Capítulo 21 de 25

Los nombres que no eran suyos

Samuel tardó cuatro días más en traer los documentos. Miguel y Zuleima permanecieron en la habitación que Irene les había conseguido, saliendo solo para comprar comida y hacer las llamadas necesarias. No tuvieron otra noticia hasta la mañana en que él llegó con los pasaportes.

Zuleima tardó en reconocerse en la fotografía.

No porque hubieran cambiado su rostro, sino porque debajo aparecía un nombre que nunca había utilizado.

Lo leyó dos veces.

Marina Salcedo.

Miguel estaba sentado a su lado, mirando otro pasaporte.

Daniel Rivas.

Los documentos descansaban sobre una mesa sin mantel. Samuel aguardaba frente a ellos mientras Irene permanecía junto a la ventana.

Desde el operativo habían transcurrido poco más de dos semanas. Durante esos días habían pedido una salida.

Ahora la tenían entre las manos y les resultaba inquietantemente pequeña.

—No se los lleven como si fueran un amuleto —dijo Irene—. Ya hablamos de los riesgos.

Miguel levantó los ojos.

—Sí.

Zuleima pasó un dedo sobre su fotografía.

El nombre nuevo no borraba a Alfredo ni la recompensa.

Solo añadía otra cosa que podrían utilizar contra ella si el viaje salía mal.

* * *

Samuel revisó con ellos la información del viaje.

No intentó explicar cómo habían obtenido los documentos. Miguel tampoco quiso confundir saber más con sentirse más seguro.

Los pasaportes eran falsos. Samuel lo repitió sin rodeos y explicó que el vuelo tendría salida y entrada registradas, con revisión de pasajeros. No iban a cruzar una frontera invisible. El riesgo no terminaba al subir al avión.

Miguel preguntó qué ocurriría si los documentos eran rechazados. Samuel respondió que podían ser detenidos y que él no tenía autoridad para impedirlo. Irene permaneció a su lado mientras escuchaban. Aceptar aquella ruta no equivalía a que ninguno de ellos la considerara segura.

Preguntó por la fecha.

Por el destino.

Por la persona que los esperaría.

Zuleima escuchó hasta que el hombre mencionó un vuelo pequeño.

—Pensé que sería un vuelo comercial.

Samuel cerró una hoja.

—La posibilidad que conseguimos es esta.

Miguel miró a Irene.

Ella sostenía el mismo gesto serio de las primeras reuniones.

—Si quieren detenerlo, este es el momento —dijo.

Zuleima bajó los ojos al pasaporte.

La idea de seguir esperando le produjo un cansancio casi físico.

Podían rechazar aquella oportunidad.

No sabían cuándo llegaría otra.

Miguel le tomó la mano debajo de la mesa.

No intentó decidir por ella.

Zuleima respiró despacio.

—Voy.

Él asintió.

—Yo también.

* * *

Alfredo recibió una copia de la misma información aquella tarde.

El auxiliar volvió a cobrar. Esta vez entregó la lista de pasajeros y los nombres que figuraban en los documentos. Leandro comparó la reserva con las fotografías: Daniel Rivas era Miguel; Marina Salcedo, Zuleima. No necesitaron pedirle nada a Irene ni a Samuel.

Leandro la dejó junto al expediente que había construido durante días.

El capo observó el nombre que Miguel utilizaría para viajar.

—Daniel Rivas.

Lo pronunció con desprecio.

Como si el muchacho hubiera querido escapar no solo de él, sino también de todo lo que le había dado.

Leandro señaló otra hoja.

En la versión preparada para las autoridades, Daniel Rivas ya figuraba como la identidad de cobertura del supuesto dirigente actual que usaba el nombre Alfredo Barragán.

La mentira estaba aprendiendo a anticiparse a los hechos.

—Cuando lo revisen, van a encontrar coincidencias —explicó.

Alfredo miró la fotografía de Zuleima.

—Y ella.

