los riesgos físicos que había atravesado. Eso no hacía desaparecer el terror a comer.
—Sé lo que dice el expediente —murmuró—. Pero cuando me siento frente al plato, siento que están pidiéndome hacer algo peligroso.
Teresa suspiró.
—Comer no es peligroso, hija.
Abril se encogió.
Lucía intervino con suavidad:
—Ella sabe que ustedes quieren ayudarla. Necesitamos entender qué ocurre en ese momento para poder acompañarla.
Teresa apretó la carpeta. Llevaba meses oyendo que debía vigilar más, insistir menos, hablar diferente, no hablar del peso, hablar del tratamiento. Ya no sabía dónde colocar las manos.
Abril no había empezado queriendo morir. Había empezado intentando sentirse capaz. En su primer semestre lejos de casa, entre entregas, críticas y noches sin dormir, reducir la comida se convirtió en una regla que podía cumplir.
Después llegaron otras.
Cada regla prometía tranquilidad. Cada una exigía algo más.
—Al principio me felicitaban —dijo a Lucía—. Decían que tenía disciplina.
Hacía tiempo que nadie la felicitaba. Ahora todos la observaban comer. La enfermedad había estrechado su vida hasta convertir una mesa en un campo de batalla. Había dejado de salir con amigos, de dibujar por gusto y de visitar a su abuela porque siempre le ofrecía algo.
Lucía le preguntó qué extrañaba. Abril tardó en responder.
—Poder pensar en otra cosa.
• • •
Nicolás Vera llegó al día siguiente. Tenía veinte años y trabajaba con su padre en una imprenta. También había pasado primero por atención médica. La restricción de alimentos le había provocado un deterioro nutricional que requería un plan coordinado.
Su diagnóstico era trastorno evitativo o restrictivo de la ingesta de alimentos. A diferencia de Abril, Nicolás no temía aumentar de peso.
Temía atragantarse.
Meses antes había tenido un episodio de ahogo durante una comida. Desde entonces fue eliminando alimentos hasta que casi todo le parecía imposible de tragar. Su padre, Rogelio, había interpretado aquello como terquedad.
—Siempre fue especial con la comida —dijo.
Nicolás miró al suelo.
—Ahora es distinto.
Julián lo dejó explicar. El muchacho sentía la garganta cerrarse incluso antes de llevarse algo a la boca. Había dejado de comer con sus compañeros porque le daba vergüenza que lo observaran.
—¿Y si esta vez sí me pasa? —preguntó.
No esperaba una promesa absoluta.
Había recibido demasiadas.
Necesitaba que alguien comprendiera por qué la siguiente comida podía asustarlo más que la anterior.
• • •
El tercer paciente se llamaba Ernesto Padilla. Tenía cincuenta y seis años, había sido conductor de autobús y llegó acompañado por su esposa, Celia. Presentaba una depresión grave con síntomas psicóticos.
Estaba convencido de que su cuerpo había dejado de funcionar.
—No gasten comida en mí —dijo a Mariana—. Ya no tengo estómago.
Había reducido mucho la ingesta y necesitaba vigilancia tanto de su estado físico como de su seguridad. Celia llevaba en el bolso una fotografía tomada seis meses antes. Ernesto aparecía riendo junto a una camioneta.
La mostró durante la entrevista.
—Este también es él.
Mariana miró la imagen y después al hombre sentado frente a ella.
—Lo sé.
Celia empezó a llorar. No porque hubiera escuchado una explicación. Porque por primera vez alguien no parecía olvidar al hombre anterior a la enfermedad.
El miércoles, Abril se negó a entrar al comedor. Estaba parada junto al marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el abdomen.
Rebeca se acercó.
—Podemos hablar aquí un momento.
Abril negó.
Miraba una mesa vacía.
—Esa mujer no tiene plato.
Rebeca siguió su mirada.
—¿Qué mujer?
—La que está junto a la ventana.
La enfermera sintió que algo le apretaba el pecho.
—Yo no veo a nadie ahí.
Abril la miró de inmediato.
—Yo sí.
No había tenido experiencias semejantes durante las valoraciones previas. Rebeca avisó al equipo y permaneció con ella, sin confirmar la presencia ni dejar de escucharla.
—¿Qué está haciendo?
—Espera.
Abril tragó saliva.
—Dice que si una termina antes de que suene la campana, le quitan la comida a otra.
• • •
Mariana revisó a Abril esa misma mañana. Exploró su estado físico, el descanso, la medicación y la descripción de lo que había percibido. Abril estaba asustada también por la posibilidad de no ser creída.
—Ahora van a poner otra cosa en mi expediente.
—Vamos a registrar lo que estás viviendo y a investigar sus posibles causas.
—¿Y si digo que ya no la veo?
Mariana dejó la pluma.
—Prefiero que me digas lo que te ocurre.
Abril se quedó en silencio.
