Capítulo 3 de 25

El hombre que debía cuidarla

Miguel llegó con una camisa prestada.

La suya tenía una mancha de aceite junto al bolsillo y no quiso presentarse así ante Alfredo. Rogelio le había llamado antes del amanecer, sin explicarle nada.

—Te necesitan aquí.

—¿Para qué?

—Ven.

Miguel obedeció. A sus veintiún años todavía conservaba la costumbre de acudir cuando Alfredo lo llamaba, aunque esas llamadas fueran poco frecuentes.

Normalmente recibía órdenes de otros: llevar documentos, recoger compras, trasladar algún vehículo. Su lugar dentro de la organización era tan bajo que algunos hombres olvidaban su nombre. Para ellos era el muchacho, el flaco o el hijo de Julián.

Alfredo, en cambio, siempre lo llamaba Miguel.

Eso bastaba para que él sintiera que le debía algo.

* * *

Su padre había trabajado para Alfredo cuando ninguno de los dos tenía dinero suficiente para comprar una casa.

Miguel recordaba al hombre que llegaba a comer con ellos y dejaba billetes debajo del salero. También recordaba a su madre contando ese dinero en cuanto él se iba.

Después vinieron las camionetas, los hombres armados y los silencios.

Julián murió cuando Miguel tenía doce años.

En su casa dijeron que había sido un accidente. En el velorio nadie explicó qué clase de accidente necesitaba un ataúd cerrado.

Alfredo pagó el entierro y se hizo cargo de algunos gastos durante años.

—Tu padre fue un hombre leal —le dijo una tarde—. Nunca voy a dejarte solo.

Miguel había crecido con aquella promesa.

A los diecisiete empezó a hacer encargos para uno de sus empleados. Su madre protestó, discutieron y él terminó por marcharse a un cuarto rentado. Seguía visitándola, pero evitaban hablar de trabajo.

Ella le preguntaba si comía bien.

Él le preguntaba si necesitaba dinero.

Ambos dejaban fuera lo que verdaderamente les preocupaba.

* * *

Rogelio lo recibió junto a la entrada.

Tenía una venda cerca de la sien y parecía no haber dormido.

—¿Te pasó algo? —preguntó Miguel.

—Anoche hubo problemas.

Lo condujo por un pasillo estrecho.

Miguel vio un bolso abandonado sobre una silla, una manta en el suelo y manchas oscuras en la manga de Rogelio.

—¿Don Alfredo está bien?

—Sí.

Aquello lo tranquilizó solo un instante.

Rogelio se detuvo antes de abrir una puerta.

—Escucha lo que te diga. Si algo no te queda claro, pregúntalo ahora.

Miguel asintió.

Dentro, Alfredo hablaba por teléfono junto a una ventana.

Lo miró entrar y señaló una silla.

Miguel permaneció de pie hasta que terminó la llamada.

—Siéntate, muchacho.

Alfredo dejó el teléfono sobre una mesa y se acercó a él.

—¿Cuántos años tienes ya?

—Veintiuno.

—Tu padre a esa edad ya te tenía a ti.

Miguel sonrió por educación.

Alfredo no.

—Anoche casi matan a mi esposa.

La sonrisa desapareció.

Había oído que se había casado con una muchacha joven. No había asistido a la boda ni visto fotografías. En su entorno, enterarse de algo no significaba tener derecho a preguntar.

—Lo siento, señor.

—Los que debían cuidarla no hicieron bien las cosas.

Miguel miró involuntariamente hacia la puerta. Rogelio seguía allí, inmóvil.

—Quiero que te encargues tú.

Por un momento creyó haber entendido mal.

—¿Yo?

—Tú.

—Nunca he tenido una responsabilidad así.

—Por eso habrá hombres contigo.

Alfredo apoyó una mano en su hombro.

—Pero necesito a alguien que piense en ella antes que en cualquier otra cosa. Alguien que no me mienta para cubrir un error.

Miguel sintió el peso de esa mano.

—Haré lo que me diga.

—Eso espero.

Zuleima estaba sentada en el borde de una cama cuando Alfredo entró con él.