Leandro asintió.

Zuleima constaba como esposa de Alfredo Barragán. Viajaría junto al joven a quien ahora atribuían ese nombre de mando; los testigos comprados afirmarían que ese era el hombre con quien se había casado.

No probaría por sí sola quién era Miguel.

Pero haría que la acusación pareciera más fácil de entender.

* * *

Miguel llamó a su madre desde el teléfono que Irene les había entregado. Ya les había dado ese número a ambas madres, con la advertencia de que no compartieran su ubicación con nadie.

Había decidido decirle que se marchaba sin mencionar el día ni el destino.

La mujer escuchó en silencio.

—¿Muy lejos? —preguntó.

Él miró a Zuleima, que doblaba ropa sobre la cama.

—Sí.

Su madre respiró despacio.

Miguel esperaba una protesta.

En cambio, ella preguntó:

—¿Vas porque quieres o porque tienes que irte?

La frase lo dejó callado.

—Las dos cosas.

La mujer no respondió enseguida.

Después dijo que había guardado unas fotografías de su padre y que algún día se las daría.

Miguel cerró los ojos.

Algún día.

Durante años había utilizado aquellas palabras para aplazar decisiones.

Ahora necesitaba que siguieran existiendo.

—Te voy a llamar cuando llegue.

—Hazlo.

Su madre hizo una pausa.

—Y no dejes que nadie te diga quién eres. Tu nombre también es de tu padre.

Miguel miró el pasaporte sobre la mesa.

No pudo contestar.

* * *

Zuleima habló con su madre después.

No encontró una manera suave de despedirse.

—Voy a salir del país.

Al otro lado se escuchó una silla arrastrándose.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿Con Miguel?

—Sí.

La mujer permaneció callada.

Zuleima comenzó a hablar demasiado rápido. Dijo que estaban buscando un lugar donde trabajar, que habría alguien esperándolos y que intentaría enviar dinero en cuanto pudiera.

Su madre la detuvo.

—No necesito que me pagues por dejarte ir.

Zuleima se cubrió la boca.

La mujer continuó:

—Necesito que vivas.

Ella cerró los ojos.

Por primera vez, no se trataba de tener una vida que pareciera mejor desde afuera.

Se trataba de conservarla.

El día anterior al viaje compraron una bolsa de tela.

La maleta que Miguel quiso llevar les parecía demasiado grande para lo poco que tenían. Zuleima escogió una sencilla, oscura y sin adornos.

En la habitación, extendieron sus cosas.

Dos cambios de ropa.

Medicamentos.

Un cepillo.

La libreta azul.

Zuleima se quedó mirando la lista bajo la palabra Después.

Miguel apareció detrás de ella.

—También viene.

Ella asintió.

Guardó la libreta entre la ropa.

Después tomó la flor que él le había comprado.

Los pétalos ya se habían secado.

Intentó envolverla, pero una hoja se desprendió.

Miguel la observó.

—Podemos dejarla.

Zuleima negó con la cabeza.

Tomó uno de los pétalos que todavía conservaban color y lo colocó dentro de la libreta.

No pesaba nada.

No quería perderlo.

* * *

Irene llegó al anochecer.

Llevaba comida y una expresión que Miguel había aprendido a interpretar.

Había algo que no quería decirles todavía.

—¿Qué pasó? —preguntó.

La mujer dejó la bolsa sobre la mesa.

—Van a tener que hablar con un abogado cuando lleguen. Lucía ya está preguntando por alguien.

Zuleima se sentó.

—Por los documentos.

—Por eso y por todo lo demás.

Miguel bajó la mirada.

Había querido imaginar que al cruzar una frontera dejarían de ser perseguidos.

Irene no se lo permitió.

—No pueden construir una vida entera fingiendo que nada ocurrió.

Él asintió.

La mujer se acercó a la ventana.

—Si consiguen llegar, busquen ayuda antes de que otra persona cuente su historia por ustedes.

