Capítulo 5 de 25

Una pregunta peligrosa

Durante las dos semanas siguientes, Zuleima comenzó a reconocer los pasos de Miguel.

Los de Rogelio eran rápidos y parecían anunciar una orden. Darío arrastraba ligeramente los zapatos. Esteban caminaba sin prisa, con una regularidad que ella asociaba a sus recorridos por la casa.

Miguel se detenía frente a su puerta.

A veces llamaba para avisarle que la comida estaba lista. Otras preguntaba si necesitaba algo. Cuando no había motivo para interrumpirla, seguía de largo.

Zuleima descubrió que esperaba aquellas pausas.

Una mañana permaneció despierta, mirando el techo, hasta escucharlo acercarse.

Los pasos se detuvieron.

Ella se incorporó.

Después continuaron.

Sintió una decepción tan inmediata que le dio vergüenza.

* * *

Teresa seguía con el brazo protegido. Podía preparar algunas cosas con la mano sana, aunque Miguel tenía que ayudarla con las ollas y los recipientes pesados.

Zuleima bajó a la cocina con un vestido claro y el cabello recogido.

—Hoy sí huele a desayuno —dijo.

Miguel dejó un plato sobre la mesa.

—Las quejas van con Teresa.

—Las tostadas quemadas eran tuyas.

—Pero ayudé con los huevos.

—Teresa ayudó más.

Teresa los escuchó sin intervenir. Su sonrisa desapareció cuando vio a Darío junto a la entrada.

El hombre observaba a Miguel.

—¿Ya terminaste aquí? —preguntó—. Esteban te está buscando.

Miguel se secó las manos.

—Voy.

Zuleima lo siguió con los ojos.

Darío permaneció un instante más en la puerta y luego se marchó.

Teresa acercó el café.

—Se va a enfriar.

Zuleima tomó la taza.

No necesitó preguntar qué acababa de advertir la mujer.

* * *

Al mediodía quiso salir al patio.

La casa no tenía mucho más que ofrecer: habitaciones cerradas, una sala con muebles que nadie había escogido y una televisión frente a la cual el tiempo parecía detenerse.

Miguel la acompañó.

Zuleima se sentó debajo del limonero y lo vio quedarse cerca de la puerta.

—Puedes sentarte.

—Estoy bien.

—No te pedí un informe sobre tus piernas.

Él sonrió, pero permaneció de pie.

Ella señaló otra silla.

—Me haces sentir vigilada.

Miguel la miró.

No podía discutir con aquello.

Se sentó dejando una distancia prudente.

Durante unos minutos escucharon el ruido de una radio en alguna casa vecina. Un vendedor pasó por la calle anunciando pan, y Zuleima recordó que, en El Bordo, su madre compraba dos piezas los domingos.

—¿Tu mamá vive aquí en la ciudad? —preguntó.

—Sí.

—¿La ves?

—Cuando puedo.

—¿Ahora menos por mi culpa?

Miguel se acomodó en la silla.

—Por mi trabajo.

Zuleima arrancó una hoja del árbol.

—Puedes decir que es por mi culpa. No voy a enojarme.

—No es lo mismo.

Ella lo observó.

Había una paciencia en él que a veces la tranquilizaba y otras la irritaba. Quería saber qué ocurría detrás de sus respuestas cuidadosas.

—¿Tienes novia?

Miguel tardó en contestar.

—No.

—¿Tuviste?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

—Terminamos.

Zuleima dejó caer la hoja.

—Eres malísimo contando historias.

Él soltó una risa breve.

—No hay mucho que contar.

—Siempre hay.

Miguel miró hacia el muro.

—Ella se cansó de no saber cuándo iba a verme.

Zuleima dejó de sonreír.

La frase le resultaba demasiado familiar.

—¿Y no intentaste cambiarlo?

—Pensé que tendría tiempo después.

—¿Después de qué?

Miguel no encontró una respuesta.

