Capítulo 14 de 25

Lo que vale una vida

El segundo día en el hotel, Zuleima salió a comprar el desayuno.

Miguel intentó detenerla.

—Voy yo.

Ella tenía la mano sobre el picaporte.

—La tienda está enfrente.

—No sabemos quién puede andar por aquí.

Zuleima se volvió.

La frase le resultaba demasiado familiar.

Miguel lo comprendió antes de que ella respondiera.

—No estoy queriendo encerrarte.

—Ya sé.

Pero no apartó la mano de la puerta.

Durante unos segundos permanecieron mirándose. El peligro no había desaparecido porque ahora compartieran una cama, y él empezaba a descubrir lo difícil que sería protegerla sin convertirse en otro hombre que decidiera por ella.

—Vamos juntos —propuso.

Zuleima asintió.

Salieron tomados de la mano hasta llegar a la escalera. Allí Miguel la soltó.

Ella no se lo reprochó.

* * *

Compraron café, pan y dos vasos de fruta.

Zuleima insistió en pagar.

Sacó de su bolso unos billetes que había guardado antes del último traslado. No era todo el dinero de Alfredo, pero sí una parte suficiente para que Miguel dejara de mirar su cartera cada vez que necesitaban algo.

—No tienes que hacerlo —dijo él.

Ella entregó el dinero al vendedor.

—Los dos estamos comiendo.

Al regresar al hotel se sentaron junto a la ventana.

El café era demasiado dulce.

Zuleima tomó otro sorbo de todas maneras.

Miguel la observó arrancar un pedazo de pan.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—Me estás mirando como si esperases que me quejara.

Miguel dejó de observarla y acercó su café.

Zuleima dejó el pan sobre la bolsa.

—Puedo comer aquí.

—No he dicho que no puedas.

—Pero lo estás pensando.

Miguel tardó en responder.

—Estoy tratando de saber cuánto tiempo vamos a aguantar.

Ella lo miró con seriedad.

No había una respuesta que pudiera darle sin mentir.

Alfredo supo que estaban vivos antes del mediodía. Uno de sus hombres seguía en contacto con Tomás desde que comenzaron a preguntar por los desaparecidos. Tomás había admitido aquella mañana que Miguel lo llamó; aún no había entregado la ubicación del hotel.

Un hombre entró al lugar donde permanecía y dejó un teléfono sobre la mesa.

—Hay una pista.

Alfredo levantó la vista.

Desde el ataque había recibido llamadas, versiones contradictorias y promesas de encontrar a su esposa. Los muertos eran claros. Lo que había ocurrido con Miguel y Zuleima no.

—Habla.

—Miguel se comunicó con Tomás.

Alfredo recordó el nombre.

Un muchacho que había trabajado haciendo encargos menores y que después se marchó a otra ciudad.

—¿Qué dijo?

—Que necesitaba hablar con él.

—¿Y mi esposa?

El hombre vaciló.

—Está con él.

Alfredo permaneció inmóvil.

No sintió alivio todavía.

La certeza de que Zuleima seguía viva trajo otra pregunta.

—¿Por qué no me llamó a mí?

Nadie respondió.

* * *

Tomás llegó al hotel por la tarde.

Miguel lo vio desde la ventana y bajó enseguida.

Había envejecido menos de lo que parecía por teléfono. Seguía siendo delgado, con el cabello cortado al ras y una pequeña marca junto a la boca.

No lo abrazó.

Miró hacia la recepción y después hacia la escalera.

—¿Aquí te estás quedando?

Miguel asintió.

—Por ahora.

Tomás soltó una maldición.

—No vuelvas a llamarme desde el lugar donde te estás quedando.

—No te lo dije.

—Llamaste desde la recepción. El número quedó registrado en mi teléfono. Busqué a qué negocio pertenecía y pregunté aquí por un muchacho con una mujer herida.

Miguel sintió un frío breve.

Tomás lo observó.

—No vine solo porque te extrañara.

