Capítulo 7 de 25

La mirada de los otros

A la mañana siguiente, Zuleima desayunó sin mirar a Miguel.

Él lo agradeció y lo lamentó al mismo tiempo.

Teresa había preparado avena y fruta. La cubeta seguía bajo la gotera, aunque ya no caía agua. Darío estaba sentado junto a la ventana, mirando su teléfono.

—¿Dormiste bien? —preguntó Miguel.

Zuleima tomó la taza.

—Sí.

No añadió nada.

Miguel permaneció unos segundos junto a la mesa antes de salir al patio.

Ella esperó a que la puerta se cerrara.

Después miró hacia allí.

Teresa lo advirtió, pero continuó recogiendo los platos.

* * *

Darío empezó a encontrar motivos para acercarse a Zuleima.

Le ofrecía café aunque Teresa acabara de servirlo. Preguntaba si necesitaba algo mientras Miguel estaba en otra parte. Se quedaba en el comedor durante sus llamadas, fingiendo revisar mensajes.

Zuleima no lo confundió con amabilidad.

El hombre quería ver algo.

Al tercer intento, ella dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Te pidieron que me hicieras compañía?

Darío levantó los ojos.

—Estoy pendiente de usted.

—Pues puedes estar pendiente desde allá.

Señaló la puerta.

Él sonrió.

—No tiene que ponerse así.

—Entonces no me des motivos.

Darío guardó el teléfono y salió.

Teresa apareció poco después con una cesta de ropa.

—Ese muchacho se ofende por cualquier cosa —murmuró Zuleima.

La mujer dejó la cesta sobre una silla.

—No lo provoques.

—No le hice nada.

—No necesita mucho.

Zuleima miró hacia el pasillo.

Comprendió que incluso una discusión pequeña podía convertirse en algo más si alguien decidía contarla de otra manera.

* * *

Miguel recibió una llamada de su madre al mediodía.

Contestó en el patio.

Zuleima no tenía intención de escuchar, pero la ventana de la cocina estaba abierta.

—Estoy bien, mamá.

Hubo una pausa.

—Sí, estoy comiendo.

Otra pausa.

Miguel bajó la voz.

—No sé cuándo puedo ir.

Zuleima reconoció aquella respuesta.

Se acercó al fregadero para dejar un vaso y lo vio sentado junto a una maceta vacía.

No parecía el mismo hombre que hablaba con Rogelio. Había algo más joven en su manera de escuchar, una incomodidad que ella conocía de sus propias conversaciones con su madre.

—No te enojes —dijo él.

Zuleima se apartó.

Cuando Miguel entró, encontró un plato cubierto sobre la mesa.

—Teresa te guardó comida —le dijo ella.

Él miró hacia la cocina.

Teresa estaba en su habitación.

Zuleima comprendió que la mentira había quedado demasiado expuesta.

—Se estaba enfriando —añadió.

Miguel retiró el plato que lo cubría.

—Gracias.

Ella se quedó de pie frente a él.

Podría haberle preguntado por la llamada. Prefirió no hacerlo.

Sabía cuánto cansaba tener que explicar una ausencia que uno mismo no había elegido.

* * *

Aquella tarde llegó Rogelio con una bolsa de ropa y un sobre para Zuleima.

Dentro había dinero.

Ella lo contó por costumbre y luego lo dejó sobre la mesa.

—¿Alfredo te dijo que me lo dieras?

—Sí.

—¿Para qué?

Rogelio la miró.

—Para lo que necesite.

Zuleima soltó una risa.

—¿Me van a dejar ir a gastarlo?

—Puede pedir cosas.

Ella empujó el sobre hacia él.

—Dile que gracias.

Rogelio no lo recogió.

—Déjelo ahí.

Después llamó a Miguel.

Ambos se encerraron en la cocina.

Zuleima permaneció en el comedor mirando el dinero. Antes habría sabido cuánto podía conseguir con esa cantidad. Ahora le pareció una suma absurda para alguien que ni siquiera podía caminar hasta una tienda.

* * *

Rogelio tardó en llegar al asunto.

Preguntó por Teresa, por la casa y por los turnos de los hombres. Miguel respondió sin sentarse.

Finalmente, el otro apoyó las manos sobre la mesa.

—Darío dice que pasas demasiado tiempo con ella.

Miguel sintió que se le endurecía el rostro.

—Estoy encargado de cuidarla.

—Ya lo sé.

—Entonces sabe que tengo que hablarle.

Rogelio lo observó.

—Una cosa es hablar. Otra, quedarse de madrugada junto a su habitación.

Miguel guardó silencio.

No negó aquello porque había ocurrido.

—Se despertó asustada.

—¿Y no podía ayudarla Teresa?

—Teresa estaba dormida.

—Pues la despiertas.

Miguel miró hacia la puerta.

Rogelio bajó la voz.

—No estoy diciéndote que la dejes sola cuando tenga miedo. Te digo que no te conviertas en la única persona a la que quiera llamar.

La advertencia encontró un lugar incómodo dentro de él.

Zuleima ya lo buscaba antes que a los demás.

Y él empezaba a esperar que lo hiciera.

—No ha pasado nada —dijo.

Rogelio sostuvo sus ojos.

—Entonces procura que siga así.

* * *

Miguel salió de la cocina con la decisión de cambiar algunas cosas.

Esteban podía acompañarla al patio. Teresa podía quedarse con ella después de una pesadilla. Él se encargaría de lo demás.

La decisión parecía sencilla mientras la pensaba.

Después encontró a Zuleima en el pasillo.

—¿Te regañó?

Miguel se detuvo.

—Hablamos de trabajo.

Ella miró la puerta de la cocina.

