Capítulo 20 de 25
La forma de la esperanza
Los pendientes pesaban menos de lo que Zuleima recordaba.
Los sostuvo sobre la palma antes de entregarlos. Habían sido el regalo de su cumpleaños, poco antes de que Alfredo le mostrara el anillo y le pidiera que se casara con él.
Entonces creyó que cada joya era una prueba de cuánto había avanzado.
Ahora los veía bajo una lámpara blanca, frente a un hombre que los examinaba con una lupa y hablaba de ellos como si nunca hubieran pertenecido a nadie.
—Puedo darle esto.
Escribió una cantidad sobre un papel.
Zuleima lo miró.
Era menos de lo que esperaba.
También era suficiente para dejar de tenerlos.
—Está bien.
El hombre contó los billetes.
Ella no volvió a tocar los pendientes.
* * *
Miguel esperaba afuera.
Cuando la vio salir, intentó leer su expresión.
Zuleima guardó el dinero dentro del bolso.
—Ya está.
Él asintió.
Comenzaron a caminar.
Había una mujer vendiendo flores junto a la esquina. Zuleima miró un ramo pequeño y después siguió de largo.
Miguel se detuvo.
—Espera.
Ella lo vio acercarse al puesto.
Regresó con una sola flor, envuelta en un trozo de papel.
Zuleima se quedó mirándola.
—No tenías que gastar.
Miguel bajó los ojos hacia la flor.
—Ya sé.
Ella la recibió con cuidado.
No era cara.
No podía venderla para pagar una habitación.
Tampoco le daba derecho a él sobre ninguna parte de su vida.
Zuleima acercó el rostro a los pétalos.
Zuleima sostuvo la flor durante el camino. Miguel no volvió a mencionarla ni le pidió una sonrisa para compensar el gasto.
* * *
Irene llamó aquella tarde.
Miguel contestó y se sentó enseguida.
Zuleima dejó la flor dentro de un vaso.
La mujer tenía una fecha posible.
No definitiva.
Posible.
Había alguien dispuesto a ayudarlos a viajar y otra persona que podría recibirlos al llegar. El dinero que habían reunido alcanzaría para cubrir una parte importante.
Miguel hizo varias preguntas.
Irene respondió algunas y dejó otras pendientes.
—Necesito que me escuchen bien —dijo al final—. Esto puede fallar. No quiero que confundan una oportunidad con una garantía.
Zuleima tomó el teléfono.
—¿Alfredo sabe?
Hubo un silencio breve.
—No tengo motivos para pensar que sí.
La muchacha cerró los ojos.
No era la respuesta que deseaba.
Era la única honesta que podía recibir.
* * *
El contacto de Irene llegó al día siguiente.
Se llamaba Samuel y llevaba una carpeta delgada. No parecía alguien capaz de resolver una fuga; parecía un hombre que había salido de una oficina y no quería llegar tarde a otra.
Miguel lo dejó entrar.
Zuleima permaneció junto a la mesa.
Samuel les pidió que se sentaran.
Había documentos pendientes, gastos y una posibilidad de viaje que dependía de una autorización ajena a ellos.
Miguel escuchó con atención.
Después el hombre mencionó que tendrían que viajar bajo otros nombres.
Zuleima miró a Miguel.
La habitación cambió de tamaño alrededor de ambos.
—¿Eso qué significa exactamente? —preguntó él.
Samuel cerró la carpeta.
—Significa que no puedo presentarles esto como una salida legal y limpia. Y que, si los documentos se cuestionan, van a tener problemas.
Miguel se pasó una mano por el rostro.
Habían imaginado pasaportes como si fueran puertas.
Ahora descubrían que también podían convertirse en otra acusación.
* * *
Samuel se marchó para dejarles tiempo.
Irene llamó poco después.
No intentó convencerlos.
—Si quieren buscar otra opción, la buscamos.
Miguel miró el teléfono.
—¿Cuánto tiempo puede tardar?
—No lo sé.
