Capítulo 12 de 25

El día en que se quedaron solos

Zuleima pasó la mañana evitando el patio.

No quería mirar el lugar donde Miguel había estado a punto de besarla. Había apoyado los dedos sobre su rostro y sentido que, por una vez, no tendría que convencerlo de nada.

Después él se apartó.

Si empiezo, no voy a saber detenerme.

La frase la acompañó mientras se vestía, durante el desayuno y al intentar leer. Nunca había deseado tanto que un hombre dejara de obedecer.

La confesión de Miguel no la hizo sentirse vencedora. Pasó la mañana preguntándose cuánto podía perder él si dejaba de resistirse.

Miguel ya no era alguien a quien pudiera provocar y olvidar cuando se cansara. Le importaba cómo dormía, si había llamado a su madre y si el corte de la frente le dolía.

Cuando lo vio cruzar el comedor, tuvo ganas de preguntárselo.

No lo hizo.

Temía encontrar otra distancia cuidadosamente puesta entre ambos.

* * *

Rogelio recibió varias llamadas antes del mediodía.

Al principio respondió desde la cocina. Después salió al patio y bajó la voz.

Esteban lo siguió.

Miguel observó sus rostros al regresar.

—¿Nos vamos? —preguntó.

Rogelio negó con la cabeza.

—Todavía no.

Aquella palabra bastó para que Miguel buscara a Zuleima con la mirada.

Estaba junto a una ventana, leyendo una página que llevaba demasiado tiempo sin cambiar.

Saúl se acercó a la entrada. Bruno dejó de hablar y guardó su teléfono.

La casa entera pareció contener la respiración.

Zuleima cerró el libro.

—¿Qué pasa?

Rogelio se volvió hacia ella.

—Nada que tenga que preocuparle.

Nadie creyó la respuesta.

* * *

La noticia llegó en la pantalla de un teléfono.

Una conductora hablaba de un operativo contra la organización de Alfredo Barragán. Había imágenes de vehículos oficiales, una propiedad rodeada por agentes y personas esposadas cuyo rostro apenas se distinguía.

Zuleima reconoció el apellido.

Nunca había escuchado a alguien pronunciarlo de aquella manera: sin respeto, sin bajar la voz, acompañado por una lista de delitos.

Miró a Rogelio.

—¿Dónde es eso?

Él retiró el teléfono.

—En otra parte.

—¿Alfredo está ahí?

—No.

Miguel notó que la respuesta había sido demasiado rápida.

Rogelio buscó su propio teléfono y se alejó.

Zuleima quedó mirando el lugar donde la pantalla había desaparecido.

Sabía con quién se había casado.

Sin embargo, una cosa era saberlo dentro de una habitación llena de regalos y otra escuchar su nombre en boca de una periodista que hablaba de muertos.

* * *

Alfredo llamó a Miguel poco después.

Su voz sonaba seca.

—¿Está contigo?

Miguel miró a Zuleima, sentada frente a la mesa.

—Sí.

—Que no vea noticias.

Él se quedó callado un instante.

—Ya vio algo.

Alfredo soltó una maldición.

—Pásamela.

Miguel le entregó el teléfono.

Zuleima escuchó sin hablar al principio. Después preguntó si las personas detenidas trabajaban para él.

Su marido respondió algo que Miguel no alcanzó a oír.

Ella apretó la mandíbula.

—No soy una niña.

Hubo una pausa.

Luego Zuleima bajó la mirada.

—Sí. Ya entendí.

Devolvió el aparato.

Alfredo seguía en la línea.

—Que esté tranquila —ordenó.

Miguel observó el rostro de ella.

—Voy a estar pendiente.

—No quiero perderla.

La frase encontró dentro de Miguel un significado que no supo acomodar.

Él tampoco quería perderla.

* * *

Celia no llegó ese día.

Zuleima se ofreció a calentar lo que quedaba en el refrigerador. Nadie parecía tener hambre, pero necesitaba algo que hacer con las manos.

Miguel la acompañó a la cocina.

Ella abrió un recipiente.

