Capítulo 17 de 25
Los hombres que llegan después
Ernesto llamó a la puerta antes del amanecer.
Miguel abrió con la camisa a medio abotonar.
El hombre no entró.
Le mostró el teléfono.
La fachada del taller apareció en la pantalla. Miguel tardó un instante en comprender que no era una fotografía antigua.
Después leyó la pregunta.
¿Todavía ayudas al hijo de Julián?
Sintió que el sueño desaparecía de su cuerpo.
—¿Cuándo llegó?
—Anoche.
Miguel levantó los ojos.
—¿Por qué no me despertaste?
Ernesto guardó el teléfono.
—Porque necesitaban dormir. Y porque no había adónde ir a esa hora.
Zuleima apareció detrás de Miguel.
Había escuchado suficiente para reconocer el peligro.
—Nos encontraron.
Ernesto no intentó tranquilizarla.
—Saben que pueden estar aquí.
La diferencia no le pareció grande.
* * *
Recogieron sus cosas sin hablar mucho.
Zuleima dobló la blusa que había dejado sobre una silla y guardó los medicamentos. Los zapatos nuevos esperaban junto a la cama.
Se los puso con cuidado.
Miguel miró el cuarto.
La noche anterior había llegado a imaginar varias mañanas allí. Desayunos con Ernesto, trabajo en el taller, una vida que no comenzara preguntándose quién estaba afuera.
Ahora tenía que llevarse todo dentro de una bolsa.
Al salir, Zuleima acomodó la colcha.
Miguel la observó.
—No hace falta.
Ella pasó la mano sobre una arruga.
—Ya sé.
No quería dejar la habitación como otra casa de la que habían salido huyendo.
* * *
Irene contestó cuando Ernesto la llamó.
Escuchó la noticia sin interrumpir.
—¿Los tienes todavía ahí?
—Sí.
—Entonces no esperemos hasta después.
La conversación fue breve.
Ernesto colgó y les pidió que bajaran.
Miguel se detuvo en la cocina.
—Ven con nosotros.
El hombre negó con la cabeza.
—Tengo que hacer unas cosas.
—Ernesto…
—No voy a quedarme esperándolos.
Miguel quiso creerle.
Zuleima permanecía junto a la escalera, apretando las asas de su bolsa.
Ernesto se acercó a ella.
—¿Te sirven los zapatos?
La pregunta le quebró la voz.
—Sí.
Él asintió.
—Entonces camina con cuidado. Todavía estás lastimada.
Zuleima lo abrazó.
Ernesto le dio unas palmadas en la espalda y después miró a Miguel.
—Tu padre me ayudó cuando yo no tenía cómo devolverle nada.
Miguel sintió que no podría despedirse sin llorar.
El hombre le puso una mano en la nuca.
—No me debes quedarte aquí.
* * *
Irene los recibió en una habitación donde no había nada personal.
Una mesa, tres sillas y una cortina de color beige.
Era una mujer de unos cuarenta años, con el cabello corto y una expresión que no invitaba a rodeos.
Miró a Miguel.
Después a Zuleima.
—Ernesto me contó lo necesario. Quiero escuchar lo demás de ustedes.
Miguel comenzó por el ataque.
Ella lo detuvo.
—No necesito saber cómo salieron. Necesito saber qué quieren hacer si logran salir del país.
Él guardó silencio.
Había pensado tanto en alcanzar una frontera que no sabía explicar lo que venía después.
Zuleima respondió:
—Trabajar. Vivir juntos.
Irene la observó.
—¿Con qué dinero?
La muchacha abrió su bolso y mostró lo que quedaba de la venta del collar.
Irene no tocó los billetes.
—Esto ayuda. No resuelve todo.
Miguel apoyó los codos sobre las rodillas.
—Díganos qué podemos hacer.
* * *
La conversación no se parecía a las promesas de Alfredo.
Irene hablaba de límites, demoras y personas que podían negarse. No les ofrecía un lugar sin miedo.
—Salir de México no borra a Alfredo —dijo—. Tampoco borra lo que haya en los registros sobre ustedes.
Miguel alzó los ojos.
—Yo no tengo cargos.
Irene lo miró con atención.
—Que tú sepas.
La frase le produjo una inquietud nueva.
Hasta entonces había temido a los hombres que podían encontrarlos.
No había pensado demasiado en papeles.
Irene continuó:
—No puedo asegurarles nada. Voy a preguntar por una posibilidad de viaje. Si existe, va a requerir tiempo y documentos. Y no quiero que inventen respuestas cuando alguien les pregunte algo.
Zuleima asintió.
Miguel también.
La mujer se recostó en la silla.
—Mientras tanto, no pueden regresar al taller.
* * *
Les consiguió una habitación para unos días.
No les dijo que fuera segura.
Solo que allí podían esperar hasta recibir noticias.
Antes de marcharse, Miguel le preguntó por su padre.
Irene permaneció con la mano sobre el bolso.
—Ernesto dice que te ayudó.
Ella lo miró durante varios segundos.
—Sí.
—¿Alfredo lo supo?
Irene retiró la mano lentamente.
—Nunca se lo pregunté.
Miguel sintió que la respuesta abría algo que no quería mirar.
—¿Crees que por eso murió?
La mujer bajó los ojos.
—No sé por qué murió Julián.
Después volvió a mirarlo.
—Y no voy a convertir una sospecha en una verdad solo porque ahora necesitas odiar a Alfredo.
Miguel bajó la cabeza. Si alguna vez conseguía salir, tendría que buscar los documentos de la muerte de Julián. Por ahora no podía llamar asesinato a lo que todavía no sabía demostrar. La incertidumbre no convertía a Alfredo en un hombre menos peligroso; tampoco le daba derecho a inventar una respuesta sobre su padre.
