Capítulo 19 de 25

Un rostro para el enemigo

El hombre de la carpeta gris se llamaba Leandro.

Había sido abogado antes de convertirse en alguien que evitaba explicar con precisión de qué vivía. Alfredo lo conocía desde hacía años y rara vez lo llamaba para asuntos pequeños.

Leandro examinó los documentos de Miguel.

La fecha de nacimiento lo hizo levantar los ojos.

—Tiene veintiún años.

Alfredo permaneció sentado frente a él.

—Ya los tenía cuando decidió traicionarme.

—No estoy hablando de eso.

Leandro dejó la hoja sobre la mesa.

—Quiere que este muchacho ocupe su lugar en los informes. No pueden atribuirle sus veintiséis años de diferencia. La edad va a provocar preguntas.

Alfredo miró la fotografía.

—Las preguntas pueden tener respuestas.

Leandro apartó los informes más antiguos.

—Entonces la versión tiene que ser una sola. El detenido será el dirigente actual que utiliza Alfredo Barragán como nombre de mando. Los antecedentes de hace décadas pertenecerán a un jefe anterior. Le atribuirán delitos recientes y dirán que heredó el alias.

Alfredo frunció el ceño.

—Quiero que lo busquen por mí.

—Lo buscarán por el nombre con el que ahora lo buscan a usted. No puedo fabricar que un hombre de veintiún años haya estado en un lugar antes de nacer.

Alfredo sostuvo la fotografía. Aquel límite no le gustaba, pero no necesitaba que la mentira borrara el pasado. Necesitaba que alcanzara a Miguel en el presente.

El abogado guardó silencio.

Conocía aquel tono.

No significaba que Alfredo tuviera todas las respuestas. Significaba que estaba dispuesto a pagar por ellas.

* * *

Miguel compró una libreta.

Era pequeña, de tapas azules, y costaba poco. Zuleima lo vio regresar con ella y dos botellas de agua.

—¿Para qué es?

Él se sentó junto a la mesa.

—Para hacer cuentas.

Zuleima acercó una silla.

Anotaron lo que les quedaba: el dinero de la venta del collar, lo que ella había guardado antes del ataque y los pocos billetes de Miguel.

Debajo pusieron gastos.

Comida.

Habitaciones.

Traslados.

El viaje que Irene intentaba conseguir.

La lista creció más rápido que la cantidad disponible.

Zuleima tomó el lápiz.

—Los pendientes.

Miguel la miró.

Ella los añadió.

Después dejó el lápiz sobre la libreta.

—No quiero que cada vez que los veas parezca que te estoy cobrando algo.

Miguel dejó el lápiz junto a la caja de las joyas.

—No pienso eso.

—A veces haces esa cara.

Miguel apoyó una mano sobre la página.

—Me da rabia que todo lo que tenemos para salir venga de él.

Zuleima sostuvo su mirada.

—Yo también vine de él. Y no soy suya.

Miguel tardó un instante en responder.

Después le tomó la mano.

Irene llamó al mediodía.

Había encontrado a una persona dispuesta a recibirlos fuera de México. No era una casa donde pudieran permanecer para siempre, sino una ayuda inicial.

Miguel escuchó atento.

Zuleima se sentó cerca para oír.

La mujer habló de tiempo, dinero y documentos que todavía no estaban listos.

—¿Cuánto falta? —preguntó él.

—No puedo darte una fecha hasta que me la confirmen.

Zuleima tomó el teléfono cuando Miguel se lo ofreció.

—¿La persona que nos va a recibir sabe quiénes somos?

Hubo una pausa.

—Sabe que necesitan alejarse de alguien peligroso.

—¿Sabe de Alfredo?

—Lo suficiente.

Zuleima miró a Miguel.

No quería que otra persona muriera por una historia que le habían contado a medias.

—Díselo todo —pidió—. No quiero que ayude sin saber.

Irene tardó en responder.

—Está bien.

Cuando terminó la llamada, Miguel la observó.

Zuleima dejó el aparato sobre la mesa.

—Ernesto merecía saber cuánto podía costarle.

Miguel miró la libreta.

No discutió.

* * *

Leandro regresó esa tarde con un expediente antiguo.

Junto a él dejó la carpeta que Rogelio había reunido desde la boda: identificación de Zuleima, acta de matrimonio, fotografías y fechas de los traslados. Aquellos papeles habían servido para controlar dónde estaba la esposa de Alfredo. Ahora servirían para presentar a Miguel como el hombre que viajaba con ella. La misma información que le habían negado a Zuleima sería utilizada para hablar en su nombre.

Abrió el expediente antiguo frente a Alfredo.

Había informes de varias corporaciones, apodos repetidos, fotografías borrosas y declaraciones que se contradecían.

El nombre de Alfredo Barragán aparecía muchas veces, asociado a edades incompatibles y a más de un supuesto dirigente.

No había una fotografía de su rostro que los informes reconocieran de manera uniforme.

—Eso no significa que no existan imágenes suyas —advirtió Leandro—. Significa que los archivos no coinciden y que una parte de quienes investigan no sabe cuáles son auténticas.

Alfredo pasó una página.

Encontró la fotografía de un hombre que había muerto años atrás.

Debajo estaba uno de sus propios alias.

Sonrió apenas.

—Ya se equivocaron antes.

—Y algunas equivocaciones se corrigieron.

Alfredo cerró el expediente.

—Entonces esta tiene que durar.

Leandro se recostó en la silla.

No bastaría con enviar una fotografía falsa y esperar que nadie preguntara. Habría que alimentar una versión, respaldarla con testimonios y aprovechar la urgencia de quienes necesitaban anunciar una captura.

