Capítulo 22 de 25
El otro lado del cielo
Zuleima escogió la blusa más sencilla que tenía. La sostuvo frente al espejo antes de vestirse y buscó alguna marca que pudiera hacerla parecerse a la mujer de las fotografías. No encontró ninguna. Era una prenda clara, comprada por Miguel en una tienda pequeña, sin brillo ni adornos.
Se vistió y se recogió el cabello. Después volvió a soltarlo.
—Así estás bien —dijo él.
Zuleima lo miró a través del espejo.
Miguel estaba sentado sobre la cama, atándose los zapatos. Llevaba la camisa prestada con la que se había presentado ante Alfredo más de un mes atrás.
Ella reconoció el cuello ligeramente holgado.
—Esa camisa ya vio demasiado.
Él bajó los ojos hacia la tela.
—Todavía sirve.
Zuleima se acercó y le acomodó una arruga.
Esta vez Miguel le tomó la mano y la besó.
Ninguno miró hacia la puerta.
* * *
Irene llegó poco después.
Los encontró con la bolsa preparada y los pasaportes sobre la mesa.
Antes de recogerlos, observó la habitación: los vasos, la cama deshecha y la libreta donde Zuleima había guardado el pétalo seco.
Miguel guardó la libreta azul.
—Ya estamos.
La mujer asintió.
No parecía satisfecha ni aliviada. Había dormido poco y llevaba el cansancio alrededor de los ojos.
Zuleima la abrazó.
—Gracias.
Irene le devolvió el abrazo.
—Guarda fuerzas para cuando lleguen.
Después se apartó y miró a Miguel.
—Lucía va a estar pendiente de ustedes.
Él asintió.
La mujer le puso una mano sobre el brazo.
—Si algo no sale como esperan, busquen ayuda. No sigan resolviéndolo todo solos.
Miguel quiso decir que lo harían.
Terminó diciendo:
—Te llamamos al llegar.
Irene sostuvo su mirada un instante.
Luego tomó la bolsa.
* * *
El vehículo que los llevaba atravesó calles que empezaban a llenarse.
Había personas esperando transporte, una panadería recién abierta y un hombre levantando la cortina metálica de su negocio.
Zuleima apoyó la cabeza contra la ventana.
No sabía cuánto tiempo tardaría en volver a ver aquellos paisajes. Tampoco sabía si alguna vez querría regresar.
México era su madre, El Bordo y Nadia.
También era Alfredo.
Miguel la observó.
—¿Quieres detenerte?
Ella volvió la cabeza.
—No.
Él le tomó la mano.
Zuleima entrelazó los dedos con los suyos.
—Quiero llegar.
* * *
Alfredo recibió la confirmación mientras desayunaba.
El hombre que lo llamó dijo que la pareja ya estaba en camino.
El capo dejó la taza sobre el plato.
—¿Los dos?
—Sí.
Alfredo permaneció callado.
Había imaginado muchas veces el momento en que Miguel comprendiera que no podía escapar. Durante los últimos días, aquella imagen se había vuelto más precisa.
No necesitaba verlo de rodillas frente a él.
Le bastaba con que perdiera todo sin tener a quién convencer.
—Avísame cuando despeguen.
Terminó la llamada.
En la mesa había un periódico abierto. Una nota breve mencionaba avances en la investigación contra su organización.
Alfredo la leyó sin prisa.
Por primera vez en meses, las noticias le parecían favorables.
* * *
El lugar de salida no se parecía a los aeropuertos que Zuleima conocía por fotografías.
Había una sala pequeña, asientos de plástico y un ventanal desde donde se veía el avión que los llevaría fuera del país.
Ella se detuvo frente al cristal.
—Es más chico de lo que pensé.
Miguel miró la aeronave.
—Samuel nos dijo.
—Ya sé. Pero escucharlo no es lo mismo.
Él asintió.
En eso tenía razón.
Nada de lo que habían vivido se parecía del todo a lo que imaginaron antes.
La boda.
Las casas.
La fuga.
Ahora el viaje.
Zuleima se sentó y sostuvo el pasaporte entre las manos.
Miguel ocupó la silla junto a ella.
Esperaron en silencio hasta que un empleado pronunció los nombres que todavía les sonaban ajenos.
Marina Salcedo.
Daniel Rivas.
* * *
Miguel tardó una fracción de segundo en levantarse.
Zuleima lo notó.
Era la primera vez que alguien lo llamaba Daniel delante de ella.
Tomaron la bolsa y caminaron hacia la puerta.
La muchacha miró hacia atrás.
No había nadie conocido.
Irene se había despedido antes de llegar.
Su madre estaba lejos, esperando una llamada.
Miguel tocó suavemente su espalda.
—¿Vamos?
Zuleima asintió.
Siguieron al empleado.
El aire de la mañana le movió el cabello. Por un instante, la libertad tuvo una forma tan sencilla que casi pudo creer en ella: caminar hacia un avión junto al hombre que quería.
* * *
Se sentaron uno al lado del otro.
Zuleima escogió la ventanilla.
Miguel colocó la bolsa donde le indicaron y se abrochó el cinturón. Revisó el de ella antes de recordar que ya no debía comprobar cada cosa.
Zuleima le sujetó la mano.
—Está bien puesto.
Él sonrió.
—Costumbre.
Ella lo miró.
—Puedes cuidarme sin pensar que voy a romperme.
Miguel bajó los ojos hacia sus dedos.
—Estoy aprendiendo.
