Capítulo 15 de 25
El precio de sus nombres
El teléfono de Tomás vibró mientras lavaba un vaso.
No necesitó leer todo el mensaje para comprenderlo.
Los nombres de Miguel y Zuleima aparecían debajo de una cifra que le hizo dejar el vaso dentro del fregadero.
La cantidad superaba lo que podría ganar en muchos años.
Había también dos imágenes.
La de Zuleima era reciente, tomada durante la boda. La de Miguel pertenecía a una identificación que alguien había conseguido recuperar.
Tomás miró el rostro de su amigo.
Después bloqueó la pantalla.
El teléfono volvió a vibrar.
Si sabes algo, habla.
Se quedó inmóvil.
Había ido al hotel para comprobar que seguía vivo. Ahora aquel encuentro lo colocaba dentro de algo de lo que había intentado alejarse durante años.
Miró hacia la habitación donde dormía su hijo.
La puerta estaba entreabierta.
Por primera vez, ayudar a Miguel no le pareció un favor.
Le pareció una decisión que podía alcanzar a personas que nunca habían escuchado su nombre.
* * *
Zuleima despertó cuando Miguel salió de la cama.
La habitación era distinta de la anterior: más pequeña, sin ventana al patio y con una lámpara que parpadeaba cuando encendían la luz del baño.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Temprano.
Ella estiró la mano hasta tocarle la espalda.
Miguel se volvió.
Durante unos segundos permanecieron mirándose.
La noche anterior habían conseguido dormir casi sin interrupciones. Se habían buscado despacio, con una ternura que a Zuleima le seguía resultando nueva, y después conversaron hasta quedarse dormidos.
Hablaron de una casa que todavía no existía.
Ella quería una cocina con ventana.
Miguel dijo que sabría preparar algo más que pan quemado.
Ahora, bajo la luz gris, aquella conversación parecía pertenecer a otra pareja.
—Voy a llamar a Tomás —dijo él.
Zuleima retiró la mano.
—¿Crees que ya averiguó algo?
—Espero.
Ella se incorporó.
—Ve. Yo preparo las cosas.
Ninguno había dicho que se irían ese día.
Los dos lo daban por hecho.
* * *
Tomás respondió al segundo intento.
Miguel llamaba desde un teléfono prestado y habló sin dar detalles.
—Soy yo.
Al otro lado hubo un silencio.
—No me digas dónde estás.
Miguel miró hacia la calle.
—¿Qué pasó?
Tomás respiró con fuerza.
—Les pusieron precio.
Durante unos segundos, Miguel no entendió la frase. Después todo lo que había temido dejó de ser una posibilidad.
—¿Cuánto?
Tomás se lo dijo.
Miguel cerró los ojos.
La cantidad era una declaración: Alfredo no estaba buscando recuperar a su esposa.
Estaba comprando personas dispuestas a entregarlos.
—¿Quién tiene el mensaje? —preguntó.
—Demasiados.
Un automóvil se detuvo frente al negocio donde Miguel se encontraba. Él se apartó de la puerta por instinto.
—Necesito salir —dijo.
—Ya sé.
—¿Vas a ayudarme?
Tomás tardó en responder.
—No puedo dejar que vengas a mi casa.
Miguel sintió vergüenza por haberlo pensado.
—No te lo iba a pedir.
La mentira quedó entre ambos.
Tomás bajó la voz.
—Habla con Ernesto. El que trabajaba en el taller de Julián. Se fue a otra ciudad hace años, pero sigue contestando el mismo número.
Miguel recordó al hombre.
También recordó que su padre había confiado en él.
—¿Tú ya hablaste?
—No. Y no uses mi nombre.
La llamada terminó.
* * *
Zuleima lo encontró junto a la cama cuando regresó.
Miguel había cerrado la puerta y permanecía con la mano sobre el picaporte.
Ella dejó de doblar una blusa.
—¿Qué pasó?
Él le contó sin suavizarlo.
La recompensa.
Las fotografías.
La cantidad.
Zuleima se sentó.
Miró sus propias manos, como si esperara encontrar en ellas una señal que justificara el precio.
—¿Por los dos?
Miguel asintió.
Ella tragó saliva.
Hasta entonces había pensado que Alfredo querría matar a Miguel y llevarla de vuelta. Era una idea horrible, pero todavía conservaba un lugar para ella dentro de su vida anterior.
Ahora ese lugar había desaparecido.
—¿También quiere que me maten?
Miguel se acercó.
—No sabemos exactamente qué orden dio.
Zuleima levantó los ojos.
—Pero está pagando.
Él no pudo negarlo.
Alfredo desayunó solo.
Un hombre esperaba de pie junto a la puerta con varias hojas dentro de una carpeta.
El capo terminó el café antes de llamarlo.
—¿Qué tenemos?
El empleado abrió la carpeta.
Había registros, fotografías y datos de las personas con quienes Miguel había trabajado.
Alfredo observó una imagen de Tomás.
—Este estuvo con él.
