Capítulo 11 de 25

La promesa equivocada

Miguel sostuvo a Zuleima hasta que dejó de temblar.

No supo cuánto tiempo pasó. Desde el patio llegaba la voz de Rogelio, interrumpida por silencios cada vez más largos. Esteban movía algo en la cocina. La casa olía a polvo, ropa húmeda y una comida que ninguno había probado.

Zuleima tenía la frente apoyada contra su pecho.

Miguel levantó una mano y la dejó sobre su cabello.

Aquel gesto fue el que lo hizo reaccionar.

No estaba sosteniéndola para que no cayera. Ella podía permanecer de pie. Tampoco necesitaba ayuda para caminar.

La abrazaba porque quería hacerlo.

Retiró la mano.

—Tienes que descansar.

Zuleima se apartó despacio y levantó los ojos.

—Siempre dices eso cuando quieres irte.

Miguel no respondió.

Ella le soltó la mano.

El vacío entre sus dedos le pareció inmediato.

* * *

Rogelio lo esperaba en la cocina.

Había dejado el teléfono sobre la mesa y tenía una taza intacta delante.

—¿Cómo está?

—Más tranquila.

—Alfredo quiere que hable contigo.

Miguel se apoyó junto al fregadero.

Rogelio lo observó unos segundos.

—Dice que hiciste bien las cosas.

El elogio lo sorprendió.

Había esperado otra advertencia.

—Esteban también la ayudó.

—Ya lo sabe.

Rogelio tomó la taza, bebió y la dejó con una mueca. El café estaba frío.

—Mañana van a venir más hombres. Aquí no podemos quedarnos mucho.

Miguel miró hacia el corredor.

—Ella necesita parar.

—Todos necesitamos parar.

—No me refiero a dormir unas horas.

Rogelio sostuvo sus ojos.

—Sé a qué te refieres.

Aquella respuesta lo desconcertó.

Por primera vez, el hombre parecía demasiado cansado para defender las decisiones de Alfredo.

Después recogió el teléfono.

—Pero eso no lo decidimos nosotros.

* * *

Zuleima durmió hasta entrada la mañana.

Despertó sin saber en qué casa estaba.

La ventana, el armario y la ausencia de cortinas le devolvieron la memoria. Recordó el vehículo, el vidrio sobre su cabello y la herida de Miguel.

También recordó sus brazos.

Se sentó en la cama.

Sobre una silla había ropa limpia. Al lado, un vaso de agua y la bolsa de pan que su madre le había llevado.

Zuleima la abrió.

Las piezas estaban aplastadas.

Tomó una y descubrió que seguía teniendo hambre.

Aquello le produjo ganas de llorar. Había pasado tanto miedo y, sin embargo, el cuerpo continuaba pidiendo cosas sencillas.

Comió sentada en el borde de la cama.

Luego buscó el teléfono y llamó a su madre.

* * *

No le contó lo del ataque.

Dijo que habían vuelto a cambiarla de casa y que el trayecto había sido cansado.

Su madre no le creyó del todo.

—¿Te pasó algo?

Zuleima miró el vendaje de su brazo.

—No.

—Déjame escucharte bien.

Ella cerró los ojos.

Sabía qué buscaba su madre en su respiración.

—Estoy aquí, mamá.

La mujer guardó silencio.

Después preguntó si había comido.

Zuleima levantó la bolsa.

—Tu pan.

Al otro lado se oyó una pequeña risa, seguida de un suspiro.

Hablaron unos minutos de una vecina enferma y del refrigerador, que finalmente había dejado de funcionar. Zuleima ofreció mandar dinero.

Esta vez su madre aceptó.

Cuando terminaron, la muchacha permaneció con el teléfono junto a la mejilla.

No quería que el cuarto volviera a quedarse en silencio.

* * *

Miguel encontró a Esteban sentado cerca de la entrada.

El hombre tenía una mano vendada y revisaba una fotografía en su teléfono.

Al verlo, apagó la pantalla.

—¿Cómo está el corte?

Miguel se tocó la sien.

—Bien. ¿Tu mano?

—Va a servir.

Permanecieron unos segundos sin hablar.

Después Esteban miró hacia el corredor.

—Ayer te quedaste con ella.

Miguel sintió que se le endurecía la espalda.

—Estaba asustada.

—Lo vi.

Esperó el resto.

Esteban se pasó una mano por la barba.

—También vi que pudiste irte y no te fuiste.

Miguel bajó los ojos.

—No pasó nada.

El otro no discutió.

—Eso te lo puedes decir mientras todavía sea cierto.

Miguel lo miró con enojo.

Esteban continuó, sin cambiar el tono:

—No te estoy acusando. Estoy tratando de que pienses antes de que otro piense por ti.

Se levantó con dificultad.

Miguel permaneció junto a la silla vacía, sintiendo que cada hombre de aquella casa podía ver algo que él ya no sabía esconder.

* * *

Al mediodía llegaron dos escoltas.

Se llamaban Bruno y Saúl. Rogelio les mostró la casa y habló con ellos en el patio. Ninguno preguntó demasiado.

Zuleima los observó desde una ventana.

Bruno tenía una expresión amable que desaparecía cuando dejaba de hablar. Saúl era mayor y llevaba un pequeño crucifijo sobre la camisa.

Más rostros.

Más hombres que podían acabar convertidos en un nombre que nadie quisiera mencionar.

Se apartó de la ventana cuando vio a Miguel.

Él llevaba una bolsa con medicamentos.

Zuleima salió al pasillo.

—¿Son para mí?

—Algunas cosas. También para Esteban.

Ella señaló la herida de su frente.

—Y para ti.

Miguel asintió.

—También.

Zuleima lo miró.

—Ayer me abrazaste.

Él dejó de acomodar la bolsa.