—Siempre hablan de trabajo cuando no quieren contarme algo.

—Zuleima…

—Darío anda diciendo cosas, ¿verdad?

Miguel no respondió.

Ella entendió.

Su expresión cambió.

—No tiene nada que decir.

—No voy a discutirlo contigo aquí.

—¿Porque alguien puede escucharnos?

Él bajó la voz.

—Precisamente.

Zuleima miró hacia ambos extremos del corredor.

Zuleima miró hacia la sala. No habían hecho nada, pero aquella conversación en voz baja ya tenía la apariencia de un secreto.

* * *

Esa noche, Alfredo llamó a Miguel.

Él salió al patio antes de responder.

—¿Cómo está mi esposa?

—Bien, señor.

—¿Sigue asustada?

—A veces no duerme bien.

Alfredo suspiró.

—Se le va a pasar.

Miguel miró la ventana de la habitación.

Zuleima estaba detrás de la cortina. No podía verla con claridad, pero reconoció su silueta.

—Hemos procurado que esté tranquila.

—Me dijeron que contigo habla bastante.

Miguel apretó el teléfono.

—Intento que no se sienta sola.

Hubo un silencio.

Después Alfredo rio suavemente.

—Eso está bien. Las mujeres cuando se aburren empiezan a inventarse problemas.

Miguel no respondió.

—Pero no le permitas todo —continuó—. Tiene carácter. Si descubre que puede convencerte, te va a traer de cabeza.

Miguel se apartó de la ventana.

—Entendido.

—Confío en ti, muchacho.

La frase le pesó más que cualquier advertencia de Rogelio.

* * *

Zuleima no había escuchado la conversación.

Lo vio regresar con el rostro cerrado y supo que no había sido una llamada agradable.

—¿Era Alfredo?

Miguel asintió.

—¿Preguntó por mí?

—Sí.

—Podría llamarme a mí.

Él no encontró una respuesta.

Zuleima cruzó los brazos.

—¿Qué quiere que hagas ahora?

—Lo mismo.

—Entonces, ¿por qué me miras como si hubiera cambiado algo?

Miguel sostuvo sus ojos apenas un instante.

—Tengo que estar pendiente de varias cosas.

Zuleima reconoció la distancia con la que había vuelto a hablarle.

Se apartó para dejarlo pasar.

Él siguió caminando.

Zuleima regresó a su habitación y cerró la puerta.

No lloró.

Buscó en el teléfono las fotografías de su boda y las miró una por una. Recordó cuánto había cuidado su maquillaje, cómo había extendido la mano para que se viera el anillo y la satisfacción de imaginar aquellas imágenes fuera de El Bordo.

Ahora apenas reconocía a la muchacha que sonreía.

* * *

Dos días después, Teresa comenzó a preparar su regreso.

Su hija necesitaba ayuda en casa y el médico había recomendado que no volviera todavía a cargar peso.

Zuleima la encontró doblando ropa.

—¿Te vas?

—Por unos días.

—¿Cuántos?

—No sé, hija.

La palabra le produjo una tristeza inesperada.

Zuleima se sentó sobre la cama.

—Aquí te podemos ayudar.

Teresa dejó una blusa en el bolso.

—Ya me han ayudado.

—Entonces quédate.

La mujer se acercó y le tocó el cabello.

—También tengo mi casa.

Zuleima apartó la mirada.

Le avergonzó haber olvidado que los demás conservaban algún lugar al que podían volver.

Teresa se sentó junto a ella.

—Van a mandar a alguien para la cocina.

—No es por eso.

—Ya sé.

Durante unos segundos permanecieron en silencio.

Después Teresa tomó su mano.

—Cuídate.

Zuleima asintió.

La mujer añadió, con una seriedad que no dejaba espacio para fingir:

—Y no juegues con el muchacho.

Zuleima retiró lentamente la mano.

—No estoy jugando.

Teresa la miró como si aquella respuesta le preocupara todavía más.

* * *

La partida dejó la casa extrañamente vacía.

Una mujer llamada Celia llegó por las mañanas para limpiar y preparar comida. Se marchaba antes del anochecer y casi no hablaba.

Zuleima volvió a pasar horas en su habitación.

Miguel mantuvo la distancia que había decidido.

Una noche ella dejó la puerta abierta mientras escuchaba música. Él pasó por el corredor y siguió de largo.

Zuleima se levantó.

—Miguel.

Él se detuvo.

—¿Necesitas algo?

La pregunta le dolió.

Habían regresado a eso: una necesidad que debía justificar cada conversación.

—Quería hablar contigo.

Miguel miró la sala. Darío estaba allí, con el teléfono en la mano.

—Ahora no puedo.

Zuleima siguió la dirección de sus ojos.

Comprendió que no era falta de tiempo.

Regresó a su cuarto sin responder.

* * *

Más tarde, Miguel encontró algo junto a su puerta.

Era la camisa prestada con la que había llegado. Zuleima la había recogido días antes de una silla y Celia la había lavado.

Estaba doblada con cuidado.

Encima había un papel.

No voy a pedirte que te quedes si siempre estás buscando cómo irte.

Miguel lo leyó dos veces.

Podía dejarlo ahí.

Podía entender la frase como otro intento de acercarlo.

En cambio, pensó en Zuleima sentada sola después de la llamada de su madre. En el agua temblando dentro del vaso tras una pesadilla. En la manera en que había abrazado a Teresa.

Se acercó a su habitación.

Levantó la mano para llamar.

Antes de hacerlo, escuchó la voz de Darío a sus espaldas.

—¿Buscas algo?

Miguel bajó la mano.

Se volvió con el papel todavía entre los dedos.

Darío miró la puerta, después la nota.

Y sonrió.