Capítulo 13 de 25

Una habitación con llave

Miguel despertó antes del amanecer.

Durante unos segundos no reconoció el techo incompleto ni las paredes manchadas. Después sintió el peso de Zuleima contra su hombro y recordó.

Ella dormía envuelta en su camisa.

Tenía el cabello extendido sobre el brazo de él y una mano apoyada cerca de su pecho. Aun dormida, parecía sujetarlo.

Miguel permaneció inmóvil.

La noche anterior había sido una sucesión de miedo, silencio y besos que dejaron de parecer imposibles. Cuando finalmente se amaron, lo hicieron con la certeza de estar cruzando un límite y sin ninguna promesa capaz de volverlo seguro.

Ahora llegaba la mañana.

Con ella regresaban Alfredo, Rogelio, Esteban y la última orden escuchada dentro de la casa.

Sácala.

Miguel había cumplido.

Todo lo que ocurrió después ya le pertenecía.

* * *

Zuleima abrió los ojos cuando él intentó levantarse.

Su primera reacción fue buscarle la mano.

—¿Adónde vas?

—A mirar afuera.

Ella lo soltó despacio.

Miguel se puso los zapatos y salió.

El aire olía a tierra húmeda. A lo lejos había un ruido de motores, aunque no alcanzaba a ver la carretera.

No podía quedarse allí otro día.

La botella estaba casi vacía y Zuleima necesitaba que alguien revisara sus heridas.

Regresó.

Ella estaba sentada, acomodándose la ropa.

Al verlo, sonrió de una manera que le hizo recordar el beso antes que el peligro.

Miguel se agachó frente a ella.

—Tenemos que caminar.

Zuleima miró sus pies.

No protestó.

—Ayúdame a levantarme.

* * *

Tardaron en alcanzar una calle.

Pasaron junto a terrenos vacíos, una cerca caída y varias casas separadas por espacios de maleza. Miguel esperaba que cualquier persona pudiera reconocerlos, pero los pocos que encontraron los miraron con la curiosidad breve que despiertan dos desconocidos cansados.

Zuleima caminaba apoyada en él.

La camisa de Miguel cubría parte de su vestido. Llevaba los pies protegidos con tiras de tela que él había improvisado, aunque cada paso le dolía.

Al llegar frente a una pequeña tienda, se detuvieron.

Miguel tenía algo de dinero en la cartera.

No era suficiente para llegar lejos.

Por el momento alcanzaba para agua, comida y un par de sandalias.

Zuleima se sentó en una banca mientras él entraba.

Una mujer la observó desde detrás del mostrador.

—¿Se cayó?

Zuleima miró su rodilla.

—Sí.

La respuesta le pareció extrañamente sencilla.

Por primera vez nadie conocía su apellido ni el nombre de su marido.

* * *

Comieron pan y una fruta sentados junto a la tienda.

Miguel bebió despacio.

Zuleima lo miraba.

—¿Te arrepentiste?

Él bajó la botella.

No necesitó preguntarle de qué hablaba.

—Tengo miedo.

Ella dejó de comer.

—No es lo mismo.

Miguel sostuvo sus ojos.

—Ya sé.

Zuleima miró la carretera.

La noche anterior había conocido algo que no encontraba dentro de su matrimonio: deseo sin obligación, cercanía sin una factura silenciosa detrás.

No quería reducirlo a la diferencia entre dos hombres.

Con Alfredo, su cuerpo había terminado siendo otra habitación donde él podía entrar cuando quisiera. Con Miguel había podido decir sí porque lo deseaba, y esa libertad le importaba tanto como el placer.

—Yo no me arrepiento —dijo.

Miguel le tomó la mano debajo de la banca.

La sostuvo apenas unos segundos.

Había gente alrededor.

Todavía no sabía quiénes podían mirarlos.

* * *

Encontraron un hotel pequeño antes del mediodía.

Tenía un letrero desteñido y una recepción donde un ventilador giraba con un ruido irregular. Miguel pidió una habitación y pagó una noche.

El encargado señaló una escalera.

—La siete.

Les entregó una llave unida a una pieza de plástico.

Zuleima la miró mientras subían.

Era una llave corriente.

Sin embargo, cuando Miguel abrió la puerta y entraron, ella sintió algo que no había experimentado en meses.

Podían cerrarla desde dentro.

* * *

La habitación tenía una cama matrimonial, una mesa y una ventana que daba a un patio de cemento.

En el baño había agua caliente.

Zuleima se quedó bajo el chorro hasta que el polvo dejó de salir de su cabello. Le ardían las heridas, pero el dolor era soportable cuando no tenía que seguir caminando.

Miguel esperaba sentado en una silla.

Se había quitado los zapatos y miraba su mano vacía, como si el teléfono perdido pudiera reaparecer en ella.

Necesitaba comunicarse con alguien.

Alfredo estaría buscándolos.

Tal vez creyera que los habían detenido.

Tal vez que estaban muertos.

Ninguna de las posibilidades duraría demasiado.

La puerta del baño se abrió.

Zuleima salió envuelta en una toalla y se detuvo al verlo.

Miguel levantó los ojos.

Durante un instante, el mundo quedó reducido a aquella habitación.

Ella se acercó.

—Ahora te toca a ti.

Miguel asintió, pero no se levantó enseguida.

Zuleima le pasó los dedos por el cabello.

Esta vez él no se apartó.

* * *

Más tarde consiguió vendas, comida y ropa sencilla en negocios cercanos.

