Capítulo 9 de 25

El dueño de la casa

Alfredo llegó sin avisar.

Zuleima estaba sentada en el suelo de su habitación, rodeada por los libros que habían enviado. Había empezado tres y abandonado dos. El tercero permanecía abierto sobre sus rodillas cuando escuchó una voz que reconoció antes de comprender por qué le provocaba tanta inquietud.

—¿Dónde está mi esposa?

Se puso de pie.

Al cruzar la puerta lo encontró en el corredor, acompañado por Rogelio.

Alfredo abrió los brazos.

—Ven acá.

Zuleima se acercó y permitió que la abrazara. Olía a loción, tabaco y el interior frío de una camioneta.

—¿Por qué no me dijiste que venías?

—Quería darte una sorpresa.

Ella sonrió.

La sorpresa tenía a Rogelio detrás y a Miguel al final del pasillo.

* * *

Alfredo recorrió la casa con expresión de disgusto.

Miró las manchas del techo, la cubeta junto al comedor y la ventana que daba a una pared.

—¿Quién escogió este lugar?

Rogelio respondió:

—Era lo que teníamos disponible.

—Para mi esposa quiero algo mejor.

Zuleima sintió el impulso de reírse.

Había pasado días quejándose de aquella casa. Ahora que él también la despreciaba, no experimentaba satisfacción. Le molestaba que bastara una visita para descubrir lo que nunca había querido escuchar por teléfono.

—No importa tanto la casa —dijo.

Alfredo se volvió hacia ella.

—Claro que importa.

Zuleima miró a Miguel.

Él sostenía una bolsa que acababan de traer y mantenía los ojos bajos.

—Hay otras cosas —añadió.

Su marido le acarició la mejilla.

—Después hablamos.

Miguel ayudó a colocar la comida sobre la mesa.

No habían preparado nada especial. Celia había dejado un guisado que Rogelio consideró insuficiente, y enviaron a alguien por otros platillos.

Alfredo se sentó a la cabecera.

Zuleima ocupó la silla próxima a él.

Los demás permanecieron de pie hasta que el capo señaló a Miguel.

—Siéntate, muchacho.

Miguel obedeció.

Darío lo observó desde la entrada.

—Me dicen que estás haciendo bien las cosas —continuó Alfredo.

—Estoy procurando.

—Eso espero.

La última frase cambió el sentido del elogio.

Miguel sostuvo el vaso sin beber.

Alfredo habló de su padre, de una ocasión en que habían pasado una noche arreglando una camioneta averiada y de lo mucho que se parecía a él cuando permanecía callado.

—Julián nunca necesitaba que le repitiera una instrucción.

Miguel sintió que todos esperaban algo.

—Era un buen hombre.

Alfredo asintió.

—Sabía cuál era su lugar.

Zuleima dejó el tenedor sobre el plato.

La comida había perdido el sabor.

* * *

Después del almuerzo, Alfredo pidió quedarse a solas con ella.

Miguel recogió dos platos y salió.

Zuleima permaneció sentada.

Su marido esperó a que desaparecieran las voces del corredor.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Mírame cuando te pregunto.

Ella levantó los ojos.

Alfredo la examinó como si buscara una señal de enfermedad.

—Te noto distinta.

—Llevo meses cambiándome de casa.

—Es por tu seguridad.

—Ya sé.

Él entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Rogelio dice que últimamente discutes mucho.

Zuleima pensó en la carpeta, en la visita rechazada de su madre y en las conversaciones que alguien convertía en informes.

—¿También te cuenta por qué?

—No necesito que me lo cuente todo.

—Entonces pregúntame a mí.

Alfredo se recostó en la silla.

Su aparente paciencia empezaba a agotarse.

—Te estoy preguntando.

Zuleima respiró despacio.

—Quiero ver a mi mamá.

Él la observó unos segundos.

Después sacó el teléfono.

—Eso se puede arreglar.

La facilidad con que lo dijo le produjo más rabia que alivio.

—Miguel preguntó y le dijeron que no.

Alfredo detuvo el dedo sobre la pantalla.

—¿Miguel?

Ella comprendió el error.

—Yo se lo pedí.

Su marido dejó el teléfono.

—Él no tiene que resolverte esas cosas.

—Alguien tiene que hacerlo.

El silencio cayó entre ambos.

Zuleima bajó la mirada antes de que él tuviera que ordenárselo.

* * *

Alfredo llamó a Rogelio.

La visita de su madre quedó autorizada para el día siguiente. Sería breve y ocurriría en aquella casa.

Zuleima agradeció con una voz que no se parecía a la alegría que sentía.

Su marido se levantó y la besó en la frente.

—¿Ves? No tienes por qué ponerte así.

Ella permaneció quieta.

Zuleima le agradeció sin abrazarlo. Había pasado meses pidiendo una visita que él autorizaba ahora con una sola llamada.

* * *

Darío encontró una oportunidad al anochecer.

Alfredo estaba en el patio, hablando por teléfono. Cuando terminó, el escolta se acercó.

Miguel lo vio desde la cocina.

No escuchó las palabras, pero reconoció la inclinación del cuerpo, la voz baja y las miradas hacia el corredor.

Rogelio apareció junto a ellos.

La conversación duró poco.

Después llamaron a Miguel.

Alfredo permaneció sentado. Darío se apartó unos pasos, aunque no lo suficiente para dejar de escuchar.

—¿Zuleima entra a tu cuarto?

