Capítulo 6 de 25
Una puerta entreabierta
Miguel dejó de sentarse con Zuleima.
Ella lo advirtió al día siguiente de su conversación bajo el limonero. Si entraba a la cocina, él encontraba algo que hacer en el patio. Si lo llamaba para preguntarle una tontería, respondía desde la puerta.
No era grosero.
Eso lo volvía más irritante.
Zuleima estaba acostumbrada a que los hombres buscaran una oportunidad para quedarse cerca. Miguel hacía lo contrario, y ella sabía por qué.
Durante el desayuno dejó la taza sobre el plato.
—¿Te cambiaron las instrucciones?
Él acomodaba una bolsa junto al refrigerador.
—No.
—Entonces, ¿por qué ya casi no hablas conmigo?
Teresa continuó cortando fruta. Miguel sintió su presencia como una advertencia.
—He tenido cosas que hacer.
Zuleima soltó una risa breve.
—Claro.
No volvió a mirarlo.
Miguel salió de la cocina con la sensación de haberla lastimado y de que acercarse a repararlo sería un error.
* * *
Por la tarde, Alfredo llamó.
Zuleima vio su nombre en la pantalla y dejó que sonara varias veces antes de responder.
—Hola.
—¿Por qué tardaste?
—Estaba en el baño.
La mentira salió sin esfuerzo.
Alfredo le preguntó por la herida y por los hombres que la cuidaban. Ella respondió con frases cortas hasta que él mencionó a Miguel.
—¿Se está portando bien?
Zuleima miró hacia el pasillo.
—Sí.
—Es un muchacho serio. Su padre era igual.
Ella se sentó en la cama.
—¿Qué le pasó a su padre?
Hubo una pausa.
—Murió.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no preguntes cosas tristes.
La manera de cerrar la conversación le produjo una irritación conocida.
—¿Vas a venir?
—Todavía no puedo darte fecha.
Zuleima apretó la sábana entre los dedos.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque sigo teniendo los mismos problemas.
Él hablaba con una paciencia que esperaba agradecimiento.
Después prometió enviarle dinero y preguntó si quería algo.
Zuleima miró las cajas apiladas junto al armario.
—No.
Alfredo guardó silencio.
Era una respuesta que no esperaba.
* * *
Aquella noche hubo un traslado.
Rogelio llegó mientras Teresa recogía la cena y anunció que debían salir. No gritó ni dio explicaciones. Su rostro bastó para que Esteban dejara el vaso que tenía en la mano.
Zuleima miró a Miguel.
—¿Otra vez?
—Voy a ayudarte con tus cosas.
Ella subió a la habitación y comenzó a meter ropa en una bolsa. Ya no discutía por cada vestido, pero esa obediencia le produjo una rabia nueva.
Cada vez sabía mejor qué guardar y qué dejar. Esa facilidad la enfureció.
Miguel encontró sobre la cama una caja de joyas.
—¿La llevas?
Zuleima la miró.
—Antes no me dejaban.
—Cabe en la bolsa.
Ella se la entregó.
Sus dedos se rozaron.
Miguel bajó la vista y continuó guardando cosas.
Zuleima observó su nuca inclinada.
Quiso tocarlo, pero Rogelio apareció en la puerta.
—Ya.
La palabra los separó antes de que llegaran a acercarse.
* * *
El trayecto fue largo.
Zuleima viajaba junto a Teresa. Miguel iba delante y, de vez en cuando, volvía la cabeza para comprobar que estaban bien.
Las luces de la ciudad fueron quedando atrás.
Ella reconoció una avenida, luego una gasolinera y finalmente dejó de saber dónde se encontraba. No preguntó. Había aprendido que las respuestas podían ser otra forma de quedarse sin información.
Teresa cerró los ojos.
Su brazo todavía le dolía cuando permanecía inmóvil demasiado tiempo.
Zuleima le acomodó una prenda doblada bajo el codo.
—¿Así?
La mujer asintió.
Miguel las observó por un instante.
Zuleima lo sorprendió mirándola.
Él volvió la cabeza.
Ella permaneció despierta el resto del camino.
* * *
La nueva casa tenía paredes blancas y un jardín descuidado.
Dentro olía a encierro.
Había una habitación para Zuleima, otra para Teresa y dos cuartos pequeños para los hombres que debían permanecer allí. Darío se quejó apenas cruzó la entrada.
—Cada vez nos mandan a algo peor.
Esteban dejó su bolsa sobre una silla.
—Entonces no desempacamos tanto.
Nadie se rio.
Zuleima recorrió el pasillo y abrió la puerta de su habitación. La cama era amplia, pero el armario tenía un espejo manchado y la ventana daba a una pared.
Pensó en el patio de su madre.
Hasta allí entraba más cielo.
Miguel dejó las bolsas junto a la cama.
—Mañana pueden traer lo que falte.
—Falta mi vida.
Él no respondió.
Zuleima se sentó.
Se había preparado para insultar la casa, exigir otra y llamar a Alfredo. De pronto no tuvo ganas de hacer ninguna de esas cosas.
Miguel permaneció en la puerta.
—Voy a buscarte agua.
Ella lo detuvo.
—No necesito agua cada vez que estoy triste.
Él bajó los ojos.
—Lo sé.
—Entonces quédate un minuto.
Miguel vaciló.
Después entró, aunque dejó la puerta abierta.
* * *
Zuleima sostuvo la caja de joyas sobre las rodillas.
—Cuando vivía en El Bordo, creía que la peor humillación era no tener dinero.
Miguel se apoyó junto al armario.
—¿Y ahora?
Ella abrió la caja.