Antes de salir, Zuleima lo sujetó de la mano.

—Regresa.

Miguel la miró.

—Voy a regresar.

Ella lo soltó con dificultad.

Cuando él volvió, la encontró junto a la ventana.

Había mantenido la cortina apenas abierta para verlo llegar.

Sobre la cama colocó una blusa, un pantalón y unos zapatos baratos.

Zuleima los tomó.

—No sabía tu talla exacta —dijo él.

Ella levantó la blusa frente a su cuerpo.

—Está bien.

Miguel esperó un comentario sobre el color, la tela o la tienda.

No llegó.

Zuleima dejó las prendas y lo abrazó.

—Gracias.

Él cerró los ojos.

Aquel agradecimiento lo conmovió más de lo que habría querido.

* * *

La televisión estaba encendida cuando terminaron de comer.

Zuleima cambiaba de canal buscando cualquier cosa que no fueran noticias. Una imagen la hizo detenerse.

Era la casa.

No aparecía completa, pero reconoció el muro, una ventana y el terreno de atrás.

Miguel se acercó.

La reportera hablaba del enfrentamiento ocurrido durante un operativo. Informó que los cuatro hombres que habían permanecido en la vivienda habían muerto. La identificación preliminar incluía a Rogelio, Esteban, Bruno y Saúl. Las autoridades investigaban si una persona cercana al jefe criminal también había estado en la propiedad.

No dieron su nombre.

Todavía.

En la pantalla apareció una fotografía de Rogelio.

Zuleima sintió que la comida se le endurecía dentro del estómago.

Miguel tomó el control y apagó el aparato.

No servía de nada seguir mirando.

La noticia había confirmado lo que ambos temían.

Ninguno de los hombres que habían permanecido en la casa había sobrevivido.

Zuleima se sentó en el borde de la cama.

Recordó a Esteban hablando del café de su madre.

A Saúl con el crucifijo sobre la camisa.

A Bruno entrando por primera vez.

Rogelio había sido autoritario, impaciente y capaz de cerrarle cualquier conversación.

También había dicho que la sacaran.

—Se quedaron ahí —murmuró.

Miguel apoyó los codos sobre las rodillas.

—Sí.

Ella le tocó el hombro.

Él no se volvió.

Zuleima comprendió que Miguel necesitaba algo que ella todavía no sabía darle.

No intentó distraerlo.

Se quedó sentada a su lado hasta que él comenzó a hablar.

Le contó cómo había visto caer a Esteban y lo mucho que le pesaba haber seguido.

Zuleima escuchó sin decirle que no tenía elección.

Sabía que aquella frase no borraría nada.

* * *

Al anochecer, Miguel pidió prestado un teléfono en la recepción.

Llamó a un número que recordaba desde hacía años.

La primera vez no respondieron.

La segunda escuchó una voz desconfiada.

—¿Quién?

—Soy Miguel.

Hubo un silencio.

—¿Dónde estás?

—Vivo.

El hombre al otro lado soltó el aire.

Se llamaba Tomás. Había trabajado con él haciendo entregas y arreglando vehículos antes de que cada uno terminara siguiendo caminos distintos.

—Se está diciendo de todo —murmuró.

Miguel cerró los ojos.

—Necesito hablar contigo. A solas.

Tomás tardó en contestar.

—Dime primero si ella está contigo.

Miguel miró hacia la escalera.

—Sí.

La pausa fue más larga.

—Entonces no me llames desde ahí otra vez.

La comunicación terminó.

Miguel permaneció con el aparato en la mano.

Al devolverlo, el encargado preguntó si había podido hablar.

—Sí —respondió.

No sabía si aquello contaba como ayuda.

* * *

Zuleima lo esperaba sentada sobre la cama.

Llevaba la ropa que él había comprado.

—¿Alguien contestó?

Miguel asintió.

—Un amigo.

—¿Va a ayudarnos?

Él se sentó frente a ella.

—Todavía no sé.

Zuleima miró sus manos.

—¿Piensas llevarme de vuelta?

La pregunta le dolió antes de poder responder.

—No sé qué es lo mejor.

Ella se quedó inmóvil.

Miguel continuó:

—Alfredo puede encontrarte. Puede encontrarnos a los dos. Yo no tengo con qué prometerte otra vida.

Zuleima se acercó.

—No te estoy pidiendo una casa.

—Ahora no. Después puede ser distinto.

Ella comprendió lo que realmente temía.

La muchacha que había elegido a Alfredo por dinero seguía formando parte de su historia.

No podía pedirle que la olvidara en una noche.

—No voy a decirte que nunca me importó tener cosas —dijo—. Me importó tanto que terminé aquí.

Miguel la miró.

Zuleima le tomó las manos.

—Pero no quiero volver con él.

Él bajó la cabeza.

—Si nos vamos juntos, va a matarnos.

Ella sintió miedo.

No lo ocultó.

—Entonces ayúdame a que no pueda.

Miguel permaneció callado durante mucho tiempo.

Después apoyó la frente contra la de ella.

Zuleima cerró los ojos.

Se besaron con la tristeza de quienes saben que una decisión no vuelve fácil lo que viene después. Más tarde se buscaron de nuevo, sin las prisas de la huida, aprendiendo a reconocerse fuera del miedo.

Cuando Zuleima se durmió, Miguel dejó la llave sobre la mesa.

Podían cerrar aquella puerta.

Por primera vez, también podían decidir no regresar por la que habían salido.

Miguel miró a la mujer dormida a su lado.

Y decidió quedarse.