—Sí, señor.
—¿Y dice que no sabe nada?
—Dice que lo vio, pero que después se separaron.
Alfredo dejó la fotografía.
Podía ser verdad.
La verdad también podía usarse para esconder lo que faltaba.
—Déjenlo por ahora.
El hombre asintió.
Alfredo pasó a otra hoja.
Encontró el nombre completo de Miguel, su fecha de nacimiento y el de su padre.
Permaneció mirando aquel último dato.
Había conocido a Julián cuando los dos pensaban que podían ganar dinero sin terminar convertidos en lo que después fueron.
Durante un instante sintió una tristeza remota.
Luego recordó a Zuleima.
—Quiero saber quién más puede ayudarlo.
* * *
El collar se vendió por menos de lo que Zuleima esperaba.
El hombre que lo examinó habló de desgaste, de mercado y de una cantidad que ella supo injusta.
Estuvo a punto de reclamar.
Después miró el reloj de la pared y aceptó.
Miguel la esperaba afuera.
Ella guardó el dinero en el bolso.
—¿Cuánto te dieron?
Zuleima se lo dijo.
Él hizo una mueca.
—Era bastante más caro.
—Ya sé.
Caminaron unos pasos en silencio.
Después ella se detuvo.
—No pongas esa cara.
Miguel la miró.
—No es por ti.
—Es por lo que perdimos.
Él tardó en responder.
—Es por lo que te costó conseguirlo.
Zuleima miró hacia el establecimiento.
No había pensado en el precio de aquella manera.
Tomó la mano de Miguel.
—Ya lo pagué.
Siguieron caminando sin volver atrás.
* * *
Ernesto no contestó la primera llamada.
En la segunda preguntó quién buscaba.
Miguel se presentó como el hijo de Julián.
El silencio cambió de peso.
—¿Miguel?
—Sí.
—¿Qué te pasó?
No hizo falta explicarle demasiado. La noticia de la recompensa ya había llegado hasta él.
Miguel sintió un cansancio profundo.
Sus nombres viajaban más rápido que ellos.
—Necesito ayuda para irme —dijo.
Ernesto no respondió enseguida.
Al fondo se escuchaba maquinaria.
—¿Está contigo la muchacha?
Miguel miró a Zuleima, que esperaba sentada en una banca.
—Sí.
—Tu padre no querría verte metido en esto.
Él cerró los ojos.
Otra vez su padre.
Otra vez una deuda que no sabía cómo pagar sin entregar lo único que ahora quería conservar.
—Mi padre ya no puede decirme qué hacer.
La frase salió más dura de lo que pretendía.
Ernesto respiró despacio.
—No. No puede.
Miguel bajó la voz.
—Perdón.
—No hace falta.
Hubo una pausa.
—Puedo recibirlos. Pero escucha bien: no sé si voy a poder sacarlos del problema.
Miguel abrió los ojos.
Miguel apoyó una mano en la banca. Hasta entonces solo habían tenido advertencias; Ernesto acababa de ofrecerles un cuarto.
—Con eso basta por ahora.
* * *
Compraron boletos para viajar a otra ciudad.
La espera fue larga.
Zuleima se sentó junto a Miguel y apoyó la bolsa entre los pies. A su alrededor había familias, trabajadores y una mujer que discutía con un niño porque no quería ponerse una chamarra.
Ella observó aquella escena.
—Nunca había salido así —dijo.
Miguel la miró.
—¿En autobús?
—Sin saber si voy a volver.
Él apoyó una mano sobre la bolsa.
No quiso decirle que volver ya podía ser una forma de morir.
Zuleima se acercó apenas.
—¿Piensas que te engañé?
La pregunta lo sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque empecé todo esto. Porque te buscaba cuando sabías que no podías acercarte.
Miguel miró las puertas de salida.
Después volvió a ella.
—Yo sabía lo que estaba haciendo.
Zuleima bajó los ojos.
Él añadió:
—No puedes decidir por mí para lo malo y dejarme afuera de lo demás.
Ella sonrió con tristeza.
—Está bien.
Miguel le rozó los dedos.
No podían abrazarse como una pareja que viajaba por gusto.
Aun así, el contacto bastó para que ella dejara de sentirse sola.
* * *
A muchos kilómetros de allí, Tomás observaba el mismo mensaje por tercera vez.
Su hijo le había pedido dinero para una excursión escolar aquella mañana.
Había dicho que no.
Ahora miraba la cifra debajo de los nombres de Miguel y Zuleima.
Pensó en la habitación del hotel.
En la escalera.
En lo poco que sabía.
Después abrió la conversación con un hombre que conocía a Darío.
Escribió una frase.
Puedo decirte dónde estuvieron.
La leyó.
No la envió enseguida.
Desde la cocina, su esposa le preguntó si iba a cenar.
Tomás bloqueó el teléfono.
Cenó casi sin hablar.
Más tarde, cuando todos dormían, volvió a abrir la conversación.
La frase seguía allí.
Esta vez pulsó enviar.