Capítulo 5 de 25

Los que escuchan en silencio

—¿Quién habla?

Mariana se levantó de la cama con el teléfono pegado al oído. Al otro lado llegó un ruido metálico.

Después, la voz:

—Estamos preparando al siguiente paciente.

—Páseme a Julián.

La llamada se cortó. Mariana volvió a marcar mientras buscaba las llaves. Nadie respondió. Llamó al hospital y preguntó si Julián había regresado. No lo habían visto.

Antes de salir, envió su ubicación a Rebeca y le explicó lo ocurrido. La enfermera respondió que se reuniría con ella. Mariana bajó las escaleras sin esperar el elevador. Encontró a Julián tres calles más adelante.

Su automóvil estaba estacionado junto a una farmacia cerrada, con las luces de emergencia encendidas. Él permanecía detrás del volante. Tenía los ojos abiertos.

—Julián.

Mariana golpeó el vidrio.

No respondió.

Probó la puerta. Estaba sin seguro. Al tocarle el hombro, él aspiró de golpe, como si acabara de salir del agua.

La miró.

Durante un instante, pareció no reconocerla.

—¿Qué pasó? —preguntó ella.

Julián bajó los ojos hacia sus manos.

—No sé cuánto tiempo llevo aquí.

•  •  •

En urgencias no encontraron una explicación inmediata. Le hicieron una valoración médica y neurológica, revisaron sus signos vitales y preguntaron por medicamentos, sustancias, descanso y antecedentes. Julián respondió a todo.

Mariana esperó afuera durante parte de la entrevista. Comprendía por qué necesitaban hablar con él sin ella. Aun así, sintió miedo cuando la puerta se cerró. Después, él le contó lo que recordaba.

Había visto a Elena en el asiento trasero.

Se volvió.

El asiento estaba vacío. Luego escuchó la campanilla.

—Lo siguiente que recuerdo es tu mano.

Mariana miró su teléfono. La llamada seguía en el registro. Julián negó haberla realizado.

Antes de abandonar el hospital acordaron que no conduciría y que solicitaría una evaluación independiente y seguimiento. El episodio necesitaba atención, aunque ninguno comprendiera todavía su origen. Al salir, Mariana le ofreció quedarse en su departamento.

Julián asintió.

No tenía fuerzas para fingir que prefería estar solo.

•  •  •

Arce se enteró antes del cambio de turno.

—Tiene que retirarse de la actividad clínica hasta que podamos aclarar lo ocurrido —dijo.

Julián aceptó.

No quería atender pacientes después de una pérdida de tiempo que no sabía explicar. Mariana tampoco discutió aquella medida. Lo que le molestó fue la frase siguiente.

—Estos episodios suelen empeorar cuando se alimentan interpretaciones inadecuadas.

—Todavía no tenemos una explicación —respondió ella.

Arce la observó.

—Precisamente.

En la reunión de personal, el director informó de una ausencia por motivos de salud. No mencionó las apariciones. Tampoco mencionó que había abierto una carpeta sobre Mariana.

Ella vio el borde del expediente cuando él guardó los documentos.

Reconoció su nombre.

•  •  •

Mateo Aguirre ingresó esa mañana. Tenía treinta años y trabajaba como violinista. Lo trasladaron desde un hospital general después de estudiar un cuadro de inmovilidad, disminución del habla y dificultades para comer. Habían descartado varias causas urgentes y comenzado tratamiento para una catatonia asociada a un episodio depresivo grave.

Su condición había mejorado lo suficiente para continuar la atención en Santa Dalia, con vigilancia estrecha y criterios claros para regresar al hospital general si se deterioraba. Su madre, Clara, llevaba una pequeña bolsa de ropa. También llevaba el arco del violín.

—No quise traer todo el instrumento —explicó—. Pensé que esto podía ayudarle a saber dónde está.

Mateo estaba sentado.

Miraba sus manos.

Cuando Mariana lo saludó, sus ojos se movieron hacia ella, pero no habló.

Clara se inclinó.

—Contéstale, hijo.

Mariana acercó una silla.

—No necesitamos forzarlo.

La mujer se llevó una mano a la boca.

—Perdón. A veces siento que podría hacerlo si insistiera un poco más.

•  •  •

Durante la evaluación, Mariana explicó que la catatonia no era una decisión de permanecer callado. Podía afectar el movimiento y la capacidad de responder. Requería tratamiento específico, cuidados físicos e investigación de la enfermedad que la acompañaba. Clara miró a su hijo.

—¿Nos escucha?