—¿Crees que todavía sirve?

Él se acercó para mirar.

Sus hombros se rozaron.

Ambos se quedaron quietos un instante.

Zuleima dejó el recipiente sobre la mesa.

—No tienes que tenerme miedo.

Miguel la miró.

—No te tengo miedo a ti.

Ella quiso preguntarle a qué, aunque conocía la respuesta.

Desde la entrada llegó la voz de Esteban.

Miguel se apartó.

Zuleima permaneció junto al refrigerador abierto, sintiendo el aire frío contra las piernas.

* * *

Zuleima se colgó al hombro el bolso que había dejado junto a la mesa. Guardaba allí el dinero reservado para las emergencias, los pendientes y el collar de Alfredo. Todavía tenía el teléfono en la mano cuando sonó el primer disparo.

Esta vez no hubo un ruido previo que les permitiera imaginar otra cosa.

Bruno gritó desde la sala.

Esteban apareció en el corredor y Miguel sujetó a Zuleima antes de que ella pudiera moverse.

—Ven conmigo.

El libro cayó de sus manos.

Después llegaron más detonaciones.

Una voz anunciaba un operativo. Otra ordenaba que soltaran las armas. Los gritos se cruzaban con disparos y golpes cuyo origen Zuleima no podía reconocer.

Miguel la llevó hacia el fondo de la casa.

Rogelio apareció junto a ellos con el teléfono todavía en la mano.

—Sácala.

Miguel lo miró.

Rogelio le puso una mano en el pecho y lo empujó.

—Ahora.

Fue la última vez que Zuleima le escuchó dar una orden.

* * *

Esteban intentó alcanzarlos.

Su mano vendada rozó el marco de una puerta. Miró a Miguel y abrió la boca, pero un impacto lo hizo caer contra la pared.

Zuleima gritó su nombre.

Miguel tiró de ella.

No porque no quisiera ayudarlo.

Porque vio su cuerpo deslizarse hasta el suelo y comprendió que detenerse significaba dejarla allí también.

Aquella decisión le quedaría dentro durante el resto de su vida.

Zuleima trató de volverse.

—¡Esteban!

Miguel la sostuvo con ambas manos.

—Sigue conmigo.

Ella tenía el rostro desencajado.

Él volvió a decirlo, esta vez casi suplicando:

—Sigue conmigo.

* * *

Fuera, el aire estaba caliente.

Habían llegado a la parte trasera de la propiedad. Más allá comenzaba un terreno irregular, cubierto de hierba, piedras y árboles bajos.

Miguel no sabía cuánto faltaba para alcanzar algún lugar seguro.

Solo sabía que debían alejarse del ruido.

Zuleima perdió un zapato.

Intentó detenerse para recogerlo, pero Miguel le dijo que lo dejara. Ella se quitó el otro y siguió como pudo.

Las piedras le lastimaron los pies.

Tropezó dos veces.

A la tercera, cayó de rodillas.

Miguel regresó y la levantó.

—No puedo —dijo ella.

Él la miró.

Tenía polvo en la cara y una marca roja en el cuello.

—Un poco más.

Zuleima sacudió la cabeza.

Miguel le pasó un brazo alrededor de la cintura.

Avanzaron juntos.

* * *

El ruido se fue apagando.

No desapareció de golpe. Permaneció detrás de ellos como algo que podía volver a alcanzarlos.

Cuando Miguel encontró una sombra donde detenerse, Zuleima ya no podía hablar.

Se sentaron cerca de un árbol.

Ella tenía cortes pequeños en las plantas de los pies y una rodilla ensangrentada. Él había perdido el teléfono durante la huida; no supo si dentro de la casa o entre la maleza.

Zuleima buscó el suyo.

Tampoco lo tenía.

Se miraron.

Hasta entonces siempre había existido alguien al otro lado de una llamada.

Rogelio.

Alfredo.

Un hombre que recibiría instrucciones.

Ahora solo estaban ellos.

* * *

Miguel encontró un poco de agua en una botella que llevaba en la mochila. Había salido con ella casi por costumbre, después de semanas de traslados.