Miguel sintió que el aire se volvía difícil.

—Ayer fue a hablar conmigo.

—¿De qué?

Podía repetir sus palabras. Podía convertir aquella confesión de soledad en una falta de ella.

No lo hizo.

—De lo que pasó cuando escuchamos los ruidos en la calle.

Alfredo lo observó.

—Me dijeron que la puerta estaba cerrada.

—Estaba abierta.

Darío hizo un movimiento, pero Rogelio lo detuvo con la mirada.

Miguel continuó:

—Le pedí que la dejara así.

El capo permaneció callado.

Era imposible saber cuánto creía y cuánto estaba esperando.

—Mi esposa es joven —dijo al fin—. A veces no entiende cómo pueden verse ciertas cosas.

Miguel sostuvo sus ojos.

—Lo entiendo.

—Espero que tú sí lo entiendas.

—Sí, señor.

Alfredo miró a Darío.

—Y tú, cuando tengas algo que decir, asegúrate de contarlo completo.

El escolta bajó la cabeza.

Miguel no sintió alivio.

Había salido de la conversación sin una acusación, pero con la certeza de que Alfredo empezaba a mirar donde antes confiaba.

* * *

Aquella noche, su marido se quedó.

Zuleima lo supo cuando Rogelio llevó una maleta a su habitación.

Hasta entonces había conservado la esperanza de que se marchara después de cenar.

Alfredo entró mientras ella se quitaba los pendientes.

—Mañana vas a estar de mejor humor.

Zuleima lo miró por el espejo.

—Voy a ver a mi mamá.

—Gracias a mí.

Ella dejó un pendiente junto al otro.

Su marido se acercó y apoyó las manos en sus hombros.

Zuleima sintió que el cuerpo se le endurecía.

No dijo nada.

Más tarde, cuando él intentó buscar intimidad, ella confesó que no tenía ganas.

Alfredo se apartó con expresión de fastidio.

—Antes no eras así.

Zuleima reunió valor.

—Antes también me sentía sola.

Él la miró como si hubiera hablado en otro idioma.

Después apagó la lámpara.

Ella permaneció despierta, escuchando su respiración.

Del otro lado de la puerta se oyeron unos pasos.

No se detuvieron.

Su madre llegó antes del mediodía.

Traía un bolso gastado y una bolsa con pan.

Zuleima corrió hacia ella sin recordar que Alfredo estaba en la sala.

La abrazó con demasiada fuerza.

—Cuidado —murmuró su madre, riéndose apenas.

Zuleima hundió el rostro en su hombro.

Olía a jabón, a ropa secada al sol y a la cocina donde había pasado toda su infancia.

Sintió unas ganas repentinas de volver.

No al barrio.

A aquella cercanía que nadie podía enviar dentro de una caja.

Alfredo se levantó para saludar.

Su madre le dio la mano y la retiró enseguida.

—Gracias por venir —dijo él.

Ella miró a su hija.

—Quería verla.

* * *

Conversaron en la habitación.

Alfredo no entró, pero Zuleima sabía que había hombres en el corredor.

Su madre observó los vestidos, las cajas y los zapatos alineados.

Después miró la pequeña cicatriz de la ceja.

—¿Te duele?

—Ya no.

—¿Y lo demás?

Zuleima pasó el pulgar por los nudillos de su madre.

Había tantas cosas dentro de esa pregunta que no sabía por dónde empezar.

—Estoy bien.

Su madre tomó sus manos.

—No tienes que defender tu decisión conmigo.

Zuleima sintió que se le quebraba algo.

—Yo quería…

No pudo terminar.

Su madre esperó.

Ella sacudió la cabeza.

—No sabía cómo iba a ser.

La mujer le acarició los dedos.

—Si quieres volver a casa, vuelve.

Zuleima miró hacia la puerta.

Su madre siguió la dirección de sus ojos.

Comprendió antes de que su hija hablara.

* * *

Al salir, encontró a Miguel junto al comedor.

Zuleima lo presentó.

—Él me cuida.

Su madre lo miró con atención.

Miguel saludó respetuosamente.

—Mucho gusto.

La mujer reconoció en él una juventud que no combinaba con aquella casa.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiuno.

Ella asintió despacio.

Después le tomó el brazo.

—Entonces cuídate tú también.

Miguel no supo qué responder.

Zuleima vio a su madre retirar la mano y sintió una vergüenza distinta: la de descubrir que alguien podía preocuparse por él sin exigirle antes ninguna promesa.

* * *

Alfredo se marchó esa tarde.

Antes de subir a la camioneta, llamó a Miguel y apoyó una mano en su hombro.

—No me hagas arrepentirme de haberte puesto aquí.

Miguel asintió.

El capo lo sostuvo un instante más.

—No solo te estoy confiando su vida.

Después se fue.

Zuleima esperaba en la entrada.

Miguel pasó junto a ella sin detenerse.

—¿Qué te dijo? —preguntó.

Él miró la camioneta alejándose.

—Que confía en mí.

Zuleima reconoció la mentira.

No porque sus palabras fueran falsas, sino porque faltaba todo lo que realmente había ocurrido.

Desde el patio, Darío los observaba.

Aquella noche, Miguel encontró un sobre debajo de su almohada.

Dentro había dinero y una hoja doblada.

Solo contenía una frase, escrita con la letra grande de Alfredo:

La lealtad también se demuestra cuando nadie está mirando.