Capítulo 4 de 25
Lo que empieza a parecerse al cuidado
Cuando Zuleima despertó, Miguel seguía junto a la puerta.
Tenía la cabeza apoyada en la pared y los brazos cruzados. La silla era demasiado pequeña para él. Una de sus piernas estaba estirada hacia el pasillo; la otra, doblada debajo del asiento.
Durante unos segundos, ella lo observó sin moverse.
Recordaba haberle pedido que se quedara, pero había supuesto que se marcharía en cuanto la viera dormida. Alfredo también prometía cosas cuando quería tranquilizarla. Después llegaban una llamada, un compromiso o un hombre a la puerta, y cualquier promesa podía esperar.
Miguel abrió los ojos cuando ella apartó la sábana.
Se enderezó enseguida.
—¿Dormiste?
Zuleima asintió.
—¿Tú?
—Un rato.
Ella miró la silla.
—Ahí no se puede dormir.
—Ya me di cuenta.
Fue la primera vez que lo escuchó bromear.
Zuleima sonrió y él se puso de pie demasiado rápido, como si aquella sonrisa hubiera vuelto impropio quedarse allí.
—Voy a ver si ya llegó el desayuno.
Cuando se marchó, ella miró el teléfono sobre la mesa de noche.
Alfredo no había llamado.
* * *
A media mañana llegaron dos hombres.
Rogelio los presentó en el comedor: Esteban, de rostro severo y barba corta, y Darío, que parecía incapaz de dejar de mirar su teléfono.
Ambos conocían su trabajo mejor que Miguel y procuraron que quedara claro.
—¿Ahora tú nos vas a decir qué hacer? —preguntó Darío cuando Zuleima salió.
Miguel permaneció junto a la mesa.
—Las instrucciones vienen de don Alfredo.
—Eso no fue lo que pregunté.
Rogelio cerró la puerta del patio.
—Van a trabajar juntos. Cualquier problema se habla conmigo. Y lo que tenga que ver con ella, también con Miguel.
Esteban asintió sin discutir.
Darío soltó una risa por la nariz.
—Mientras el muchacho no se crea patrón.
Miguel sintió el impulso de responder, pero Rogelio lo miró antes de que abriera la boca.
Dejó pasar la provocación.
Sabía cuánto podía costarle responder delante de Rogelio.
* * *
Zuleima encontró una excusa para regresar al comedor.
Buscaba un vaso que no necesitaba.
Escuchó a Darío hablar del muchacho y vio a Miguel permanecer en silencio. Le sorprendió que no intentara imponerse. Los hombres que había conocido confundían una humillación con una deuda que debían cobrar enseguida.
Miguel tomó una jarra y le sirvió agua.
—Gracias.
—De nada.
Darío guardó el teléfono.
—¿Necesita algo más, señora?
Zuleima miró a Miguel antes de responder.
—No.
Por primera vez, le molestó que trataran con desprecio a alguien de aquella casa que no fuera ella.
* * *
La llamada de Alfredo llegó después del almuerzo.
Miguel se apartó para darle privacidad, aunque permaneció cerca.
Zuleima habló desde la sala.
Al principio utilizó una voz suave, casi alegre. Le preguntó dónde estaba y si había comido. Después guardó silencio durante un rato.
—¿Cuándo vienes?
Miguel salió al patio.
No quería escuchar la respuesta.
Cuando volvió, ella seguía sentada con el teléfono en la mano.
—Dice que está resolviendo lo de la otra noche.
Miguel asintió.
—Debe estar ocupado.
Zuleima lo miró.
—No tienes que defenderlo cada vez que hablo de él.
—No lo estaba defendiendo.
—Entonces no lo hagas.
Él bajó la vista.
Zuleima se levantó y caminó hasta la ventana.
—Me casé para tener otra vida.
Miguel no respondió.
—¿No vas a preguntarme qué vida?
—Si quieres contarme, te escucho.
Ella se volvió.
Aquella disposición le resultaba extraña. No tenía que impresionarlo para conseguir su atención.
—Quería dejar de preocuparme por el dinero —dijo—. Comprar algo porque me gustaba. No porque fuera lo más barato.
Miguel conocía esa preocupación. Podía reconocerla sin esfuerzo.
—Eso lo entiendo.