Finalmente preguntó:
—¿Eso puede empeorar las cosas?
Mariana pensó en su propia ficha. En la frase que la identificaba como una paciente que creía ser médico.
—No debería —respondió.
Le habría gustado poder decir algo más firme.
• • •
Durante la noche, Nicolás escuchó una campanilla. Daniel estaba revisando las notas de enfermería cuando el muchacho salió de su habitación.
—¿Tenemos que ir?
—¿A dónde?
—A comer.
Eran las dos de la mañana. Nicolás señaló el pasillo.
—La señora dijo que llegáramos antes de que cerraran.
Daniel sintió un frío breve en la espalda. No vio a ninguna mujer. Pero la campanilla volvió a sonar.
Esta vez también la escuchó él. Pidió a su compañero que permaneciera con Nicolás y recorrió el corredor. En el extremo norte había una puerta que no recordaba haber visto abierta.
Dentro encontró mesas cubiertas con plásticos y cajas de material. Un comedor fuera de uso. En la pared, debajo de una zona donde la pintura se había desprendido, aparecían letras oscuras.
EL PAN SE GANA CON OBEDIENCIA.
Daniel tomó una fotografía. Al bajar el teléfono, vio reflejada en una ventana una fila de mujeres sentadas.
Se volvió.
Las mesas seguían vacías.
• • •
Lucía llevó a su hija, Sofía, a desayunar el sábado. Había pasado la semana buscando asesoría para ordenar la separación y protegerse de las amenazas de Martín. No le contó nada de aquello a la niña.
Sofía tenía siete años y estaba ocupada acomodando un sobre de azúcar junto a otro.
—Papá dice que tienes un amigo.
Lucía dejó la taza.
—Tengo varios amigos.
—Uno que se llama Daniel.
Ella respiró despacio.
—Sí. Daniel es alguien importante para mí.
Sofía levantó la vista.
—¿Por eso papá está triste?
La pregunta le dolió más que los mensajes. Lucía acercó su silla.
—Lo que pasa entre tu papá y yo es responsabilidad de nosotros. Tú no tienes que arreglarlo.
La niña permaneció pensativa. Después empujó un sobre de azúcar hacia ella.
—Este te tocó.
Lucía lo guardó en el bolso. Aquella noche le contó la conversación a Daniel. Él escuchó sin interrumpir.
—No quiero que ella tenga que elegir a nadie —dijo Lucía.
—Yo tampoco.
Se besaron en la cocina, junto a una olla que empezaba a hervir. Por primera vez en días, Lucía no miró hacia la ventana.
• • •
Ernesto empeoró una tarde. Se quedó inmóvil frente a su comida.
No lloraba.
No discutía.
Decía, con una serenidad aterradora, que alimentarlo era un error. Mariana y Julián revisaron su tratamiento y la necesidad de un nivel de atención más intensivo si continuaba deteriorándose. Celia pidió hablar con él.
Se sentó a su lado.
—Hoy arreglaron el árbol de la banqueta —dijo.
Ernesto no respondió.
—Le pusieron una cuerda para que no se incline tanto.
La mujer siguió contándole cosas pequeñas. No intentó demostrarle que estaba vivo. Después de unos minutos, Ernesto volvió la cabeza.
—Lo van a romper si la aprietan demasiado.
Celia se cubrió la boca con una mano. Era apenas una observación. Pero venía de alguien que, por un instante, había vuelto a interesarse por el mundo.
• • •
Abril y Nicolás coincidieron durante una actividad. Ella dibujaba una casa sin ventanas. Él armaba una figura con piezas de cartón.
—A mí me dicen que solo tengo que comer —dijo Nicolás.
Abril levantó los ojos.
—A mí también.
—Pero no me pasa lo mismo que a ti.
—No.
Se quedaron trabajando.
Más tarde, Nicolás preguntó:
—¿Tú también estás cansada de que todos crean que saben cómo se arregla?
Abril sonrió apenas.
—Sí.
Les permitió dejar de defenderse durante unos minutos. Alma, que supervisaba la actividad, lo anotó después.
• • •
Mariana y Julián revisaron los documentos antiguos con una nueva pregunta: cómo se alimentaba a los pacientes. Encontraron listas de raciones, inventarios y sanciones. En una columna figuraba el nombre de Elena.
Al lado habían escrito: Retención de suplemento por conducta desafiante. En otra hoja, Josefina aparecía castigada por guardar una porción.
—Para el hijo —leyó Julián.
Mariana acercó el documento. La anotación completa decía: Oculta pan para el hijo que insiste en buscar.
Permanecieron callados.
Julián cerró la carpeta.
—Necesitamos a alguien que sepa leer este archivo. Fechar las notas, verificar quién escribió cada cosa.
Mariana asintió.
Habían acumulado imágenes y fragmentos. Cada uno parecía explicar el anterior hasta que aparecía otro. Antes de guardar los papeles encontraron una lista de menores alojados temporalmente en dependencias del hospital.