Por primera vez, ella lo vio comprender algo mientras hablaba.

* * *

Esa tarde llamó a su madre.

Le contó que Teresa había regresado y que la herida de la ceja casi no se veía. Evitó mencionar a Iván. Tampoco dijo que había comenzado a distinguir, por el ruido de los vehículos, cuándo alguien llegaba con prisa.

Su madre la escuchó hasta el final.

—Quiero verte.

Zuleima miró hacia la puerta.

—Voy a hablar con Alfredo.

—Siempre tienes que hablar con él.

—Es complicado.

—Antes venías cuando querías.

Zuleima apretó el teléfono.

—Antes no tenía esta vida.

Su madre guardó silencio.

La muchacha comprendió demasiado tarde cómo había sonado.

—No quise decir eso.

—Lo sé.

Pero el daño ya estaba hecho.

Cuando terminó la llamada, se quedó sentada sobre la cama, mirando el collar que Alfredo le había enviado.

Lo tomó y lo guardó en su caja.

* * *

Rogelio regresó antes de la cena.

Habló con Esteban en el comedor y después llamó a Miguel.

Zuleima los vio desde el pasillo.

Había una carpeta abierta sobre la mesa. Alcanzó a distinguir su fotografía en una hoja, pero Rogelio la cerró al advertirla.

—¿Qué es eso?

—Documentación.

—¿Mía?

—De varias cosas.

Zuleima se acercó.

—Vi mi cara.

Rogelio sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Son asuntos de don Alfredo.

Miguel permaneció junto a la mesa.

Ella lo miró esperando que dijera algo.

Él no sabía qué contenían los papeles. Rogelio solo le había explicado que necesitaban confirmar algunas fechas.

—¿También tú vas a esconderme las cosas? —preguntó Zuleima.

Miguel sintió el reproche.

—No sé qué hay ahí.

Rogelio intervino:

—Cuando haga falta que sepa algo, se le va a decir.

Zuleima lo miró con desprecio.

—Claro. Cuando haga falta.

Se marchó antes de que él respondiera.

Miguel escuchó cerrarse la puerta de su habitación.

Rogelio dejó la carpeta en una bolsa.

Cuando Zuleima salió, abrió de nuevo una hoja para que Miguel confirmara la fecha del traslado. Había copias de su identificación y del acta de matrimonio, además de una relación de domicilios. Miguel entendió qué eran aquellos documentos, aunque no por qué ella no podía verlos. Rogelio recogió las hojas antes de que alcanzara a leer las anotaciones del margen.

—No te acostumbres a darle explicaciones de todo.

—Me hizo una pregunta.

—Y no todas las preguntas necesitan respuesta.

Miguel calló.

Aquella frase le resultó más incómoda de lo que quiso admitir.

* * *

Zuleima no bajó a cenar.

Teresa preparó una bandeja y Miguel se ofreció a llevarla.

Llamó dos veces.

—Está abierto.

Ella se encontraba frente al espejo, soltándose el cabello. Había cambiado el vestido por una blusa ligera y un pantalón que marcaba su figura.

Miguel entró mirando la bandeja.

La dejó sobre una pequeña mesa.

—Teresa dijo que comieras algo.

—¿Teresa o tú?

—Los dos.

Zuleima se volvió.

—¿Estás enojado conmigo?

Él frunció el ceño.

—No.

—Por lo de la carpeta.

—No.

Ella dio un paso hacia él.

—Entonces mírame.

Miguel levantó los ojos.

Zuleima sostuvo su mirada. Estaba acostumbrada a notar el deseo de los hombres y sabía cuándo una pausa dejaba de ser inocente.

En Miguel lo veía en pequeñas cosas: en la forma en que apartaba los ojos, en una respuesta que tardaba demasiado, en su esfuerzo por mantener distancia.

Le gustaba.

También le gustaba saber que podía provocarlo.

