Capítulo 18 de 25
El lugar de los vivos
Miguel no durmió.
Permaneció sentado junto a la ventana hasta que la oscuridad comenzó a volverse gris. Zuleima se había quedado dormida sobre la cama, todavía vestida, con una mano extendida hacia el sitio donde él debía estar.
El taller ardía una y otra vez dentro de su cabeza.
No lo había visto quemarse. Solo conocía la fotografía que Irene le mostró. Sin embargo, imaginaba el ruido, el calor y a Ernesto dentro de un lugar que había abierto para recibirlos.
Pensó en llamar a la policía.
Pensó en presentarse ante alguien y decirlo todo.
Después recordó cuánto de aquello podía demostrar.
Un mensaje enviado desde un número desconocido.
Un incendio que todavía investigaban.
Una recompensa que circulaba entre hombres dispuestos a negar que la habían visto.
Y su propia historia, que comenzaba trabajando para Alfredo y terminaba huyendo con su esposa.
Se cubrió el rostro.
Zuleima despertó al escucharlo respirar con dificultad.
—Miguel.
Él no respondió.
Ella se acercó descalza y le puso una mano sobre la espalda.
—Mírame.
Miguel levantó los ojos.
—Lo llevé hasta él.
Zuleima se agachó.
—Nos ayudó porque quiso.
—Eso no lo salvó.
Ella retiró la mano lentamente.
No tenía una respuesta que pudiera salvarlo de aquella verdad.
* * *
Irene regresó por la mañana.
Traía café, una bolsa de comida y la confirmación que ninguno quería recibir.
El cuerpo era el de Ernesto.
Miguel permaneció inmóvil mientras ella hablaba.
Zuleima se sentó a su lado.
—Su hija ya sabe —añadió Irene.
Él levantó la cabeza.
—Necesito hablar con ella.
La mujer negó despacio.
—Ahora no.
—Tiene que saber por qué…
La voz se le quebró.
Irene dejó el café sobre la mesa.
—Miguel, no sabes todo lo que pasó. Y ella acaba de perder a su padre. No conviertas su dolor en un lugar donde poner tu culpa.
Él la miró con enojo.
Después bajó los ojos.
Miguel dejó de insistir. No sabía qué podría decirle a la hija de Ernesto sin pedirle que cargara también con su culpa.
* * *
Irene les explicó que no podían seguir allí.
Una persona le había avisado que habían preguntado por ellos en la ciudad. No sabía cuánto de la información era verdadero y cuánto eran rumores repetidos por gente que quería cobrar.
—La cifra está haciendo que todos crean haberlos visto —dijo.
Zuleima observó la bolsa de comida.
—¿Cuántas veces más vamos a cambiarnos?
Irene se sentó.
—Las que hagan falta para ganar tiempo.
Miguel miró hacia la ventana.
—Ernesto ganó tiempo para nosotros.
La mujer guardó silencio.
Él continuó:
—Y ahora lo estamos usando para escondernos en otro cuarto.
Irene sostuvo su mirada.
—Están vivos. Eso todavía significa algo.
* * *
Alfredo recibió varias versiones durante el día.
Un hombre aseguraba haberlos visto en una carretera. Otro decía que Miguel había comprado boletos hacia el norte. Una mujer afirmaba reconocer a Zuleima en la entrada de una clínica.
Ninguna pista era suficiente.
El capo escuchó con creciente impaciencia.
Había puesto precio a dos personas y descubierto que el dinero no solo compraba información. También compraba mentiras.
Cuando Darío entró, Alfredo dejó una hoja sobre la mesa.
—¿Sabes por qué siguen vivos?
El escolta bajó la mirada.
—No, señor.
—Porque alguien les está ayudando.
Darío asintió.
—Vamos a encontrarlo.
Alfredo lo observó.
—No quiero otra promesa.
El hombre permaneció quieto.
Sobre el escritorio había una carpeta con fotografías de Miguel, documentos y una lista de personas vinculadas a él.
Darío reconoció el rostro de Miguel en una imagen pequeña.
Alfredo siguió la dirección de sus ojos y cerró la carpeta.
—Tú ocúpate de lo que te toca.
* * *
Zuleima se quitó los pendientes antes de salir.
Los dejó dentro de una caja pequeña que llevaba en el bolso. Eran una de las pocas cosas de Alfredo que todavía conservaba.
Miguel la observó.
—Puedes venderlos cuando haga falta —dijo ella.
Él se acercó.
—No estamos hablando de eso ahora.
—Pero vamos a tener que hablarlo.
Miguel miró las joyas.
Zuleima cerró la caja.
—No quiero que te dé vergüenza necesitar dinero.
Él bajó los ojos.
Durante años había recibido órdenes a cambio de billetes. Ahora le costaba aceptar que el dinero de una joya comprada por Alfredo pudiera sostenerlos.
Zuleima le tomó la mano.
—No le debemos volver por haber usado lo que dejó.
Miguel la miró.
Ella añadió:
—Ya nos cobró suficiente.
* * *
Viajaron esa tarde a otra ciudad.
