Capítulo 16 de 25
La deuda de un hombre muerto
Ernesto los esperaba con una bolsa de pan bajo el brazo.
Miguel lo reconoció antes de que el hombre levantara la mano. Tenía menos cabello, la espalda ligeramente vencida y la misma expresión con la que, años atrás, se inclinaba sobre los motores averiados en el taller de su padre.
—Muchacho.
Lo abrazó.
Miguel permaneció rígido un instante. Después le devolvió el abrazo con una fuerza que no esperaba necesitar.
Zuleima se quedó a unos pasos.
Ernesto la miró sin la curiosidad que ella había aprendido a anticipar.
—Tú debes ser Zuleima.
La muchacha asintió.
—Vengan. Aquí no podemos quedarnos.
Tomó una de las bolsas y comenzó a caminar.
No preguntó por Alfredo.
No les recordó la recompensa.
Miguel agradeció aquel silencio más de lo que habría podido explicar.
* * *
Ernesto vivía encima de su taller.
La escalera daba a un departamento pequeño, con una cocina estrecha y dos habitaciones. En la sala había una fotografía de una mujer junto a una niña.
Zuleima la observó mientras él abría las ventanas.
—Mi esposa y mi hija —dijo.
—¿Están aquí?
—Mi hija vive en otra ciudad. Mi esposa murió hace cuatro años.
Zuleima apartó la mirada de la fotografía.
—Lo siento.
Ernesto asintió.
Señaló una habitación.
—Ahí pueden descansar.
Miguel dejó las bolsas en el suelo.
—No queremos meterte en problemas.
El hombre lo miró.
—Ya están aquí.
No lo dijo como un reproche.
Lo dijo para evitar una conversación que llegaba demasiado tarde.
* * *
Comieron pan y huevos sentados alrededor de una mesa.
Zuleima tenía tanto sueño que apenas podía sostener la taza. Durante el viaje había dormido a ratos, despertando cada vez que el autobús se detenía.
Miguel le acercó el plato.
Ernesto observó el gesto.
No comentó nada.
—Cuando te vayas a acostar, deja tus zapatos junto a la puerta —le dijo a Zuleima—. Voy a conseguirte otros que no te lastimen.
Ella miró sus pies.
Las heridas habían vuelto a abrirse durante el trayecto.
—No hace falta.
Ernesto bebió café.
—Ya sé que puedes aguantar. No se trata de eso.
Zuleima buscó qué ofrecerle a cambio. Ernesto ya estaba sirviendo más café y no parecía esperar nada de ella.
* * *
Miguel no se acostó.
Esperó a que Zuleima entrara en la habitación y luego ayudó a recoger la mesa.
Ernesto dejó correr agua en el fregadero.
—Habla.
Miguel sostuvo un plato entre las manos.
—Necesitamos salir del país.
El otro cerró la llave.
—Eso no se hace en un día.
—No tenemos muchos.
Ernesto se secó las manos.
—Siéntate.
Miguel obedeció.
El hombre ocupó la silla frente a él.
Durante unos segundos lo miró como si buscara al niño que había conocido.
—¿La quieres?
Miguel levantó los ojos.
La pregunta era demasiado sencilla para toda la confusión que llevaba dentro.
—Sí.
—¿Y ella?
—Dice que sí.
Ernesto no aceptó aquella respuesta.
—¿Tú le crees?
Miguel miró hacia la puerta cerrada.
Recordó el collar sobre la cama, el desayuno barato y su mano buscando la de él dentro de la estación.
—Sí.
Ernesto asintió despacio.
—Entonces deja de hablar como si fueras el único que eligió esto.
Le contó que había preguntado por una persona.
Una mujer llamada Irene, que años atrás trabajó en tareas administrativas para una empresa relacionada con Alfredo. Había abandonado aquella vida después de que un socio desapareciera.
—No es alguien a quien puedas pedirle cualquier cosa —advirtió Ernesto.
Miguel permaneció atento.
—¿Puede ayudarnos?
—Puede decirnos si existe alguna posibilidad.
—¿Por qué lo haría?
Ernesto miró una marca antigua sobre la mesa.
—Porque tu padre la ayudó cuando nadie quería meterse.
Miguel sintió el nombre de Julián ocupar de nuevo la habitación.
Durante años, Alfredo había usado su recuerdo como una prueba de lo que Miguel debía hacer.
Ahora alguien lo mencionaba para ofrecerle una salida.
—¿Qué hizo por ella?
Ernesto tardó en contestar.
—La sacó de un lugar donde ya no estaba segura. Y no se lo contó a los hombres que la buscaban.
Miguel permaneció inmóvil.
Aquella era una parte de su padre que nunca le habían permitido conocer.
* * *
Zuleima despertó entrada la tarde.
La habitación tenía cortinas azules, una cama sencilla y una cómoda con tiradores distintos entre sí.
No había ropa comprada por Alfredo.
Tampoco cámaras.
Escuchó a Miguel abajo, hablando con Ernesto en el taller.
Se quedó acostada un momento más.
Por primera vez en mucho tiempo, el ruido de una conversación no le pareció una amenaza.
Encontró sobre una silla unos zapatos suaves, nuevos y sin adornos.
Debajo había una nota.
Prueba estos.
Zuleima se los puso.