No era un registro clínico. Parecía un control de entrega. Uno de los nombres era:
ESTEBAN RÍOS.
• • •
Arce no quiso responder.
—Hay procedimientos para consultar documentación sensible.
—Entonces seguiremos esos procedimientos —dijo Mariana.
El director observó la fotografía de la lista.
—¿Por qué cree que tiene relación conmigo?
—No he dicho que la tenga.
Arce se puso de pie. Ella comprendió que había contestado una pregunta que nadie le había hecho. Antes de salir, miró una fotografía familiar sobre un mueble.
Un hombre mayor estaba junto a Arce durante la inauguración. Debajo, en una pequeña placa, figuraba un agradecimiento a los benefactores.
ESTEBAN ARCE BELTRÁN.
Mariana volvió la cabeza. El director seguía observándola.
—Mi padre —dijo.
No parecía dispuesto a añadir nada.
• • •
Abril fue trasladada al programa especializado cuando se abrió una plaza. Habían logrado sostener su estabilidad física y comenzar un trabajo que necesitaría mucho más tiempo. Teresa dejó de usar cada comida como una prueba de amor.
Durante la despedida, preguntó:
—¿Puedo acompañarte sin decir nada?
Abril asintió.
Se sentaron juntas mientras esperaban el transporte. La madre sostenía la maleta. La hija dibujaba por primera vez una ventana.
Nicolás recibió el alta con seguimiento nutricional y psicológico intensivo, después de mejorar su ingesta lo suficiente para continuar fuera del hospital. Rogelio pidió una entrevista antes de irse.
—Quiero saber qué hago cuando tenga miedo.
Julián le explicó el plan acordado con su hijo. Nicolás lo escuchaba desde la puerta. No recordaba haber oído a su padre pedir ayuda para entenderlo.
Ernesto permaneció más tiempo. La respuesta al tratamiento fue gradual. Necesitó apoyo para comer, cuidar de sí mismo y hablar de ideas que todavía le parecían ciertas. Cuando empezó a mejorar, no se convirtió de inmediato en el hombre de la fotografía.
Se avergonzaba.
Le preguntó a Celia cuántas cosas había dicho. Ella le tomó la mano.
—Las suficientes para que supiéramos que necesitabas ayuda.
Prepararon el regreso a casa con seguimiento cercano y un plan para reconocer cambios. El día del alta, Ernesto se detuvo ante el jardín.
—El fresno está levantando el piso.
Daniel sonrió.
—Sí.
—Van a tener que hacer algo.
Después miró hacia la ventana del comedor cerrado.
Su sonrisa desapareció.
—Ya le dieron de comer a esa mujer, ¿verdad?
Daniel siguió la dirección de sus ojos. No respondió antes de que Celia llamara a su esposo desde la puerta.
• • •
Julián llevó a Mariana a casa al terminar el turno. Ella había dormido poco y aceptó sin discutir. Frente al edificio permanecieron dentro del automóvil.
—No quiero que volvamos a encontrarnos solo cuando algo terrible ocurre —dijo él.
Mariana miró sus manos.
—Yo tampoco sé cómo hacer otra cosa contigo todavía.
Julián asintió.
No intentó besarla.
Fue ella quien se inclinó. El beso duró poco. Al separarse, Mariana apoyó la frente contra la suya.
—Mañana podemos hablar de nosotros.
—Mañana —repitió él.
Mariana subió a su departamento. Julián esperó hasta que se encendió una luz. Después miró el asiento trasero por el espejo.
Había una mujer sentada allí.
Elena.
Su cabello cubría la mitad intacta del rostro. Julián giró de golpe. El asiento estaba vacío.
Pero el cinturón seguía abrochado.
• • •
La fotografía llegó al teléfono de Mariana a las once y diecisiete.
Número desconocido.
Mostraba un comedor antiguo.
Pacientes en fila.
Una campanilla sobre una mesa. Al fondo, un niño sostenía una rebanada de pan. Debajo había un mensaje:
ÉL SALIÓ. NOSOTROS NO.
Mariana llamó a Julián.
No contestó.
Lo intentó otra vez. Entonces recibió una segunda imagen. Era una hoja del registro antiguo.
El nombre Esteban Ríos aparecía tachado con una sola línea. Debajo, otra tinta había añadido:
ENTREGADO A LA FAMILIA ARCE.
Mariana amplió la fotografía. En el margen inferior se distinguía una firma.
Aurelio Ledesma.
El teléfono empezó a sonar.
Era Julián.
Ella respondió de inmediato.
—Encontré algo sobre el padre de Arce.
Al otro lado hubo una respiración entrecortada. Luego una voz masculina, distinta de la suya, dijo:
—El doctor Valdés no puede atenderla. Estamos preparando al siguiente paciente.