Capítulo 10 de 25

Lo que no pudo soltar

Miguel no tocó el dinero.

Dejó el sobre sobre la mesa y pasó buena parte de la noche sentado frente a él. La nota estaba abierta a un lado.

Había conocido a Alfredo como el hombre que pagaba las medicinas de su madre y aparecía en los cumpleaños con regalos demasiado caros. Después aprendió a reconocer otras facetas: la impaciencia, las órdenes, el silencio con que escuchaba las malas noticias.

Nunca había tenido que preguntarse qué parte de aquella cercanía era afecto y qué parte era propiedad.

Ahora tenía la respuesta delante.

La lealtad también se demuestra cuando nadie está mirando.

Miguel dobló la hoja.

Recordó la mano de Zuleima entre sus dedos.

No había ocurrido nada más.

Sin embargo, ya no podía decirse que aquello no significaba nada.

* * *

Zuleima despertó con los ojos hinchados.

Había llorado después de que su madre se fuera, primero con rabia y después sin saber por qué seguían saliendo lágrimas.

La visita había sido demasiado breve.

Su madre no insistió en llevársela. Tampoco volvió a preguntarle si estaba bien. Al despedirse, la abrazó y le dijo que seguiría contestando el teléfono a cualquier hora.

Aquello le dolió más que un reproche.

En la cocina, Celia colocaba pan sobre un plato.

Era el que había llevado su madre.

Zuleima tomó una pieza y se sentó.

Miguel apareció poco después.

—Buenos días.

Ella levantó los ojos.

—¿Dormiste?

—Sí.

Zuleima reconoció otra mentira.

Decidió no discutirla.

* * *

Rogelio llegó antes del almuerzo.

Esta vez no traía regalos.

Habló con Esteban en el patio y después pidió que reunieran algunas cosas. El traslado sería esa misma tarde.

Zuleima dejó el libro que intentaba leer.

—¿Alfredo no vio ayer que estábamos aquí?

Rogelio se volvió.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué tenemos que irnos?

—Dos propiedades que usábamos quedaron identificadas en los operativos. Ya no podemos seguir haciendo las mismas rutas.

No era una explicación completa, pero por primera vez nombraba algo más concreto que la seguridad de Alfredo.

Ella miró las cajas que todavía no había terminado de abrir.

—Las circunstancias siempre cambian cuando ya me acostumbré.

Miguel se acercó.

—Puedo ayudarte.

Zuleima quiso rechazarlo.

Después recordó la bolsa de pan sobre la mesa.

—Eso también viene —dijo.

Miguel siguió la dirección de su mirada.

—Lo guardo aparte.

* * *

Darío salió antes que los demás.

Rogelio lo llamó junto a la entrada y mantuvieron una conversación breve que Zuleima no alcanzó a escuchar.

El escolta volvió para recoger su bolso.

—¿No viene con nosotros? —preguntó ella.

—Tiene otra asignación —respondió Rogelio.

Darío no se despidió de Miguel.

Al pasar junto a él, lo miró de una manera que no parecía una advertencia ni una derrota, sino algo todavía pendiente.

Miguel lo dejó ir sin hablar.

Zuleima sintió alivio.

Duró poco.

Había aprendido que los hombres desaparecían de una casa sin que eso significara que sus palabras se fueran con ellos.

* * *

El traslado comenzó bajo un cielo gris.

Zuleima viajaba detrás de Miguel, con una bolsa sobre las rodillas. Esteban iba al volante. En otro vehículo viajaban Rogelio y dos hombres que ella había visto pocas veces.

Celia ya se había marchado.

La ausencia de Teresa se hizo más evidente cuando Zuleima quiso decir algo y solo encontró perfiles silenciosos delante.

Miró por la ventana.

Pasaron frente a una farmacia, una escuela y un puesto donde una mujer acomodaba fruta bajo un toldo.

Una niña corría junto a ella.

Zuleima siguió observándolas hasta que desaparecieron.

Le sorprendía que la ciudad continuara con su vida mientras la suya se reducía a salir de una puerta y entrar por otra.