—No creo que seas como Rogelio —dijo.

—No me conoces tanto.

—Más que antes.

Miguel miró hacia la puerta.

—La comida se va a enfriar.

Zuleima sonrió sin alegría.

—Siempre encuentras algo para irte.

Él se quedó inmóvil.

Por un instante pareció que iba a responderle.

Después salió.

* * *

Darío lo esperaba en el corredor.

—¿Te sirve de algo hablar tanto con ella?

Miguel cerró la puerta detrás de sí.

—Le llevé la cena.

—Ya vi.

Darío miró hacia la habitación.

—Ten cuidado, muchacho.

Miguel sintió el enojo subirle al rostro.

—Haz tu trabajo.

La sonrisa del otro desapareció.

—Lo estoy haciendo.

Esteban apareció al final del pasillo y llamó a Darío. La tensión quedó suspendida mientras ambos se alejaban.

Miguel permaneció junto a la pared.

Comprendió que no necesitaba haber hecho nada para convertirse en alguien bajo observación.

* * *

A la mañana siguiente, Teresa encontró a Zuleima arreglándose frente al espejo.

Sobre la cama había tres prendas descartadas.

—¿Vas a algún lado?

—Ojalá.

La mujer acomodó unas toallas.

—Entonces no te atormentes escogiendo.

Zuleima se colocó un pendiente.

—Me gusta verme bien.

Teresa asintió.

Después dijo:

—Miguel tiene una responsabilidad difícil.

Zuleima dejó quieta la mano.

—No le estoy pidiendo que la deje.

—A veces uno pide cosas sin decirlas.

La muchacha se volvió.

—¿También tú vas a vigilarme?

Teresa no se ofendió.

—Te estoy hablando.

Zuleima bajó la mirada hacia las prendas.

La mujer continuó:

—Él puede negarte algo por tu bien, por miedo o porque sabe que no debe aceptarlo. No lo obligues a explicártelo delante de otros.

Zuleima quiso responder, pero Teresa ya estaba recogiendo las toallas.

La advertencia no la hizo renunciar a nada.

La hizo comprender que alguien más lo había notado.

* * *

Por la tarde, Miguel estaba en el patio cuando ella apareció con dos vasos de agua.

Le entregó uno.

—No voy a preguntarte por carpetas.

—Está bien.

Se sentó a su lado.

Esta vez él no se levantó.

El sol caía sobre el muro amarillo. Desde alguna calle cercana llegaba el ruido de niños jugando.

Zuleima miró las manos de Miguel.

Tenía una pequeña cicatriz junto al pulgar y las uñas cortas. No llevaba reloj ni anillos.

—¿Alguna vez has querido irte? —preguntó.

Él sostuvo el vaso entre las rodillas.

—¿De aquí?

—De todo esto.

Miguel respiró despacio.

—A veces.

—¿Por qué no lo haces?

—Hay gente que depende de mí.

—Tu mamá.

—Entre otras cosas.

Zuleima comprendió que Alfredo también estaba dentro de esa respuesta.

Se quedó callada un momento.

Luego formuló la pregunta que había estado evitando:

—Si yo no fuera su esposa, ¿me mirarías distinto?

Miguel volvió la cabeza.

La vio muy cerca, esperando.

No podía refugiarse en la comida, en una llamada ni en la presencia de los otros.

—No me preguntes eso —dijo.

Zuleima sintió un pequeño dolor, pero también una certeza.

—No dijiste que no.

Miguel dejó el vaso sobre el suelo y se puso de pie.

Ella alzó la mirada.

—Zuleima, no lo hagas difícil.

Su voz no tenía enojo.

Zuleima lo vio vacilar antes de entrar. No había indiferencia en aquella retirada.

Miguel regresó a la casa.

Zuleima permaneció debajo del limonero hasta que la luz empezó a cambiar.

Por primera vez desde su boda, deseaba algo que Alfredo no podía comprarle.