Zuleima estaba sentada frente a la libreta azul.
La palabra Después permanecía sobre la lista que habían escrito.
Una cocina con ventana.
Trabajo.
Que su madre pudiera visitarlos.
Pasó un dedo sobre la última frase.
—¿Y si pedimos ayuda a las autoridades? —preguntó.
Irene guardó silencio.
Después habló con cuidado:
—Puede ser una opción. Tendrían que explicar todo, aceptar investigaciones y conseguir protección efectiva. No puedo prometerles que sería rápida ni que los mantendrían juntos.
Miguel miró a Zuleima.
Ella levantó los ojos.
La posibilidad de separarse les produjo un miedo que ninguno quiso utilizar como argumento.
—Lo vamos a pensar —dijo él.
* * *
Alfredo recibió un informe sobre un funcionario dispuesto a colaborar.
Leandro no dio nombres delante de los hombres que esperaban en la sala.
Pidió hablar a solas.
Cuando cerraron la puerta, dejó varias hojas sobre la mesa.
—Hay quienes quieren una captura importante —dijo—. Y quienes quieren que ciertas investigaciones terminen con esa captura.
Alfredo examinó los papeles.
El rostro de Miguel aparecía acompañado por afirmaciones que él sabía falsas.
Se lo describía como el dirigente actual de la organización, conocido bajo el nombre de mando Alfredo Barragán. El expediente separaba los antecedentes antiguos, atribuidos a un jefe anterior, de tres operaciones recientes que falsos testigos imputaban a Miguel. Una declaración aseguraba que había asumido el mando a los dieciocho años; otra afirmaba que Daniel Rivas era uno de sus documentos de cobertura.
El capo levantó una página.
—Esto va a provocar preguntas.
Leandro asintió.
—Sí. Pero las primeras noticias no se escriben con todas las respuestas.
Alfredo dejó el documento.
—Quiero que las respuestas lleguen antes de que duden.
* * *
Darío entró cuando Leandro se marchó.
Traía una noticia que parecía satisfecho de anunciar.
—Ya hay una pista sobre la mujer que los está ayudando.
Alfredo lo observó.
—¿Quién?
—Una tal Irene. Antes trabajó para una de las empresas.
El capo permaneció callado.
Recordaba el nombre.
También recordaba que había dejado de verla años atrás, después de un problema que otros resolvieron sin contarle todos los detalles.
Darío esperaba una orden.
Alfredo se acercó a la ventana.
—No la toquen.
El escolta levantó los ojos.
—¿Señor?
—Si ella los está sacando, quiero saber adónde.
Darío comprendió que la búsqueda había cambiado.
Ya no se trataba de cerrarles todas las puertas.
Alfredo necesitaba una abierta.
* * *
Miguel pasó buena parte de la tarde sin hablar.
Zuleima lo encontró junto a la ventana.
—Estás pensando que no deberíamos hacerlo.
Él se volvió.
—Estoy pensando que no sé lo suficiente.
Ella asintió.
No quería responder con una promesa de amor a un problema que podía terminar en una cárcel.
Se sentó a su lado.
—Yo tampoco.
Miguel la miró.
Zuleima continuó:
—Antes decidía algo y después buscaba razones para que pareciera correcto. Con Alfredo hice eso.
—No quiero que hagamos lo mismo ahora —añadió ella.
Miguel tomó la libreta.
Anotaron preguntas.
Quién los recibiría.
Qué ayuda tendrían al llegar.
Qué ocurriría si los detenían.
Cuánto dinero conservarían.
No respondieron todas.
Por lo menos dejaron de fingir que no existían.
* * *
Aquella noche Zuleima soñó con su casa.
No con las propiedades donde la habían escondido.
Con El Bordo.
En el sueño, el agua entraba por debajo de la puerta y ella intentaba salvar los libros de su madre. Cuando levantaba uno, encontraba el rostro de Miguel impreso en la página.
Despertó sentada.
Él encendió la lámpara.
—¿Qué pasó?