* * *

Miguel se volvió al escuchar el papel de la bolsa.

Zuleima sacaba un trozo de pan.

—¿Quieres?

Él negó con la cabeza.

—Después.

Ella lo sostuvo un momento y luego volvió a guardarlo.

—Mi mamá hace café demasiado fuerte —dijo.

Miguel la miró.

—La mía también.

Zuleima sonrió apenas.

—A lo mejor todas hacen lo mismo.

Esteban mantuvo los ojos sobre la calle.

—La mía lo hacía aguado.

La respuesta inesperada los hizo reír.

Fue un instante breve, pero Zuleima sintió que podía respirar.

Después el vehículo frenó de golpe.

* * *

Al principio creyó que habían chocado.

La bolsa cayó al suelo y ella golpeó el asiento delantero con las manos.

Esteban pronunció una maldición.

Miguel miró hacia afuera.

Había vehículos detenidos y hombres moviéndose entre ellos. Una voz gritó una orden que Zuleima no entendió.

Después llegaron los disparos.

El sonido le devolvió la cocina, los cristales rotos y a Iván junto a la puerta.

Se quedó inmóvil.

Miguel se volvió hacia ella.

—Zuleima, abajo.

Ella lo miró sin comprender.

Él se inclinó y la hizo agacharse.

Un golpe sacudió la parte trasera del vehículo.

Zuleima sintió algo caer sobre su cabello.

Cristal.

Se cubrió la cabeza con los brazos.

Esteban estaba gritando, pero sus palabras se mezclaban con otras voces.

Alguien, afuera, anunció que eran agentes federales.

Miguel mantuvo una mano sobre el hombro de Zuleima.

Ella la sujetó con tanta fuerza que él sintió sus uñas.

* * *

Todo ocurrió en fragmentos.

El rostro de Esteban vuelto hacia ellos.

Una puerta abierta.

El olor del polvo y el metal caliente.

Miguel diciéndole que lo mirara.

Zuleima no supo cuánto tiempo permanecieron allí ni cómo lograron salir del vehículo. Recordaría después que había intentado levantarse demasiado pronto y que Miguel la sostuvo cuando las piernas se le doblaron.

Había gente corriendo.

Una mujer gritaba desde algún sitio.

Miguel no soltó su mano.

La llevó lejos del vehículo y detrás de un muro bajo, donde Zuleima se sentó sin sentir el golpe contra el suelo.

Él se agachó frente a ella.

—¿Te dieron?

Zuleima sacudió la cabeza.

Miguel revisó sus brazos y el costado del vestido.

Tenía una pequeña herida en el antebrazo.

Él también sangraba, cerca de la sien.

—Estás herido —dijo ella.

Miguel se pasó una mano por la cara.

—Es un corte.

Zuleima no sabía si creerle.

Tampoco podía dejar de mirarlo.

* * *

Esteban los alcanzó unos minutos después.

Venía agitado y llevaba el teléfono en la mano.

—Tenemos que seguir.

Miguel miró a Zuleima.

Ella aún temblaba.

—Dame un momento.

Esteban observó la calle y volvió a mirar el teléfono.

—No tenemos mucho.

Miguel se inclinó.

—Zuleima, necesito que te levantes.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo.

—Sí puedes. Te ayudo.

Le ofreció las manos.

Zuleima las tomó.

Cuando estuvo de pie, perdió el equilibrio y acabó apoyada contra él.

Miguel la sostuvo por la cintura.

Ella sintió el latido rápido de su corazón bajo la camisa.

Hasta entonces no había pensado que él también podía tener miedo.

* * *

La siguiente casa no estaba preparada.

Había polvo sobre los muebles, una cocina casi vacía y una cama sin sábanas. Rogelio llegó después que ellos con uno de los hombres que lo acompañaban.

El otro no apareció.

Zuleima no preguntó de inmediato.

Esteban tenía la mirada fija en el suelo.

Miguel seguía cerca de ella.

Rogelio habló por teléfono desde el patio y luego regresó.