—Puede estar percibiendo lo que sucede. Por eso vamos a explicarle todo y hablarle con respeto, aunque no responda.

La madre bajó la cabeza. La noche anterior había discutido por teléfono con su hermana junto a la cama de Mateo. Habían hablado de cuánto costaría la atención.

De si volvería a trabajar. De quién podría hacerse cargo. Ahora no sabía cuánto habría escuchado.

Se sentó a su lado.

—Estaba asustada —le dijo—. No estaba cansada de ti.

Mateo no se movió. Pero una lágrima descendió despacio hasta su mandíbula.

•  •  •

Carmen Villalobos llegó por la tarde. Tenía setenta y cuatro años y un diagnóstico de enfermedad de Alzheimer. Durante las últimas semanas había aumentado su desorientación, intentaba salir de casa de madrugada y se resistía con angustia a algunos cuidados. La valoración previa había revisado posibles problemas médicos que pudieran explicar el cambio.

Su hija, Laura, estaba agotada.

—Yo sé que no lo hace para molestarme —dijo a Lucía—. Pero a las tres de la mañana dejo de saberlo.

Carmen caminaba por la sala de entrevista. Llevaba un bolso vacío.

—Mis alumnos me esperan.

Había sido maestra de primaria. Lucía le preguntó por la escuela. Carmen describió una reja verde y un árbol de duraznos.

Laura comenzó a llorar.

—No recuerda mi nombre, pero recuerda ese árbol.

Lucía le acercó un pañuelo. Carmen se detuvo al verla.

—¿Por qué llora esta señorita?

Laura respiró hondo.

—Está cansada.

Carmen le acarició el hombro.

—Entonces que se siente. Nadie aprende de pie todo el día.

•  •  •

El tercer paciente se llamaba Óscar Méndez. Tenía cuarenta y dos años, trabajaba como cocinero y llegó acompañado por su hermano, Raúl. Llevaba años con una dependencia grave del alcohol. Había intentado dejarlo por su cuenta y después recibió atención médica por síntomas de abstinencia.

Lo trasladaron a Santa Dalia una vez estabilizado para continuar la evaluación de una depresión intensa y un riesgo para su vida que persistía.

—Creí que lo peor era dejar de beber —dijo durante la entrevista.

Mariana le pidió que continuara.

—Cuando dejé, seguía sin querer despertarme.

Raúl no lo sabía. Miró a su hermano con una mezcla de dolor y vergüenza. Había pasado años diciéndole que todo se arreglaría si abandonaba el alcohol.

Óscar se frotó las manos.

—No digo que no haya hecho daño. Lo hice.

—Podemos atender tu sufrimiento y hablar también de las consecuencias —respondió Lucía.

Por primera vez, Óscar no sintió que debía elegir entre ser un enfermo o ser responsable.

•  •  •

Alma acompañó a Mateo durante una actividad breve. Colocó papel sobre la mesa y le explicó que podía usarlo si quería. No movió sus manos.

No lo puso a prueba. Mientras esperaba, oyó pasos detrás de ella.

Se volvió.

El corredor estaba vacío. Cuando miró de nuevo a Mateo, él sostenía el lápiz. Tardó varios minutos en escribir.

Las letras parecían empujarse unas a otras.

NO ESTOY DORMIDO.

Alma sintió un nudo en la garganta.

—Lo sé. Estoy aquí contigo.

Mateo volvió a apoyar el lápiz.

Esta vez escribió:

EL MÉDICO TAMPOCO.

La pasante mantuvo la voz serena.

—¿A qué médico te refieres?

Mateo levantó los ojos hacia la puerta. Allí no había nadie.

•  •  •

Julián pasó dos días en casa de Mariana.

Dormía a intervalos.

Le molestaba el ruido del refrigerador y se sobresaltaba cuando sonaba un teléfono. Ella evitó convertirse en su médica. Lo acompañó a sus citas y dejó que otros profesionales hicieran preguntas que a ella le habría costado formular.

La segunda noche cenaron junto a la ventana.

—Entiendo mejor algunas cosas —dijo Julián.

Mariana esperó.

—Lo que sienten cuando contamos su historia como si ellos no estuvieran.

Ella miró el plato.

—Hoy la madre de un paciente preguntó si podía escucharnos.

—¿Y qué le dijiste?

—Que debíamos hablarle como a alguien que podía hacerlo.

Julián asintió.

Después dejó el tenedor.

—Tengo miedo de volver.

Mariana alargó la mano sobre la mesa.

Él la tomó.

No le prometió que todo estaría bien.

•  •  •

Daniel encontró a Carmen frente a la salida de la unidad. Intentaba abrir con una llave imaginaria.