Miguel miró el mostrador. Había creído que pedir un aparato prestado lo volvía invisible. Tomás no había necesitado escuchar una dirección para llegar hasta su puerta.

* * *

Subieron a la habitación.

Zuleima se puso de pie cuando entraron.

Miguel los presentó.

Tomás apenas inclinó la cabeza.

Ella reconoció enseguida que el hombre sabía quién era.

No miraba su belleza ni su ropa.

Miraba el problema.

—¿Alfredo sabe? —preguntó Miguel.

Tomás se sentó sin esperar invitación.

—Sabe que están vivos.

Zuleima se quedó junto a la cama.

—Entonces podemos decirle que…

Se interrumpió.

No había ninguna frase que terminara bien.

Tomás la miró.

—¿Que qué?

Ella bajó los ojos.

Miguel cerró la puerta.

—No vamos a volver.

* * *

Tomás permaneció callado.

Después se pasó una mano por el rostro.

—Dime que no estás hablando de lo que creo.

Miguel sostuvo su mirada.

Zuleima se acercó a él.

Ese movimiento bastó.

Tomás dejó caer la mano.

—Estás loco.

—Puede ser.

—No. No me contestes así.

Se levantó.

—Ese hombre te conoció de niño.

Miguel sintió que la vergüenza regresaba con palabras que ya había escuchado dentro de sí mismo.

—Lo sé.

—Te dio trabajo.

—Lo sé.

Tomás señaló a Zuleima.

—Y te puso a cuidar a su esposa.

Ella levantó la cabeza.

—Yo estoy aquí porque quiero.

Tomás volvió a mirarla.

—Eso no va a importarle.

Zuleima sintió una punzada de rabia.

Había pasado meses escuchando lo que Alfredo quería, permitía o necesitaba.

Incluso lejos de él, todas las conversaciones terminaban regresando a su voluntad.

* * *

Miguel se colocó frente a Tomás.

—No te llamé para que me dijeras lo que va a hacer. Ya lo sé.

—No, no lo sabes.

El otro bajó la voz.

—Yo estuve allí cuando buscaron a un hombre que les había robado. Pensé que solo iban a recuperar el dinero. Después entendí que el dinero era lo de menos.

Zuleima se sentó.

Miguel no respondió.

Tomás miró la habitación: las bolsas de comida, la ropa sobre una silla, la cama sin terminar de arreglar.

—Esto no es una fuga todavía. Es una pausa.

La frase los dejó sin defensa.

* * *

Miguel le pidió ayuda para salir del país.

Tomás escuchó hasta el final.

No interrumpió cuando habló de dinero, de algún contacto o de la posibilidad de llegar a un lugar donde Alfredo no pudiera encontrarlos.

Después negó con la cabeza.

—Yo no puedo hacer eso.

Miguel sintió que se le hundía el pecho.

—Conoces gente.

—Conozco gente que quiere seguir viva.

Zuleima miró hacia la ventana.

Abajo, alguien cruzaba el patio con una cubeta.

La vida continuaba haciendo cosas pequeñas.

Tomás recogió su teléfono.

—Puedo averiguar una cosa. Una. No prometo nada.

Miguel lo miró.

—Gracias.

El otro no aceptó el agradecimiento.

—Todavía no.

Antes de salir se volvió hacia ellos.

—Y no se queden aquí otra noche.

* * *

Alfredo pidió que llevaran a Darío.

El escolta entró con una cautela que no había mostrado dentro de las casas.

Sabía que Rogelio estaba muerto.

Sabía que su propia ausencia durante el ataque podía convertirse en una sospecha si alguien necesitaba encontrar un culpable.

Alfredo lo hizo sentarse.

—Cuéntame otra vez.

Darío humedeció sus labios.

—¿Qué cosa, señor?

—Lo de Miguel.

El hombre miró hacia la puerta cerrada.

Esta vez no había Rogelio para detenerlo ni nadie que corrigiera sus versiones.