Zuleima se llevó una mano al pecho.
Tardó en respirar con normalidad.
Miguel acercó un vaso de agua.
Ella lo recibió.
—Soñé algo horrible.
Él esperó.
Zuleima miró la flor sobre la mesa.
Los pétalos comenzaban a doblarse.
—Que te perdía.
Miguel se sentó junto a ella.
No dijo que jamás ocurriría.
Le tomó la mano.
—Esta noche estoy aquí.
Zuleima apoyó el rostro contra su hombro.
Zuleima cerró los ojos sin soltarlo. Aquella noche él seguía allí; no necesitaba imaginar todavía la siguiente.
Irene consiguió una conversación con la persona que los recibiría.
Se llamaba Lucía y vivía en Quito, Ecuador. Había conocido a Irene años antes, en un trabajo de administración.
Habló desde su departamento y describió una habitación disponible durante unas semanas. Podría orientarlos para buscar asesoría y trabajo, aunque no resolverles toda la vida.
Zuleima preguntó si podían llegar juntos.
Lucía respondió que sí.
Miguel quiso saber cuánto conocía de Alfredo.
La mujer guardó silencio un instante.
—Lo suficiente para no tratar esto como un viaje de vacaciones.
Él sintió alivio.
Lucía sabía que había peligro.
Aun así, no había retirado la ayuda.
Al terminar, Zuleima se quedó frente al teléfono apagado.
—Tiene una ventana —murmuró.
Miguel la miró.
Lucía había mencionado que la habitación daba a una calle arbolada.
Zuleima sonrió apenas.
No era una cocina.
Todavía.
* * *
Samuel regresó al día siguiente.
Les pidió una decisión.
Había conseguido dos plazas en un vuelo ejecutivo contratado por una empresa que ya viajaría a Quito. Pagarían los asientos, no el avión completo. El operador tramitaría la lista de pasajeros con los documentos recibidos. El auxiliar que copiaba las reservas para Leandro trabajaba precisamente en esa oficina; el piloto y los demás empleados no conocían el expediente falso ni la orden contra Zuleima.
Miguel miró a Zuleima.
Ella sostuvo su mirada.
No hubo una frase dramática ni un beso que resolviera sus dudas.
Solo cansancio, miedo y la conciencia de que cada día en México aumentaba las posibilidades de ser encontrados.
—Vamos a seguir —dijo Miguel.
Samuel asintió.
Abrió la carpeta.
Zuleima sintió que acababan de entregar una parte de su futuro a un hombre que apenas conocían.
Se obligó a permanecer atenta.
Preguntó de nuevo por lo que no entendía.
Miguel hizo lo mismo.
No consiguieron que el riesgo desapareciera.
Consiguieron mirarlo antes de aceptar.
* * *
Alfredo recibió esa noche el nombre de Quito.
Leandro dejó la información sobre el escritorio.
Todavía faltaban detalles.
El dato venía de un auxiliar de la oficina donde Samuel tramitaba el vuelo privado. Darío había encontrado a Irene por los antiguos registros de la empresa; después, uno de sus hombres había seguido sus visitas hasta esa oficina. El auxiliar cobró por copiar una reserva. Samuel e Irene no sabían que la ayuda que habían conseguido tenía una puerta abierta para Alfredo.
Ecuador era suficiente para comenzar. La ciudad era Quito y el vuelo llegaría al aeropuerto que servía a la capital.
El capo permaneció mirando el papel.
Después llamó a otro hombre.
No a Darío.
No a quienes buscaban cobrar una recompensa en México.
La conversación fue breve.
Alfredo pidió una confirmación y una sola cosa más:
—Quiero que ella alcance a bajar.
Cuando terminó, guardó el teléfono.
Sobre la mesa estaba la fotografía de Miguel, ahora unida a un expediente que comenzaba a circular lejos de allí.
Dos nombres nuevos esperaban a la pareja.
Un tercero, el de Alfredo, también esperaba.
Pero no para llevarlos hacia otra vida.