Capítulo 8 de 25
El nombre de la traición
Miguel dobló el papel antes de que Darío pudiera leerlo.
—Me devolvieron una camisa —dijo.
El otro miró la puerta de Zuleima.
—Qué atento servicio.
Miguel guardó la nota en el bolsillo.
—Si tienes algo que decir, dilo.
Darío dejó de sonreír.
Durante unos segundos permanecieron frente a frente, separados por la franja de luz que salía de la habitación.
—Yo no tengo que decirte nada —respondió—. No soy el que te puso aquí.
Se alejó sin esperar respuesta.
Miguel permaneció inmóvil. Detrás de la puerta se escuchó un pequeño movimiento.
Zuleima había oído.
Él levantó la mano y llamó una vez.
—¿Qué quieres? —preguntó ella.
—Hablar.
Hubo una pausa.
La puerta se abrió apenas.
* * *
Zuleima llevaba una camiseta amplia y tenía los ojos cansados.
Se apartó para que entrara, pero Miguel permaneció en el corredor.
Ella miró hacia la sala.
—¿También tenemos que pedir permiso para conversar?
—No es eso.
—Entonces entra.
Miguel negó con la cabeza.
Zuleima apoyó una mano sobre la puerta.
—Ya entendí.
—No creo.
La respuesta la hizo mirarlo.
Miguel bajó la voz.
—Me pusieron aquí porque Alfredo confía en mí. Cualquier cosa que parezca otra cosa puede hacernos daño.
—No hemos hecho nada.
—Lo sé.
—Entonces no me trates como si te hubiera arrastrado a mi cama.
Él sintió el golpe de aquellas palabras.
Zuleima vio cómo apretaba la mandíbula.
—Nunca te he tratado así.
—Te acercas, hablamos y luego te comportas como si te arrepintieras.
Miguel miró el suelo.
Ella continuó:
—Yo no te pedí que me mintieras. Si no quieres estar cerca, dilo.
Él levantó los ojos.
—No puedo estar cerca de la manera que tú quieres.
La frase dejó el pasillo en silencio.
Zuleima apartó lentamente la mano de la puerta.
—Eso es distinto.
Miguel comprendió que había dicho demasiado.
—Buenas noches —murmuró.
Ella no intentó detenerlo.
* * *
A la mañana siguiente, Rogelio llegó con la cara endurecida.
Darío lo recibió junto a la entrada. Hablaron en voz baja antes de que el recién llegado buscara a Miguel.
Lo encontró en la cocina, revisando unas compras.
—Ven.
Miguel dejó una bolsa sobre la mesa.
Rogelio lo llevó al patio.
—¿Qué pasó anoche?
—Darío me vio junto a la habitación.
—¿Por qué estabas ahí?
Miguel dudó.
Podía mostrarle la nota, pero hacerlo significaba entregar a Zuleima a una interpretación que no podía controlar.
—Habíamos discutido. Quería aclararlo.
Rogelio se pasó una mano por el rostro.
—¿Discutido por qué?
—Porque estoy procurando mantener distancia y ella lo nota.
El otro lo observó con atención.
—Entonces mantén distancia sin convertirlo en un drama.
Miguel sintió que la vergüenza se volvía enojo.
—Es una persona. No puedo pasarme el día tratándola como un paquete.
Rogelio tardó en responder.
—No te estoy pidiendo eso.
—Todos parecen estar pidiéndomelo.
El silencio que siguió le hizo comprender que había sobrepasado un límite.
Rogelio se acercó.
—Escúchame bien. No importa lo que yo piense ni lo que pienses tú. Ella es la esposa de Alfredo. Si ese hombre cree que le estás quitando algo, no va a sentarse contigo a aclarar un malentendido.
Miguel permaneció callado.
—¿Entendiste?
—Sí.
—No quiero volver a tener esta conversación.
* * *
Zuleima vio a Rogelio marcharse poco después.
Esperó hasta encontrar a Miguel solo en el comedor.
—¿Fue por mí?
Él cerró una libreta.
—Fue por lo que vio Darío.
—Darío no vio nada.
—No necesita ver mucho.
Ella se sentó frente a él.
Había dejado de encontrar divertido el esfuerzo de Miguel por apartar la mirada. La vigilancia de los otros había cambiado el sentido de todo.
—Puedo decirle a Alfredo que deje de molestarte.
Miguel alzó la cabeza.
—No hagas eso.
—¿Por qué?
—Porque va a preguntar por qué te preocupa tanto.
Zuleima abrió la boca y volvió a cerrarla.
Hasta entonces había pensado que su condición de esposa le daba alguna ventaja. Ahora descubría que incluso defender a alguien podía volverse una acusación.
—Entonces, ¿qué hago?
—Nada.
La palabra la hirió.
Miguel lo vio.
—No te estoy diciendo que no importes.
Ella miró hacia la ventana.
—Aquí siempre terminamos hablando como si yo fuera un problema.
* * *
Esa tarde Alfredo llamó por videollamada.
Zuleima tardó en contestar mientras se arreglaba el cabello.
La imagen de su marido apareció entrecortada. Detrás de él había una pared oscura y un cuadro que no reconoció.
—Ahora sí te veo —dijo Alfredo.
Ella sonrió por costumbre.
—Yo también.
Él le pidió que se apartara el cabello para mirar la cicatriz de la ceja.
—Casi no se nota.
—Ya cerró.
—Te dije que ibas a estar bien.
Zuleima sintió una irritación breve. Estar viva parecía bastarle a todo el mundo.
Alfredo habló de un posible viaje y de asuntos que seguían complicándose.
Ella lo escuchó sin interrumpir.