Zuleima miró a Miguel.

No sabía cuánto necesitaban aquella advertencia.

* * *

Leandro se reunió con un hombre que nunca vio a Alfredo.

Era importante que siguiera siendo así.

La conversación ocurrió en una oficina donde había una bandera, un retrato institucional y una cafetera encendida.

El hombre recibió el expediente.

No conocía personalmente al jefe criminal.

Conocía informes, apodos y una investigación que llevaba años produciendo resultados insuficientes.

La carpeta ofrecía algo que no había tenido: un rostro claro y una posibilidad concreta de captura.

Leandro dejó que examinara las hojas.

El funcionario preguntó por la edad.

Por los nombres.

Por las contradicciones de los archivos anteriores.

Cada pregunta encontró una respuesta preparada, acompañada por declaraciones firmadas y referencias que parecían venir de fuentes distintas.

Algunas personas habían cobrado para mentir.

Otras repetían lo que les entregaron sin conocer su origen.

Los testimonios parecían corroborarse porque nadie que recibía el expediente veía el origen común de las declaraciones.

El funcionario pidió el acta completa de matrimonio y una comprobación independiente de la identidad civil del detenido. Leandro entregó una copia certificada por una oficina comprometida, con la fecha de nacimiento sustituida. La firma y la fotografía parecían respaldarla. La comprobación independiente seguiría otro camino, uno que Leandro no podía controlar en Ecuador. Sí podía demorar la respuesta que tendría que salir de México.

* * *

Miguel despertó en mitad de la noche.

Zuleima estaba acostada de lado, frente a él.

Tenía los ojos abiertos.

—¿No puedes dormir? —preguntó.

Ella negó con la cabeza.

—Estoy intentando imaginar cómo va a ser allá.

Miguel acercó una mano a su rostro.

—Lucía dijo que hace frío por las noches.

Zuleima sonrió apenas.

—Entonces vamos a necesitar otra manta.

Él le acarició la mejilla.

Hablaron de ropa, de trabajos que no conocían y de cuánto tardaría ella en acostumbrarse a una ciudad donde nadie pronunciara su nombre con miedo.

Después se quedaron callados.

Zuleima se acercó.

Se besaron con la delicadeza de quienes ya no necesitan demostrar que se desean. Se buscaron despacio, dejando por unas horas los pasaportes, el viaje y a Alfredo sobre la mesa.

Más tarde, ella se durmió abrazada a él.

Miguel permaneció despierto un poco más.

Pensó que nunca había querido tanto llegar a una mañana.

* * *

Alfredo también pasó parte de la noche despierto.

No estaba pensando en hoteles ni en el vuelo.

Recordaba a Zuleima aceptando el anillo.

La había visto sonreír y creyó que aquella sonrisa confirmaba algo sobre él: su poder, su capacidad de ser deseado, la vida que había construido.

Después apareció Miguel.

La traición le resultaba insoportable no solo porque hubiera perdido a su esposa.

Le había obligado a mirar lo que ella nunca sintió por él.

El capo se levantó y abrió un cajón.

Sacó la fotografía de la boda.

Durante varios segundos observó su propia mano sobre la cintura de Zuleima.

Luego guardó la imagen boca abajo.

* * *

Irene llamó antes del amanecer.

—Hoy es el día.

Miguel se incorporó.

Zuleima abrió los ojos al escuchar su voz.

La mujer confirmó que el viaje seguía previsto y que alguien pasaría por ellos.

No añadió promesas.

No dijo que todo saldría bien.

Miguel terminó la llamada y miró a Zuleima.

Ella apartó la sábana.

Ambos comenzaron a vestirse.

En la mesa esperaban dos pasaportes con nombres ajenos; en la bolsa llevaban una libreta con una vida todavía sin estrenar. Lejos de allí, dentro de un expediente que ninguno había visto, el rostro de Miguel ya tenía otro nombre: Alfredo Barragán.