Irene los acompañó durante una parte del trayecto y luego se separó de ellos. Antes de marcharse, les entregó un teléfono sencillo.
—Para que podamos hablar.
Miguel lo tomó.
La mujer lo miró con seriedad.
—Si digo que todavía no hay respuesta, no significa que los haya olvidado.
Él asintió.
Zuleima abrazó a Irene.
La mujer tardó un instante en devolverle el abrazo.
Después se apartó.
—No se prometan cosas que no pueden cumplir. Ya tienen bastante con lo que sí pueden hacer.
Los vio alejarse sin añadir nada más.
* * *
La nueva habitación tenía dos camas.
Zuleima dejó la bolsa sobre una y se sentó en la otra.
Miguel abrió la ventana. Se veía un estacionamiento y la parte trasera de un restaurante.
Ninguno comentó el lugar.
Al llegar la noche, ella pidió comida y consiguió una toalla limpia. Miguel seguía junto a la ventana.
—Come algo.
Él negó con la cabeza.
Zuleima dejó el recipiente sobre la mesa.
—No has comido desde ayer.
—No tengo hambre.
Ella respiró despacio.
Podía pedirle, insistir o enfadarse.
En lugar de eso, se sentó cerca de él.
—Ernesto me habló de ti cuando saliste a comprar las medicinas.
Miguel volvió la cabeza.
—¿Qué dijo?
—Que tenías miedo.
Él miró el suelo.
Zuleima continuó:
—Pensé que iba a decirme que no te hiciera daño. O que yo no sabía lo que quería.
—¿Y no lo dijo?
—No.
Ella tomó su mano.
—Quería que entendiera que estabas haciendo algo difícil.
Miguel apretó los labios.
Zuleima le acercó el recipiente.
Esta vez él lo recibió.
* * *
Después de cenar, Miguel salió al pasillo para llamar a su madre.
No pudo decirle que Ernesto había muerto.
La escuchó hablar de una vecina, de una receta que no había conseguido surtir y del calor de aquella tarde.
Respondió poco.
Antes de despedirse, ella preguntó:
—¿Hay alguien contigo?
Miguel miró la puerta de la habitación.
—Sí.
Su madre permaneció callada.
—¿La quieres?
La pregunta le devolvió la voz de Ernesto.
Él cerró los ojos.
—Sí, mamá.
La mujer respiró despacio.
—Entonces no hagas que todo lo que están pasando termine separándolos.
Miguel se apoyó contra la pared.
No sabía cuánto conocía su madre.
Tampoco quiso preguntarlo.
—Voy a intentar llamarte mañana —dijo.
—Yo voy a contestar.
* * *
Zuleima estaba acostada cuando regresó.
Había dejado libre un espacio a su lado.
Miguel se sentó en el borde.
—Podrías haber vuelto —murmuró.
Ella levantó la cabeza.
—¿Con Alfredo?
—Antes de que esto…
No terminó la frase.
Zuleima se incorporó.
—No vuelvas a ofrecerme esa salida.
Miguel la miró.
Ella tenía los ojos húmedos, pero la voz firme.
—No es una salida para mí. Es regresar a un lugar donde ya no puedo vivir.
Él bajó la cabeza.
Zuleima le tomó el rostro entre las manos.
—Y no me hagas sentir que estar contigo es algo por lo que tengo que disculparme.
Miguel cerró los ojos.
Apoyó la frente contra la de ella y permaneció así hasta que pudo respirar sin dolor.
Más tarde se acostó a su lado.
No se buscaron con la urgencia de otras noches. Ella le acarició la espalda y él le habló de Ernesto, de su padre y del taller donde había pasado parte de su infancia.
Zuleima escuchó hasta que las palabras comenzaron a volverse sueño.
* * *
Al día siguiente, Irene llamó con una posibilidad.
Miguel se sentó enseguida.
Zuleima se acercó al escuchar el cambio en su voz.
La mujer no prometió fechas.
Habló de alguien dispuesto a recibirlos en el extranjero y de un viaje que todavía dependía de varios trámites.
—No está resuelto —advirtió.
Miguel miró a Zuleima.
Ella le tomó la mano.
—Pero existe —dijo él.
—Sí. Existe.
Cuando terminó la llamada, permanecieron callados.
Llevaban una semana huyendo desde el último operativo. Una posibilidad de futuro les resultaba difícil de sostener después de tantos días anticipando lo peor.
Zuleima fue la primera en sonreír.
Miguel la abrazó.
* * *
Esa misma tarde, Alfredo recibió una visita.
El hombre llevaba una carpeta gris y no pertenecía al grupo que Darío conocía.
Entró solo.
Alfredo lo hizo sentarse.
Sobre la mesa colocó dos fotografías y varios documentos.
El visitante examinó primero el rostro de Miguel.
Después el de Zuleima.
—¿Qué necesita? —preguntó.
Alfredo miró a la mujer de la fotografía.
—Que dejen de buscarme donde no estoy.
El hombre levantó los ojos.
No respondió enseguida.
Alfredo deslizó la carpeta hacia él.
Dentro estaba la información que había reunido durante días.
También había espacio para lo que todavía faltaba inventar.