Llevaba una blusa blanca y pantalones oscuros. Tenía un pequeño vendaje sobre la ceja, el cabello suelto y las manos entrelazadas sobre las rodillas.

Miguel había imaginado a una mujer más cercana a la edad de Alfredo, acostumbrada a mandar.

La muchacha que levantó los ojos parecía no haber dormido. Era hermosa de una manera que lo dejó sin la respuesta que estaba preparando. Se obligó a mirar el vendaje.

Alfredo hizo las presentaciones.

—Zuleima, él es Miguel. A partir de hoy estará pendiente de ti.

Ella lo examinó.

Primero la camisa.

Después las manos.

Finalmente, el rostro.

—¿Otro escolta?

—El que va a responder por los demás.

Miguel notó que Rogelio miraba a Alfredo.

Zuleima también.

—¿Y él sabe dónde está Teresa? —preguntó.

Alfredo soltó un suspiro.

—Ya te dije que estamos averiguando.

—No me has dicho nada.

Miguel bajó los ojos. Se sintió intruso en una discusión que debía haber ocurrido sin él.

Alfredo se acercó a su esposa.

—Ahora necesitas descansar.

Ella apartó el rostro cuando intentó acariciarla.

La mano quedó suspendida un instante antes de bajar.

Miguel fingió no haberlo visto.

Las instrucciones llegaron después, en la cocina.

Alfredo hablaba mientras Rogelio permanecía apoyado en una pared.

Miguel escuchaba con las manos sobre las piernas.

Debía acompañar a Zuleima, atender sus necesidades y comunicar cualquier problema. No podía permitir cambios improvisados ni dejarla sola. Los demás hombres tenían experiencia; él tendría la responsabilidad de avisar a Alfredo cuando algo fallara.

—No quiero enterarme por terceros —dijo el capo.

—Entendido.

—Si ella se enoja contigo, que se enoje. Prefiero eso a recibir otra llamada como la de anoche.

Miguel asintió.

Le habría gustado preguntar por los muertos. Por la mujer a la que Zuleima buscaba. Por qué alguien de su rango había sido elegido.

No hizo ninguna de esas preguntas.

Alfredo lo miró fijamente.

—Te conozco desde que eras un niño. Para mí no eres cualquier empleado.

Miguel sintió orgullo.

También una presión difícil de acomodar.

—No voy a fallarle.

Alfredo pareció satisfecho.

Rogelio apartó la mirada.

* * *

Antes de irse, Alfredo regresó a la habitación.

Miguel esperó en el pasillo.

Escuchó la voz de Zuleima.

—¿Ya te vas?

—Tengo cosas que resolver.

—Casi me matan.

—Por eso estoy resolviéndolas.

Hubo un silencio.

Después ella preguntó:

—¿No puedes quedarte hoy?

Miguel miró el suelo.

Era la primera frase en la que le escuchaba algo distinto del enojo.

Alfredo contestó más bajo, pero se entendió.

—Ahora no.

Cuando salió, se acomodó el puño de la camisa.

—Cuídala.

Miguel sostuvo su mirada.

—Sí, señor.

La puerta principal se cerró unos minutos después.

* * *

Pasó cerca de una hora antes de que Zuleima saliera.

Encontró a Miguel junto a una ventana del comedor.

—¿Siempre te quedas parado?

Él se volvió.

—Estaba esperando por si necesitaba algo.

—Necesito que dejen de decirme señora.

Miguel vaciló.

—Como usted quiera.

Ella alzó una ceja.

Él comprendió tarde.

—Como quieras.

Zuleima se sentó.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiuno.

—Pareces de menos.

Miguel no supo si debía agradecerlo.

Ella observó el cuello de la camisa. Le quedaba ligeramente holgado.

—¿Conocías a Alfredo desde antes?

—Desde niño.

—¿Es tu pariente?

—No.

—Entonces, ¿por qué te tiene tanta confianza?

Miguel se tomó un momento.

—Era amigo de mi papá.

Zuleima esperó, pero él no continuó.

—¿Y tú confías en él?