—También quería que me miraran distinto.
Él esperó.
Zuleima se arrepintió de haberlo dicho.
—Da igual.
Miguel no insistió.
Esa discreción hizo que ella continuara.
—En el salón había clientas que ni siquiera me entregaban el dinero en la mano. Lo dejaban sobre el mostrador y seguían hablando. Como si yo fuera parte de los muebles.
Miguel levantó los ojos.
—No creo que hayas sido fácil de ignorar.
Zuleima lo miró con atención.
Él comprendió cómo había sonado la frase.
—Por tu carácter —añadió.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
—Claro. Por mi carácter.
* * *
Teresa apareció tres días después.
Llegó acompañada por Rogelio, con el brazo izquierdo inmovilizado y una herida cerca de la boca.
Zuleima se levantó tan deprisa que derramó el café.
—¿Dónde estabas?
Teresa dejó su bolso.
—Me estuvieron atendiendo.
Zuleima la abrazó y se apartó enseguida al escuchar un gesto de dolor.
—Perdón.
—No pasa nada.
Sí pasaba.
Teresa estaba pálida y parecía haber envejecido en pocos días. Explicó que, después de que sacaran a Zuleima, uno de los hombres había conseguido ayudarla a salir. No recordaba con claridad parte de la noche.
—Pregunté por ti —dijo Zuleima.
—Ya me contaron.
—Nadie me decía nada.
Rogelio permaneció junto a la puerta.
—Hasta que supimos cómo estaba.
Zuleima se volvió hacia él.
—Podían haberme dicho que estaba viva.
Rogelio no contestó.
Teresa tomó la mano de la muchacha.
Miguel había escuchado esa mañana la confirmación del ataque: había sido un operativo federal, no una incursión de hombres disfrazados. Los primeros informes mencionaban armas en la propiedad y la muerte de Iván. Los escoltas habían disparado, y Teresa había quedado herida entre las dos líneas de fuego. Alfredo hablaba de agresores para evitar cualquier conversación sobre lo que sus propios hombres habían hecho.
—Ya estoy aquí.
Esa noche cenaron las dos en la cocina.
Miguel escuchó sus voces desde el pasillo. Por primera vez desde su llegada, Zuleima hablaba durante varios minutos sin que el silencio terminara cayendo sobre todos.
* * *
Teresa no podía cocinar todavía.
Miguel preparó el desayuno a la mañana siguiente y quemó dos rebanadas de pan.
Zuleima entró cuando él intentaba rasparlas sobre el fregadero.
—Eso no se arregla.
—Tiene una parte que sirve.
Ella tomó una rebanada, la examinó y la dejó.
—¿Cuál?
Miguel acabó riéndose.
Zuleima abrió un armario y encontró un paquete nuevo.
—Hazte a un lado.
—Puedo hacerlo.
—Ya lo vi.
Él se apartó.
Ella no sabía mucho más que él, pero preparó huevos siguiendo las indicaciones de Teresa desde una silla. Le cayó aceite sobre un dedo y soltó una queja desproporcionada.
Miguel le acercó un paño limpio.
—¿Te quemaste?
—Poquito.
Le sostuvo la mano un instante para mirar la piel.
Zuleima dejó de hablar.
Miguel la soltó en cuanto advirtió lo que estaba haciendo.
—No parece grave.
Ella volvió a la estufa.
Los huevos quedaron demasiado cocidos.
Los comieron de todas maneras.
* * *
Por la tarde, Zuleima pidió ropa.
Rogelio autorizó que le llevaran algunas prendas de la propiedad anterior, y dos bolsas aparecieron en su habitación.
Entre ellas había un vestido que Alfredo le había comprado para una cena que nunca ocurrió.
Era oscuro, ceñido y dejaba descubiertos los hombros.
Zuleima se lo puso frente al espejo.
Luego se quitó el vendaje de la ceja. La herida estaba cerrando y apenas se distinguía debajo del maquillaje.
Durante unos minutos volvió a parecerse a la mujer de sus fotografías.
Salió a la sala.
Miguel levantó la cabeza.
Su mirada se detuvo en ella antes de apartarse.
Zuleima lo notó.
—¿Está muy exagerado?
—¿Para qué?
—Para estar aquí.
Él buscó una respuesta que no la ofendiera.