Le quedaban bien.
Bajó la escalera despacio y vio a Miguel sosteniendo una pieza mientras Ernesto trabajaba.
La camisa de él tenía una mancha de grasa.
Zuleima sonrió.
Así se lo imaginó por un instante: entrando cansado después de un día de trabajo, lavándose las manos antes de cenar, preguntándole algo que no estuviera relacionado con esconderse.
Miguel levantó la cabeza.
Ella sintió que aquella vida podía existir.
Eso la hizo más vulnerable que cualquier promesa.
* * *
Tomás recibió una llamada al anochecer.
El hombre que contestó a su mensaje no quiso escuchar excusas.
—Dijiste que sabes dónde estuvieron.
Tomás repitió el nombre del hotel y la fecha.
—Cuando volví a buscarlo, ya no estaban.
No había vuelto.
La mentira le salió con una facilidad que lo avergonzó.
—¿Con quién iban a hablar?
Tomás miró hacia el pasillo de su casa.
La puerta de su hijo estaba cerrada.
Recordó la conversación con Miguel.
Ernesto.
El antiguo compañero de Julián.
Dio el nombre.
Después añadió:
—No sé si fueron con él.
La voz al otro lado guardó silencio.
—Ya veremos si lo que dijiste sirve.
La llamada terminó.
Tomás permaneció sentado.
Había imaginado que sentiría alivio después de hablar.
En cambio, tuvo la impresión de que acababa de empezar algo que ya no podría detener.
* * *
Ernesto cerró el taller antes de lo habitual.
Subió con una bolsa de comida y encontró a Zuleima poniendo platos sobre la mesa.
—No sabes dónde van las cosas —dijo.
Ella abrió otro cajón.
—Estoy descubriéndolo.
Miguel la observaba desde la entrada.
Ernesto sonrió apenas.
Cenaron sin televisión.
Hablaron del taller, de una clienta que llevaba años desconfiando de cualquier reparación y de la primera vez que Miguel había intentado cambiar una llanta.
—La dejó peor —dijo Ernesto.
Miguel negó con la cabeza.
—Tenía trece años.
—La llanta no sabía tu edad.
Zuleima se rio.
Durante unos segundos, el departamento pareció una casa donde nadie estaba esperando malas noticias.
* * *
Después de cenar, Miguel salió a comprar algo para las heridas de Zuleima.
Ernesto lo dejó ir y permaneció en la cocina.
Ella secaba unos platos.
—Miguel te quiere —dijo el hombre.
Zuleima se quedó quieta.
No había sido una pregunta.
—Yo también lo quiero.
Ernesto apoyó las manos en el borde del fregadero.
—Está dejando atrás lo poco que conocía.
Ella dejó el plato sobre la mesa.
—Yo también.
El hombre la miró.
Zuleima sostuvo sus ojos.
—Sé lo que piensas. Sé por qué me casé con Alfredo. No voy a decirte que fue por amor.
Ernesto no la interrumpió.
—Pero no estoy aquí buscando otro hombre que me mantenga.
La voz le tembló de rabia.
Él bajó la mirada.
—No iba a decirte eso.
Zuleima respiró despacio.
Ernesto continuó:
—Solo quería que supieras que tiene miedo. No es lo mismo cuidar a alguien porque te lo ordenaron que intentar salvar a la persona que quieres.
Ella se sentó.
La ira se le fue apagando.
—Yo también tengo miedo.
Ernesto acercó otra silla.
—Ya me imagino.
Por primera vez, Zuleima habló de Alfredo sin insultarlo ni justificarlo.
Contó las casas, las llamadas y lo que sentía cuando escuchaba que él llegaba.
Ernesto la dejó terminar.
* * *
Irene llamó cerca de las diez.
Ernesto se apartó para contestar, pero su expresión bastó para que Miguel y Zuleima dejaran de hablar.
Escuchó durante varios minutos.
Después les hizo una seña.
—Mañana quiere verlos.
Miguel se levantó.
—¿Dónde?
—Nos lo dirá por la mañana.
Zuleima sintió que el corazón le latía más deprisa.
Zuleima levantó del suelo la bolsa que había dejado abierta. Quería estar preparada para la reunión.
* * *
Se acostaron con la ventana entreabierta.
Desde la calle llegaba el ruido ocasional de un vehículo. Miguel acarició las manos de Zuleima hasta que ella dejó de mirar hacia la puerta.
—Me gustan los zapatos —murmuró.
Él sonrió.
—No los escogí yo.
—Ya sé.
Zuleima se acercó y apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Hoy pensé que podríamos vivir así.
Miguel miró el techo.
—¿Encima de un taller?
—En cualquier parte donde no tenga que despedirme de ti después de cada conversación.
Él le besó la frente.
No prometió que todo saldría bien.
Ella tampoco se lo pidió.
* * *
Abajo, Ernesto apagó las luces de la cocina.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Era un número desconocido.
Abrió el mensaje.
La fotografía mostraba la fachada de su taller.
Debajo había una pregunta:
¿Todavía ayudas al hijo de Julián?
Ernesto miró hacia la escalera.
Arriba no se escuchaba nada.
Bloqueó la pantalla y permaneció de pie, con el teléfono en la mano.
Después fue a cerrar la ventana de la sala.