Después él preguntó:
—¿Cómo está Miguel?
Zuleima mantuvo la expresión.
—Trabajando.
—Me dijeron que te enojaste con él.
Ella sintió frío en las manos.
—Me enojo con todos. Estoy encerrada.
Alfredo soltó una risa.
—No me lo vayas a cansar.
—No es un niño.
La respuesta salió antes de que pudiera medirla.
Su marido dejó de sonreír durante un instante.
—Para mí siempre va a serlo.
Zuleima se obligó a encogerse de hombros.
—Pues dile que me consiga libros o algo. Aquí no hay nada que hacer.
Alfredo pareció satisfecho con el cambio de asunto.
—Eso sí te lo puedo resolver.
Cuando terminó la llamada, ella dejó el teléfono boca abajo.
Había conseguido no hablar de Miguel.
No había conseguido olvidarlo.
* * *
Los libros llegaron dos días después.
También llegaron revistas, una tableta y una caja de perfumes que nadie había pedido.
Zuleima abrió uno de los frascos y lo dejó sobre la mesa.
Miguel observaba desde la puerta.
—¿Quieres que suba las cajas?
Ella negó con la cabeza.
—Los libros sí.
Él reunió varios volúmenes.
Había novelas románticas, un libro de recetas y otro sobre jardines.
Zuleima levantó el último.
—A lo mejor quieren que me entretenga sembrando.
Miguel sonrió.
Ella también.
Fue un momento pequeño, pero ambos lo notaron.
La tensión no desapareció. Se acomodó entre ellos, permitiéndoles respirar un instante.
—¿Tú lees? —preguntó ella.
—Poco.
—¿Qué te gusta?
Miguel miró los libros.
—No sé. Hace tiempo que no termino uno.
Zuleima escogió una novela y se la entregó.
—Entonces ese.
Él examinó la portada.
—¿Ya sabes de qué trata?
—No.
—¿Y si no me gusta?
—Por lo menos tendremos algo de qué discutir.
Miguel sostuvo el libro un momento antes de aceptarlo.
* * *
Aquella noche hubo un ruido de motores en la calle.
Darío se acercó a una ventana. Esteban salió del comedor y Miguel dejó el libro abierto sobre la mesa.
Zuleima reconoció el cambio en los tres.
—¿Qué pasa?
Nadie contestó inmediatamente.
Desde afuera llegaron voces y después el golpe de una puerta.
Miguel se acercó a ella.
—Vamos a tu habitación.
—¿Son ellos?
La pregunta apenas se escuchó.
Él vio el miedo regresar a su rostro.
—No sabemos.
La condujo por el corredor sin tocarla.
Zuleima caminó deprisa, pero al llegar a la puerta se detuvo. Tenía los dedos rígidos y la respiración desordenada.
Otro golpe sonó en la calle.
Ella retrocedió contra Miguel.
Él la sujetó por los brazos para que no cayera.
Zuleima giró y se aferró a su camisa.
—No me dejes.
Miguel la sostuvo.
No pensó en Darío, en Rogelio ni en la promesa que le había hecho a Alfredo.
Pensó en las rodillas temblorosas de la muchacha.
—Estoy aquí —dijo.
* * *
El ruido terminó siendo una discusión entre vecinos.
Una camioneta había golpeado un automóvil estacionado. Esteban regresó a avisarlo, visiblemente molesto por la alarma.
Miguel soltó a Zuleima despacio.
Ella permaneció junto a él, avergonzada.
—Pensé que...
—Ya sé.
Zuleima miró la marca que sus dedos habían dejado en la camisa.
—Perdón.
Miguel negó con la cabeza.
Esteban se apartó sin comentar nada.
Darío apareció al fondo del pasillo.
No dijo una palabra.
Zuleima lo vio mirar las manos de Miguel, todavía cerca de su cintura.
Se separó un paso.
Demasiado tarde para impedir que el otro encontrara algo que recordar.
* * *
Más tarde, ella llamó a la puerta de Miguel.
Él estaba sentado en la cama con la novela abierta.
Se levantó en cuanto la vio.
—¿Todo bien?
Zuleima miró el libro.
—¿Ya empezaste?
—Un poco.
Ella sonrió apenas.
Después entró un paso y cerró la puerta lo suficiente para que la conversación no llegara al corredor.
Miguel se tensó.
—Déjala abierta.
Zuleima obedeció.
La facilidad con que lo hizo lo sorprendió.
—No vine a provocarte —dijo.
Él guardó silencio.
Ella se abrazó a sí misma.
—Cuando pensé que habían vuelto, te busqué a ti. No lo decidí. Solo lo hice.
Miguel dejó el libro sobre la cama.
—Estaba cerca.
—No fue por eso.
Él la miró.
Zuleima sostuvo sus ojos, esta vez sin sonrisa ni desafío.
—Contigo no me siento tan sola.
Miguel sintió que la frase le quitaba una defensa que todavía necesitaba.
Quiso recordarle a Alfredo.
Quiso pedirle que se marchara.
No hizo ninguna de las dos cosas enseguida.
—Eso puede hacernos daño —dijo finalmente.
Zuleima asintió.
Por primera vez parecía comprenderlo del todo.
Se acercó y le tomó la mano.
Miguel no la retiró.
Miguel le sostuvo la mano. Cuando Zuleima lo soltó, ninguno pudo atribuir aquel contacto al miedo.
Zuleima lo soltó y salió.
Miguel permaneció junto a la cama.
En el corredor, ella pasó frente a Darío sin bajar la mirada.
Él sostuvo el teléfono hasta que la puerta de su habitación se cerró.
Después buscó el número de Rogelio.