Los pendientes brillaron bajo la luz amarilla.
—Ahora tengo que pedir permiso para visitar a mi mamá.
Miguel miró la pared.
Quiso decirle que hablaría con Rogelio. También supo que aquella promesa podía darle una esperanza que no estaba en condiciones de cumplir.
—Puedo preguntar —dijo.
Zuleima levantó la cabeza.
—¿Lo harías?
—Sí.
Ella cerró la caja.
—Gracias.
La palabra no llevaba provocación.
Miguel sintió que debía marcharse precisamente por eso.
* * *
Al día siguiente, Rogelio rechazó la visita.
—No es buen momento.
Miguel insistió una vez.
—Podría verla aquí.
—Tampoco.
Estaban en la cocina. Teresa había salido al patio y Zuleima seguía en su habitación.
Rogelio dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Te pidió ella que preguntaras?
—Yo me ofrecí.
El otro lo observó con atención.
—No te toca ofrecer cosas que no puedes autorizar.
Miguel sintió el reproche.
—No le prometí que se haría.
—Más vale.
Rogelio guardó el teléfono.
—Ella va a pedirte cosas. Algunas parecen pequeñas. Tú acuérdate de para quién trabajas.
Miguel permaneció callado.
Lo recordaba demasiado bien.
* * *
Cuando se lo contó, Zuleima no discutió.
Se quedó frente a la ventana y pasó un dedo sobre una marca en el cristal.
—Mi mamá va a pensar que ya no quiero verla.
—Puedes llamarla.
Ella se volvió.
—No es lo mismo.
—Ya sé.
Zuleima lo miró durante varios segundos.
—No. Tú puedes salir.
Miguel aceptó el reproche sin defenderse.
Aquello la hizo sentir peor.
—Perdón —murmuró.
Él negó con la cabeza.
—No tienes que disculparte por querer verla.
Zuleima retiró el dedo del cristal.
Miguel salió antes de que ella pudiera decir algo más.
* * *
Esa tarde llovió.
Una gotera apareció cerca de la puerta del comedor y Teresa colocó una cubeta debajo. Zuleima la observó durante un largo rato.
El agua golpeaba el plástico con un sonido que conocía desde niña.
Se rio, pero sin alegría.
—Tanto dinero para acabar oyendo lo mismo.
Teresa miró hacia el techo.
—Esta casa llevaba tiempo vacía.
Zuleima se sentó a la mesa.
—Todas están vacías hasta que me meten en ellas.
La mujer no encontró qué responder.
Más tarde, cuando los hombres se reunieron cerca de la entrada, Zuleima pasó junto a Miguel llevando la cubeta.
Él intentó quitársela.
—Yo lo hago.
—Puedo cargar agua.
Él soltó el asa.
Ella avanzó dos pasos y se detuvo.
—Gracias por preguntar lo de mi mamá.
Miguel asintió.
Zuleima continuó hasta la cocina sintiendo su mirada en la espalda.
Esta vez no necesitaba comprobarlo.
* * *
Por la noche llamó a Nadia.
Su amiga le contó que Marisela había contratado a otra muchacha y que una clienta seguía preguntando por ella.
—Dice que nadie le lava el cabello como tú.
Zuleima sonrió.
—Pues que me espere.
Nadia habló de un hombre con el que había salido y de una fiesta a la que pensaba ir el sábado.
Zuleima escuchó imaginando música, calles abiertas, la posibilidad de elegir una hora para regresar.
—¿Y tú? —preguntó Nadia—. ¿Cómo va la vida de casada?
Zuleima miró la puerta.
—Bien.
—¿Tu marido sigue viajando mucho?
—Sí.
—Bueno, al menos no te está molestando todo el día.
Zuleima dejó escapar una risa.
—No. Eso no.
Nadia siguió hablando.
Ella escuchó hasta que la pantalla se oscureció y vio reflejado su propio rostro.
* * *
Miguel apareció después con una manta.
—Teresa dice que aquí hace frío de madrugada.
Zuleima estaba sentada frente al espejo, cepillándose el cabello.
Llevaba una bata ligera sobre el camisón.
Dejó el cepillo cuando lo vio.
—¿También vas a comprobar si me arropo?
Miguel colocó la manta sobre la cama.
—Solo la traje.
Ella se levantó y caminó hacia él.
Miguel permaneció quieto hasta que la tuvo demasiado cerca.
Zuleima le alisó una arruga de la camisa.
—Siempre te queda grande.
Él miró su mano.
Después la apartó suavemente.
—No hagas eso.
Zuleima sintió el rechazo en los dedos.
—¿Por qué?
Miguel sostuvo su mirada.
—Sabes por qué.
Ella dejó de sonreír.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Zuleima dio un paso atrás.
—Está bien.
Miguel salió y cerró la puerta con cuidado.
Ella permaneció junto a la cama, mirando la manta.
Le dolía que se negara.
Le dolía más saber que no se había negado porque ella le resultara indiferente.
* * *
En el corredor, Miguel se apoyó contra la pared.
Todavía sentía los dedos de Zuleima sobre su pecho.
Se pasó una mano por el rostro y permaneció así hasta escuchar pasos.
Darío venía desde la entrada.
Miró la puerta cerrada y después a Miguel.
—¿Todo bien?
Miguel se enderezó.
—Sí.
Darío sostuvo sus ojos un instante más de lo necesario.
Luego siguió caminando.
Miguel esperó a que desapareciera.
Del otro lado de la puerta, Zuleima apagó la luz.
Entre ambos quedó el silencio de la casa y una negativa que ninguno había conseguido olvidar.