No había nadie cerca.

Aun así, bajó la voz.

—Habías pasado un momento terrible.

—No te estoy reclamando.

Miguel cerró los ojos un instante.

Ella dio un paso hacia él.

—Quiero saber si vas a fingir que no pasó.

Él abrió los ojos.

—No puedo fingirlo.

Zuleima sintió una mezcla de alivio y miedo.

Miguel añadió:

—Pero tampoco podemos seguir así.

* * *

La frase los acompañó hasta la tarde.

Zuleima no volvió a buscarlo. Se quedó en su habitación, abrió una de las novelas y leyó varias páginas sin entenderlas.

Miguel intentó hacer lo mismo con el libro que ella le había prestado.

Encontró entre las hojas un cabello largo.

Lo retiró con cuidado y después se sintió ridículo por haberlo hecho.

Cerró el libro.

Su teléfono sonó.

Era Alfredo.

* * *

El capo parecía de buen humor.

—Me contaron cómo la sacaste de ahí.

Miguel miró hacia la puerta.

—Hicimos lo que pudimos.

—No me hables de todos. Te estoy hablando a ti.

Él guardó silencio.

Alfredo continuó:

—Sabía que no me había equivocado contigo.

Miguel sostuvo el teléfono con más fuerza.

Había deseado escuchar aquellas palabras durante años. Ahora miraba la puerta de Zuleima mientras Alfredo lo felicitaba.

—Tu padre habría estado orgulloso.

La frase le dolió.

—Gracias, señor.

—Te voy a compensar. Cuando esto se calme, vamos a hablar de tu futuro.

Miguel miró la cama estrecha de su habitación.

No supo qué futuro podía ofrecerle Alfredo que no siguiera perteneciendo a Alfredo.

La voz del capo se volvió más seria.

—Mientras tanto, no la dejes sola. Me dijo que quiere salir de todo. Está asustada y puede cometer una tontería.

Miguel recordó las palabras de Zuleima.

—Voy a cuidarla.

—Eso. Cuídala de los demás y de ella misma.

* * *

Al anochecer, Zuleima salió al pequeño patio.

Saúl permanecía junto a la puerta y Bruno hablaba con Rogelio cerca de la entrada. Esteban descansaba.

Miguel apareció unos minutos después.

Ella estaba sentada sobre un escalón.

—No tienes que acompañarme —dijo.

Él miró hacia Saúl.

—Ya sé.

Se sentó dejando espacio entre ambos.

Zuleima observó sus manos.

—¿Te llamó?

Miguel asintió.

—¿Está contento?

—Dijo que hice bien mi trabajo.

Ella soltó una risa triste.

—Su esposa sigue entera.

Miguel se volvió.

—No hables así.

Zuleima lo miró sorprendida.

Había pocas ocasiones en las que él dejaba de escoger cuidadosamente las palabras.

—A veces siento que eso es lo único que importa —dijo ella—. Que siga viva, que no me encuentre nadie, que no haga algo que lo avergüence.

Miguel permaneció callado.

Ella miró el cielo oscuro.

—Nunca me pregunta si quiero seguir siendo su esposa.

—Zuleima…

—No me digas que es un buen hombre porque te ayudó.

Él bajó la vista.

La frase encontró una herida que ella no había querido tocar.

Zuleima respiró despacio.

—Perdón.

Miguel negó con la cabeza.

—No sabes todo lo que pasó.

—Entonces cuéntamelo.

* * *

Él tardó en comenzar.

Habló de su padre, del velorio y del dinero que Alfredo dejaba para su madre. Contó cómo había empezado a hacer encargos y lo fácil que resultaba aceptar uno más cuando el anterior había pagado una deuda.

Zuleima escuchó sin interrumpir.

—Pensé que después podría hacer otra cosa —dijo Miguel.

—¿Todavía lo piensas?

Él miró hacia la casa.

—No sé.

Zuleima apoyó las manos sobre el escalón.

—Yo también pensé que esto era un paso. Que primero salía de pobre y después decidía qué vida quería.

Miguel volvió la cabeza.

Por primera vez la escuchaba sin regalos, vestidos ni fotografías entre ellos.

—¿Y ahora qué vida quieres? —preguntó.

Ella lo miró.

La respuesta estaba demasiado cerca.

No la dijo.

* * *

Unos minutos después, Rogelio llamó a Saúl desde el interior.

El hombre se apartó de la puerta.

Zuleima y Miguel quedaron solos en el patio.

Ella se levantó.

Miguel hizo lo mismo, creyendo que iba a regresar a su habitación.

Pero Zuleima permaneció frente a él.

—Mírame.

Miguel obedeció.

Ella le tocó la mejilla, evitando el corte.

No estaba sonriendo.

—No quiero seguir haciéndote fingir.

Él tomó su muñeca con suavidad.

Durante un instante, Zuleima pensó que volvería a apartarla.

Miguel no lo hizo enseguida.

La miró como nunca se había permitido mirarla delante de nadie.

Ella se acercó.

Él dejó de respirar.

Sus labios quedaron a una distancia mínima.

Entonces Miguel cerró los ojos y dio un paso atrás.

—Si empiezo, no voy a saber detenerme.

Zuleima dejó caer la mano.

La frase le tembló dentro del pecho.

Ya no tenía que preguntarle si la deseaba.

Él acababa de decirle algo mucho más peligroso.

Desde el interior llegó la voz de Rogelio.

Miguel se apartó primero.

Zuleima permaneció bajo el cielo oscuro, escuchando los pasos que lo alejaban.

Aquella noche no consiguió dormir.

No pensaba en el rechazo.

Pensaba en la palabra con la que él había intentado protegerlos.

Si.

Y en lo poco que faltaba para que ninguno de los dos pudiera seguir utilizándola.