Alfredo escuchó sin interrumpir.

Aquello le interesaba más que la recompensa.

Matar a Miguel terminaría su vida.

Convertirlo en otro hombre podía destruir todo lo que dejara detrás.

* * *

La recompensa comenzó a cambiar.

No desapareció.

Se añadió una instrucción que sorprendió a varios hombres: Miguel debía ser localizado y reportado, no atacado sin autorización.

Darío leyó el mensaje dos veces.

Después pidió hablar con Alfredo.

El capo lo recibió de pie.

—¿Hay algún problema?

Darío sostuvo el teléfono.

—Pensé que quería que…

Se detuvo.

Alfredo lo miró hasta que bajó la mano.

—Quiero que hagas lo que te digo ahora.

—Sí, señor.

El escolta salió con una pregunta que no se atrevió a formular.

¿Por qué mantener vivo al hombre que más quería castigar?

* * *

Zuleima encontró una fotografía suya en internet.

No estaba buscándose.

Había tomado el teléfono para mirar un mensaje de Irene cuando una noticia compartida apareció en la pantalla.

La imagen era de la boda.

Alguien la había recortado para dejar solo su rostro.

El texto la identificaba como la joven esposa de Alfredo Barragán y mencionaba que se investigaba su paradero después de un enfrentamiento.

Zuleima dejó de respirar un instante.

Miguel se acercó al notar su expresión.

Leyó la nota.

No hablaba de romance ni de fuga.

Todavía.

Pero su rostro había dejado de pertenecer únicamente a quienes los buscaban por dinero.

Ahora cualquiera podía reconocerla.

—Quítalo —murmuró ella.

Miguel bloqueó la pantalla.

Zuleima lo miró.

—No de ahí. De todas partes.

Él no respondió.

No tenía cómo hacerlo.

* * *

La noticia llegó también a su madre.

La mujer llamó una vez.

Después otra.

Zuleima permaneció frente al teléfono hasta que Miguel lo acercó.

—Contesta.

Ella negó con la cabeza.

Tenía miedo de escuchar lo que había causado.

Miguel se sentó a su lado.

—Está esperando saber que sigues viva.

Zuleima tomó el aparato.

Su madre comenzó a llorar en cuanto escuchó su voz.

—Estoy bien —dijo ella.

La frase ya no servía como antes.

La mujer le preguntó dónde estaba, quién la acompañaba y por qué no podía regresar a casa.

Zuleima miró a Miguel.

—No puedo decirte todo.

Su madre guardó silencio.

—¿Estás con el muchacho que conocí?

Zuleima cerró los ojos.

—Sí.

La respuesta quedó entre ambas.

Después su madre preguntó:

—¿Él te está obligando a algo?

—No.

—¿Quieres estar con él?

Zuleima sintió que por fin alguien había formulado la pregunta correcta.

—Sí, mamá.

La mujer respiró despacio.

No la regañó.

Eso la hizo llorar todavía más.

* * *

Alfredo escuchó una grabación breve aquella noche.

No era una conversación de Miguel y Zuleima.

Era la declaración de un hombre dispuesto a afirmar que reconocía al jefe de la organización.

Leandro detuvo el audio.

—No puede ser el único.

Alfredo observó la fotografía de Miguel.

—Habrá más.

El abogado señaló una hoja.

—Y tenemos que explicar que el nombre que usa no sea el que figura en los informes.

—Usa otros nombres.

—Eso sirve como versión. No como prueba suficiente.

Alfredo levantó los ojos.

—Para algunos hombres, una versión basta si viene acompañada de lo que necesitan.

Leandro permaneció callado.

Había funcionarios que querían dinero.

Otros, una captura.

Otros, que una investigación dejara de señalar a personas demasiado poderosas.

No todos tendrían que conocer la mentira.

Bastaría con que varios aceptaran no mirarla demasiado.

* * *

Miguel se despertó al escuchar a Zuleima moverse.

Ella estaba sentada en la otra cama, con los pendientes en la mano.

—¿Qué haces?

—Nada.

Él se incorporó.

Zuleima dejó las joyas dentro de la caja.

—Mi mamá me dijo que no llevara nada que me hiciera sentir que le debo volver.

Miguel se sentó cerca.

Ella lo miró.

—Mañana los vendemos.

Él asintió.

No volvió a discutir.

Zuleima apoyó la cabeza sobre su hombro.

Permanecieron así durante un rato.

Después Miguel abrió la libreta y escribió una palabra debajo de las cuentas.

Después.

Zuleima la leyó.

—¿Qué vamos a poner ahí?

Él le entregó el lápiz.

Ella pensó unos segundos.

Escribió:

Una cocina con ventana.

Miguel sonrió.

Debajo añadió:

Trabajo.

Zuleima volvió a tomar el lápiz.

Que mi mamá pueda venir.

La lista no resolvía nada.

Sin embargo, les permitió acostarse pensando en algo que no fuera la siguiente puerta.

* * *

Leandro recibió una nueva fotografía de Miguel.

Era más clara que las anteriores.

La dejó junto a un informe sobre Alfredo y una imagen de Zuleima.

El conjunto tenía una apariencia inquietantemente convincente para quien no conociera a ninguno.

Una esposa identificada.

Un hombre junto a ella.

Una historia criminal esperando un rostro.

Leandro llamó al capo.

—Ya hay quienes aceptaron respaldarlo.

Alfredo permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Cuándo?

—Cuando sepamos adónde van.

El capo miró la fotografía de su boda.

No necesitaba recuperar a Zuleima para castigarla.

Solo necesitaba permitir que creyera, durante un poco más de tiempo, que estaba consiguiendo escapar.