Habló de las conversaciones, de la habitación, de las madrugadas.

Añadió pausas donde antes solo había hechos.

Alfredo lo escuchó sin moverse.

—¿Los viste juntos? —preguntó finalmente.

Darío dudó.

—Los vi muy cerca.

—No fue lo que pregunté.

El escolta bajó la cabeza.

—No, señor.

Alfredo miró el teléfono sobre la mesa.

Miguel había sobrevivido.

Zuleima estaba con él.

Y ninguno había llamado.

Por primera vez, el capo dejó de pensar que estaba buscando a su esposa.

Empezó a pensar que se la habían quitado.

* * *

Zuleima guardó la ropa mientras Miguel salía a conseguir otra habitación en otro lugar.

Doblar las prendas la hizo recordar los traslados anteriores.

Esta vez podía escoger qué llevarse. Nadie estaba en la puerta ordenándole que abandonara sus cosas.

Tomó el collar de Alfredo.

Lo había llevado en el bolso desde la mañana en que lo guardó.

Lo sostuvo frente a la ventana.

Las piedras atraparon la luz.

Por un instante calculó cuánto valdría.

Después comprendió que podía valerles comida, transporte y varias noches bajo techo.

Cuando Miguel regresó, ella se lo mostró.

—Podemos venderlo.

Él negó de inmediato.

—No hace falta todavía.

—Va a hacer falta.

Miguel observó la joya.

Recordó el día en que llegó y la manera en que ella esperó un comentario suyo.

—¿Estás segura?

Zuleima lo dejó sobre la cama.

—No voy a llevarme todo lo que él me compró solo para seguir siendo la misma.

Miguel la miró.

Ella se acercó.

—Pero tampoco voy a fingir que el dinero ya no importa. Importa. Lo necesitamos.

Él asintió.

Aquella respuesta le pareció más verdadera que cualquier promesa de vivir únicamente de amor.

* * *

Salieron del hotel al anochecer.

Miguel devolvió la llave.

Zuleima llevaba una bolsa en cada mano y zapatos que todavía le rozaban las heridas.

Al llegar a la calle, él tomó una de las bolsas.

Ella dejó que lo hiciera.

Caminaron sin abrazarse.

En una esquina, Zuleima lo detuvo.

—No me fui contigo porque me salvaste.

Miguel se volvió.

Ella respiró despacio.

—Te habría buscado aunque no hubiera pasado lo de ayer.

Él bajó la bolsa al suelo.

Durante un instante olvidó mirar alrededor.

Zuleima se acercó y lo besó.

Fue un beso breve, torpe por el cansancio y por el miedo de estar en plena calle.

Miguel apoyó una mano en su espalda.

Después se separaron.

Siguieron caminando.

* * *

Alfredo recibió una llamada esa misma noche.

Escuchó durante casi un minuto sin decir nada.

Le informaron que Miguel y Zuleima habían compartido una habitación. Habían llegado solos. Habían pagado como cualquier pareja.

Cuando terminó la llamada, el capo dejó el teléfono cuidadosamente sobre la mesa.

No gritó.

No rompió nada.

Llamó al hombre que esperaba afuera.

—Quiero que los encuentren.

—¿A los dos, señor?

Alfredo levantó los ojos.

La pregunta ya contenía una diferencia que no estaba dispuesto a permitir.

—A los dos.

El hombre asintió.

—¿Vivos?

Alfredo tardó en responder.

Pensó en la mano que había puesto sobre el hombro de Miguel antes de marcharse.

En la confianza que los demás habían visto.

En Zuleima esperando a otro hombre dentro de una habitación.

—Avísenme cuando sepan dónde están.

El empleado salió.

Alfredo permaneció sentado, mirando una fotografía de su boda que nadie fuera de su círculo había visto.

Después tomó una pluma y escribió dos nombres.

Debajo añadió una cifra.

La cantidad era tan grande que bastaría para convertir a un amigo en una posibilidad de traición.