Zuleima apoyó la cabeza sobre su hombro.
No tenía una respuesta mejor.
* * *
El despegue le apretó el cuerpo contra el asiento.
Zuleima cerró los ojos y aferró la mano de Miguel.
Él no se rio.
Esperó hasta que la inclinación cambió y el ruido se volvió constante.
—Mira —murmuró.
Ella abrió los ojos.
La ciudad comenzaba a quedar debajo.
Desde aquella altura no se distinguían los muros de las casas donde la habían escondido ni las calles de El Bordo. Todo parecía parte de un mismo lugar.
Zuleima sintió ganas de llorar.
No eran únicamente de alivio.
Estaba dejando atrás a su madre.
A los muertos.
A la muchacha que creyó que bastaba con tener dinero para no sentir miedo.
Miguel le acarició los nudillos.
Ella volvió el rostro hacia él.
—Estamos saliendo.
Él asintió.
No se atrevió a decir que ya lo habían conseguido.
* * *
Lucía esperaba una confirmación en su departamento de Quito.
Había preparado la habitación prometida y dejado dos toallas sobre una cama. En la cocina tenía café, pan y una lista de números de ayuda que Irene le pidió buscar.
Miró el teléfono.
Todavía no había mensajes.
Revisó la hora prevista de llegada y después abrió una ventana.
La calle estaba tranquila.
Había imaginado a Miguel y Zuleima como dos personas cansadas que necesitarían dormir antes de contar nada.
No esperaba conocerlos a través de una noticia.
* * *
Leandro recibió una llamada desde el país de destino.
Escuchó las preguntas sin interrumpir.
La documentación había llegado a los canales oficiales a través de fuentes que parecían independientes. Las autoridades ecuatorianas habían recibido una solicitud mexicana de localización y detención provisional, acompañada de una alerta difundida por los canales de Interpol. La decisión de actuar correspondía a las autoridades locales; la alerta no sustituía la comprobación de identidad.
No todos estaban convencidos.
Había discrepancias de edad, nombres y antecedentes.
Leandro había previsto las objeciones.
Respondió con referencias a documentos falsos y declaraciones adicionales. Repitió la versión fijada desde el principio: el joven era el dirigente actual que había heredado el nombre de mando de otro hombre. Los hechos más antiguos no se le atribuían. Las contradicciones que quedaban fueron presentadas como señales de alguien acostumbrado a ocultarse.
Cuando colgó, supo que las autoridades locales prepararían la detención.
No necesitaban creer cada detalle.
Necesitaban considerar que había motivos suficientes para actuar.
Llamó a Alfredo.
—Lo esperan al llegar.
El capo cerró los ojos un instante.
Después dijo:
—Bien.
* * *
Durante el vuelo, Zuleima consiguió dormir.
Miguel la observó antes de apartar la mirada hacia la ventanilla.
Tenía una marca leve donde el cabello le había rozado la mejilla. La cicatriz de la ceja apenas se distinguía.
Pensó en la primera vez que la vio, sentada sobre una cama, con las manos entrelazadas.
Alfredo había dicho que a partir de aquel día debía responder por ella.
Miguel creyó que eso significaba mantenerla viva.
Después descubrió que podía acostumbrarse a sus risas, a sus preguntas y a la forma en que pronunciaba su nombre cuando no había nadie más.
La había querido antes de permitirse tocarla.
Ahora tenía miedo de quererla tanto.
Zuleima se movió y abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
Él negó con la cabeza.
Ella sonrió, todavía adormilada.
—No hagas esa cara. Ya no estamos allí.
Miguel le besó la frente.
Quiso creerla.
* * *
Al acercarse al destino, las nubes comenzaron a abrirse.
Zuleima se enderezó.
Debajo apareció una ciudad que no conocían.
Calles y edificios nuevos. Un lugar donde, por unas horas, podían imaginar que nadie sabía sus nombres verdaderos.
Ella buscó la libreta dentro de la bolsa.
La abrió en la página de sus planes.
Miguel la miró.
Zuleima añadió una frase debajo de las anteriores.
Llegamos.
Después dejó el lápiz.
—Todavía no —dijo él.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Déjame escribirlo.
Miguel pasó una mano sobre la página.
No la corrigió.
* * *
El avión aterrizó con una sacudida breve.
Zuleima se rio, sorprendida por el alivio.
Miguel respiró profundamente.
Esperaron mientras la aeronave avanzaba y se detenía.
A través de la ventanilla se veían edificios bajos, vehículos de servicio y personas que parecían atender otras tareas.
Nada anunció lo que estaba por ocurrir.
Un empleado abrió la puerta.
Entró aire fresco.
Zuleima se levantó primero y tomó el bolso. Miguel recogió la bolsa de tela y la libreta.
Ella se volvió hacia él.
—Ven.
Lo dijo como si al otro lado esperara una vida que podían comenzar de inmediato.
Miguel sonrió.
Zuleima caminó hacia la salida.
* * *
Lejos de allí, Alfredo recibió dos palabras.
Ya aterrizaron.
Miró el teléfono hasta que la pantalla se apagó.
Después lo dejó sobre la mesa y esperó.
No tendría que hacer ninguna otra llamada.
* * *
Zuleima llegó a la puerta del avión. La luz del exterior le hizo entrecerrar los ojos. Buscó a Miguel por encima del hombro; él estaba a un paso, cargando la bolsa donde llevaban todo lo que conservaban.
Ella le extendió la mano. Miguel la tomó y comenzaron a bajar.