—Puedes vestirte como quieras.
—No te pregunté eso.
Miguel miró hacia el patio.
—Te queda bien.
Zuleima sintió una satisfacción inmediata.
Era una sensación conocida, pero esta vez quería prolongarla.
—¿Solo bien?
Él volvió a mirarla.
Había algo incómodo en sus ojos. También algo que a ella le interesó mucho más.
—Muy bien.
Zuleima sonrió.
Miguel se levantó.
—Voy a hablar con Esteban.
La dejó en la sala con un cumplido breve y una puerta cerrándose.
Ella se sintió rechazada antes de comprender que él estaba huyendo de su propia reacción.
Aquella noche, Teresa la encontró quitándose el maquillaje.
—Hoy te vi más animada.
Zuleima hizo un gesto.
—No puedo pasarme la vida en pijama.
Teresa acomodó unas toallas con su única mano libre.
—Miguel parece buen muchacho.
Zuleima fingió concentrarse en el espejo.
—Es muy serio.
—Tiene motivos.
—¿Cuáles?
Teresa dejó las toallas sobre una silla.
—Ha tenido que aprender a cuidarse.
Zuleima se volvió.
—¿Lo conoces?
—Conocí a su madre hace años.
—¿Y a su papá?
La expresión de Teresa cambió.
—También.
Zuleima esperó.
La mujer recogió una toalla que había caído al suelo.
—Descansa. Mañana quiero intentar hacer el desayuno.
La conversación había terminado.
Zuleima comprendió que los silencios sobre Miguel se parecían demasiado a los silencios sobre Alfredo.
* * *
Una tarde de aquella semana llegó una caja pequeña.
Dentro había un collar y una nota de su marido.
Para mi reina. Pronto estaremos juntos.
Zuleima sostuvo el papel sin emoción.
Antes habría fotografiado el regalo, calculado su precio y pensado en quién debía verlo. Ahora se preguntó si pronto significaba una semana, cuatro meses o todo el tiempo que él necesitara.
Se puso el collar de todas maneras.
Bajó al comedor y encontró a Miguel escribiendo algo en una libreta.
—¿Qué haces?
—Anoto unas cosas.
Ella se sentó frente a él.
—¿También anotas cuando me enojo?
Miguel cerró la libreta.
—No.
—¿Y cuando me visto?
Él la miró.
Zuleima sostuvo sus ojos.
—No —repitió.
Ella tocó el collar.
—Me lo mandó Alfredo.
Miguel bajó la vista hacia la joya y luego hacia sus manos.
—Está bonito.
—Sí.
Esperó que añadiera algo.
No lo hizo.
Zuleima tocó el broche del collar y dejó de buscar otro comentario. Había conseguido que la mirara; no que quisiera quedarse hablando de la joya.
* * *
Esa madrugada despertó sobresaltada.
No había oído disparos. Había soñado con ellos.
Se quedó sentada, respirando con dificultad, hasta reconocer su habitación. Después caminó hacia la puerta y la abrió.
Miguel estaba al final del pasillo, hablando en voz baja con Esteban.
Al verla, se acercó.
—¿Qué pasó?
Ella negó con la cabeza.
—Nada. Un sueño.
—¿Quieres agua?
Zuleima asintió.
Él regresó con un vaso y esperó mientras bebía.
Ella tuvo que emplear las dos manos para sostenerlo.
Miguel lo notó.
—Ya estás aquí —dijo—. No está pasando otra vez.
Zuleima cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, lo encontró en el mismo lugar.
—¿Puedes quedarte un rato?
Miguel acercó la silla.
Esta vez ella no regresó enseguida a la cama.
Se sentó junto a él, en el escalón que separaba su habitación del corredor.
Hablaron de cosas pequeñas: del pan quemado, del limonero, de una vecina de Zuleima que ponía música desde las seis de la mañana.
Miguel le contó que su madre hacía lo mismo.
Zuleima se rio.
Después apoyó la cabeza contra el marco de la puerta y lo miró.
Él parecía cansado.
Seguía escuchándola.
Alfredo le había comprado una casa donde ella no podía quedarse.
Miguel le estaba dando algo mucho más difícil de pedir: tiempo.
Zuleima empezó a desear que ese rato durara hasta el amanecer.