—Tengo que llevarlos a su casa —dijo.

—¿A quiénes?

—A los niños.

Daniel caminó con ella hasta una zona tranquila. Le preguntó si quería sentarse mientras esperaban.

Carmen aceptó.

Durante unos minutos hablaron de cuadernos y uniformes. Después, la mujer miró hacia el corredor norte.

—Ese no debe acercarse a los alumnos.

Daniel siguió su mirada.

—¿Quién?

—El señor que se lleva los zapatos.

El enfermero dejó de mover el carrito y miró hacia el corredor. Carmen no conocía la historia de Josefina. No había visto el objeto que guardaban en el consultorio.

—¿Lo ves ahora?

Ella asintió.

—Dice que las mamás ya firmaron.

•  •  •

Laura llegó durante la visita con un álbum. Habían acordado probar apoyos familiares y rutinas que redujeran el miedo de Carmen, mientras el equipo observaba los cambios y ajustaba el plan. La mujer miró varias fotografías sin reconocerlas.

Se detuvo en una. Aparecía en su antigua escuela.

—Ese niño se hacía pipí cuando lo asustaban.

Laura sonrió.

—A veces los niños tienen miedo.

Carmen frunció el ceño.

—No era un niño.

Señaló a un hombre que apenas aparecía al borde de la imagen. Laura acercó la fotografía a los ojos. No sabía quién era.

Alma, que estaba junto a ellas, reconoció los lentes redondos. Pero la imagen era de una celebración escolar de los años noventa. Y Aurelio Ledesma pertenecía al hospital de 1963.

•  •  •

Mariana pidió que no mezclaran aquella identificación con la atención de Carmen. La fotografía podía contener a otra persona. Las semejanzas no bastaban.

Alma estuvo de acuerdo, aunque seguía mirando el rostro. Esa tarde entregó una copia a Rebeca. La enfermera la comparó con las imágenes de su abuela.

—No es él —dijo.

Alma soltó el aire. Rebeca acercó ambas fotografías.

—Es alguien que se le parece mucho.

En la imagen antigua, Ledesma tenía una marca oscura junto a la oreja. El hombre de la escuela no. Sin embargo, los dos llevaban el mismo anillo.

Una piedra negra en la mano derecha.

•  •  •

Lucía recibió una llamada de Martín durante la guardia.

No contestó.

Después llegó un mensaje: Pregúntale a tu novio por qué lo estaban investigando en su trabajo anterior. Lucía fue a buscar a Daniel.

Lo encontró ayudando a Óscar a ordenar la ropa. Esperó a que terminara. En el almacén le mostró el teléfono.

Daniel palideció.

—Hubo una queja.

Lucía mantuvo la mirada.

—Cuéntame.

Un familiar lo había acusado de maltrato después de que Daniel denunciara irregularidades en una clínica privada. La investigación interna no había encontrado pruebas contra él, pero dejó el puesto meses después.

—Tengo los documentos —dijo.

Lucía apoyó el teléfono sobre una estantería.

—Quiero verlos.

Daniel asintió.

No parecía ofendido.

Parecía aliviado de que hubiera preguntado antes de alejarse. Aquella noche revisaron juntos los papeles. Después, Lucía guardó el mensaje de Martín.

Ya no quería borrar las amenazas para fingir que no existían.

•  •  •

Mateo empezó a hablar durante la segunda semana. La respuesta al tratamiento no fue una transformación instantánea. Había horas mejores y otras en que las palabras parecían quedarse detenidas antes de llegar a su boca. Necesitaba todavía ayuda para muchas actividades.

Clara aprendió a esperar. Una mañana él pidió que guardaran el arco. Su madre se asustó.

—¿Ya no quieres tocar?

Mateo cerró los ojos.

—No quiero que… todo lo que haga… sea demostrar.

Clara miró el objeto. Lo había llevado con amor. También lo había convertido, sin querer, en un examen.

—Está bien —respondió.

Guardó el arco.

Se quedó a su lado sin pedirle nada.

•  •  •

Óscar habló de su hija durante una entrevista. Llevaba ocho meses sin verla.

—Quiero llamarla cuando salga.

Lucía le preguntó qué esperaba de aquella llamada. Óscar tardó en responder.

—Que me diga que todavía puedo arreglarlo.

Raúl permanecía junto a la ventana.

—Tiene dieciséis años.

Óscar bajó la cabeza. La conversación fue difícil. Trabajaron en separar la necesidad de recibir apoyo de la expectativa de que su hija reparara su culpa.