—Alfredo ya sabe. Confirmaron que el retén era federal. Estaban buscando uno de los vehículos del convoy.

La frase no tranquilizó a nadie.

Zuleima se sentó en el borde de una silla.

—¿Cuántas veces va a pasar esto?

Rogelio no respondió.

Ella lo miró.

—Te hice una pregunta.

—Ahora no puedo contestarle.

Zuleima comenzó a reírse.

Era una risa breve, descompuesta.

Miguel se arrodilló frente a ella.

—Vamos a limpiar ese corte.

La risa se detuvo.

Zuleima bajó los ojos hacia él.

—Siempre hay algo que limpiar después.

* * *

Miguel encontró agua, una toalla y material para atender heridas en un armario.

Se sentaron en la cocina.

Él le limpió el brazo con cuidado mientras ella observaba la sangre seca junto a su sien.

—Déjame ver lo tuyo.

—Primero esto.

Zuleima esperó hasta que terminó.

Después tomó la toalla de sus manos.

Miguel intentó apartarse.

—Puedo hacerlo.

—Yo también podía limpiarme el brazo.

Él se quedó quieto.

Zuleima humedeció una esquina y se acercó.

El corte era pequeño, aunque había sangrado bastante.

Le apartó el cabello de la frente.

Miguel sostuvo la respiración.

Ella lo notó.

No sonrió.

La sangre seca en la frente de Miguel le impidió pensar en provocarlo.

—Pensé que te iban a matar —murmuró.

Miguel la miró.

—Estoy aquí.

Zuleima presionó la toalla contra la herida.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Iván también estaba ahí.

Él no encontró ninguna frase que sirviera.

Se limitó a tomarle la muñeca con suavidad para retirar la toalla.

* * *

Alfredo llamó al anochecer.

Zuleima no quiso contestar.

Miguel llevó el teléfono hasta ella.

—Necesita hablar contigo.

Ella permaneció sentada sobre la cama.

—Pues yo no necesito escucharlo.

Miguel esperó.

Zuleima terminó tomando el aparato.

Su marido comenzó a prometer que encontraría a los responsables y que aquello no volvería a suceder.

Era la segunda vez que utilizaba la misma promesa.

Ella lo interrumpió.

—Quiero salir de esto.

Alfredo guardó silencio.

—Estás asustada —dijo después.

—Sí.

—Mañana hablamos.

—No. Estoy hablando ahora.

Miguel permanecía en la puerta.

Zuleima lo vio y bajó la voz.

—No quiero seguir viviendo así.

Alfredo tardó en responder.

Cuando lo hizo, ya no sonaba paciente.

—No vuelvas a decir eso delante de mis hombres.

La llamada terminó poco después.

Zuleima dejó el teléfono sobre la cama.

* * *

Miguel llamó suavemente al marco.

—¿Quieres que traiga algo?

Ella levantó los ojos.

—Ven.

Él entró, dejando abierta la puerta.

Zuleima se puso de pie.

Tenía el brazo vendado y el cabello todavía revuelto.

—Hoy no te solté la mano —dijo.

Miguel comprendió que hablaba de sí misma.

—No tenías que soltarla.

Ella dio un paso.

—Y ahora, ¿sí?

Miguel sintió el peso de la pregunta.

Miró hacia el corredor y luego volvió a ella.

Zuleima tomó su mano.

No intentó atraerlo ni tocar su camisa.

Solo entrelazó sus dedos con los de él.

Miguel se quedó quieto.

En la habitación había una cama sin preparar, bolsas en el suelo y una luz demasiado blanca.

No era el lugar donde ninguno de los dos había imaginado querer a alguien.

Sin embargo, cuando Zuleima apoyó la frente contra su pecho, Miguel no la apartó.

Le rodeó la espalda con un brazo.

Se permitió sostenerla.

Y comprendió, con una claridad que le produjo miedo, que la próxima vez no tendría que elegir únicamente entre cumplir una orden y salvarle la vida.

Tendría que elegir qué hacer con la suya.