Miguel permaneció callado.
Aquella honestidad le dolió.
También hizo que confiara más en ella.
* * *
En la nueva habitación, Zuleima dejó las bolsas sobre una silla.
Miguel se sentó junto a la puerta.
Ella lo observó.
—Estás pensando en tu papá.
Él asintió.
Zuleima se acercó.
—No sabes qué pasó.
—Ese es el problema.
Ella apoyó una mano sobre su hombro.
Durante años, Miguel había tenido una sola versión de la muerte de Julián: un accidente, un entierro pagado, un hombre generoso que se hizo cargo de ellos.
Ahora descubría que alrededor de su padre también habían existido silencios.
Y Alfredo había vivido dentro de todos.
Miguel cubrió la mano de Zuleima con la suya.
—Voy a llamar a mi mamá.
Ella se apartó.
—Hazlo.
* * *
Su madre respondió con alivio.
Después de preguntarle cómo estaba, guardó silencio cuando él mencionó a Ernesto.
—¿Lo viste?
—Sí.
—Hace años que no sé de él.
Miguel miró el suelo.
—Mamá, ¿papá estaba intentando dejar de trabajar con Alfredo?
Al otro lado no hubo respuesta inmediata.
El silencio le dolió más que un sí.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie. Te estoy preguntando.
Su madre respiró despacio.
—Tu padre hablaba de muchas cosas cuando estaba cansado.
Miguel cerró los ojos.
—¿Tenía miedo?
La mujer tardó en contestar.
—Miguel, dime dónde estás.
Él no pudo hacerlo.
Su madre comprendió antes de que pronunciara ninguna excusa.
Comenzó a llorar.
Miguel sostuvo el teléfono hasta que sintió que le temblaba la mano.
No obtuvo la verdad sobre Julián.
Obtuvo algo peor: la certeza de que su madre llevaba años cuidando las palabras que utilizaba para recordarlo.
* * *
Tomás recibió dinero esa tarde.
No era la recompensa completa.
Era una cantidad por la información que había dado.
El mensaje incluía una frase breve:
Ya sabemos quién los recibió.
Tomás miró los billetes que acababan de entregarle.
Pensó en Ernesto.
Lo recordaba por fotografías y por las historias de Miguel. Un hombre que reparaba coches y nunca cobraba completo cuando veía que alguien no tenía suficiente.
Tomás guardó el dinero dentro de un cajón.
Después lo sacó.
No sabía dónde ponerlo para dejar de verlo.
Su hijo entró preguntando por la excursión.
Tomás lo miró sin comprender al principio.
Luego asintió.
—Sí. Vas a ir.
El niño sonrió.
Aquella alegría le resultó insoportable.
Miguel llamó a Ernesto al anochecer.
No respondió.
Esperó unos minutos y volvió a intentar.
Nada.
Zuleima estaba sentada en la cama, arreglando una costura de la bolsa con una aguja que había pedido prestada.
Al verlo, dejó de mover las manos.
—¿No contesta?
Él negó con la cabeza.
—A lo mejor está ocupado.
Ninguno creyó demasiado en la explicación.
Irene respondió cuando la llamó.
—Lo voy a buscar —dijo.
Miguel quiso preguntar cómo.
La mujer ya había terminado la comunicación.
* * *
La noticia llegó pasada la medianoche.
Irene entró en la habitación y cerró la puerta.
No necesitó sentarse para que Miguel comprendiera.
—¿Dónde está? —preguntó.
Ella dejó el bolso sobre la mesa.
—Hubo un incendio en el taller.
Zuleima se puso de pie.
Miguel permaneció inmóvil.
—¿Ernesto salió?
Irene lo miró.
—Encontraron un cuerpo.
Él negó con la cabeza.
La mujer continuó, con cuidado:
—Todavía no han terminado de identificarlo.
Miguel volvió a negar.
Como si aquel movimiento pudiera impedir que las palabras llegaran hasta él.
Irene sacó el teléfono y le mostró una fotografía publicada por un medio local.
El taller era una estructura negra.
Miguel reconoció el letrero torcido sobre la entrada.
Se sentó.
Zuleima se arrodilló frente a él y le tomó las manos.
Estaban frías.
* * *
Irene permaneció cerca de la ventana.
—No sabemos quién empezó el incendio.
Miguel levantó los ojos.
—Yo sí.
Ella no discutió.
Tampoco confirmó.
Él miró sus manos entre las de Zuleima.
Recordó a Ernesto preguntando si la quería.
Los zapatos.
El pan.
La última frase en la escalera.
No me debes quedarte aquí.
Miguel inclinó el rostro y comenzó a llorar.
Zuleima lo abrazó sin intentar ordenar su dolor.
Esta vez fue ella quien lo sostuvo.
* * *
Alfredo recibió un informe breve.
Lo escuchó de pie, junto a una ventana.
—¿Estaban ahí?
—No.
El capo permaneció callado.
El empleado añadió:
—El viejo no quiso decir nada.
Alfredo cerró lentamente los dedos alrededor del teléfono.
Había hombres que obedecían por dinero.
Otros por miedo.
Ernesto había elegido una lealtad que llevaba años enterrada.
—Sigan buscando —ordenó.
Después de colgar, miró el nombre de Miguel en una de las hojas de su escritorio.
Por primera vez no vio al niño que había crecido bajo su protección.
Vio al hijo de un hombre que también había intentado decidir por su cuenta.
Y dejó la hoja encima de las demás.