Antes del alta, escribió un mensaje breve. Reconocía el daño, no exigía respuesta y ofrecía respetar el tiempo que ella necesitara. Lo revisó varias veces. Finalmente decidió guardarlo hasta hablarlo en el seguimiento.

—Por una vez puedo esperar —dijo.

Raúl lo abrazó.

•  •  •

Carmen no recuperó los recuerdos que Laura deseaba. Pero disminuyó su angustia cuando el equipo encontró formas de acompañarla que le resultaban familiares. Revisaron el ambiente, el descanso, las actividades y la manera de ofrecer cuidados.

Laura aceptó ayuda para organizar el regreso. Hasta entonces, cada ofrecimiento le había parecido una acusación de no ser capaz. Lucía le preguntó cuándo había dormido una noche completa.

No supo responder.

El día que Carmen salió, su hija llevaba un plan de cuidados y apoyo concreto. En la puerta, la anciana le acomodó el cuello de la blusa.

—Vas a llegar tarde a la escuela.

Laura no intentó corregirla. Le tomó la mano.

—Vamos juntas.

•  •  •

Mateo recibió el alta algunos días después, cuando pudo continuar la recuperación con seguimiento y apoyo familiar. La depresión seguía requiriendo tratamiento. También necesitaba tiempo para comprender lo que había vivido.

Antes de marcharse pidió hablar con Alma.

—Cuando no hablaba… ustedes pensaban que no estaba.

Ella negó.

—Intentamos acompañarte.

Mateo asintió.

—Tú sí me explicabas.

Después sacó una hoja doblada. Había dibujado una habitación.

Una mesa estrecha.

Una lámpara.

Un hombre con lentes.

—Lo veía cuando cerraba los ojos.

Alma sostuvo el papel.

—¿Lo sigues viendo?

—Ya no.

Mateo señaló una figura sobre la mesa. Alma sintió que el corazón le golpeaba las costillas. No era un paciente desconocido.

Era Julián.

•  •  •

Mariana vio el dibujo esa tarde. Julián estaba en su departamento, esperando una nueva cita de seguimiento. Al llamarlo, intentó mantener la voz tranquila.

—¿Puedes contarme algo más de aquella noche?

Él guardó silencio.

—Hay cosas que no te dije.

Mariana se sentó.

Julián describió una lámpara sobre su rostro. Alguien le sostenía la cabeza. Escuchaba a un hombre dictando observaciones.

—Pensé que lo había soñado después.

—¿Qué decía?

Julián respiró con dificultad.

—Que yo también creía ser médico.

Mariana miró su propia ficha, guardada dentro de una carpeta.

La misma frase.

Casi las mismas palabras.

•  •  •

La carta de Arce llegó al día siguiente. Julián continuaría apartado de la atención clínica hasta completar la evaluación correspondiente. Mariana entendía aquella precaución.

Lo que no entendía era el anexo. Allí se describía una supuesta entrevista con el doctor Valdés en la que había mostrado “ideas persistentes sobre intervenciones quirúrgicas realizadas por personal fallecido”. Julián no había tenido esa entrevista.

El documento llevaba una firma ilegible. Mariana fotografió todas las páginas y solicitó por escrito que identificaran a quien había realizado la valoración. Arce respondió que revisaría el expediente.

Aquel día, Mariana encontró una cerradura nueva en el archivo histórico.

•  •  •

Alma y Gabriel terminaron la guardia sentados en el patio. Él tenía el dibujo de Mateo sobre las rodillas.

—No quiero que esto sea lo único de lo que hablamos —dijo Gabriel.

Alma lo miró.

—¿De qué quieres hablar?

—De si aceptarías salir conmigo un día que no estemos agotados.

Ella sonrió.

—Podríamos intentarlo.

Gabriel dejó la hoja a un lado. La besó con tanta cautela que Alma terminó acercándose para que no quedara duda. Después apoyó la cabeza sobre su hombro.

Durante unos minutos, Santa Dalia volvió a parecer un lugar donde la gente podía empezar algo.

Entonces llegó Rebeca.

Llevaba un sobre.

—Lo dejaron en recepción —dijo.

En el frente figuraba el nombre de Mariana. Dentro había una fotografía nueva. Julián aparecía tendido en una mesa, bajo la lámpara del dibujo.

A su lado estaba Ledesma. La imagen tenía una fecha de 1963. Rebeca sostuvo el papel sin parpadear.

En el reverso habían escrito:

EL NÚMERO DIECINUEVE YA ESTÁ COMPLETO.

Debajo aparecía otra línea:

AHORA FALTA QUIEN FIRME.