Dentro llevaba también una muda y la camisa prestada, doblada desde el último cambio de casa. Zuleima conservaba el bolso, sujeto por la correa cruzada sobre el pecho. Había perdido los zapatos y el teléfono, pero no aquello que había alcanzado a ponerse antes de correr.

Zuleima bebió y le devolvió el recipiente.

—¿Van a venir?

Él no respondió enseguida.

Miró el terreno por donde habían llegado.

—No lo sé.

Ella cerró los ojos.

Miguel volvió a mirar el terreno. No tenía una orden que seguir ni una respuesta que pudiera darle.

Miguel limpió como pudo la sangre de su rodilla.

Zuleima lo observó inclinado frente a ella.

—Esteban cayó.

Él dejó de moverse.

—Lo vi.

—Rogelio se quedó.

Miguel asintió.

Zuleima comenzó a llorar sin hacer ruido.

Él se sentó a su lado.

Durante varios minutos no intentó detenerla.

* * *

Reanudaron el camino cuando ella pudo levantarse.

Avanzaron despacio, sin hablar mucho. El paisaje cambiaba con la luz y Miguel descubrió que tampoco podía seguir fingiendo que sabía adónde iban.

Buscaban una carretera, una casa, cualquier señal de gente.

Zuleima apoyaba parte de su peso en él.

A última hora de la tarde encontraron una construcción abandonada: paredes incompletas, techo sobre una sola habitación y restos de madera junto a la entrada.

No era un refugio que Miguel hubiera elegido.

Era el único lugar donde ella podía dejar de caminar.

* * *

Se acomodaron en el suelo, sobre una prenda extendida.

Zuleima miró sus pies.

Estaban sucios, hinchados y cortados.

Recordó los zapatos alineados dentro de un armario y comenzó a reírse entre lágrimas.

Miguel la observó.

—¿Qué pasa?

Ella negó con la cabeza.

No podía explicarle lo absurdo que le parecía haber vendido tantas cosas de sí misma para terminar allí, descalza.

Miguel le pasó la botella.

Zuleima bebió un sorbo.

Después se la devolvió y le tomó la mano.

—No te vayas.

Él volvió el rostro hacia ella.

—No hay adónde ir esta noche.

—No hablo de esta noche.

Miguel permaneció callado.

* * *

El miedo había dejado algo distinto en su lugar.

Cansancio, dolor y una claridad que Zuleima no había sentido dentro de ninguna casa.

No quería volver a una habitación donde Alfredo decidiría cuándo podía ver a su madre y cuántos meses debía esperarlo.

Tampoco quería usar a Miguel para conseguir una salida que después pudiera abandonar.

Lo miró.

—No quiero que hagas nada porque te lo ordenaron.

Él sostuvo su mirada.

Zuleima se acercó apenas.

Esta vez no lo tocó.

—Si quieres que me aparte, dímelo.

Miguel podía hacerlo.

Podía pronunciar el nombre de Alfredo, recordar a su padre o levantarse y poner distancia.

En lugar de eso, le acarició la mejilla.

Zuleima cerró los ojos.

Él la besó.

Fue un beso lento al principio, casi incrédulo. Después ella lo abrazó y Miguel dejó de preguntarse cuánto tiempo podía resistir.

Cuando se separaron, permanecieron con la frente apoyada uno contra el otro.

—No sé qué va a pasar —murmuró él.

Zuleima le tomó el rostro entre las manos.

—Yo tampoco.

Afuera comenzaba a oscurecer.

Dentro de aquel cuarto abandonado, Miguel volvió a besarla.

Cuando Zuleima volvió a acercarse, Miguel la recibió entre sus brazos.

Y Zuleima, que había querido salir de pobre a cualquier precio, descubrió que estaba dispuesta a quedarse junto a un hombre que no podía ofrecerle nada más que su presencia.

Aquella noche se eligieron.

Todavía no sabían que, al hacerlo, habían dejado de huir de un operativo.

Habían comenzado a huir de Alfredo.