La pregunta lo incomodó.

—Me ha ayudado.

Ella bajó la vista hacia el anillo.

—A mí también.

Lo dijo de tal manera que Miguel no encontró qué responder.

* * *

La comida llegó en recipientes de plástico.

Todavía no había nadie encargado de la cocina. Rogelio había salido a hacer llamadas y los otros hombres se turnaban cerca de la entrada.

Miguel puso dos platos sobre la mesa.

Zuleima lo observó acomodar los cubiertos.

—¿Tú también cocinas?

—Esto solo hay que calentarlo.

Ella sonrió apenas.

Fue suficiente para que él desviara la mirada.

Comieron frente a frente, separados por un florero vacío.

Al principio, Zuleima apenas tocó la comida. Después tomó varios bocados con rapidez.

Miguel comprendió que no había desayunado.

—Hay más —dijo.

—Ya vi.

Él guardó silencio.

Unos minutos después ella dejó el tenedor.

—Perdón.

Miguel levantó los ojos.

—No hiciste nada.

—Te hablé mal.

—Has tenido un día difícil.

Zuleima miró hacia la ventana.

—No sabes cómo fue.

—No.

Aquella respuesta sencilla la hizo volver la cabeza.

Los demás hablaban como si saber que había sobrevivido bastara para comprenderla. Miguel admitía que no podía imaginar lo que había vivido.

—Iván estaba en la cocina —dijo ella—. Cuando me sacaron, se quedó ahí.

Él permaneció quieto.

—¿Lo conocías?

—Lo había visto algunas veces.

—Me enojaba que no me dejara salir.

Zuleima presionó los labios.

Miguel esperó.

—Ahora no puedo dejar de pensar en eso.

—No tenías cómo saberlo.

Ella se secó una lágrima con rabia.

—No me mires así.

Miguel bajó los ojos al plato.

* * *

Rogelio volvió al anochecer.

Hizo que Miguel saliera al patio.

—No confundas las cosas —le dijo.

—¿Qué cosas?

—Alfredo te dio confianza. Sigue siendo tu jefe.

Miguel sintió que debía defenderse.

—Yo no he dicho lo contrario.

Rogelio observó la puerta de la casa.

—Y ella sigue siendo su esposa.

Miguel guardó silencio.

Hasta entonces no había intentado acercarse a ella. La advertencia lo obligó a reconocer la atracción que había procurado ignorar.

Sin embargo, la advertencia lo avergonzó porque le recordó cómo se había quedado mirándola al conocerla.

—Lo sé —respondió.

Rogelio pareció conforme.

—Bien. Mañana vamos a necesitarte despierto.

* * *

Esa noche, Miguel se instaló en una pequeña habitación próxima al pasillo.

Dejó sus zapatos junto a la cama y se acostó vestido.

No logró dormirse enseguida.

Pensaba en Alfredo, en la confianza que le había dado y en el rostro de Zuleima cuando preguntó si podía quedarse.

Entonces escuchó un golpe.

Después otro.

Salió y encontró luz debajo de la puerta de ella.

—¿Zuleima?

Nadie respondió.

Llamó de nuevo.

—Soy Miguel.

La puerta se abrió.

Ella estaba descalza. Tenía la respiración agitada y los ojos fijos en el pasillo.

—Escuché algo.

Miguel miró hacia la cocina. Una ventana mal cerrada golpeaba con el viento.

—Voy a revisarlo.

Zuleima lo sujetó de la manga.

Él se detuvo.

—No te vayas todavía.

Miguel sintió sus dedos aferrados a la tela.

Por primera vez desde que había llegado, ella no parecía estar probándolo ni reclamándole algo.

Solo tenía miedo.

—Me quedo aquí —dijo.

Zuleima soltó lentamente la camisa.

Miguel acercó una silla y se sentó junto a la puerta, mientras ella regresaba a la cama.

No hablaron más.

Al cabo de un rato, la respiración de Zuleima se volvió tranquila.

Miguel permaneció despierto, escuchando el viento.

Todavía creía que la promesa más difícil sería la que le había hecho a Alfredo.